Finge que no es amor (Rise as One 4) 12 Riley
41%

12 Riley

CAPÍTULO DOCE

RILEY

—¿Por qué nunca os besáis?

Me giro tan rápido hacia Stephanie que mi cuello se queja, porque no sé a qué viene esa pregunta. Nos está mirando alternadamente a Joe y a mí, confusa, como si no entendiera nada. Observo a Joe, que se ha quedado con el tenedor parado a medio camino de su boca, y decido contestar:

—¿Perdón?

—Joe y tú nunca os besáis. ¿Por qué no?

—No son pareja —responde el entrenador por nosotros y agrando todavía más los ojos. ¿En serio? ¿Aquí también?

—¿No?

—¿Cómo que no?

—¡Si son perfectos juntos!

—Tener pareja es asqueroso.

Contengo una risa ante el comentario de uno de los niños e ignoro el resto, sobre todo de las niñas, que se habían montado una película preciosa y empalagosa sobre nosotros y nos la están contando como si fuera obvio.

—Siento quitaros la ilusión, chicas —las interrumpe Joe—.

A mí también me encantaría ser su pareja, pero Riley no me da ni la hora.

—Frunzo el ceño hacia Joe, que me ignora mientras les sonríe con una sonrisa de medio lado y hace que todas se rían.

¿A qué viene ese comentario?—. ¿Creéis que podría conquistarla?

—¡Sí! —gritan varias a la vez y me llevo la mano a la cara. No me puedo creer que Joe les esté dando alas.

—Mi papá dice que la clave para conquistar a una mujer es una buena comida —dice una de las niñas acercándose más a Joe, como si fuera una confidencia y no estuviéramos todos escuchando—. Aunque no sé cómo lo hizo con mamá, porque mi padre no sabe cocinar.

El entrenador se atraganta con el agua que estaba bebiendo y yo tengo que girar la cabeza para no reírme ni que se me note el sonrojo.

Joe está haciendo un trabajo enorme para no soltar una carcajada.

La madre que los parió. Llevo cuatro días con ellos y alucino con las ocurrencias que tienen.

Yo a su edad no era así, aunque Joe me ha dicho que seguro que era peor, pero que no me acuerdo. Dudo que tenga razón.

—Por suerte, yo sé cocinar y me consta que a Riley le gusta —le contesta Joe, siguiéndole el juego, y lo fulmino con la mirada por hacerlo, aunque vuelve a ignorarme.

—Mi papá le regala flores a mi mamá muchas veces —suelta otra pensativa—, aunque creo que a mi mamá no le gusta, porque cuando lo hace suele dormir en el sofá. Pero igual a Riley sí le gusta.

«Nota mental: si alguna vez tengo hijos, tengo que asumir que sus profesores van a enterarse de todo».

—Pues nunca le he regalado flores, tampoco sé si le gustan.

—Miro a Joe sin entender nada, pero, una vez más, sigue sin hacerme caso.

¿Se puede saber qué le pasa? Por fin se digna a alzar la vista hacia mí, aunque soy incapaz de leer algo en su expresión, y mucho menos cuando suelta—: ¿Te gustan las flores, Riley?

—No —miento y Joe alza una ceja. Las niñas no se han dado cuenta, pero es evidente que él sí. A fin de cuentas, es la persona que mejor me conoce, además de Mia. Puede que incluso más.

—¡Jo! Pues no es una opción.

—¿Sabéis qué? —Joe vuelve a centrarse en ellas—. Creo que Riley está mintiendo y sí que le gustan las flores.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la conozco muy bien.

—¿Cuáles son tus flores favoritas, Riley?

—Podría evitar contestar, incluso volver a mentir, pero soy incapaz de hacerlo cuando me miran con esos ojitos.

Estos renacuajos deberían venir con un cartel de advertencia.

Hasta alguno de los niños, que parecen no querer saber nada de la conversación, están atentos a mi respuesta.

—Me gustan las rosas blancas —admito y veo cómo se les iluminan los ojos.

—¡Podrías regalarle un ramo!

—¡Pero tiene que ser el ramo más bonito del mundo, si no no vale!

