11 Riley
CAPÍTULO ONCE
RILEY
El techo de la habitación de Joe está lleno de estrellas de plástico que, en algún momento, supongo que brillaban en la oscuridad.
Es un poco raro estar aquí, pero no porque me sienta extraña, sino porque no lo hago.
Huele a Joe, a su colonia, por mucho esfuerzo que haya puesto la señora Coleman para eliminarla, y eso, por alguna razón que no logro entender, me tranquiliza.
Me relaja. Aunque no tanto como para ser capaz de dormir.
Bueno, para ser fiel a la verdad, solo hace cinco minutos que he dejado el e-book en la mesita.
Además, puede que el problema con el olor no sea tanto la habitación como el hecho de que llevo una camiseta de Joe.
Hubiera jurado que había metido el pijama en la maleta, de hecho, la revisé varias veces y estaba ahí.
Sin embargo, al abrirla hace un par de horas, no lo he encontrado por ningún sitio.
Le he escrito a Mia para preguntarle si estaba encima de mi cama o por casa, pero no me ha respondido.
Como si la hubiera convocado con la mente, justo recibo un mensaje en ese momento —sí, lo sé, no debería tener activado el móvil para dormir—, pero cuando lo cojo, veo que es Joe el que me ha escrito.
Joe
¿Duermes?
Riley
No
Antes de que pueda decir nada más, se entreabre la puerta de la habitación y escucho el susurro de Joe:
—¿Puedo?
—Claro —contesto con el mismo tono. Me incorporo para quedar sentada y enciendo la luz de la mesita de noche mientras entra, cierra la puerta sin hacer ruido y se acerca a la cama, pero se queda parado al ver la camiseta—. Espero que no te importe, no me he traído el pijama.
—No, claro que no. —Traga saliva y se sienta en el suelo, en lugar de a mi lado—. ¿Estás cómoda? ¿Necesitas algo?
—Estoy genial, a pesar de tener la sensación de que podría perderme en esta cama, estoy muy a gusto. ¿Por qué no puedes dormir tú?
—La cama de Barry no es tan cómoda como la mía —bromea y sé que lo hace porque si fuera verdad no me lo diría porque me haría sentir culpable por robarle la suya—.
Además, como mi madre estaba controlando el pasillo para que no te molestase, no he podido preguntarte si estabas bien y si habías estado a gusto con mis padres.
—Tus padres son un amor, Joe. Estoy segura de que voy a llegar a casa con varios kilos de más por todo lo que va a cocinar tu madre en estos días.
—De eso no te quepa duda. —Nos reímos, aunque suave para que sus padres no nos oigan—. ¿Se te ha pasado el miedo a mi madre?
—Sí. Bueno, casi del todo —admito—. ¿Crees que me gustará todo lo que cocine?
—Te contaré algo: cuando le comenté a mi madre que iría a Montana a verte por tu cumpleaños, prácticamente me obligó a invitarte a venir a casa.
Después de eso, se pasó días preguntándome qué te gustaba, ya fuera de comida o de cualquier otra cosa.
Te puedo asegurar, sin lugar a dudas, que en el instante que colgó la llamada en la que le confirmé que vendrías de visita, hizo una lista enorme de todo lo que necesitaba para hacerte todas las comidas que te gustan.
Así que, sí, Vaquera, te encantará todo lo que cocine.
—¿En serio hizo eso? —No debería emocionarme tanto que se haya tomado todas esas molestias, pero el caso es que lo hace. Joe asiente y sonrío—. Es genial, te pareces mucho a ella.
—Si me pareciera a ella, no me habría colado en tu habitación de madrugada.
—Lo has hecho para preguntarme si estaba bien, no pasa nada.
—¿Ah, no? ¿Qué fue lo que le dijiste a Barry cuando os conocisteis? —se burla.
—«Cometer un delito por una buena causa no lo hace menos malo» —repito. No es algo que dijera solo ese día, suelo decírselo a Barry a menudo.
—Oh, Vaquera, veo un poco de hipocresía por tu parte, ¿no?
—¿Puede? Sí, creo que un poco. Al final no todo es blanco o negro, siempre habrá matices.
—«Matices» debe de ser el eufemismo del año —bromea riendo—. No sabía si te molestaría que viniera.
—Joe. —Me acerco hasta donde está y le acaricio el pelo. Me encanta hacerlo, es supersuave. Apoya la cabeza en mi muslo y cierra los ojos—. Tú nunca vas a molestarme. Si lo hicieras, me habría apartado de ti hace tiempo.
—Para ser una persona tan tímida, tienes una capacidad para alejarte que me parece extraordinaria.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—No sé, siempre me ha dado la impresión de que a la gente tímida le cuesta hablar y decir las cosas.
