Finge que no es amor (Rise as One 4) 9 Riley
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9 Riley

CAPÍTULO NUEVE

RILEY

—¡Feliz cumpleaños! —Mia se lanza encima de mí en plancha y casi me corta la respiración por el golpe y el susto—. ¡Eres un año más vieja!

—Y más sabia —le respondo riendo, como cada año.

Nos abrazamos y hacemos la croqueta por la cama un poco antes de que la risa nos impida seguir haciéndolo.

No recuerdo un día de cumpleaños que no haya empezado así: con Mia saltando en mi cama para felicitarme y abrazarme.

Es una tradición. Normalmente la veo antes de que lo haga, pero estaba tan absorta en el libro que estaba leyendo que ni me he enterado hasta que estaba encima.

—Eso siempre. —Mia se pone en pie y empieza a empujarme fuera—. Tengo un montón de planes para hoy.

—¡Oye! —me quejo y enciendo el e-book de nuevo—. Me preguntaste qué quería hacer y te dije que quedarme en casa leyendo. ¿Dónde ha quedado eso?

—Oh, lo olvidé —dice con un tono que sé que significa «te ignoré». Mueve el trípode y me aparta del libro—. Te va a encantar todo, ya lo verás.

—Está bien —cedo y salgo de la cama.

Agarro el móvil, pero cuando chequeo las notificaciones, no tengo ninguna nueva, ni siquiera de Joe.

Aunque tenía un mensaje suyo a las doce de la noche, no he vuelto a saber de él.

Brooke, Savannah y Jazz tampoco me han felicitado, ni siquiera Kieran, solo Paul y algunas compañeras más de clase.

Dejo el móvil de nuevo en la mesita con una sensación extraña en el estómago que no recuerdo haber experimentado antes.

«Estarán ocupadas», me repito. Cuando me dispongo a ir al salón, Mia me frena.

—Deberías vestirte.

—¿Por qué? —La miro confusa y observo que ella lo está. ¿Tanto me he distraído con el libro que ni me he dado cuenta de que se ha levantado y vestido? Mia no es precisamente silenciosa.

—Tú hazme caso y no me hagas preguntas, porque tengo muchas ganas de contarte cosas y ¡no puedo! ¡Porfi! —Me río mientras niego y hago lo que me dice.

Una vez me he vestido con algo que Mia ha aprobado, consigo llegar hasta el salón, donde me espera una taza de té y un plato de rollos de canela con una vela que, por suerte, no estaba encendida o serían rollitos de cera. Sonrío hacia Mia y la abrazo.

—Gracias.

—Lauren y papá tenían trabajo en el restaurante, así que cenarán con nosotras.

—Mia aprieta los dientes y veo como cuenta hasta tres con los dedos antes de volver a su sonrisa de siempre y señala la mesa—.

Vamos a desayunar, que están calientes. —Nos sentamos, pero Mia apenas come, no para de mover la pierna nerviosa y de mirar su móvil, al menos hasta que se le ilumina la cara y se levanta—. Por fin, joder.

—¿Qué haces? —Coge su portátil y me lo planta delante antes de sentarse a mi lado. Lo toquetea un rato hasta que nos vemos en la pantalla—. ¡Ya está!

De golpe, la pantalla empieza a dividirse en más pantallas y aparece alguien en cada una de ellas.

La primera en conectarse es Brooke, que me saluda mientras Tyler la abraza por detrás.

La sigue Savannah junto a Hunter, que están en la piscina de su casa.

También algo que parece Aba, pero Kieran le está haciendo cosquillas, así que solo es un borrón de ellos dos con un fondo verde; sonrío al recordar que la semana pasada se iban a Irlanda.

Me sorprendo al ver a Barry con Candy, que se mantiene en un segundo plano, pero no tiene cara de odiarnos a todos.

Joe se une desde la calle mientras camina y, por último, como siempre, entra Jazz refunfuñando mientras Katherine le pide que se relaje.

—¡Feliz cumpleaños! —exclama Mia y los saluda a todos con la mano. Le da a un botón y el salón se llena del ruido de todos ellos—. Ya podéis hablar.

—¡Felicidades, Riley!

—¡Chen! ¡Felicidades!

—Esta chica es como el buen vino, mejora con los años.

—¡Felicidades! ¿Cómo va el día?

—Chicos, no podemos hablar todos a la vez. —Sonrío a las palabras de Brooke y todos se callan—. Riley, felicidades de parte de todos. Sentimos no poder estar ahí contigo, pero te hemos mandado una cosa que te va a gustar más.

—De hecho, debería estar a punto de llegar —suelta Kieran mirando el reloj—. Os dije que teníamos que pagar el servicio prémium, el repartidor parecía más eficiente que el que hemos mandado.

