Finge que no es amor (Rise as One 4) 10 Joe
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10 Joe

CAPÍTULO DIEZ

JOE

No creo que haya nada mejor en la vida que sentir paz al lado de alguien, y eso es justo lo que siento cuando estoy con Riley.

Sobre todo, si tiene su cabeza apoyada en mi brazo y está tan relajada que hasta consigue dormirse.

Sí, Riley, también conocida como la reina del insomnio, está dormida en mi brazo en el asiento del avión.

Ni siquiera se ha inmutado cuando le he quitado el e-book de la mano y la he tapado con mi sudadera.

De hecho, está tan preciosa en este momento que le he hecho una foto para conservarla solo para mí.

¡Que les den a las fotos sexys!, ¡esta es mil veces mejor!

No sé cómo Mia ha sido capaz de convencer a su padre para que Riley viniera conmigo a Detroit, y tampoco tengo claro que quiera saberlo.

Sobre todo, porque cuando Riley le preguntó, su padre se negó en rotundo a que viniera y Riley siempre le hace caso, en todo.

La verdad es que he flipado un poco estos días que he estado en su casa.

Riley parece la eterna olvidada, no me extraña que casi no hable, no es que sea tímida, es que nadie la escucha a excepción de Mia.

Lauren siempre tiene la razón, da igual lo que diga; estoy seguro de que, si un día llega a casa y suelta que el cielo es verde, su padre confirmará que es así.

Y luego está la relación entre Mia y su padre que me tiene alucinado.

No he visto jamás a dos personas discutir por absolutamente todo como ellos dos, y mira que Barry y yo solemos ser bastante inflexibles entre nosotros.

El caso es que Mia lo ha convencido, así que Riley se viene conmigo a casa —para mi alegría y la de mi madre— cinco días.

Cuando Kieran se enteró, me llamó para preguntarme cómo iba a gestionarlo, pero le contesté lo mismo que antes de volver a casa por vacaciones: priorizando nuestra amistad.

Claro, que eso es mucho más fácil de decir que de hacer, pero merece la pena el esfuerzo.

Me sabe fatal despertar a Riley cuando estamos a punto de aterrizar, pero sacarla en brazos del avión me parece totalmente inapropiado y estoy seguro de que se moriría de vergüenza solo de pensarlo.

Me mira sin entender nada, todavía con la nube de sueño encima de ella, y cierra los ojos de nuevo cuando la acaricio un poco más.

Joder, cómo me cuesta no besarla en este instante y, aunque lo hago en la frente, no es la zona de su cara donde quería hacerlo.

—¿Por qué me despiertas? —se queja.

—Estamos aterrizando, no creo que quieras conocer a mis padres dormida. —Salta como un resorte y no puedo evitar reírme—. He dicho las palabras mágicas.

—Tengo que causarles una buena impresión, me voy a quedar en su casa, es lo mínimo.

—Después de Candy, muy mal lo tendrías que hacer.

—No es una cuestión de hacer una comparativa —me rebate. Se acerca a mí como si fuera a contarme un secreto—: También es que me da miedo tu madre.

—Está muy arrepentida por lo que pasó en Acción de Gracias.

—Lo sé, pero la he conocido cabreada. Una y no más.

—En realidad, es un amor, no sé qué le pasó ese día. —Niego con la cabeza—. Además, te hizo galletas por tu cumpleaños. Y compartió su preciada receta de rollos de canela para que pudiera hacértelos. Esa es la forma que mi madre tiene de demostrar amor.

—Aun así, prefiero ser prudente.

—Por cierto, ¿cómo ha conseguido Mia que vinieras? —le pregunto cuando descargo las maletas del compartimento mientras Riley guarda el e-book en su mochila—. No es una queja, pero no me lo esperaba.

—Le ha dicho que eres gay —suelta como si nada cuando empezamos a salir.

—¿Perdona? —Me quedo parado en mitad del pasillo y me giro para observarla, ignorando la mala mirada de la persona que hay detrás—. ¿No tiene ojos en la cara? No tengo pinta de gay para nada.

—Eso mismo ha contestado mi padre. —Se encoge de hombros y sonríe—. Mia ha argumentado que eso eran prejuicios y era muy feo tenerlos.

—Tu hermana un día dominará el mundo —me burlo retomando el camino, para la felicidad del resto de los pasajeros.

—¡Espero que no! Sería su fin.

—Pero sería divertido hasta entonces —bromeo y un segundo después resoplo al acordarme de lo que le ha dicho Mia—. ¿Así que para tu padre ahora soy tu amigo gay?

—Es mejor eso que el chico que intenta aprovecharse de su hija, ¿no crees?

—Visto así. —Niego con la cabeza, desde luego, solo a Mia se le hubiera ocurrido algo así—. Aunque yo nunca me aprovecharía de ti.

—Eso ya lo sé, y Mia también, pero mi padre no, y para él es una posibilidad y yo me hubiera quedado sin viaje a Detroit. Además, si piensa eso, me dejará hacer más cosas contigo.