—Y nos cuesta, pero cuando te ignoran o no te quieren en un sitio, es más fácil irse, porque lo haces sin hacer ruido y nadie se da cuenta hasta que ya no hay marcha atrás.
—Eso es un poco triste.
—No tiene por qué. Nadie debería quedarse en un sitio donde no le quieren bien, ¿no crees?
—¿Cómo puedes saberlo? Cuando conoces a alguien, no sabes cómo será.
—No, claro, en ese instante no lo sé, pero enseguida ves si te tienen en cuenta o no. Cuando eres invisible para los demás, es fácil que no se acuerden de ti para hacer planes o en fiestas donde hay mucha gente. Sin embargo, la gente que te quiere cerca hace todo lo posible para integrarte.
—¿En serio?
—No suelen ser cosas evidentes o gestos enormes, más bien son sutiles.
Por ejemplo, Jazz siempre me coge de la mano cuando nota que alguien intenta cerrar el círculo para que no me deje fuera, o mantiene el contacto conmigo.
De esa forma, si me muevo o lo que sea, es consciente y me pregunta.
Brooke me busca con la mirada y Savannah hace de escudo humano.
Lo mejor es que las dos lo hacen sin darse cuenta, pero me tienen en cuenta, estoy ahí. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Nunca me he fijado —admite. Eso es porque él nunca se ha sentido invisible ante un grupo; es imposible que alguien ignore a Joe, su presencia se nota allá donde va.
—Tú siempre me preguntas de forma directa, incluso cuando estamos todos y se ha tomado la decisión de ir a cenar a un sitio, siempre me preguntas si me parece bien, como si pensaras que no diría lo que opino si no lo haces.
—Es exactamente lo que pienso —suelta abriendo un ojo y haciéndome reír.
—En realidad, muchas veces no digo nada porque me da igual. No voy a discutir con Kieran o Tyler porque quieran ir a un tailandés en lugar de a un indio a cenar. Es solo una cena.
—Pero puedes dar ideas de sitios a los que ir.
—Por poder, puedo, pero es que la gracia de esas cenas es estar juntos. Me da igual la comida.
—Eres una persona conformista.
—Soy exigente con las cosas que me parecen importantes, como las personas con las que comparto la mesa. Así que, no, Joe, nunca vas a molestarme, al contrario, más te vale seguir en mi vida.
—Siempre, Vaquera.
Es absurdo estar nerviosa por conocer a unos niños, sin embargo, las emociones no entienden de lógica.
Nunca lo han hecho y, aunque muchas veces pienso que es la magia del ser humano, ahora mismo me parece lo peor del mundo.
Quiero causarles una buena impresión —¿por qué?
, pues porque son los niños de Joe—, quiero que me acepten como una más, no como la acoplada que soy.
¿Desde cuándo necesito la validación de unos renacuajos?
Pues supongo que desde que son importantes para Joe.
—Te van a adorar. —Joe interrumpe mis pensamientos y me giro hacia él, que conduce con una mano al volante y la otra encima de su pierna tamborileando sus dedos como si nada—. No tienes nada de lo que preocuparte.
—Lo sé.
—Y, aun así, tu cabeza te está haciendo pensar de más. —Aprovecha un semáforo para coger el móvil y poner música. La canción End of you de Amy Lee empieza a sonar y sonrío de oreja a oreja; es de mis favoritas—. ¿Mejor?
—Gracias.
—No tienes que esperar a que yo ponga la música, puedes cogerlo y hacerlo tú misma.
—No me gusta usar el móvil de otras personas. —Esta es una conversación recurrente entre nosotros, a mí no me gusta porque me parece una intrusión en la privacidad de la gente, Joe considera que si eres su amigo tienes confianza para entrar hasta la cocina sin asustarte.
—No vas a encontrarte nada que no hayas visto ya —suelta como si nada, pero mi mente lo malinterpreta y se va a otro tipo de intimidad, lo que provoca que me sonroje hasta la punta de los pies. Me observa de reojo y frunce el ceño—. ¿En qué estás pensando?
—En nada. —La mentira sale tan rápido que le hace reír.
—Oh, vaya, Vaquera. No sabía que te había impactado tanto la foto simulando la portada. —No sé cómo lo hace, pero su tono provoca que me sonroje todavía más, y eso que no pensaba que fuera posible—. ¿Quieres que te mande más?
—No. —Mi voz sale aguda y Joe llena el coche de carcajadas—. No tiene gracia.
—En realidad sí, y mucha, Vaquera. No debería ponerte tan nerviosa ver a un hombre sin camiseta, la mayoría de tus libros tienen esas portadas, tendrías que ser inmune a ellas.
—A esos hombres no los conozco.
