Finge que no es amor (Rise as One 4) 28 Riley
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28 Riley

CAPÍTULO VEINTIOCHO

RILEY

Me siento mal y sé que no es nada físico.

El problema es que no tengo claro qué me pasa realmente.

Bueno, además de que echo muchísimo de menos a Joe.

Es una sensación que nunca había experimentado con esta intensidad y…

duele. No sabía que los sentimientos pudieran doler tanto.

Cojo el móvil a cada segundo para comprobar si tengo un mensaje suyo y le escribo a cada hora con cualquier chorrada que se me ocurra solo para que me conteste.

Y, aunque lo hace en alguna ocasión, nuestras conversaciones han dejado de tener sentido.

La forma en la que se está separando de mí es como si intentaran arrancarme miles de agujas y lo hicieran una a una, pero clavándola un poco más antes de sacarla.

Es decir, el dolor más inimaginable posible.

Ni siquiera soy capaz de leer. Me limito a mirar el techo de mi habitación, pero ni Velaris me calma.

Nada lo hace. Cuando llegué y abracé a Mia, pensé que me ayudaría a relajar lo que sentía en el pecho desde que me había subido al avión; nada más lejos de la realidad.

Al menos estoy pudiendo disimular cuando estamos juntas.

En los tres días que llevo aquí me ha llevado a almorzar, a montar a caballo, de compras y a comer helado, y me ha hecho ver las películas de terror más malas del mundo, lo que nos ha hecho reír más que otra cosa.

Y, aunque era justo lo que creía que necesitaba para despejar mi mente, nada ha funcionado.

En cuanto llego a mi cama, solo puedo pensar en Joe y su expresión rota cuando me aparté de él. Es horrible.

—¿Estás bien? —La voz adormilada de Mia me sobresalta y giro la cabeza para mirarla disimulando una sonrisa—. Oh, no, no estás bien. —Se levanta y se mete conmigo en mi cama—. ¿Por qué no me has despertado?

—No pasa nada.

—Riley, claro que pasa. —Me abraza y un par de lágrimas saltan de mis ojos. Me las limpia, aunque ni sé cómo ha visto en la oscuridad de la habitación, y me da un beso en la mejilla—. ¿Qué te ocurre? Y como contestes que nada, despierto a papá para que te pregunte.

—No serás capaz —jadeo.

—Riley An Li Chen, por ti sería capaz de acabar en la cárcel. No me pongas a prueba.

—Echo de menos a Joe —confieso y me giro para tenerla cara a cara. Mia hace lo mismo y me aparta un mechón del rostro. Espera en silencio a que siga hablando—. Hay una cosa que no te he contado: Joe me pidió una cita.

—¡Por fin! Pensé que el grandullón nunca daría el paso.

—¿Lo sabías?

—Lo intuía. —Se encoge de hombros.

—¿Por qué?

—Riley, vino hasta aquí para pasar tu cumpleaños contigo. —Rueda los ojos mientras niega.

—Es mi amigo.

—Mira, Riley, sé que quieres mucho a tus nuevas amigas y son todas un amor, pero ninguna vino.

Joe sí. Solo había que sumar dos más dos.

Y ojo, eso no quiere decir que ellas no sean buenas amigas, creo que has tenido mucha suerte de encontrártelas en tu camino, porque te adoran y tú a ellas, pero nadie cruza medio país para pasar tiempo contigo si no siente algo más.

Ni siquiera había una fiesta a la que asistir.

De hecho, al principio iba a venir y volverse el mismo día, solo para estar contigo. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Yo lo hubiera hecho por él —susurro y me sonríe de oreja a oreja.

—¿Hubieras venido a pasar conmigo mi cumpleaños?

—Tenía partido —me escudo y se ríe.

—No he preguntado eso. ¿Te planteaste en algún momento venir? —Me quedo pensando si lo hice y llego a la conclusión de que no, nunca lo hice. Me siento culpable al instante—. Eh, no, no te lo he dicho para hacerte sentir mal. Te lo he dicho para que notes que es distinto. ¿Fuiste a la cita?

—Sí —admito y me sonrojo—. Joe se compró ropa y me llevó a un sitio ambientado de bandas de rock y metal. No supe que era una cita hasta dos horas antes.

—¿Cómo pudiste no saberlo? —Frunce el ceño, extrañada—. ¿No te lo dijo?

—Cuando me pidió ir a cenar juntos, no entendí que no era igual que cualquier otra cena.

—Riley… —Mia suspira—. ¿Otra vez?

—Lo sé, pero es Joe. No pensé que… —Me quedo callada y Mia me acaricia la mejilla.

—No pensaste que él pudiera fijarse en ti de esa forma —acaba por mí y hundo la cara en la almohada por la vergüenza—. Pero lo ha hecho, e imagino que la cita no fue bien o no estarías así.

—La cita fue genial. —Se me escapa una sonrisa que Mia no llega a ver.

—Riley. —Su tono serio me hace girarme para mirarla de nuevo—. ¿Por qué echas de menos a Joe?