—Sabes que no tienes que hacer todo lo que él dice, ¿verdad? —Se encoge de hombros y decido obviar el tema. Echo un ojo a la salida del aeropuerto y saludo a mis padres con la mano—. Mira, ahí están.

—Allá vamos —murmura más para ella que para mí y respira hondo antes de esbozar una pequeña sonrisa.

—¡Riley! —Mi madre pasa delante de mí e incluso me da un empujón para ir a abrazarla y plantarle dos besos tan sonoros que me han dejado sordo hasta a mí mientras Riley la mira sin saber muy bien qué hacer—. ¡Cuánto me alegro de conocerte en persona al fin! ¡La chica que trae loco a mi hijo!

—¡Mamá! —«No, por favor, no», dime que mi madre no acaba de decir eso.

—¡Será mentira! —se defiende mi madre señalándome con el dedo y se gira hacia Riley de nuevo para entrelazar su brazo con el de ella.

Le guiña un ojo antes de añadir—: Lo digo en el buen sentido.

Se pasa el día rodeado de testosterona con todos esos jugadores del equipo, necesita a alguien que lo compense y lo centre.

Riley se dedica a asentir y sonreír a mi madre, sin emitir una sola palabra, mientras la arrastra hasta donde tiene mi padre aparcado el coche.

Mi padre me da una palmada en la espalda y se ríe por lo bajo por algo que ha comentado mi madre, que sigue hablando de las mil cosas malas que tengo en mi vida, como el fútbol, todo el café que tomo o la comida basura que —según ella, claro— como a diario.

Cuando se queda callada, Riley se obliga a hablar:

—Bueno, señora Coleman, piense que su hijo se está preparando para ser jugador profesional, es normal que su vida se centre en el fútbol.

—Y con esas simples palabras, se acaba de ganar a mi padre para toda su vida y ahora mismo sonríe de oreja a oreja.

Mi madre la mira con una mezcla de orgullo por cómo me ha defendido y con expectación por lo que pueda decir a continuación.

Como nadie llena el silencio, ni la interrumpe, Riley sigue hablando—: Y en cuanto al resto, es cierto que toma mucho café, pero las comidas le puedo asegurar que no son tan basura como espera.

La cafetería del campus deportivo está genial, yo misma me sorprendí de ello.

—Me alegra oír eso. —Mi madre abre la puerta de atrás del coche para dejarme ir como copiloto y mi padre me observa para decirme sin palabras que no es una opción quejarme, así que me resigno a dejar a Riley en sus manos.

—Llevo tres años diciéndote lo de la comida —le rebato a mi madre una vez arrancamos y me echa una mala mirada por hablar.

—¡De ti o de tu hermano me iba a fiar! Ella sabe de lo que habla, su familia tiene un restaurante.

—Ni siquiera sabes si es un buen restaurante.

—Me arrepiento de mis palabras nada más salen de mi boca, no porque sean mentira, sino por la mirada de odio que me está regalando mi madre, que noto incluso desde el asiento trasero.

Parece que la he ofendido más que si le hubiera dicho que no la considero mi madre—.

Lo es, por cierto. Su padre cocina genial.

—Por supuesto que cocina bien —farfulla mi madre—.

Ya viste la foto de Acción de Gracias. —Riley palidece ante la mención, aunque, por suerte, mi madre no se da cuenta—.

He preparado la habitación de Joe para que puedas quedarte en ella, te he puesto sábanas nuevas y he limpiado a fondo para que no huela a hombre.

Desde luego, no sé qué hacen esos dos en su cuarto para que huela tan mal, yo hace años que ya les dije que su habitación: su problema, pero…

como creasen vida ahí dentro, los echaba.

Barry tardó en actuar, Joe siempre ha sido el más responsable de los dos, aunque eso ya lo sabrás.

—Me hago una idea —contesta Riley cuando mi madre se calla un segundo para coger aire—. Su habitación actual está limpia.

—Eso es porque tienen un ángel de la guarda, no por iniciativa propia. —Riley me mira con una disculpa en los ojos y me encojo de hombros. Está conociendo a mi madre en estado puro, no me va a sorprender nada de lo que diga—. Kieran es lo mejor que les ha pasado a esos dos en su vida.

Mi madre sigue hablando durante todo el camino a casa, excepto en los momentos en los que se calla para dejar que Riley aporte algo a lo que está diciendo, como que Kieran le cae muy bien o que a ella no se le da bien cocinar, aunque se apaña para hacer de comer.

No paro de girar la cabeza para asegurarme de que esté bien y noto como poco a poco se va relajando.

Por suerte, Riley vive rodeada de gente que habla sin parar, así que no es algo que la asuste en absoluto.

Mi padre me va lanzando miradas de reojo y sonríe ante algunas cosas que comentan, pero no emite sonido alguno.

Es cuando llegamos a la puerta de casa y bajamos que me doy cuenta de que él y Riley no se han saludado.

—Señor Coleman —Riley le ofrece la mano y mi padre se la estrecha—, gracias por invitarme a pasar unos días en su casa.