—Porque no quieres. —Se encoge de hombros—. Y si quieres ver hombres con poca ropa, ya sabes, puedes meterte en nuestro vestuario siempre que te apetezca.
—No tengo otra cosa que hacer —murmuro y niego con la cabeza—. ¿Podemos cambiar de tema?
—Esta mañana tenía un mensaje del entrenador.
—¿De Phillips o de Mason? —Me extraña que le escriban estando de vacaciones; Quinn nos dijo que no quería saber nada de nosotras hasta finales de julio y pensaba que todos serían iguales.
—No, de ellos no. Estoy seguro de que el día que nos largamos de la universidad, apagaron el móvil y lo escondieron para no verlo hasta finales de julio.
Me refiero a mi entrenador, el que lleva este campus de verano.
Me ha preguntado si puedes enseñarles soccer a algunas de las niñas, porque parece ser que, por alguna extraña razón que no logro entender, el fútbol americano no les gusta.
—¿Yo?
—No veo a otra jugadora de soccer en el coche.
—Nunca he entrenado a niñas —admito—. No sé si seré capaz.
—¿No? Pues yo creo que se te daría genial.
—Pues yo creo que no me van a hacer ningún caso.
—Claro que no —afirma como si fuera normal—. A mí tampoco, pero lo importante es no perder la paciencia, y tú de eso tienes infinito.
—Entonces, ¿el plan es que enseñe soccer a niñas que no me van a hacer ni caso y aparentar que no me afecta?
—El plan es que las que no estén haciendo la actividad o juego propuesto no se maten ni huyan. —Lo miro como si se hubiera vuelto loco y se ríe—. Tranquila, Vaquera, está vallado, es imposible salir.
—¿Y qué hago? ¡No puedo improvisar! —El grito sale agudo y empiezo a respirar con dificultad.
Esto no era lo que tenía planificado para el día de hoy, solo iba a acompañar a Joe y ayudarlo si lo necesitaba.
No entrenar, no enseñar. ¿Qué sé yo de soccer?
Nada. En estos momentos, no sé nada de nada.
La mano de Joe me cubre el muslo y traza círculos con su pulgar.
No sé por qué, pero ese roce me tranquiliza y consigo estabilizar la respiración.
Sube el volumen de la radio desde el volante, hasta que no puedo escuchar nada más que la canción The Pretender de Foo Fighters.
Poco a poco vuelvo en mí y Joe también lo debe de notar, porque baja un poco la música antes de decir:
—No le he contestado, puedes decirle que no sin problema; lo entenderá. Sin embargo, si me das unos minutos sin entrar en pánico, podemos valorar entre los dos si es posible hacer algo o no.
—No he entrado en pánico —me escudo y alza una ceja—. Es que no me gusta no controlar la situación.
—Tan conformista para unas cosas y tan cerrada para otras.
—No soy cerrada —me defiendo, y se ríe.
—No lo decía como algo negativo, me gusta tu forma de ser.
¿Me dejas que te explique lo que he pensado?
—Asiento y me aprieta el muslo. Su mano se ha instalado ahí como un ancla y, la verdad, se lo agradezco—.
Los primeros días yo tampoco sabía qué estaba haciendo, improvisaba o les hacía ejercicios de los que hago ahora.
Spoiler: salió fatal. Entonces, el entrenador habló conmigo y me dijo que pensase los juegos o ejercicios que más me gustaban cuando tenía su edad.
A los dos días, los tenía a todos felices y contentos.
O a casi todos. Solo tienes que centrarte en eso: qué era lo que más te gustaba cuando empezaste.
Se lo explicas, haces una demostración y les dejas hacerlo.
Rectificas a los que parezcan más motivados y animas a los que no son capaces de dar dos pasos sin caerse. Fácil.
—¿Fácil? —Se encoge de hombros y sigue centrado en la carretera.
Lo pienso durante unos segundos. En realidad, lo que dice Joe no es tan descabellado, puedo hacerlo.
Puedo ayudar, explicarles cuatro cosas y, si no les convence, mandarlas de vuelta con Joe.
No dista mucho de cómo empecé a jugar al soccer: mi padre nos mandó a las tres a un campamento de verano, me aburría y había unas chicas jugando al soccer que no pareció importarles que me uniera.
Tres horas después, Mia me encontró haciendo pases y toques con el balón y decidió que tenía que apuntarme al equipo del colegio.
Nunca le he agradecido lo que hizo, pero siempre he pensado que fue de las mejores decisiones de mi vida.
Cuando me giro para confirmarle que lo haré, Joe ya tiene una sonrisa de oreja a oreja.
—Sabía que aceptarías, Vaquera. Lo vas a hacer genial.
A veces me da rabia que me conozca tan bien y, a la vez, me da paz.