Finge que no es amor (Rise as One 4) 26 Joe
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26 Joe

CAPÍTULO VEINTISÉIS

JOE

Estoy muy nervioso y me está costando horrores disimularlo delante de Riley.

Por suerte, ella parece ajena a mi turbación, pero eso no lo hace menos malo.

Le he puesto el último disco de Linkin Park y está tarareando mientras lleva el ritmo con los dedos en su muslo.

Estoy tentado de poner la mano justo ahí y que me use de percusión, aun así, no lo hago, me he propuesto ser prudente esta noche.

Es absurdo, lo sé, porque he colocado mi mano en su muslo infinitas veces, pero siento que hoy tengo que hacerlo diferente.

No quiero ser Joe, su amigo, quiero ser Joe, su novio.

Aba me ha escrito hace una hora para contarme que Riley no había entendido que era una cita y casi me doy cabezazos contra la pared.

Cuando se lo he comentado a Kieran, solo ha rodado los ojos y ha dicho: «Riley siendo Riley».

De hecho, en ese momento ha sido cuando Hunter y Tyler se han enterado de que la cita que tenía era con ella y he entendido por qué nadie había comentado nada al respecto: no lo sabían.

No se lo había contado porque no había tenido ocasión, ya que no hay entrenamientos por los exámenes, pero imaginaba que Savannah y Brooke se lo habría explicado.

No obstante, si Riley no lo sabía, ellas tampoco.

A Barry se lo expliqué ayer y me dijo que estaba deseando llamarla cuñada.

Después, se fue con Candy y pensé que ojalá yo también tuviera ese pensamiento para con ella, pero no.

—¿No vamos a Greystone? —me pregunta Riley extrañada cuando atravieso el pueblo y salgo de él.

—Ya hemos ido a todos los restaurantes que hay, quería llevarte a otro más especial.

—¿Has ido alguna vez?

—No, así que, si es un desastre, lo siento. De todas formas, Glen sí que ha estado y las reseñas de internet dicen que está genial, así que malo será.

—Siempre podemos ir a buscar un bocadillo de brisket —bromea y sonrío—. Entonces, ¿no estabas con Hunter cuando lo han llamado?

—No, se suponía que le iban a llamar antes, pero se ha retrasado. No pasa nada, en cuanto le ha sonado el teléfono, Barry me ha llamado por videollamada, así que he podido felicitarle y ver su cara.

—¿Crees que ganará?

—Para mí ya lo ha hecho —reconozco—, pero los otros dos finalistas también son muy buenos. Me encantaría poder ir con él a Nueva York a la entrega de premios.

—Deberíais ir todos para apoyarlo —me anima y me río—. Lo digo en serio.

—¿Vendrías conmigo? —Se queda parada por mi pregunta y se sonroja hasta las orejas, aunque un segundo después pone una mueca de disculpa.

—El sábado tengo el vuelo de vuelta a casa.

—Cierto. —No voy a comentar el hecho de que podría hablar con su padre para cambiarlo, porque no quiero discutir con ella en nuestra primera cita, así que cambio de tema—: ¿Cómo va el estudio? ¿Estás preparada para los exámenes?

—Siempre. —Esboza una sonrisa que borra por completo la expresión anterior y continúa explicándome cómo se está organizando. La verdad es que envidio lo bien que lo hace, yo soy mucho más caótico.

Cuando llegamos a la zona del restaurante, busco un sitio para aparcar y salgo del coche corriendo para abrirle la puerta, aunque ya ha conseguido abrir la mitad cuando llego.

Riley me mira sorprendida, pero no dice nada.

La ayudo a ajustarse el abrigo y le saco el pelo de la bufanda con cuidado; me fascina lo suave que lo tiene.

Me alegra que no se haya hecho nada y lo lleve suelto y liso, es como mejor le queda, en mi opinión.

Pongo una de mis manos en su espalda para guiarla y sonrío para mis adentros cuando no se aparta.

La canción Nothing else matters de Metallica nos recibe al entrar y veo como los ojos de Riley se pierden en la temática del lugar.

Todo está decorado con grupos de rock y metal, incluso tienen un rincón solo de Linkin Park.

Es el lugar perfecto para ella y para que esté relajada.

Nos acompañan hasta la mesa y, después de pedir las bebidas, revisamos la carta.

—Todos los platos tienen nombres de canciones. —Me cautiva la ilusión que veo en sus ojos cuando lo dice—. No sé si pedir algo que me apetezca o el plato de mi canción favorita.

—¿Cuál es? —me intereso y se queda pensativa.