—Puto irlandés. —No entiendo por qué todos le dicen eso, pero no me da tiempo a pensarlo, ya que llaman a la puerta.

—Ya voy yo. —Mia sale disparada y me centro en mis amigos.

—Muchas gracias a todos. —Me doy cuenta de que Joe ha perdido la conexión, pero imagino que es porque iba por la calle, así que no le doy importancia—. ¿Cómo estáis?

No sé para qué pregunto, porque todos se ponen a responder a la vez y el caos se apodera de nuevo de ellos. Al menos hasta que un regalo aparece delante de mí y todos se callan. Cuando me fijo en la mano que lo está dejando me giro de golpe.

—¿Joe? —Mi amigo me sonríe de oreja a oreja y me lanzo a sus brazos—. ¿Qué haces aquí?

—Alguien tenía que traerte el regalo y saqué la pajita más corta.

—Di que no, que casi nos pega por proponer otra opción —suelta Kieran, y Aba le da un codazo en el estómago.

—¿Se calla si le arreas? ¡Esa no la sabíamos! —dice Tyler riendo.

—Será porque es Aba, a mí nunca me ha funcionado —se queja Barry.

—Eso es porque ella pega de verdad, no como tú —le vacila Kieran y Aba rueda los ojos.

—Si vais a empezar a discutir sobre quién pega más fuerte, os vais largando de la videollamada —les advierte Savannah.

—¡Eso! Nadie necesita ver cómo os la medís —añade Jazz con cara de asco—. Todos la tenéis pequeña.

—Me voy a callar el comentario por respeto a Riley; no quiero que explote a causa del sonrojo —apostilla Kieran y noto todas las miradas sobre mí.

Joe me pasa un brazo por la cintura y me ayuda a relajarme—.

Pero que sepas, moñitos, que nuestras mujeres no serían tan felices si fuera verdad lo que has dicho.

Y antes de que lo digas: sé que tú tienes otras formas, tampoco nadie necesita saberlas.

—Igual Katherine sí quiere saberlas —le rebate Aba, y Kieran le estampa tal beso que casi la tira de la silla.

—Me encanta cuando Aba calla a Kieran —suelta Barry—. Venga, Riley, abre el regalo, que estos capullos no te dejan.

—Iba a decirte que, si no te gusta, se puede cambiar, pero es que dudo que no te guste —me comenta Savannah con una sonrisa.

—Si no le gusta, es que esa no es Riley. —Jazz sonríe de oreja a oreja—. Que sepas que, aunque es supersorprendente, fue idea de Joe.

—Sin que sirva de precedente, voy a decir algo bueno de Joe. —Kieran espera a que todos le hagan caso antes de seguir—: Es una persona muy detallista y siempre acierta con los regalos.

—Tampoco es que sea para tanto —se queja Barry—. Hasta yo hubiera acertado si le hubiera comprado eso.

—Pero lo importante aquí es: ¿se te habría ocurrido? —Barry refunfuña a Hunter y nos reímos—. Vamos a callarnos o Riley no abrirá nunca su regalo.

—Estamos creando expectación —se defiende Jazz.

—Hablar por los codos no es expectación, moñitos —le rebate Kieran con una sonrisa de medio lado.

—Chicos, por favor —les pide Brooke—. ¿Podemos dejar esta videollamada para lo que es?

—No, no pueden —se burla Savannah—. Venga, Riley, empieza a abrirlo o no se callarán nunca.

—Yo dudo que lo hagan igualmente —bromea Jazz.

Me siento de nuevo y rasgo el papel rosa de regalo. Frunzo el ceño al encontrarme con otra caja rosa.

—Qué cabrón, Joe —se ríe Kieran—, ¿le has puesto otra caja? ¡Vamos a jugar al juego de las cajas!

—Era mejor que todo tirado. —Joe rueda los ojos mientras niega y se oyen risas.

Cuando abro la caja, alucino con lo que hay dentro y me llevo las manos a la boca. Me han comprado un e-book nuevo, rosa, además.

—Bueno, está claro que hemos acertado —aporta Hunter.

—Dice «hemos» como si hubiera sido idea de él o algo.

—Aba, ¿no puedes besarlo un rato para que se calle o algo? —se queja Barry—. Es como ponerle subtítulos a la vida.

—Dale la vuelta —me susurra Joe. Lo miro sin entender nada, pero le hago caso.

Cuando saco el e-book y lo giro, me encuentro con una funda transparente llena de pegatinas de distintos tipos—.

Cada uno de nosotros hemos elegido una pegatina para ti.

Esta es la mía. —Me señala una que es una taza de té con un corazón.

No puedo evitar emocionarme, no solo es un regalo perfecto, sino que, además, lleva un poquito de cada uno de ellos. Lo siento mucho por Mia, pero nunca me habían regalado nada que me gustase tanto como esto.

