17 Riley
CAPÍTULO DIECISIETE
RILEY
Cuando divisamos el camino que lleva a la residencia, tanto Brooke como yo aminoramos la marcha.
Ni siquiera tenemos que hablar; después de más de dos meses, nos hemos acostumbrado al nuevo recorrido que hacemos cada mañana para salir a correr y sabemos el punto exacto en el que bajar el ritmo.
El inicio de este curso se me ha pasado volando y muy lento a la vez.
Es como si el caos del día a día nos absorbiera hasta el punto de no ser capaces de procesar nada, pero, a la vez, los días avanzan poco a poco. Es difícil de explicar, creo.
Ya no estamos en primero, donde todo era un reto, ahora formamos parte de la universidad y su ajetreo habitual.
Me gusta. Mi día a día es simple, calculado, sé lo que viene sin necesidad de pensar.
Mi nueva habitación tiene pósteres en el techo de mis libros de fantasía favoritos —regalo de Mia que Joe se encargó de poner— y la temporada de fútbol ha empezado con cinco victorias a una. No lo cambiaría por nada del mundo.
—No sé cómo puedes escuchar este tipo de música —me reprocha Brooke mientras saca el móvil para detener la reproducción y me quita un auricular para que le preste atención —. Gracias por la recomendación, pero voy a volver a mis canciones habituales. Es demasiado para mí de buena mañana.
—A mí me relaja. —Aprovecho la interrupción para añadir la canción que está sonando a la lista de mis favoritas y a la que comparto con Joe—. Me ayuda a concentrarme.
—Como un día te acerques a la facultad de Aba y algún estudiante de neurociencia te escuche decir esas cosas, estoy segura de que no saldrás de allí sin que te hagan varias pruebas —bromea riendo.
—Igual me dan algún truco para dormir —le sigo la broma.
—¿Y aquella cuenta de YouTube que te comentó Kieran? Esa que eran como muchos ruidos a la vez de música o algo así.
—No está mal, pero no es genial. Prefiero el metal, es más entretenido. —Me río mientras Brooke niega con la cabeza—. No pasa nada, la médico del equipo me dijo que no todo el mundo necesita dormir las mismas horas.
—En fin, nos vemos luego en el entrenamiento —se despide al llegar a su puerta y yo me acerco a la mía.
Cuando entro, Jazz está bailando medio vestida con el jersey corto que le hizo la madre de Brooke y unas braguitas de encaje que son del mismo color.
Su nivel de ir conjuntada es maxiplus. La canción de reggaetón se corta de golpe y es sustituida por BEAST, la que sonaba mientras corría.
Jazz se gira para mirarme indignada y yo me encojo de hombros.
—Hasta el altavoz prefiere mi música —me burlo y pauso desde mi móvil—. Se ha conectado solo.
—Mis cosas te quieren tanto como yo. —Se acerca a darme un abrazo y plantarme un beso—.
He preparado algo que, según el envase, son tortitas.
Está bueno, aunque quizás hay que buscarle otro nombre para no insultar a las tortitas.
Por cierto, esta noche no me esperes, en cuanto acabe el entrenamiento desaparezco.
—Oh, cierto, ¡feliz aniversario! —Hoy hace un año que Jazz y Katherine se liaron por primera vez. A pesar de que al principio fueron poco a poco mientras se conocían, ahora son inseparables—. ¿Por eso llevas el mismo jersey que ese día?
—Exacto. —Tiene una sonrisa radiante y aprovecho para desayunar con ella antes de irme a la ducha y prepararme para ir a clase. Eso puede esperar, prefiero escucharla hablar de todos los planes que tiene para hoy y mañana.
Una hora después estoy esperando a Joe en el punto donde solemos encontrarnos cada día para ir juntos a la facultad.
Es raro que todavía no esté, de normal suele esperarme él a mí, aunque suele ser porque Jazz me entretiene y hoy estaba demasiado nerviosa para eso.
Cinco minutos después se acerca con una sonrisa y un termo con té en la mano.
Nada más llegar hasta mí, me da un beso en la mejilla y me entrega mi bebida.
—Ya pensaba que no vendrías —bromeo antes de darle un trago a mi té. Hago una mueca al darme cuenta de que se ha enfriado de camino hasta aquí.
