Finge que no es amor (Rise as One 4) 19 Joe
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19 Joe

CAPÍTULO DIECINUEVE

JOE

Cuando suena el despertador a las cinco de la mañana, solo me permito posponerlo una vez antes de levantarme.

Si lo hago más, sé que me quedaré aquí tumbado, y esa no es la actitud para alguien que quiere ser jugador en la NFL.

La constancia es lo que hará que entre en el draft, nada más que eso.

El trabajo duro, el no permitirme rendirme, tal y como mi padre me ha enseñado: «Ten claro tu objetivo y haz absolutamente todo lo necesario para alcanzarlo; no te permitas distracciones ni nada que te aleje de ello».

Gracias a eso conseguí la beca completa y gracias a eso llegaré a ser profesional.

Después de pasar por el baño, me pongo lo primero que pillo y me bajo al jardín para empezar mi rutina diaria.

Desde que vivimos en la casa de Kieran, no necesitamos ir al gimnasio del campus deportivo para ello, así que hemos ganado tiempo de entrenamiento y de sueño.

Me coloco los auriculares y selecciono la lista de reproducción que siempre me acompaña.

La canción They don’t care about us de Michael Jackson me da la bienvenida un día más al entrenamiento.

Saco la pesa de diez quilos de la caseta del jardín y empiezo el calentamiento. Un día más cerca del objetivo.

Media hora más tarde, aparece Barry con cara de sueño y la ropa arrugada.

Estoy seguro de que se ha dormido con ella por pereza de ponerse el pijama o por haberse quedado dormido mientras jugaba a la consola.

Mientras calienta, saco del cobertizo el equipo de entrenamiento que nos regaló Kieran por nuestro cumpleaños —según él, para que no nos matásemos una mañana, ya que no quería cadáveres en su casa— y bebo un poco de agua de la botella que acaba de traerme mi hermano.

Lo preparo todo mientras Barry empieza a despertarse haciendo desplazamientos con la pesa de quince quilos.

Estoy seguro de que se ha equivocado al cogerla y que lo está notando, pero es demasiado cabezota como para detenerse y coger la de diez.

Nos pasamos el balón medicinal mientras la canción Still D.R.E.

suena de fondo en el altavoz que ha sacado Barry y, cuando acabamos con ese ejercicio, nos ponemos con el trineo de empuje.

Los que tenemos en el campus son más pesados, pero este nos apaña bastante bien y, si necesitamos más peso, nos ponemos alguno de los dos encima.

Acabamos con una serie de press banca y estiro el cuello antes de subir a por la ducha que tanto necesito.

Barry se queda recogiendo, como siempre.

Acordamos que lo haría el último en bajar, yo no tengo la culpa de que a él le guste quedarse jugando a la consola hasta tarde y luego se le peguen las sábanas.

Dejo que el agua caliente me quite la tensión de los hombros y finalizo con un chorro de agua fría que termina de despertarme.

Recojo el desastre de baño que comparto con mi hermano y me pongo una nota mental de dejarle una propina extra a Stella, la mujer que consigue que no vivamos en una pocilga.

Sé que Kieran le dijo que si no quería limpiar nuestro baño, no lo hiciera —y, la verdad, puedo entenderlo—, pero la buena mujer lo hace igualmente, así que siempre le dejo un sobre con dinero extra que le robo a Barry.

A ver, antes de que me condenes por ser un hermano de mierda, he de decirte que Barry es el más guarro de los dos, así que se merece pagar más.

Y mi madre aprueba este negocio, así que estoy libre de pecado.

Nada más llegar a la cocina, preparo la cafetera y saco los ingredientes para el desayuno.

Mientras el beicon se empieza a cocinar, pongo cuatro rebanadas en la tostadora.

Dispongo la mesa y, cuando estoy acabando, aparecen Kieran y Aba por la puerta con una sonrisa.

Siempre están sonriendo, sobre todo si están juntos, sea la hora que sea. Me dan mucha envidia.

—Buenos días —me saluda el irlandés dándome una palmada en la espalda—. ¿Qué tenemos hoy para desayunar?

—Huevos con beicon y tostadas —contesto a la vez que remuevo los huevos—. Aba vuelve a los entrenamientos después del torneo y Acción de Gracias, necesita proteína.

—Gracias. —Aba se acerca para darme un beso en la mejilla—. ¿Podrías hacerme también unas salchichas?

—Ya estoy en ello. —Le señalo una sartén con las cuatro que quedaban en la nevera—. Hay que comprar más.

—Eres el mejor. —Se sienta en la mesa, donde Kieran está sirviendo el café y le sonríe—. Tienes que ir a la compra.

—Empiezo a pensar que nos saldría más barato contratar un catering. —Esboza su sonrisa malvada de medio lado y mira hacia la puerta—. O echar a Barry, no tengo claro qué sería mejor.

—No puedes vivir sin mí —se defiende mi hermano, entrando y dejándose caer en una de las sillas—. Además, Joe se vendría conmigo y te quedarías sin cocinero.

—No pienso hacer tal cosa —suelto como si nada y llevo los platos con la comida a la mesa. Antes de sentarme, enciendo el hervidor de agua—. ¿Vendrá Glen hoy?

