22 Joe
CAPÍTULO VEINTIDÓS
JOE
Un año antes: feria de otoño
Riley
Savannah se ha comprado tanta ropa para la feria de otoño que va a tener que alquilar un almacén para guardarla
Joe
Estará nerviosa por ver a Hunter, diría que es la primera vez que quedamos todos desde que lo dejaron
Y tú, ¿tienes ganas de ir a la feria?
Riley
No lo sé
Mentiría si dijera que no
Pero también si dijera que sí
Joe
¿Has practicado tus bailes? Necesito que me enseñes
Riley
¿Estás seguro?
Joe
Por supuesto, además, me he comprado el mejor traje del mundo para la ocasión
Riley
No hacía falta que te comprases nada
Joe
¡Claro que hacía falta!
Te va a encantar, ¡ya lo verás!
—¿Qué cojones llevas puesto? —suelta Kieran, observándome desde la puerta de mi habitación como si me viera por primera vez.
—Un traje country.
—No, lo siento, pero no. —Enfatiza sus palabras negando con la cabeza—. No sé qué es eso, pero un traje no es.
—¡Venga ya! ¡Es genial! —Me muevo para demostrárselo, pero no cambia su expresión, de hecho, la empeora.
—¿El qué es genial? —pregunta Barry y abre los ojos sorprendido en cuanto me ve—. ¡Hostia puta!
—Sí, yo no lo habría definido mejor —murmura Kieran.
—Eso fijo que ocupa como un pasajero más en el coche —suelta Barry sin quitarme los ojos de encima.
—Eso debería ir en el maletero. De hecho, no, en un vehículo especial. Estoy seguro de que está etiquetado como material peligroso en cincuenta y dos de los cincuenta estados.
—¿Solo?
—Tienes razón, no me cabe duda de que hay una foto de eso en todos los aeropuertos del mundo con un cartel de «prohibido».
—Si ahora mismo intentan invadirnos los extraterrestres, se dan la vuelta.
—Estoy por irme yo también, pero no puedo apartar los ojos.
—Creo que se me han quemado las retinas.
—¿Habéis dejado ya de decir gilipolleces o tenéis para mucho rato? —me quejo poniendo los ojos en blanco—. Lo digo porque deberíamos irnos.
—¿Necesitas ayuda para transportarlo? —se burla Kieran, que esboza una sonrisa de medio lado. Ya se le ha pasado el impacto inicial.
—En realidad, no pesa nada —le respondo con una sonrisa y vuelvo a moverme. Todos los flecos de mi traje, tanto los de la chaqueta como los del pantalón, se balancean y es casi hipnótico. Me encanta.
—Espera un momento, quiero mandarle una foto a mamá —me frena Barry—. Más bien, necesito mandarle una foto a mamá.
—Pobre señora Coleman —murmura Kieran—. Ninguna madre quiere ver a un hijo así.
—El traje es una pasada, no tenéis ni puta idea de la vida —les rebato. Los dos se miran como si hubiera dicho una locura.
—¿En serio vas a ir así vestido? —me pregunta Barry cuando enfilo las escaleras hacia abajo.
—Por supuesto. Voy como un auténtico vaquero.
—¿Has visto algún vaquero en tu vida, Joe? —Kieran me examina alucinado—. Te juro que ninguno en su sano juicio se viste así.
—¡Que os den! —Paso por delante de los dos y me dirijo a la puerta. Tenemos que pasar a buscar a las chicas por su residencia. Me muero de ganas de contemplar la cara de Riley cuando me vea.
—Como nos dé un latigazo con eso, seguro que nos lesiona —susurra Barry, no muy bajito, a Kieran.
—Estoy por llamar al entrenador para avisarle de un posible peligro en el equipo. —Kieran desbloquea el coche con el mando, pero, antes de que pueda abrir la puerta del copiloto, me frena—. Ni de coña, señor flecos, tú vas detrás. Paso de tener un accidente por culpa de eso.
—Yo ni lo llevaría. —Barry me empuja con una sonrisa de oreja a oreja para ir delante con el puto irlandés.
—Cuando recojamos a las chicas, Savannah irá delante —le avisa Kieran y mi hermano refunfuña.
Pasados un par de minutos, en los que Kieran no ha parado de observarme por el retrovisor, empiezan las burlas entre él y mi hermano.
Los ignoro mientras compiten por ver quién la dice más gorda.
Me la sopla. Estoy muy feliz con mi traje lleno de flecos, estoy seguro de que le va a encantar a Riley.
Si algo he aprendido de ella es que no es tan tímida como parece, es solo que está acostumbrada a ser invisible y, si nadie le da pie, se esconde.
En cambio, si la haces reír o le hablas directamente, es una persona que tiene mucho que decir.
En cuanto me vea, se reirá y todos los nervios desaparecerán.
Así podrá bailar sin morirse de la vergüenza. Es un plan sin fisuras.
Cuando llegamos al aparcamiento de la residencia, las chicas no han bajado y solo está Hunter, apoyado en el Jeep mirando el móvil.
Está tan concentrado que ni siquiera nos ha visto.
Contemplo a Kieran; él también lo observa, pero decide no comentar nada, así que hago lo mismo.
Esto no tiene que ser fácil para él: su exnovia, la que le rompió el corazón*, está a punto de bajar y van a reencontrarse después de bastante tiempo, sin poder ignorarse…
o, al menos, sin que sea evidente. En el campus o en la cafetería pueden estar en grupos distintos, pero aquí, con nosotros, no.