—Barry se ha colado en el baño cuando me tocaba a mí, y la princesa necesita mucho tiempo para arreglarse.
—¿Y dónde está? ¿Hoy no viene? —le pregunto mientras empezamos a andar de camino a la facultad.
—Había quedado con Glen, algo sobre un trabajo que tenían que acabar antes de que ella se fuera a la competición o algo así. No me he enterado de nada porque tenía la boca llena y ya estaba saliendo de casa.
—Hace días que no veo a Glen. —¿Cuántos? Ni idea, pueden ser diez o treinta. Intento hacer memoria, pero no lo consigo.
—Si no viniera a casa a desayunar de vez en cuando, yo tampoco la vería. Aunque ayer nos acompañó a comprarle a Candy el regalo de aniversario. Y menos mal, porque si llega a ser por nosotros…
—Lo sé, las dos opciones que me enviaste eran… ¿horribles? Lo siento, no puedo encontrar una palabra que lo defina mejor.
—Fue cosa de Barry, le dije de ir a la joyería desde el primer momento. Al final le compró un colgante con una «B» y un corazón.
—Es un buen regalo —admito—. Además, Candy siempre lleva cadenas, le gustará.
—Eso dijo Glen, y que es algo que podía llevar mientras trabaja para recordarle a todo el mundo que Barry es suyo y solo suyo y que no le gusta compartir. —Me río por las palabras de Glen y Joe me acompaña—. Razón no le falta.
—Mientras Barry sea feliz… —Vuelvo a beber de mi té y me trago un suspiro, este termo no me gusta, no aguanta el calor como debería, así que me lo bebo todo de un trago para no tener que tirarlo—. Y hablando de gente feliz, ¿sabes algo de la novata de Phi Omega?
—No, una vez solucionado el problema, no había mucho más que decir.
—Se encoge de hombros y sonrío. Joe ayudó a la chica a esconderse de su exnovio que vino a reclamarla como suya.
Lo mejor de todo fue que, cuando la vio con él, dio por hecho que estaban juntos y se fue alegando que «no tenía nada que hacer contra un jugador de fútbol».
Reconozco que me dio un poco de pena en ese momento—. ¿Qué vas a hacer hoy para comer?
—Hoy almorzamos con Blake y Paul, ¿no?
—Cierto, hoy toca el día de comer con nuestros compañeros de clase —se burla Joe rodando los ojos.
Este año establecimos que un día a la semana no comeríamos juntos, lo haríamos cada uno en nuestra facultad.
¿Por qué? Ni idea, supongo que porque a veces se cansan de estar juntos todo el tiempo con sus parejas o porque necesitan echarse de menos.
Aunque la propuesta fue de Kieran y a él le da igual, Aba es su compañera de clase, así que vete a saber el motivo oculto del irlandés para tomar esa decisión—.
¿Quedamos aquí cuando se acabe la última clase?
—Perfecto. —Le sonrío y le devuelvo el termo—. Nos vemos luego.
—Esta tarde llega un termo nuevo —me informa y frunzo el ceño—. Llevas varios días tomándotelo demasiado rápido, así que imagino que está perdiendo más calor del que te gustaría.
—Iba a comprarlo yo, al fin y al cabo, soy yo quien lo usa.
—No hace falta. —Me guiña un ojo y se despide con la mano cuando Blake pasa por su lado.
—Buenos días —me saluda Paul. Le respondo con una sonrisa—, ¿preparada para otra mañana más de clase?
—Siempre.
—Así me gusta. —Me guiña un ojo y nos dirigimos a la primera clase. ¿He dicho ya que me encanta mi rutina diaria?
—Vente a cenar a casa —me propone Joe cuando estoy sentada con él en la parte trasera del coche de Kieran. Aba va delante con él y Barry se ha ido con Glen para acabar ese trabajo que tenían que hacer—. Vamos a pedir hamburguesas.
—¿No vas a cocinar? —bromea Kieran—. Mira que te echo del coche.
—Barry me ha pedido que me espere a mañana para preparar el último táper de nuestra madre.
—Vamos, que tengo que escribir a vuestra madre para que mande más comida.
—No están en Detroit. Mi padre tenía unos días libres y Savannah les ha alquilado la cabaña que tiene en Vermont por un precio irrisorio.
—Tu madre me ha enviado una foto esta mañana desde allí —le explico a Joe—. Aunque no me ha quedado claro si el hecho de que les hayan preparado el desayuno les ha gustado o no.