—Está poniendo distancia entre nosotros.

—¿Por qué?

—Porque me aparté cuando intentó besarme.

—¿Por qué te apartaste?

—Porque no quería que nada cambiase.

—Prueba otra vez.

—No quiero perder a Joe como amigo.

—No, ese no es el motivo —sentencia.

—Entonces, ¿cuál es? —espeto enfadada. Fue por eso, ¿no?

—¿Qué sentiste cuando Joe se acercó para besarte? —Al menos relaja el tono duro que estaba usando.

—Muchas cosas, pero, sobre todo, sorpresa y miedo.

—Con tu tendencia a sobrepensarlo todo, no te ha dado por pensar, no sé, ¿qué más cosas sentiste?

—Me puse nerviosa —confieso.

—¿Por qué? —insiste Mia y juro que quiero gritar por ello.

No sé a dónde quiere llegar con todo esto.

Cierro los ojos y rememoro el momento en el que observé cómo Joe se acercaba a mí para besarme.

Cómo cogió mi cara con delicadeza, sus dedos acariciando mi mejilla y todas las emociones que me asaltaron en ese instante como una explosión.

Por fin admito algo que no he querido hacer desde entonces:

—Estaba siendo una noche perfecta y se iba a estropear con ese beso.

—¿Por qué? —Me quedo callada y Mia insiste—: ¿Por qué, Riley? Dilo.

—Porque yo no soy como las chicas con las que suele liarse —susurro—. Se hubiera dado cuenta de que no tengo experiencia. De que no sé besar. De que no soy como ellas.

—¿Y te has parado a pensar por un segundo que eso es justo lo que le gusta de ti?

—Niego con la cabeza y Mia limpia una lágrima que ni sabía que se me había escapado de los ojos—.

Riley, no necesito hablar con Joe para saber que está enamorado de ti hasta las trancas y, sinceramente, no me extraña.

La pregunta aquí es: ¿estás tú enamorada de él?

—No lo sé —confieso.

—No pasa nada si ves a Joe solo como a un amigo.

—Ya lo sé —murmuro—. Llevo pensando en ello desde la cita. El problema es que no lo sé.

—No te estás permitiendo sentir. Y creo que es porque eres incapaz de reconocer lo que hay dentro de ti. —Me acaricia de nuevo la mejilla y sonríe—. ¿Me dejas probar una cosa para ayudarte?

—No tengo nada mejor que hacer, dudo que pueda dormir —bromeo.

—Ponte uno de los auriculares y localiza la canción que mejor evoque cómo te sientes ahora mismo.

Hago lo que me dice y busco entre varias listas de reproducción hasta que Mia me señala la canción perfecta para mi estado de ánimo: Lonely day de System of a Down.

Me tumbo bocarriba, dejando libre el oído que está cerca de Mia, y me concentro en la música, los acordes de la guitarra y el bombo de la batería.

Cuando ya la he escuchado un par de veces, siento como si todo mi ser se hubiera alineado en esa tristeza que me acompaña desde hace más de una semana.

—Vale, ya estoy triste del todo —le informo—. ¿Qué pretendes conseguir con esto?

—Que no pienses. Cierra los ojos e intenta dejar la mente en blanco. Voy a decir palabras sueltas y quiero que sueltes lo primero que se te pase por la cabeza al escucharla, aunque no tenga sentido, ¿de acuerdo?

—No sé si seré capaz —admito.

Siento un gran peso en el pecho y confesar cosas que tenía tan adentro no me está ayudando a que lo note menos.

Además, hablar de Joe y de la cita hace que lo eche más de menos y me arrepienta de haberme apartado de ese beso, aunque siga pensando que es lo que tenía que hacer.

Cierro los ojos, me concentro de nuevo en la música y la letra para dejar de pensar y respiro hondo varias veces, hasta que poco a poco me relajo con las caricias de Mia en mi mano, que no sé cuándo ha cogido.

—¿Qué es lo primero que se te viene a la cabeza si te digo «universidad»? —susurra con una voz tan suave que creo que nunca la había escuchado hablar así.

—La facultad, los pasillos, las voces y risas de la gente —contesto sin pensar y sonrío. No parece tan difícil.

—¿Estás con alguien?

—Con Joe. —Frunzo el ceño ante mi respuesta e intento abrir los ojos, pero Mia me pone una mano delante.

—Sigamos. Y si te digo «residencia».

—En Jazz y su desorden. —Mi sonrisa se ensancha—. En Brooke, Savannah y su sofá. En Katherine y Aba. En ropa. En una falda de cuadros.

—Campus. —Mia no me permite pensar ni un segundo en mis respuestas, aunque supongo que es la gracia de lo que estamos haciendo, sea lo que sea.

—En la cafetería, todos comiendo y riendo. Jazz hablando sin parar y Kieran bromeando. La mano de Joe en mi rodilla al sonrojarme.

—Fútbol.

—Abrazos, goles, habitaciones de hotel, Quinn y Sienna. Momentazos, touchdowns y dedos de gomaespuma.

—Cena.

