13 Joe
CAPÍTULO TRECE
JOE
Hoy se va Riley y no quiero que lo haga.
Incluso hablé con Mia para ver si podía convencer a su padre, pero me dijo que había conseguido estirar todos los días posibles gracias al campamento, que era imposible.
Reconozco que me cabreé y estuve a punto de llamarlo yo, pero no le hubiera hecho ningún favor a ninguna de las dos.
Mi frustración la tengo que manejar solito.
Aunque lo que más me jode es que parece que Riley tampoco quiere irse.
O puede que solo esté queriendo ver un reflejo de mis sentimientos.
Observo cómo todos los niños la abrazan y le regalan un ramo de rosas blancas de despedida, junto con una tarjeta que han firmado y no puedo evitar sonreír.
Se los ganó desde el primer día, como sabía que pasaría.
Me va a dar mucha pena venir mañana sin ella, en gran parte por mí, pero también por ellos.
Siento una palmada en la espalda, más fuerte de lo que cabría esperar para un hombre que ya es abuelo, y el entrenador se planta a mi lado mientras observa a Riley y los niños con una sonrisa.
—Fue todo un acierto invitarla, gracias por hacerlo posible —dice sin mirarme.
—Fue ella quien quiso venir, yo solo facilité las cosas.
—Me da la impresión de que si esa chica te pidiera la luna, harías todo lo posible por hacerte astronauta y traerle el trozo más grande que pudieras.
—Sonrío de medio lado, pero no contesto, lo que provoca que se ría—.
No sé cómo puede no verlo, es tan evidente que hasta los niños se han dado cuenta.
—Porque para ella nada ha cambiado. —Giro la cabeza y él hace lo mismo—. Seguimos siendo los de siempre.
—Pero para ti no.
—Para mí no. —Podría haber mentido, pero no hubiera servido de nada. Este hombre me ha entrenado durante años, me conoce, sabe todo de mí. Estoy seguro de que lo supo desde el instante en el que aparecimos juntos en el campo.
—¿Desde cuándo?
—Algo más de un mes.
—Así que tú eras otro ciego que no veía lo evidente —asume, aunque no va muy desencaminado. Vuelve a girarse para observar a Riley, que me regala una sonrisa mientras intenta abrazar a la mayor cantidad de niños posible—. Supongo que ella necesitará más tiempo para darse cuenta.
—No sé si ocurrirá —admito con un suspiro.
—Entonces, haz que ocurra. —Se encoge de hombros y supongo que interpreta mi silencio como una invitación a seguir hablando—.
A veces escondemos nuestros sentimientos porque pensamos que, si lo hacemos, no cambiará nada, pero la realidad es que, en el momento en que los sentimos, ya ha cambiado todo.
Otras veces es porque no entendemos lo que sentimos y necesitamos que alguien nos dé un golpecito o nos enfoque con una luz para ver lo que hay escondido en la sombra.
Riley parece de este segundo grupo, así que, si quieres algo con esa chica, tendrías que darle claridad.
—Lo sé.
—¿Y qué piensas hacer?
—Ser del primer grupo hasta que sea capaz de sacar a Riley del segundo.
—Me decepcionas, hijo —comenta y empieza a alejarse negando con la cabeza—. Nunca te he tenido por un cobarde.
Supongo que siempre hay una primera vez para todo.
Desconozco si Riley es capaz de notar la tensión que hay en el coche, pero me está costando no arrancar el volante y ponerme a gritar.
Nada más subirnos, he puesto una lista aleatoria de rock, pensando que así ella estaría más tranquila y yo, si ella está bien, también lo estoy.
Al parecer no he mirado bien qué seleccionaba, porque llevamos cuatro baladas de amor que me tienen con los nervios a flor de piel.
Maldita la hora. Cuando la canción Here without you de 3 Doors Down empieza a sonar, sé que no voy a poder aguantar todo el viaje así.
—¿Te importa si cambio de música? —suelto cuando estoy a punto de explotar.
—¿Qué? —Riley se gira para mirarme confusa, como si no hubiera esperado que hablase en todo el trayecto.
Al menos ha dejado de estar pegada a la ventanilla.
Parece que su cerebro sí que ha procesado las palabras, porque sonríe—.
Ah, sí, pon lo que quieras. O algo animado, esta playlist es un poco deprimente.
—¿Las baladas de amor te parecen deprimentes? —me burlo y su sonrisa se amplía—. Hazlo tú, así seguro que no vuelvo a fallar.
—No has fallado —me reprende cogiendo el móvil. No puedo evitar la sonrisa que se me forma cuando una de mis canciones favoritas empieza a sonar: Head up de The Score—. He puesto una de las playlists que usas para entrenar.
