Finge que no es amor (Rise as One 4) 20 Riley
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20 Riley

CAPÍTULO VEINTE

RILEY

—Tu madre me ha felicitado —le explico a Joe cuando me da mi té de la mañana y le sonrío cuando el beso de siempre va acompañado de un abrazo. Yo también lo he echado de menos estos días de vacaciones—. Me ha dicho que te exigió que le enseñases la foto.

—Se pasó todo el día preguntando si ya habías subido la foto y después se pasó el resto del tiempo intentando convencerme de que le pidiera a tu padre la receta de la salsa.

—Mi padre no comparte sus recetas con nadie y, cuando lo hace, les hace firmar un documento de confidencialidad. Estoy segura de que Jason, su segundo, no sabe muchas de ellas.

—Le contesté algo parecido. —Carraspea a la vez que me mira de una forma que no suele hacerlo y que no soy capaz de identificar—.

¿Vamos? —Asiento y es cuando me doy cuenta de que nos hemos quedado parados en mitad del camino sin avanzar y que sigo con mi brazo en su cintura después del abrazo.

Me separo mientras intento, en vano, controlar mi sonrojo; es Joe, no debería reaccionar así.

Me ajusto la bufanda cuando empezamos a andar, no sé si es cosa mía, pero siento que hace mucho más frío que la semana pasada.

Igual el viaje exprés a Montana por Acción de Gracias me ha desajustado más de lo que pensaba, porque también he tenido problemas para despertarme para ir a correr con Brooke esta mañana.

Reconozco que me ha gustado poder estar con Mia cuatro días sin interrupciones; creo que lo necesitaba, sobre todo después de que nos eliminaran del torneo.

Suelo llevar bien estar separadas, pero es porque solemos hablar.

Sin embargo, durante el mes de noviembre nos costó más encontrar huecos para ponernos al día, así que hicimos un intensivo.

Doy un trago a mi té y el calor me llena por dentro.

—Me encanta este termo —suelto; Joe me sonríe—. Es el mejor de todos los que has comprado.

—Lo sé, por eso tengo dos. —Amplía su sonrisa cuando lo miro sorprendida—. Así me aseguro de tener siempre uno disponible.

—Gracias. —Entrelazo mi brazo libre con el suyo y el contacto con su cuerpo me ayuda a nivelar mi temperatura. Joe siempre está calentito—. ¿Nervioso por vuestro último partido? ¿Cuándo se sabrá algo de Hunter?

—Lo de Hunter falta que lo anuncien, pero está hecho —contesta con esa nota de orgullo que usa cuando habla del tema—. Y no estoy nervioso porque no será nuestro último partido, entraremos de calle en los playoffs.

—Y ganaréis la final.

—Por supuesto, Vaquera. —Me guiña un ojo—. Y tú estarás allí para verlo.

—No me lo perdería por nada del mundo.

—¿Y el resto de los partidos de los playoffs?

—No lo sé —admito con una mueca—. Mi padre ya me ha comprado el billete de vuelta para el sábado después de que acaben los exámenes; es el cumpleaños de Lauren el miércoles y lo celebraremos todos juntos, así que el primero seguro que me lo pierdo.

Quizás pueda conseguir ir a alguno, igual que el año pasado.

—¿Te refieres a cuando Mia tuvo que inventarse una excusa verosímil para que pudieras ir? ¿Qué será este año?

—No haré eso, así que no lo sé. —Me encojo de hombros—. No me gusta que le mienta, así que le he dicho que no le comente nada. El año pasado tampoco me gustó que lo hiciera, pero Mia aprovechó que estaba enfadada con él porque le prohibió ir a montar a caballo y no pude ir yo.

—No deberías tener que buscar mentiras para hacer lo que quieres hacer, Riley. Tu padre podría entender que tienes la edad suficiente como para ir a ver a tus amigos jugar los playoffs. —Suelto el brazo de Joe, dolida por sus palabras, y suspira—. Lo siento.

—No pasa nada.

Odio que Joe no entienda esa parte de mí, y lo sabe.

No voy a desobedecer a mi padre, nunca. Y sé que es hipócrita por mi parte aprovecharme de que Mia consiga convencerlo con tretas para hacer ciertas cosas, pero la mayoría de las veces me entero después de que lo haga y siempre alega: «para que vivas, hermanita, o no harías nada».

Y siempre me siento mal. Mi padre nos ha criado solo, arrastrando el duelo por la muerte de nuestra madre sin ponernos una sola mala cara.

No tuvo que ser fácil para él, como tampoco lo fue para nosotras, lo mínimo que puedo hacer es ponérselo fácil.