—Mil gracias a todos. Ni siquiera sé qué decir.

—Tranquila, Riley, lo raro sería que nos dieras un discurso —se burla Kieran y, aunque sería algo por lo que otra persona diría «puto irlandés», yo lo agradezco porque lo que hace es quitarme de ser el centro de atención.

Kieran siempre lo hace cuando detecta que me siento incómoda y ni siquiera se lo he pedido nunca.

—¡Yo quiero saber cuál será el primer libro que leas en ese pedazo de e-book! —comenta Jazz—. Nunca haces caso a mis recomendaciones.

—Igual tiene que ver con que te gusten los de terror, sangre y asesinatos —le rebate Katherine—. A Riley le gustan de otro tipo.

—¿Qué tipo? —pregunta Barry confuso.

—Diría que los mismos que a mí —dice Candy, que habla por primera vez, y nos saluda a todos con una sonrisa nerviosa—. Romántica, ¿verdad?

—Sí.

—Cuando quieras hablamos de libros y hacemos intercambio —comenta y siento la mano de Joe en mi hombro.

—Claro. —Durante unos segundos, que parecen eternos, nadie habla ni dice nada, supongo que esperando que se pase la incomodidad que todos sentimos.

—Bueno, Riley, ahora toca adivinar de quién es cada pegatina —suelta Kieran para romper el hielo—. La más fea es la de Tyler.

—¡Oye! —se defiende—. No es fea, es la que más me recuerda a ella.

—Tío, es un puto jersey —le rebate Hunter—. ¿De verdad no había otra cosa?

—Dijo el que eligió el balón de soccer rosa.

—Su deporte y color favorito. Aunque para mí la peor es la de Barry: eligió un gato rosa.

—Riley sabe por qué —vacila Barry y empiezo a reírme—. ¿Veis? La mejor es la mía.

—A mí me encanta la mía, pero, para mi desgracia, la mejor es la de Glen.

—Jazz chasquea la lengua con pesar. Joe me señala una pegatina que pone «Lucha como una chica» y tiene una silueta de una esgrimista—.

Por cierto, siente no haberse podido conectar, pero estaba con su padre no sé dónde y no había conexión. Te manda muchos besos.

—Gracias.

Pasamos un buen rato más en la videollamada, mientras discuten sobre las pegatinas y mil cosas más.

Es como un día más almorzando en la cafetería del complejo deportivo; no puedo ser más feliz.

Mia al final entra al trapo y Joe y yo acabamos comiéndonos los rollitos de canela mientras los observamos a todos e intentamos no atragantarnos por las risas.

Cuando acabamos de comer, me abrazo a su enorme brazo y apoyo la cabeza en él.

—¿Estás contenta?

—Mucho. Gracias por la sorpresa, me ha hecho muchísima ilusión.

—Me ha costado mucho no meter la pata —admite riendo—. Tu hermana me hubiera matado si eso pasa.

—Me lo creo —me burlo—. ¿Hasta cuándo te quedas?

—Un par de días, el jueves por la noche tengo el vuelo de vuelta. El sábado hemos organizado un partido con los peques y tengo que estar allí.

—Me encantaría poder ir —admito—. Tienen que ser adorables.

—Invitada estás. —Noto un beso en la cabeza—. Estoy seguro de que a mi madre le gustaría conocerte en persona.

—Y yo estoy segura de que tu madre me odia.

—La señora Coleman y yo tuvimos una discusión el pasado Acción de Gracias cuando le dije que solo era amiga de Joe y ella consideró que lo estaba ofendiendo por ello.

Y, aunque luego se disculpó, le sigo teniendo bastante miedo y respeto.

Nunca había provocado a nadie de esa manera y no quiero volverlo a experimentar.

—En mi maleta hay unas galletas de chocolate que dicen otra cosa.

—¡Riley An Ling Chen! —exclama Mia toda indignada y la miro sin entender nada—. Te has comido el rollito que tenía la vela y no la has soplado.

—Pensaba que era decoración.

—Ya te vale, Chen —bromea Kieran—. Hemos estado practicando el cumpleaños feliz para ti y tú te comes tu pastel.

—¿Eso se practica? —pregunta Barry confuso y todos nos reímos. Incluida Candy, que le da un beso en la mejilla. Si ahora me dijera que es su hermana gemela, lo creería sin dudar.

—Menos mal que te conozco —murmura Mia y se va a la cocina para volver con otro rollito en un plato. Le coloca la vela y la enciende—. Venga, a cantar. Cumpleaños feliz…

No hay ni uno que vaya sincronizado con el otro. Tengo que esperar a que Jazz acabe para soplar la vela. Cuando voy a hacerlo deseo que nada cambie, que todo siga como hasta hoy, rodeada de mis amigos para siempre.