—¿Lo puedes decir con menos desánimo? Como si no despreciases esa música o algo —bromeo y rueda los ojos.
—Perdona, no es la música, es que me da mucha pena irme. He disfrutado mucho de estos días.
—Yo también. —Me atrevo a ponerle la mano en el muslo y entrelazo sus dedos con los míos—. Puedes volver siempre que quieras, ya lo sabes.
—¿Sabes qué me gustaría en realidad? —Niego con la cabeza y su cara de ilusión ilumina el coche entero—. Que en lugar de irme yo, viniera Mia. Podría enseñarles rugby y algo de hockey.
—¿Tú has visto a esos niños? ¿De verdad crees que necesitan algo más agresivo? Ya me ha costado lo mío que no terminasen a hostias con cada bloqueo, como para hacerlo sin protecciones o con un stick.
—Es darles más opciones y que elijan. Así acabé jugando yo al soccer y Mia a rugby.
—Nunca me has contado cómo fue.
—Fue culpa de Mia.
—De eso no me cabe duda —la interrumpo y se ríe.
—Mi padre nos mandó a las tres a un campamento de verano…
de matemáticas. —Resopla—. Hasta a Lauren le pareció aburrido.
Encima era un lugar con más actividades, así que mientras otros niños jugaban y se bañaban en el lago, nosotras teníamos seis horas de clases.
Una mañana Mia me sacó de la cama y me dijo que nos íbamos.
—A que lo adivino: tú no querías, pero ella te obligó.
—No me obligó…, pero no pensaba dejarla sola.
Si Mia es un peligro ahora, imagina cómo era con siete años.
Le dejé una nota a Lauren sin que Mia me viera y salimos a hurtadillas de la caseta.
No sabía el plan de Mia, solo que sería una locura, pero antes de que pudiera disuadirla, salió un grupo para irse de excursión por los alrededores y pasar el día en otra zona del lago.
Por supuesto, Mia cambió de opinión y decidió que ese plan era mucho mejor.
—Estoy seguro de que lo era.
—Lo fue, incluso si nunca me contó el plan original. De hecho, sigo agradeciendo en secreto que lo hiciera y, si volviera a ese instante, no cambiaría nada de lo que ocurrió.
—Entonces, ¿os acoplasteis a una excursión con otro grupo y nadie preguntó nada?
—Mia les dijo que nuestras monitoras nos habían dicho que fuéramos y… allí estábamos. Como llevábamos una mochila con ropa de recambio, bañador, agua y comida, dedujeron que era verdad. Éramos dos niñas pequeñas, nadie sospechó nada.
—¿Y no os buscaron?
—Lauren nos cubrió. Creo que es la única vez que se ha saltado una regla.
—Flipo. —Me río porque me alucina que pasen estas cosas y, a la vez, si está Mia involucrada, me lo creo todo.
—Después de la excursión, un baño y la comida, montaron varios campos para distintos deportes a orillas del río: vóley, rugby, soccer, fútbol americano…
Mia los probó todos y yo me senté a disfrutar de las vistas con un libro.
Al cabo de un rato, el libro se acabó y me aburría, así que cuando se les escapó un balón de soccer que acabó en mis pies y me preguntaron si quería jugar, me encogí de hombros y me acerqué hacia allí.
Tres horas después, seguía feliz con el balón en los pies y Mia decidió que tenía que apuntarme al equipo del colegio.
—¿Y ya está? —pregunto cuando se queda callada—. ¿Cero consecuencias a vuestra locura?
—A nivel de campamento, no. Cuando llegaron las monitoras a comprobar cómo estábamos, Mia nos encerró en el baño y fingió que vomitaba. A nivel de nuestro padre… bueno, fue de las primeras discusiones de verdad que tuvieron él y Mia.
—¿Lauren le avisó?
—No, Lauren nos dio un discurso sobre responsabilidad y decir la verdad, así que Mia cogió y llamó a nuestro padre para explicarle lo que habíamos hecho.
—Tu hermana tiene más agallas que todos de los tíos con los que me he enfrentado.
—Las tiene, ese día me di cuenta. Porque a pesar de la bronca de nuestro padre, consiguió que dejásemos de ir a clase de matemáticas seis horas al día y formar parte del campamento de deporte. Hasta Lauren se cambió.
—¿Sabes? Me encanta cuando me cuentas cosas sobre ti —admito y me regala una sonrisa—. Sobre todo, porque veo cierto patrón cuando tienes a Mia cerca que ocultas cuando estás en la universidad.