Lauren asumió parte de la responsabilidad familiar sin que nadie se lo pidiera, yo allané el camino y Mia…

Bueno, Mia apenas se acuerda de ello, era demasiado pequeña.

A veces me alegro de que no recuerde el dolor, otras me sabe mal que no la recuerde a ella.

El año pasado conseguí ir a los playoffs porque Mia le dijo a nuestro padre que habían aprovechado que los chicos del fútbol americano iban a estar viajando para hacer una especie de campamento de invierno de todos los equipos de la universidad para crear más sentimiento de permanencia y unión, y cuando me enteré, estuve a punto de traicionar a mi hermana y admitir que era mentira.

No lo hice porque Kieran y Savannah me llamaron y, estaban tan emocionados, que claudiqué.

Pero este año no quiero hacer lo mismo. Y sé que mi padre no aprobará que me vaya en las vacaciones de Navidad a ver a mis amigos jugar los playoffs.

Para él, el deporte es un pasatiempo divertido que está bien, siempre que no te quite tiempo de tus estudios, tu carrera y tu familia.

Mi padre no entiende la importancia que tiene a nivel universitario.

No comprende que para Joe lo es todo, que toda su vida ha girado en torno al fútbol y que su sueño es ser profesional.

Estoy segura de que ni siquiera contempla que para alguien sea su primera opción y que no le dé importancia a los estudios.

Él se ha criado en una cultura muy distinta a la de Joe; mis abuelos le inculcaron el trabajo duro y el conocimiento, y él ha hecho lo mismo con nosotras, aunque haya sido más laxo en algunas cosas, como que yo juegue al soccer o Mia al rugby.

Nunca ha practicado ningún deporte, por eso no es capaz de asimilar lo que significa para nosotras.

Y, por eso, aunque me duela en el alma, nunca sabrá que me aceptaron en Stanford y varias universidades más.

Cuando Stanford me aceptó, no lo hizo en el equipo de soccer, y sentí como si algo dentro de mí se rompiera.

Hubiera ido, triste, pero lo habría hecho, porque era lo que se esperaba de mí.

Además, toda mi familia estudió allí y Lauren contaba maravillas.

Días después de que llegase la carta, mi padre se acercó a hablar conmigo y me dijo que le parecía bien que estudiara en Havenwood y que, aunque fuera la primera de la familia en no ir a Stanford, no pasaba nada, que seguro que sería la mejor allí también.

Me alegré tanto que ni siquiera pensé, hasta pasadas unas horas, por qué mi padre había cedido.

Cuando vi la cara de Mia, supe que había sido ella.

Le mintió y le dijo que el motivo por el que estaba tan mal era porque no me habían admitido.

Como la carta de Havenwood había llegado dos días antes, Mia convenció a nuestro padre de que era la mejor opción, aunque tuviera que jugar en el equipo, porque así se ahorraba la mitad de la matrícula, ya que me otorgaron media beca.

Y aunque sé que venir aquí es la mejor decisión que he tomado nunca, todavía se me encoge el corazón cuando pienso en cómo fue.

Así que no, no quiero que Mia se invente un campamento ni una mentira para ir a los playoffs. Y, aunque me duela, no iré, porque a mi padre no le parecerá bien. Y no quiero decepcionarlo.

—¿Nos vemos para comer? —me pregunta Joe más serio de lo normal cuando llegamos a la puerta de la facultad.

—No, he quedado con Paul y varios compañeros más para comer juntos. Tenemos que organizar un trabajo en grupo.

—¿Te recogemos con el coche después del entrenamiento?

—No, ahora que no tenemos partidos hasta la temporada de primavera acabamos antes. Volveré dando un paseo y aprovecharé para llamar a Mia.

—Ah. —Se rasca la nuca, como hace siempre que está nervioso y frunzo el ceño sin entender el porqué—. Siento lo que te he dicho antes, Vaquera. Es que no me gusta que no puedas hacer lo que te apetezca.

—No pasa nada, Joe. Tienes que entender que es mi padre, no voy a desobedecerlo, igual que haces tú con tu madre.

—Esa no es la cuestión, Riley…

—¡Hola! —Paul aparece a nuestro lado, interrumpiendo a Joe. Se nos queda mirando y nos observa preocupado—. ¿Todo bien?

—Todo bien —sisea Joe y le lanzo una mirada perpleja—. Tengo que ir a clase. Nos vemos luego, Riley.

Paul y yo nos quedamos contemplando su espalda, confusos por lo que acaba de pasar. Paul sacude la cabeza y me regala una sonrisa.

—¡Felicidades por la mejor mesa de Acción de Gracias! —Me da un golpe con su hombro y aprovecho para dirigirme a clase.

—Gracias. Inside Haven me dijo que se está planteando darme el premio de forma permanente, como el de la decoración navideña.