—Si tuviera que elegir una sería Somewhere I Belong, la primera canción de Linkin Park que escuché. Fue la primera vez que conseguí apagar mi cerebro de verdad. Me quedé tan fascinada que la reproduje durante horas hasta que Mia me sacó de ahí.

—Entonces, tenemos que pedir ese plato sí o sí. El resto pueden ser cualquier otra canción.

—Me parece perfecto.

Sonrío como un idiota mientras me devuelve el gesto. Ha sido un acierto venir a este sitio, se la ve cómoda, divertida, habladora; esa es la Riley que yo conozco y que no suele dejar ver al mundo. La chica de la que estoy enamorado.

Por suerte, la canción favorita de Riley es una ración de patatas fritas con salsa de queso, así que a ninguno de los dos le supone un sacrificio comerlo, más bien nos peleamos por ver quién come más.

Me vuelve loco el sonido de su risa y más todavía si soy yo quien se la provoca.

Hablamos de todo y nada, cambiando de un tema a otro con la naturalidad habitual y me siento el hombre más afortunado del mundo.

Tenía mucho miedo de pedirle una cita por si las cosas se volvían incómodas o por si perdíamos esa complicidad que hemos tenido siempre, pero nada más lejos de la realidad. Está siendo perfecto.

Cuando llega la hora del postre, Riley decide que no quiere comer más, pero como la conozco, en lugar de pedir el pastel de queso, pido el brownie de chocolate que tanto le gusta.

Cuando lo ve, se le iluminan los ojos y me veo obligado a recordarle que es mi postre.

Consigo probarlo antes de que lo devore sin miramientos mientras me reta con la mirada a que le quite más, pero no lo hago, porque todo lo que necesito ahora mismo es verla así de feliz y contenta.

Una vez hemos acabado, la guío hasta una cortina mientras me mira expectante.

—¿Tengo que asustarme? —bromea y le guiño un ojo—. ¿Es otra sorpresa?

—Puede.

Llegamos a otra zona del local donde hay varias mesas rodeando una pista de baile y un par de parejas bailando acarameladas. Riley se sorprende, aunque lo observa todo con una sonrisa.

—Me encanta —susurra antes de cogerme del brazo. Aprovecho para llevarla hasta el centro de la pista—. ¿Vamos a bailar?

—Sí.

No le doy opción porque sé que le gusta y que, si no quisiera, no tendría esa cara de ilusión con la que me observa.

La canción All I Need empieza a sonar y rodeo a Riley por la cintura.

Se pega a mí y el corazón se me desboca cuando se apoya en mi pecho.

Nos mecemos con la música mientras pienso que no creo que pudiera sonar una canción que reflejase mejor lo que siento por ella.

Acabo poniendo una de mis manos en su nuca para acariciarla y siento cómo se estremece.

Joder, soy muy feliz a su lado. La lista de reproducción sigue sonando, pero Riley no se despega, a excepción de algunas veces que alza la vista para mirarme con una sonrisa, así que no rompo el contacto en ningún momento y pierdo la cuenta del rato que pasamos así.

—Tengo un poco de sed —admite en un susurro y me río mientras busco una mesa—. Este sitio es perfecto, gracias.

—Me alegro de que te guste. Desde el día que Glen me habló de él supe que quería traerte.

—¿Y si no me hubiera gustado? —bromea y aprovechamos que viene el camarero para pedir un par de bebidas.

—Tenía un plan b —le confieso y noto como sus ojos brillan—. A una calle de aquí hay un bar country.

—¿En serio?

—Nunca te mentiría.

—Pues puedes traerme siempre que quieras —reconoce y aprovecho para acariciarle la mejilla. Cuando voy a acercarme un poco más, el camarero llega con las bebidas y me separo. No pasa nada, tendré más ocasiones para besarla.

Nos pasamos el resto de la noche bailando y compartiendo conversaciones mientras bebemos para hidratarnos.

Es simplemente perfecto. Somos los últimos en salir del local y envuelvo a Riley con mi brazo para que no tenga frío; la diferencia de temperatura se nota.

Cuando llegamos a la altura del coche, todavía sigue temblando, así que la abrazo mientras froto su espalda.

En el instante que alza la vista para agradecerme el gesto, sé que es el momento.

Pongo una de mis manos en su mejilla mientras intento registrar cada movimiento y expresión y me acerco poco a poco hacia ella.

Poso mis ojos en sus labios, pero, cuando estoy a punto de alcanzarlos, Riley da un paso hacia atrás, apartándose de mí.

Me quedo congelado ante su movimiento y, durante unos segundos, solo la observo sin ser capaz de procesar lo que acaba de pasar.

Riley se ha apartado de mi beso, se ha alejado de mí.