—No —contesta Barry untando de mantequilla una de las tostadas—. Está de camino a Texas para una competición. Y, a juzgar por la cantidad de notificaciones que tengo en el móvil, me atrevería a decir que está nerviosa.

—Tú no le hagas caso, campeón —ironiza Kieran—, seguro que eso la ayuda mucho más.

—Estuve jugando con ella hasta las dos de la madrugada para que se desfogara.

—He aquí el motivo por el que ha bajado tan tarde a entrenar—.

Hasta la dejé ganar un par de veces que estaba claro que iba a morir, solo para que hoy se sintiera mejor.

No pasa nada si no hago caso a los memes que me manda durante un par de horas.

—A mí también me ha mandado unos cuantos —añade Aba.

—Su maestro la está presionando mucho este último curso, o puede que sea ella misma, no lo tengo claro. —Barry se sirve otro plato de huevos con beicon—. Además, creo que iba su padre a verla y eso siempre la altera.

—Pensaba que se llevaba bien con su padre —comenta Aba extrañada.

—Tienen una relación de amor odio peculiar. —Barry se encoge de hombros—. Hay días que los escuchas hablar y se adoran y días que te apartas para que no te salpique la sangre a través del teléfono.

—Vamos, lo que viene siendo una relación familiar normal —bromea Kieran.

—No sé qué decirte, si yo le hablase a mi madre la mitad de mal que le habla Glen a su padre, no vería salir la luz del sol. —Barry y yo nos estremecemos de miedo solo de pensarlo y Kieran suelta una carcajada.

—¿Crees que deberíamos pedirle a la señora Coleman que se mudase con nosotros un tiempo? —se burla Kieran, hablando con Aba como si no estuviéramos delante—. Sería interesante de ver.

—Claro —Aba esboza una sonrisa de medio lado y yo ya me estoy riendo antes de escuchar la réplica—, también puede venir tu abuelo o mi padre. Eso sería interesante de ver.

—No caben —comenta Barry sin entender del todo el comentario de Aba. Se perdió muchas cosas el curso pasado.

—Claro, porque ese sería el principal problema —ironiza Kieran negando con la cabeza—. En fin, tenemos unas clases a las que asistir.

Kieran y Aba se encargan de recoger la mesa mientras Barry acaba de engullir su tercer plato de desayuno.

Aprovecho para hacerle el té a Riley, como cada mañana.

Lo dejo infusionar mientras preparo la mochila, tanto para el entrenamiento como para clase.

Una vez listo, lo vierto en el termo y añado una nube de leche antes de cerrarlo con fuerza para que no se salga nada.

—¿Ese termo es nuevo? —me pregunta Kieran observándolo con atención—. El otro solo tenía un mes.

—Sí, pero no aguantaba el calor tanto como a Riley le gusta. —Me encojo de hombros sin mirarlo, aunque él no me quita ojo de encima. Cuando me canso de su actitud, contesto a su pregunta, aunque no la haya verbalizado—: Estoy bien.

—No he abierto la boca —se defiende.

—Como si te hiciera falta. —Niego con la cabeza y me dirijo a la puerta para coger la chaqueta.

—¿De verdad no piensas decírselo nunca?

—¿Algún motivo por el que hoy saques el tema? —le rebato en lugar de contestar.

Llevábamos desde Halloween sin hablarlo, cuando me preguntó si era cierto que me había ido con una tía a la cama y casi se gana un puñetazo solo por pensarlo.

Ya le he dejado claro varias veces que, si no es con Riley, no es con nadie.

Me había hecho la falsa ilusión de que iba a dejar de interrogarme. De ilusiones también se vive.

—Puede. —Se encoge de hombros; respiro hondo para no estamparle el puño en la cara. Odio cuando hace eso—. O puede que no sea nada, no lo tengo claro.

—Dudo mucho que tú no sepas algo —escupo, porque está empezando a cabrearme de verdad con tanta intriga.

—La cuestión aquí es si a ti te gustaría saberlo o no.

—Sabes que sí —digo con un suspiro resignado.

—Hay alguien que, al parecer, ha sido consciente de las grandes cualidades que tiene Riley. Además de ti, quiero decir. —Miro hacia la escalera, para comprobar que mi hermano no esté escuchando esta conversación. Me alivia ver que no es así—. Y, al parecer, también quiere pedirle una cita.

—No puedo controlar lo que hacen los demás. —Mi tono suena duro, serio, aunque por dentro me esté quemando esa información—. ¿Lo conozco?

—Sí, pero, antes de que lo preguntes, no pienso decirte quién es. Aunque no es difícil de deducir, no quiero ser el motivo por el que alguien acabe en Urgencias por una paliza.

—Será la primera vez —siseo—. De todas formas, como he dicho, no puedo controlar lo que hacen los demás.

—Pero puedes adelantarte —me propone Kieran como si fuera obvio.

—No estoy preparado —murmuro saliendo de casa, no quiero seguir con esta conversación, aunque me largue sin mi hermano.

—¿Para qué?

—Para que me diga que no.

Y ahí está el motivo real por el que no le he dicho nada a Riley desde que nos acostamos, a pesar de los meses que han pasado. A pesar de las ocasiones que he tenido para hacerlo o las veces que hemos estado solos y he deseado besarla… Me aterra que me rechace y perderla para siempre.