7 Joe #2
—Glen siempre me trae algo extra. —Cuando se pone así, me cuesta creer que tengamos la misma edad; parece que cuando yo cumplo uno, él suma solo un cuarto para seguir siendo tan niño.
—Puedes irte, lo sabes, ¿no?
—¡No! Quiero ver cómo te vuelve a mandar a la mierda.
—Si lo sé no te cuento nada. —Bufo mientras niego, pero dejo de hacerlo cuando veo que Riley se acerca a nosotros—. Ahí está, compórtate.
—Compórtate —me imita poniendo una voz repelente que le hace ganarse un codazo en el estómago.
—¡Hola, Riley! —la saludo con la mano y se queda parada mirándome, como si no esperase que estuviera aquí de nuevo. Le ofrezco el vaso—. Hoy solo te he traído té, espero que no quisieras el café.
—No tomo café —murmura mientras lo coge—. Gracias.
—Ya que mi hermano no hace nada, me presentaré solo —suelta Barry empujándome y ofreciéndole la mano—. Soy Barry. Y sí, es justo lo que estás pensando: yo soy el más guapo de los dos.
—Sois iguales —le rebate Riley riendo.
—Dame dos minutos y te demostraré que no —le ofrezco y Barry resopla.
—A mí me basta con uno.
—Para eso tendrías que pensar antes y eso requiere de muuucho más tiempo —contrataco y Riley nos mira entre expectante y divertida—. Perdónanos. Te diría que no solemos ser así, pero sería mentir.
—Eso es porque no admites que soy mejor que tú. —Barry emprende el camino hacia la facultad y Riley lo hace con nosotros. Igual no ha sido tan mala idea que estuviera—. Ese día se acabarían todos tus problemas.
—Por supuesto, porque me ingresarían en una institución mental al volverme completamente loco.
—Planazo. —Barry sonríe de oreja a oreja—. Te llevaría flores y chocolate de contrabando.
—Lo dudo, te comerías el chocolate antes de llegar y robarías las flores del primer jardín que vieras.
—No he dicho en ningún momento que fuera a comprarlas. —Barry se encoge de hombros—. La intención es lo que cuenta. ¿A que sí, Riley?
—Bueno… —Sonrío hacia mi hermano y este rueda los ojos. Los dos nos quedamos mirando a Riley esperando su respuesta y, aunque duda un poco y está sonrojada a más no poder, lo hace después de suspirar—: Cometer un delito por una buena causa no lo hace ser menos malo.
—Pero ¿y si la persona que recibe las flores no lo sabe?
—Puedes responder lo que quieras, estoy seguro de que nos hemos dicho cosas peores —le informo a Riley, que parece que tiene la contestación en la punta de la lengua, pero no quiere decirla.
—La cuestión no es si lo sabe o no, sino qué pasará cuando lo sepa. Creo que esa es la pregunta correcta.
—¿Sabéis qué? —suelta Barry después de cinco segundos parado observando a Riley por lo que ha dicho—. Voy a ir a buscar a Glen, me estáis haciendo pensar de más de buena mañana. —Mi hermano se aleja, pero no ha dado ni dos pasos cuando vuelve—: Ah, Riley, esto es para ti.
—Gracias.
—Úsalo con moderación. —Barry duda un momento y sonríe—. O no. En fin, os dejo con vuestras reflexiones.
—Está bien, tranquila —le digo a Riley que mira el camino por el que se ha ido mi hermano con preocupación, como si pensase que lo ha ofendido—.
No esperaba esa contestación. Barry es más de actuar que de pensar.
—Retomamos nuestro camino y observo cómo varias personas de nuestra facultad cuchichean por vernos juntos.
Bien, es justo lo que quiero, que los capullos del equipo de baloncesto sepan que es intocable—.
Estoy seguro de que se estaba acordando del mes entero que mi madre le hizo trabajar en el jardín de uno de nuestros vecinos por robarle las flores que le regaló por el Día de la Madre.
—¿En serio hizo eso?
—En su defensa diré que fue la opción menos mala de todas las que se le ocurrieron. —Riley pone tal cara de espanto que me hace reír—. ¿Vas a abrir el regalo de Barry?
—¿Es un regalo? —Me mira sorprendida y agranda más sus ojos cuando lo saca—. ¿Qué se supone que es esto? ¿Un gato rosa?
—En realidad, es un artículo de autodefensa —le explico y lo cojo para enseñarle a usarlo—. Los agujeros en los ojos del gato son para que metas los dedos y las orejas, bueno, digamos que son fuertes como para clavarlas en zonas blandas.
—Nunca había visto nada así —reconoce mientras lo observa alucinada. Por suerte, tapo su cuerpo con el mío, porque si alguno de los capullos del equipo de baloncesto la viera ahora mismo, estoy seguro de que doblaría los puntos que vale esta chica—. Me encanta.
—Te he traído más cosas.
—¿Más? ¿Cuántas crees que necesito?
—Espero que ninguna —me encojo de hombros mientras saco una bolsa de mi mochila—, pero nunca está de más.
—¿Esto es legal? —pregunta sacando el táser y el spray de pimienta de la bolsa. También hay un aparato que se supone que emite un ruido que se escucha a dos manzanas.
—Ni idea. En mi opinión, si tienes que usarlo, lo menos importante sería eso, ¿no crees? —Hace una mueca que podría interpretarse como que está de acuerdo, así que lo guarda en su mochila y bebe de su té. Aprovecho para disculparme—: Siento si ayer te hice sentir incómoda.
—No pasa nada.
—Sí que pasa. No quiero que pienses que soy como ellos, ni que me acerco a ti con malas intenciones.
Vi cómo te miraban en la fiesta y sé cómo se las gastan.
No quiero que te hagan daño y sé que puedo conseguirlo solo por estar en tu órbita.
Lo cierto es que será porque pensarán que tenemos algo, pero te puedo asegurar que nada más lejos de la realidad.
Eres amiga de Brooke y de Kieran, por lo que estás bajo mi protección, te guste o no.
Así que, Riley Chen, ¿me permites ser tu amigo y espantar a los capullos de la facultad?
—¿Me vas a traer té cada día?
—¿No te gusta?
—En realidad, es de los mejores que he probado nunca.
—Entonces, dalo por hecho.
Riley sonríe y algo dentro de mí se relaja. Nadie se va a comportar de forma inadecuada con ella mientras yo esté cerca.