Espero que la tensión no sea insoportable; aunque, si eso pasa, yo mismo llevaré a Hunter de vuelta a su residencia.
En cuanto Riley entra en mi campo de visión, sonrío de oreja a oreja y me muevo un poco para activar los flecos.
Dice algo que sorprende a todos los que están a su alrededor, pero no consigo escucharla, así que me acerco mientras Tyler, Brooke, Savannah y Jazz alternan la mirada entre los dos, tan sorprendidos por ver a Riley doblada por la mitad riéndose a carcajadas que son incapaces de hablar.
—Joe, ¿dónde has comprado esa ropa? —me pregunta Riley con una sonrisa enorme—. Te dije que con unos vaqueros y una camisa irías perfecto.
—Pero ahora voy mejor —contesto encogiéndome de hombros. Riley se limpia las lágrimas que la risa le ha provocado y le ofrezco el brazo—. ¿Me permite acompañarla, señorita?
—Por supuesto. —Riley se engancha a mi brazo a la vez que apoya la cabeza en él y no puedo estar más feliz.
Puedo notar cómo se ha relajado y se han esfumado todos sus nervios, así que la inversión en este traje ha valido la pena.
Emprendemos juntos el camino hacia el coche de Kieran, me muero de ganas de bailar—.
Si me hubieras dicho que ibas a ir de compras, te habría acompañado.
—¿Y estropear la sorpresa? De eso nada, señorita. —Riley niega con la cabeza y yo sonrío. Empiezo a balancearme para que se muevan todos los flecos—. Mira cómo mola. Así parecerá que bailo, aunque no me mueva.
—Entonces, ¿no voy a tener que enseñarte a bailar? —bromea Riley con ojos esperanzados y la observo como si se hubiera vuelto loca—. ¡Tenía que intentarlo!
Me encanta cuando es ella misma, sin filtros, sin pensar en lo que dice.
Sé que me enseñará, solo porque se lo he pedido, pero adoro que bromee con la idea de no hacerlo, porque eso quiere decir que sabe que es libre de elegir.
Me da la impresión de que no está muy acostumbrada a hacer lo que quiere sin tener en cuenta a las personas de su alrededor.
—La vas a hipnotizar, Coleman —se queja Kieran con una sonrisa burlona. El cabrón sabe que odio que me llame por mi apellido cuando estamos fuera del campo, así que lo ignoro—. Eres como un péndulo gigante.
—Y eso que no habéis visto la camisa que lleva debajo. —Barry niega con la cabeza—. ¿Podemos irnos ya? Tardaremos en llegar, el sobrepeso de los flecos hará que el coche vaya más lento.
—Lo que os pasa es que me tenéis envidia —escupo, aunque en el fondo me está divirtiendo todo lo que están diciendo—. Voy espectacular. ¿A que sí, Riley?
—Un espectáculo es, desde luego —se burla Kieran antes de que Riley pueda contestarme—. Yo me niego a defenderlo si nos pegan. Voy a decir que es la primera vez que lo veo.
—Le hemos mandado una foto a nuestra madre —les explica Barry y ruedo los ojos—. Ha dicho que no piensa enseñársela a nuestro padre, porque, con sus problemas de corazón, no cree que sobreviva.
—Los flecos de la muerte. —Kieran pone voz siniestra y nos reímos—. Deberían ir con una advertencia: «No apto para personas sensibles».
—«No apto para personas» sería mejor —interviene Hunter por primera vez, con una sonrisa, apoyado en el Jeep.
Bueno, al menos parece que se ha dado cuenta de que estamos aquí, aunque la cara blanca con la que se ha quedado Savannah al escucharlo me indica que era mejor que se hubiera quedado callado—.
No creo que pase ningún control de calidad.
—¿Sabéis qué es lo peor? —añade Tyler—. Que, como ligue con esa ropa, nos lo va a estar recordando todo el año.
—No dudéis de que esto va a ser un imán para las tías —afirmo y me señalo, aunque, por algún extraño motivo, todos arrugan la nariz menos Riley—. ¿Queréis apostar?
No tengo intención de ligar hoy, me apetece más el plan tranquilo de pegarles una paliza a los jugadores de hockey en cualquiera de los juegos que hay, bailar country con Riley y comer hasta que me harte.
No todos los días salgo con ganas de follar.
Aunque, por supuesto, no le diría que no a una tía dispuesta, obvio.
Una cosa es que no sea mi objetivo, otra que sea gilipollas.
—Lo más gracioso es que se lo cree —suelta Kieran abriendo la puerta del coche. Será imbécil; aunque sé que lo único que intenta es picarme—. Larguémonos ya, por favor. No puedo seguir viendo tanto fleco o tendré pesadillas toda la noche.
—Tendrás suerte si es solo una noche.
Les ignoro y me acerco con Riley hasta el coche de Kieran.
En el Jeep de Hunter hay una plaza libre y sé que Riley podría irse con él sin problema, pero hay dos motivos por los que no lo hago: el primero, y más importante, Savannah irá con nosotros y no es plan de que todas sus amigas la abandonen, por muy a gusto que esté con Kieran.
Y el segundo, y mucho menos importante, Riley es mi amiga y va conmigo.
Punto. A la mierda, ¿a quién quiero engañar?
Me hace mucha ilusión salir con ella y con nuestros amigos por primera vez y verla tan feliz, así que no me voy a separar de su lado. ¡Que le den a Jazz!