—¡No lo oculto! Es que Jazz es más tranquila. —Se encoge de hombros.
—Y menos mal, o a saber dónde hubieras acabado.
—Déjame pensar… —Se da unos golpecitos en la barbilla, como si lo estuviera haciendo de verdad—: ¿En un túnel del terror perseguida por un jugador de hockey con un stick más afilado que sus patines?
¿Pasando fin de año en Nueva Orleans? ¿En una feria de otoño rodeada de flecos?
Ah, no, espera, que todo eso fue tu culpa.
—Gracias a mí, Vaquera —la corrijo y se ríe—. Gracias a mí.
—Cierto, gracias a ti.
Me aprieta más la mano que todavía tiene cogida y cuando el silencio, esta vez cómodo, nos vuelve a envolver, pienso cómo de malo sería proponerle una cita.
Es decir, es mi mejor amiga, pero nos comportamos como algo más, no sería tan loco, ¿no?
Quizás sea justo lo que necesita para darse cuenta de que somos más que eso.
Además, ya nos hemos acostado, no debería ser incómodo.
Igual no debería usar la palabra «cita» para no asustarla, pero sí proponerle algún plan para cuando volvamos a la universidad en un par de semanas. Algo nuestro, bonito, diferente…
—Oye, Riley… —La vibración constante de los dos móviles, tanto el suyo como el mío, me interrumpe y los dos nos miramos sin entender nada—. ¿Qué coño?
—Es el grupo con todos —me informa y sus ojos se agrandan—. Savannah acaba de enviar un artículo de la ESPN: Hunter está en la lista de posibles candidatos al trofeo Heisman.
—Joder… Esto es… joder, ¡es la puta hostia!
—¿Cómo de importante es ese trofeo?
—Es el premio más prestigioso que te pueden dar como jugador de fútbol americano universitario. Equivale a ganar el balón de oro en soccer.
—¿Y qué significa que Hunter esté en esa lista?
—Muchas cosas —admito soltando el aire poco a poco para regular los latidos de mi corazón.
Noto la adrenalina subiendo por todo mi cuerpo, como justo antes de una jugada. He evitado pensar en la nueva temporada este verano, pero se acabó. Estamos dentro, estamos haciendo las cosas bien, todo por lo que hemos luchado empieza a dar resultados. Y toca ponerse las pilas de nuevo.
—¿Buenas o malas?
—Las dos. —Se queda callada e intento ordenar mis pensamientos antes de hablar—: Significa que en diez minutos tendremos un correo del entrenador Phillips para que movamos nuestro culo de vuelta a la universidad, que esta temporada estarán todos los ojos puestos en nosotros, mucho más de lo que esperábamos, quiero decir, y que, si Hunter sigue estando en esas listas después de los primeros partidos…
—respiro hondo para controlar los nervios—, significa que estamos haciendo las cosas bien, que todo por lo que hemos luchado desde que entramos al equipo está dando resultados, que Havenwood Warriors dejará de ser un equipo de segunda y los ojeadores nos tomarán en serio.
Significa tener posibilidades en el draft, posibilidades reales, no sueños.
—¿Solo entrar o algo más? ¿A qué nivel para un guardia? Entiendo que para Hunter siendo quarterback le daría posibilidad de entrar en primera ronda, pero ¿tú o Barry?
—Con entrar en el draft ya me conformaría, pero…
podríamos estar hablando de ser seleccionado en la tercera o cuarta ronda.
Soy consciente de que solo los guardias muy buenos están ahí, pero si nos miran, nos miran de verdad, quiero decir, verán de lo que somos capaces.
Llevamos toda la vida preparándonos para ser jugadores de la NFL, tenemos lo que hay que tener.
Joder, cómo agradezco que mi madre no nos dejase marcarnos como seleccionables el año pasado y darnos más margen.
—Entonces, creo que vas a tener mucho curro por delante —dice con una sonrisa de oreja a oreja—. Tu sueño está cada vez más cerca.
—Joder, sí.
Cuando vuelvo al coche después de despedirme de Riley, todavía temblando con la noticia de Hunter resonando en mi cabeza y toda la adrenalina, me doy cuenta de que no le he propuesto la cita tal y como quería.
Quizás sea mejor así, van a venir unos meses en los que estaré muy ocupado entrenando y jugando.
Merece que cuando dé el paso pueda estar centrado en ella, en nosotros, en construir algo bonito desde los cimientos, no que esté haciendo malabares con las horas libres que tenga.
Puedo esperar, ella va a seguir ahí a mi lado y es todo lo que necesito.