—¿Y qué hago después de regalarle el ramo? Eso si no me lo estampa en la cara, claro. —Ruedo los ojos por el comentario de Joe y sigo con mi comida. Yo nunca haría eso, y lo sabe.

Las niñas y algunos de los niños le dan más ideas locas a Joe de cómo podría conquistarme, así que me centro en la ensalada de patata que nos ha preparado hoy la señora Coleman.

Me encanta este momento del día, en el que todos nos sentamos en corro y comemos mientras conversamos, aunque hoy no me guste mucho el tema propuesto.

Pensaba que fuera de la universidad todo el mundo asumiría que somos amigos sin más, pero parece ser que no.

Una vez Joe me preguntó si me molestaba que todo el mundo pensase que éramos algo más que amigos, y lo cierto es que no lo hace, lo que de verdad odio es que la gente no acepte la realidad y diga que mentimos cuando decimos que solo somos amigos.

—¿Y si te cuelas en su habitación de noche? —¿Perdón? Me he tenido que perder parte de la conversación, porque no sé cómo hemos llegado de querer conquistarme a querer acosarme.

—Creo que eso no le gusta a ninguna chica —le responde una de las niñas al niño que ha soltado esa pedazo de ocurrencia.

—Pues el novio de mi hermana lo hace casi todas las noches y ella parece feliz.

—La clave de esa frase es que él ya es su novio —le explica Joe conteniendo una risa—, pero no puedes conquistar a una mujer así.

—¿Por qué no?

—Porque acabas preso —le contesta el entrenador alzando una ceja; al niño se le abren tanto los ojos que parece un dibujo animado—.

Siento decir algo que va a romper muchos esquemas, pero para conquistar a alguien, sea hombre o mujer, solo tienes que ser tú mismo y atreverte a dar el paso de pedirle una cita.

Que te conozca, pero que lo haga de verdad, con tus luces y tus sombras y, aun así, decida quedarse.

Ser detallista ayuda, por supuesto, sin embargo, serlo puede suponer regalarle su dulce favorito un día cualquiera solo porque quieres ver su sonrisa, no hacen falta grandes muestras de amor.

Os puedo asegurar que los que recurren a esa clase de actos, no están comprometidos de verdad o están demasiado desesperados para que les hagan caso.

Y ya estaría. Acaba de callarnos a todos, hasta a las niñas, que se habían montado su película de amor, incluida la pedida de mano en un estadio.

En realidad, las entiendo, a mí me encanta leer grandes historias de amor, pero también, en parte, porque sé que no son reales.

Nunca conoceré a un alto fae que vaya a la guerra por mí, ni a un mafioso que se enfrente a toda la Camorra para salvarme del secuestro que nuestra relación ha provocado.

Y, sinceramente, menos mal. Yo no busco eso, busco una historia de amor bonita y tranquila, como la que tuvieron mis padres; sin guerras, ni secuestros, ni pedidas de mano rodeados de gente.

Eso no va conmigo. Preparar juntos la comida, disfrutar del tiempo en pareja, respetar los tiempos del otro y elegirse cada día; esa es la verdadera magia.

El teléfono me vibra en el bolsillo y, cuando lo saco, veo que es mi padre quien me llama.

Me disculpo con todos mientras me levanto y me alejo para hablar con él.

Debe de estar más preocupado de lo normal, porque me ha llamado cada día un par de veces desde que estoy aquí.

Lo habitual suele ser una vez al día o un par de mensajes.

—Hola, papá —respondo nada más descolgar.

—Hola, An Li, ¿cómo estás?

—Bien, estamos comiendo.

—Genial —murmura y sé que ese comentario no es para mí, porque escucho ruido en la otra línea, así que espero a que acabe lo que esté haciendo—. An Li, perdona, Jason quería enseñarme algo del menú. ¿Qué decías?

—Que estoy bien.

—Perfecto. ¿Te tratan bien? ¿Te estás comportando como se espera de una invitada?

—Los señores Coleman se están portando muy bien conmigo.

—Me gusta escuchar eso. Te he hecho una transferencia esta mañana para que los invites a cenar, es lo mínimo, dado que te estás quedando en su casa.