—Oye, pues no es mala opción. La verdad es que dan ganas de ir al restaurante de tu familia.

—Invitado estás cuando quieras. —Paul amplía su sonrisa y hace que se le marque el hoyuelo—. ¿Listo para una mañana llena de clases? Estos tres días que quedan van a ser intensos.

—Nací preparado. —Me guiña un ojo y nos sentamos en primera fila como cada día. Paul mira a su alrededor antes de acercarse a mí y susurrar—: Oye, ¿haces algo el jueves por la noche?

—No, creo que no. ¿Por?

—¿Te apetecería que fuéramos a cenar al restaurante italiano? Tú y yo solos me refiero.

—Claro, sería genial —respondo con una sonrisa que provoca que Paul sonría tanto que se le marquen los dos hoyuelos. Para ser una persona con la que paso bastantes horas al día, es difícil verlos, así que me alegro de haberlo conseguido.

—Riley, es una cita —me suelta Savannah después de explicarle que Jazz y Mia no paran de insistir en ello desde que les conté que cenaría con Paul el jueves.

—No lo es —contesto exasperada.

—Yo creo que sí lo es —añade Brooke mirándome con cara de disculpa por no ponerse de mi lado.

—¿El qué sí es? —pregunta Kieran dejándose caer en la silla que preside la mesa, seguido de Tyler, Hunter y Joe, que ocupan los asientos entre nosotras. Estaba tan enfadada contándoles mi discusión con Jazz y Mia que ni siquiera me había fijado en que los chicos habían entrado a la cafetería.

—Riley tiene una cita mañana —les explica Savannah y todos se giran hacia mí con distintos grados de sorpresa, menos Joe, que se ha quedado parado mirando su plato—. Pero dice que no lo es.

—¿Cómo puede ser eso? —Hunter me observa confuso—. Una cita lo es o no lo es, no suele haber dudas al respecto.

—Lo es —susurra Brooke—, es solo que Riley no quiere darse cuenta.

—Solo es una cena —digo con un suspiro cansado.

—Riley —me llama Kieran que, por una vez, no tiene su mueca burlona—, ¿alguien te ha pedido ir a cenar juntos? —Asiento—. ¿Especificó que iríais solos? —Vuelvo a asentir y me sonríe con cariño—. Riley, te estaba pidiendo una cita, aunque no usase la palabra.

—¿En serio? —«Entonces, ¿Paul me pidió una cita? ¿Mañana tengo una cita, no una cena normal? ¿Qué se supone que tengo que hacer? Tengo que ir, ¿no? Es decir, ya le dije que sí, sería feo decirle que no ahora».

—Si, Riley, así lo solemos hacer —admite Tyler, no sé si su expresión de ternura es por lo idiota que soy o porque realmente le parece dulce que no me haya dado cuenta—.

Preguntamos si le apetece cenar y luego indicamos que es solos.

Suele darse por hecho que la otra persona entiende que es una cita.

Me centro en mi plato, no sé si por la vergüenza de no haber sabido leer las señales o por la presión que siento al pensar que tengo una cita.

Nunca he tenido una, el capullo que se suponía que era mi novio en el instituto nunca me invitó a una.

No lo vi importante, asumí que no era relevante, que eso era algo que hacían los adultos, no nosotros.

La verdad es que me hace ilusión, pero no sé si veo a Paul de esa manera.

Es decir, es guapo, me cae bien, me hace reír, pero debería sentir algo más, ¿no?

O igual es justo para eso la cita, para ver si podemos sentir algo más fuera de clase, en un entorno más romántico.

Espero que no dejemos de ser amigos si la cosa no funciona después de la cena, Paul me cae muy bien, no quiero tener que alejarlo.

—Riley. —Alzo la vista hacia Savannah y me doy cuenta de que todos me están mirando. Todos menos Joe, que no ha dicho ni hecho nada en todo este rato más que comer—. ¿Vas a ir a la cita?

—Sí, claro. —Frunzo el ceño—. ¿No debería?

—Si me perdonáis, me he dejado una cosa en el coche. —Joe se levanta de golpe y se va sin mirar a nadie. Lo observo sin entender nada hasta que escucho un suspiro de Kieran, que también se levanta.

—Voy a ayudarlo a buscar eso que se ha dejado en el coche.

Todas las miradas se vuelven hacia mí cuando, tanto Joe como Kieran, salen de la cafetería. Resoplo al ver la sonrisa de Savannah, no tengo ganas de esta conversación.

—Entonces, ¿qué te vas a poner? Tengo un par de opciones en mente que te van a encantar.

No debería haberles contado nada, aunque, por otro lado, no hubiera descubierto que era una cita.