—Lo primero, llámame Darius, el señor Coleman era mi padre. Y lo segundo, si crees que yo tengo voto sobre a quién se invita a esta casa, es que no eres la persona que lleva veinte minutos con mi mujer en el coche.

Riley se ríe y asiente. Cuando va a coger su maleta, mi padre se adelanta y la agarra como si no pasase nada.

Que, a ver, no es que pese en exceso, pero mi padre sigue teniendo la misma fuerza que cuando tenía mi edad.

Puede que más. Nada más abrir la puerta, el olor a canela nos da la bienvenida, sorprendiendo a Riley y haciendo que se me forme una sonrisa tonta en la boca.

—¿Has hecho rollos de canela? —le pregunto a mi madre, aunque tengo clara la respuesta.

—Por supuesto. —Mi madre me observa ofendida por la duda—. Sé que te di la receta, pero también tengo claro que no la hiciste igual de bien que yo.

Riley junta los labios para no reírse y le hago un gesto con la cabeza para subir al piso de arriba para dejar las cosas; mi padre ya está subiendo hacia allí, aunque, cuando llega a mi habitación, deja la maleta y se va.

Riley examina mi cuarto con una sonrisa y, por un momento, me siento inseguro.

Quiero que le guste. No, necesito que le guste.

«Joder, ¿me voy a sentir así siempre que esté con ella? ».

—Es justo como la imaginaba —suelta de golpe y todos mis nervios se esfuman—. Puedo visualizar a un miniJoe creciendo aquí.

—Puede que veas a un Joe pequeño, pero mini no sería como me definiría precisamente.

—Ese comentario es tan de Kieran. —Rueda los ojos y sonrío—. Tenéis un problema de ego con la palabra mini.

—Es posible. —Me encojo de hombros—. A nadie le gusta que lo llamen pequeño.

—A mí me da igual. —Se sienta en mi cama con una pierna debajo de su culo y tengo que dar un paso atrás para no lanzarme encima de ella.

«Joder, Riley está en mi cama con una sonrisa tan dulce como ella, ¿cómo cojones pretende que me resista a eso?

»—. Dios, esta cama es enorme. ¿No te pierdes en ella?

—¿Ves? Enorme sí es una palabra que nos gusta escuchar —bromeo y doy otro paso atrás.

Necesito salir de aquí o el principio de erección que se está formando en mi entrepierna será una señora erección y no habrá Dios que la pueda ocultar—.

¿Vamos a merendar? Estoy seguro de que, si no bajamos ahora, mi madre subirá a por nosotros.

—Tu madre me ha dicho que me tome todo el tiempo que necesite, pero la verdad es que me ha dado hambre nada más entrar. —Se levanta y salimos juntos de la habitación. Es tan natural tenerla aquí, que me pellizco por si es un sueño.

—Que sepas que, si dices que los rollos de canela de mi madre son mejores que los míos, no pienso hacerte más —bromeo bajando las escaleras.

Cuando me giro para ver su reacción, me lanza una mirada escéptica, una que me gustaría borrar con un beso.

«Joder, está demasiado cerca, tendría que haberla dejado bajar primero», nuestras caras están a la misma altura. Carraspeo—. ¿Qué?

—Que no sé cuál de las dos cosas me parece más absurda, si el hecho de que pienses que tu madre no los hace mejor que tú o que no vas a hacerme más —se burla.

—¿Sabes? Cuando te conocí no hubieras sido capaz de soltarme algo así. —Me giro justo cuando llego al piso de abajo y volvemos a estar cara a cara. Sí, soy masoca, ¿qué pasa?—. A veces echo de menos a esa Riley callada que no hablaba.

—Entonces, deja de ser mi amigo —suelta como si nada encogiéndose de hombros y me aparta con la mano para pasar delante de mí.

—¿Lo dices en serio? —le pregunto frenándola por la muñeca. Frunce el ceño y ladea la cabeza para mirarme confusa. Tarda unos segundos en contestar, unos segundos que se me hacen eternos.

—Joe, estaba bromeando. —Vuelvo a respirar, incluso si no había sido consciente de que no lo estaba haciendo—. ¿Qué te pasa? No es la primera vez que te hago esa broma.

—No sé, ha sonado más seria que otras veces.

—¿Sí? ¡Qué bien! —Esboza una sonrisa de oreja a oreja que me deja totalmente roto—. He estado practicando. Mia y tú nunca me creéis.

—Será que te conocemos bien.

—Eso es verdad, no hay nadie que me conozca como vosotros.

Me da un beso en la mejilla y tira de su mano para que la suelte.

Ni siquiera me había dado cuenta de que seguía agarrándola.

Entrelazo sus dedos con los míos y la guío hasta la cocina, donde mis padres nos esperan con una montaña de rollos de canela.

No soy capaz de hablar el rato que dura la merienda, una que mi madre aprovecha para sonsacarle más información sobre mí a Riley.

Solo puedo pensar en lo bien que encaja Riley aquí, en mi vida fuera de la universidad, en mi casa, en mi habitación y en mi cama. Va a ser una tortura.