—Gracias. —Los llevé a cenar a uno de los mejores restaurantes de Detroit la segunda noche que estuve aquí, pero bien puedo hacerlo más días. La verdad es que los padres de Joe me están tratando tan bien que me cuesta querer volver a casa.

—¿Cuándo regresas?

—No he cerrado el billete todavía.

—Mia se va mañana de campamento —me informa, aunque ya lo sabía; mi hermana me tuvo anoche una hora de videollamada eligiendo qué llevarse—, estará diez días fuera. Deberías volver para entonces, siempre y cuando los señores Coleman estén de acuerdo y el hermano de Joe no regrese a casa.

—Barry se quedará todo lo que resta de verano en Texas.

—Mejor. Si, por lo que fuera, se presentase allí, te vuelves.

—Sí… —contesto, porque sé que no tengo nada que rebatir. Si me permitió venir es porque cree que Joe es gay. En realidad, lo entiendo.

—Perfecto, pues ya puedes cerrar el billete para dentro de once días.

—Vale. —Se oye ruido de fondo de nuevo y escucho a mi padre resoplar.

—Te dejo, que tengo lío. Si necesitas algo, llama.

No me da tiempo a responder porque ya ha colgado.

Se me encoge un poco el corazón cuando miro al grupo y me doy cuenta de que en once días dejaré de estar aquí.

Que no volveré a tener conversaciones extrañas mientras comemos ni enseñarles que el balón no se coge con la mano ni se bloquea a tus compañeros en el soccer.

Sin embargo, son once días más de los que contaba cuando llegué.

Quedé con mi padre en cinco días máximo, o seis si los vuelos no se coordinaban bien, así que no pienso quejarme.

Ya que tengo el móvil en la mano, contesto un par de mensajes de Paul y Jazz, y le envío uno a Mia para explicarle mi nuevo plan mientras llego hasta el grupo y me siento a acabar mi comida.

Joe aprovecha para sentarse a mi lado y darme un golpecito en el hombro.

—¿Todo bien, Vaquera?

—Sí, era mi padre. Hemos hablado de la vuelta. —Joe se tensa, aunque intenta disimularlo con una sonrisa—. Hemos quedado que la cogeré para dentro de once días, justo cuando Mia vuelve del campamento.

—Y cuando dices «hemos quedado», te refieres a que eso es lo que ha decidido tu padre, ¿no? —Me encojo de hombros y resopla—. Si no estás de acuerdo, ¿por qué no se lo dices?

—Está bien así, Joe. Son más días de los que contaba. Siempre y cuando a tus padres les parezca bien, claro.

—Mis padres están encantados de tenerte en casa, Riley. Por ellos podrías mudarte mañana, te acogerían con los ojos cerrados.

—Son un amor —admito con una sonrisa tierna que él me devuelve.

—Lo son, todavía me sorprende que Barry haya salido de ellos. —Le doy un codazo en el estómago que sé que no le hace nada y empieza a reírse—. Mi teoría es que todo el empeño lo pusieron en mí y Barry fue un rebote.

—No eres tan guay —defiendo a Barry y Joe finge indignarse.

Aprovecha que he acabado de comer para recoger mi fiambrera y la suya y guardarlas en la mochila que traemos cada día.

Saca el termo que la señora Coleman me prepara para después de comer y me lo tiende mientras observo a las niñas que están haciéndose trenzas y, cuando una de ellas me guiña un ojo y me señala a Joe con la cabeza, suelto sin pensar—: Por cierto, ¿a qué ha venido la conversación de antes?

—Era divertida hasta que el entrenador nos ha callado a todos con sus palabras —se burla y ruedo los ojos—.

No ha sido nada, Vaquera, solo les he seguido el juego, con ellas puedo hacerlo.

En la universidad es distinto, pero aquí podemos dejarnos llevar un poco sin consecuencias.

No le des muchas vueltas. —Sentencia sus palabras con un beso en la mejilla y decido dejarlo estar.

Al menos hasta que al día siguiente aparecen varias de las niñas con rosas blancas para dárselas a Joe y montarme un ramo improvisado todos juntos.