Después de una cita perfecta, en la que hemos bailado todas las baladas de amor habidas y por haber, tan pegados que era imposible que pasase el aire entre nosotros, ha decidido dar un paso atrás cuando he ido a besarla.

Ni siquiera soy capaz de asimilarlo. ¿Qué he hecho mal?

¿Qué he malinterpretado? Si no quería esto, ¿por qué ha venido?

¿Por qué se ha quedado? ¿Por qué no lo ha cortado antes? Sacudo la cabeza y actúo en automático.

Le abro la puerta del coche sin emitir una sola palabra y me coloco en el asiento del conductor sin mirarla.

Si lo hago, me romperé, y prefiero hacerlo estando solo.

Conduzco en completo silencio, ni siquiera pongo la radio, pero, aunque estuviera encendida, no la escucharía.

Tan solo soy capaz de oír los latidos de mi corazón roto.

La dejo en su residencia con un simple «Buenas noches» y ella responde igual, sin intentar decir nada más. No sé si lo prefiero o me destruye más.

Cuando llego a casa y abro la puerta, me trago una maldición al darme cuenta de que están todos aquí celebrando lo de Hunter, todos menos Barry, que se iba a casa de Candy a pasar la noche. Paso sin saludar y me dirijo al piso de arriba, aunque no tardo en escuchar pasos detrás de mí.

—¿Quieres hablar?

Ni siquiera me giro para mirar a Kieran mientras me quito la ropa que me había comprado expresamente para hoy. ¿Sería fácil quemarla? Ahora mismo no la quiero ni ver. Cojo un pijama del cajón y me lo pongo a tirones antes de tumbarme encima de la cama y cerrar los ojos. «¿Por qué, joder?».

—¿Está bien? —Escucho la voz de Aba preocupada, pero la verdad es que no tengo ganas de hablar con nadie.

—Será mejor que lo dejemos solo. —Al menos Kieran no insiste—. Si necesitas algo, ya sabes dónde estamos.

Asiento una vez, aunque no sé si me ve o no antes de cerrar la puerta.

Rememoro toda la noche mientras dejo que las lágrimas que he estado reteniendo salgan sin control.

Desde el momento en el que la he recogido con la rosa hasta que la he intentado besar, y no logro entender qué he hecho mal, en qué instante se ha ido todo a la mierda.

Esto es justo lo que temía, perderla, porque sé que ahora mismo no voy a ser capaz de ser su amigo por mucho que me esfuerce.

Una cosa es ocultar lo que siento y otra muy distinta es que sepa que existen esos sentimientos y actuar como si no.

Por muy duro que sea, tengo que alejarme de ella.

Cojo el móvil y mando el mensaje que nunca pensé que mandaría:

Joe

Necesito poner un poco de distancia entre nosotros, espero que lo entiendas

Lo siento si te he hecho sentir incómoda esta noche

Apago el móvil y lo lanzo a la mesita sin esperar respuesta.

Mi mente vuelve una y otra vez al instante en el que Riley se separa de mí y suspiro, va a ser una noche muy larga.

No sé cuánto tiempo pasa, pero he debido de quedarme medio dormido ya que noto que el colchón se hunde y me giro confuso para encontrarme a Barry tumbado a mi lado.

—¿Qué haces? —escupo.

—Estar.

—¿Qué?

—Estoy aquí, contigo. No voy a dejarte solo.

—Quiero estar solo.

—Pues te jodes. Y ahora cállate, que tengo sueño.

Y por mucho que me joda tenerlo aquí, la verdad es que me ayuda un poco a calmarme. Supongo que mañana será otro día. El primero en el que Riley no estará en él.

RILEY

Lo estoy pasando genial con Joe y, aunque nos vemos cada día, hacía mucho que no me reía tanto. He disfrutado muchísimo de la cena y todavía más del baile, incluso en los momentos en los que mi cerebro me ha recordado que esto es una cita.

Cuando salimos del local, Joe me abraza para que no sienta tanto el frío de la noche y empieza a frotarme la espalda una vez llegamos al coche.

Se lo agradezco, porque la verdad es que el cambio de temperatura ha sido brutal.

Alzo la vista para darle las gracias y me quedo sin aliento cuando me mira con una intensidad desconocida.

Como si lo fuera todo; como si no existiera nadie más en el mundo.

Pone su mano en mi mejilla y retengo la respiración mientras poco a poco se acerca a mí.

Va a besarme; Joe me quiere besar. «No».

Justo en el instante en el que mi cerebro emite esa orden, doy un paso atrás para alejarme.

Un segundo después sé, por su expresión, que acabo de perder a Joe para siempre.

No tendría que haber venido, por muy perfecta que haya sido la cita.