—Comida india y vino. La casa de Kieran y Joe. Risas y música.

—Kieran.

—Puto irlandés, cariño absoluto, paz, una vía de escape.

—Jazz.

—Locura, caos, conversaciones eternas y realities.

—Brooke.

—Paz, sonrisas, girasoles y serenidad.

—Savannah.

—Ropa, fotos, infinitos y cordura.

—Cita. —Respiro hondo, pero no me permito pensar.

—A Joe con camisa, nervioso, llenando los silencios, bromeando. Un brownie de chocolate.

—Beso.

—Los labios de Joe y las mariposas de mi estómago. Su sonrisa, aunque solo durase un segundo antes de transformarse en decepción.

—Joe.

—Dolor, algo que se ha roto, pero también calor, seguridad, abrazos, risas, té, caricias.

—¿Qué sientes cuando estás con él?

—Estoy en paz, tranquila y mi pecho se llena de una sensación agradable.

—¿Habías sentido antes esa sensación?

—No, nunca la había sentido. Es como si todo explotase por dentro a veces y otras como si todo estuviera donde tiene que estar.

—¿Lo sientes con alguien más?

—No.

—¿Qué pasó cuando Paul te intentó besar?

—Me dio asco, como si no fuera lo correcto. No es lo que quería hacer.

—¿Y cuando lo intentó Joe?

—Me sobrevino una sensación extraña de calidez, pero enseguida sentí pánico. —La misma sensación vuelve a envolverme y solo quiero huir—. Tenía que salir de ahí.

—¿A qué tienes miedo, Riley?

—A no ser suficiente. A no ser lo que él busca. A no ser lo que quiere. —Me duele decirlo en voz alta, por muy verdad que sea y por mucho que no me haya permitido admitirlo hasta este momento. Ni siquiera a mí misma.

—Hace más de un año que Joe te conoce, ¿crees que no se habría dado cuenta de eso? ¿Crees que cuando te bese, va a olvidar todo lo que siente por ti?

—Sí. —Hasta yo misma me sorprendo ante la contundencia de mi respuesta.

—Riley, mírame. —Cuando lo hago, Mia me sonríe triste—. Joe y tú ya os habéis acostado. Si solo hubiera querido eso de ti, hace meses que no sabrías nada de él. En cambio, preparó una cita, se compró ropa y te hizo sentir especial, porque lo eres. Porque eres importante para él y él lo es para ti.

—Mucho —admito—. Por eso no quiero perderlo.

—No lo vas a perder cuando lo beses, solo vas a dar un paso natural en vuestra relación.

—Un chico y una chica pueden ser amigos sin que haya nada más.

—Sí, pero Joe y tú no. —Enfatiza sus palabras negando con la cabeza—.

Tú misma lo has dicho, con Paul no fue igual.

Si no sintieras nada por Joe ni lo echarías de menos, ni tu reacción al beso hubiera sido esa.

Y si te falta alguna prueba más para ello: con él duermes.

¡Duermes! Sé que no es una maravilla, pero, joder, eso tiene que significar muchas cosas, ¿no crees?

—Pero…

Ni siquiera sé qué quiero decir. Mis sentimientos hacia Joe son normales. Le quiero mucho, quiero pasar tiempo con él, que me abrace, pasar las horas juntos, ver películas o series frikis, leer… Algo que no he hecho nunca con nadie en realidad, ni con Mia.

—Tu cara me dice que estás ordenando ideas en tu cabeza —bromea Mia—. ¿Cómo va la cosa?

—¿Por qué no me había dado cuenta antes?

—Porque nunca te priorizas, siempre te ocultas o te restas importancia.

Te voy a decir lo mismo que cuando te fuiste a la universidad: deja de pensar que tus cosas no son importantes, deja de estar en un rincón, deja de esconderte debajo de las gradas.

Tienes que dejarte ver de una vez, eres de las personas más bonitas del mundo, Riley, pero no dejas que el resto te vea.

—Sí que lo hago —me quejo—. He conocido a gente en la universidad, he ido a fiestas y he mentido a papá para hacer cosas que nunca pensé que haría.

—Y a la persona que más le has mostrado cómo eres, es decir, a Joe, la has enamorado.

¿Sabes por qué? —Niego con la cabeza—. Porque con Joe te permites ser y no solo estar.

Y gracias a eso, él te ha visto, Riley, igual que lo hago yo.

Ve la persona maravillosa que hay detrás del libro que estás leyendo, la que se entusiasma al hablar de esas historias, la que siempre tiene un comentario ingenioso que decir, aunque se lo calle.

Solo era cuestión de tiempo que alguien te viera, y me alegra que sea el grandullón.

—A mí también.

—Y ahora que hemos aclarado sentimientos, miedos y demás, queda lo más importante: ¿qué quieres hacer?

—Besar a Joe. —Lo suelto sin pensar, otra vez, pero nada más decirlo me doy cuenta de que es lo que he querido hacer desde que di ese paso atrás.

—Pues para eso solo se puede hacer una cosa: comprar un billete de avión.