—Conociendo a la señora Coleman, no, no le ha gustado —añade Kieran riendo—. ¿Así que la madre de Joe te manda fotos, Riley? ¿Ya no te odia?
—¡Nunca la ha odiado! —dice Joe, pero los dos lo ignoramos mientras Aba se ríe por lo bajo.
—Hicimos buenas migas cuando estuve en su casa, hasta intentó enseñarme a cocinar.
—¿Intentó? ¿Hay algo que esa mujer quiera y no consiga?
—En su defensa diré que mi padre es jefe de cocina y tampoco lo consiguió. —Me doy cuenta de que Kieran no coge el desvío para el aparcamiento de mi residencia, así que me acomodo más en el asiento—. ¿En dónde vamos a pedir las hamburguesas?
—¿Alguna vez te quejas o expresas lo que quieres, Riley? —me pregunta Kieran tan serio que hasta Aba lo mira extrañada. Me encojo de hombros y resopla—. Si quieres que dé la vuelta y te deje en la residencia, solo dilo.
—No me molesta cenar con vosotros —le respondo confusa—. Si no quisiera, os lo hubiera dicho.
—¿Seguro? Porque empiezo a pensar que no.
—Lo hubiera hecho —me defiende Joe y pone su mano en mi muslo—. Realmente le da igual.
—Entonces, vamos a pedir comida coreana —propone Kieran y pongo tal mueca de asco que el coche se llena de carcajadas—. Vale, sí, puede que no lo verbalices, pero me queda claro que sí que lo expresas cuando algo no te gusta. ¿Hamburguesa o bocadillo de brisket?
—Bocadillo de brisket —contestamos Joe y yo a la vez, lo que nos hace reír.
Kieran toma el desvío hacia el puesto de comida callejero y aprovechamos que todavía no hace muchísimo frío para comerlo allí mismo en una mesa que tienen y que suele estar ocupada.
Cuando Joe va a pedir una segunda ronda, Kieran y Aba se pierden para dar un paseo juntos, así que nos quedamos solos.
—La semana que viene empieza la feria de otoño, ¿tienes ganas? —me pregunta—. El año pasado lo pasaste bien.
—El año pasado lo pasé genial —lo corrijo—. Y sí, me muero de ganas. ¿Vas a llevar tu traje de flecos?
—¿Es el campo de fútbol verde? —Resopla, como si le hubiera molestado la duda—. Por supuesto que pienso ponérmelo. Ya lo he llevado a la tintorería para dejarlo perfecto.
—Te quedaba muy bien —admito—. Una vez eras capaz de obviar los flecos, la verdad es que estabas muy guapo.
—Yo voy guapo siempre —bromea.
—Eso es porque siempre llevas lo mismo: unos pantalones de chándal y una camiseta. O una sudadera si hace frío.
—Son mis mejores galas.
—Lo sé. —Me río y aprovecho el silencio para acabarme el segundo bocadillo—. ¿Celebraréis la fiesta de Halloween en casa como el año pasado?
—Sí, aunque estamos teniendo más discusiones de las habituales.
Nos gustaría que fuera épica, ya que es la última, pero es difícil superar la del año pasado.
—Le aprieto el brazo, porque ha puesto una mueca triste cuando ha dicho que será la última y me regala una sonrisa—. ¿Savannah ya ha elegido los disfraces?
—No para de pelearse con Jazz. —Ruedo los ojos—. He decidido que paso, que me digan lo que tengo que llevar y que se apañen.
—¿Y si acabas disfrazada de prostituta?
—Nunca me harían eso. —Mi tono sale agudo por el miedo y Joe empieza a reírse a carcajadas—. No ha tenido gracia.
—En realidad, sí, mucha. Los del año pasado molaron, seguro que los de este también.
—Se acaba el tiempo y me pone nerviosa no saber nada —admito—. Paso de meterme en la discusión, pero la verdad es que necesito que se decidan ya.
—Lo sé, Vaquera.
Claro que lo sabe, porque me conoce más que nadie. Igual que ha sabido que el termo ya no me gustaba o que prefería cenar con ellos que sola hoy, a pesar de que se lo he dicho. Porque Joe es así, no necesita palabras para saberlo todo de mí y por eso es tan genial.