Finge que no es amor (Rise as One 4) 5 Joe #2
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5 Joe #2

—Eso no explica qué ha pasado con mamá.

—Kieran se percató de que, aunque hubiera descubierto cómo es Candy, lo más probable era que no hiciera nada por idiota y acertó, pero me dio un consejo: si en algún momento Candy hacía algo que superara mis límites, era muy importante que no lo dejase pasar y actuase en consecuencia. Y eso he hecho.

—Lleva tratando mal a mamá desde que llegó sin avisar.

—Han sido pequeños gestos, como esperar que ella lo hiciera todo, no ayudar en nada, pero a ninguno nos han pasado desapercibidos.

Es cierto que los cuatro tenemos muy interiorizadas las tareas que nos corresponden y las hacemos sin pensar, pero lo mínimo que puedes hacer si te acoplas a una casa en la que no has sido invitada es ayudar. Y si has sido invitada, también.

—Lo sé, y no le dije nada por no discutir aquí, pero pensaba hacerlo.

Lo que sí le comenté es que fuera la última vez que se presenta por sorpresa, no por nada malo, pero los papás no tienen por qué tener a alguien en su casa sin saberlo.

Parece que al menos eso lo entendió. —Suspira mientras juguetea con el mando—.

A Candy se le ha caído la servilleta cuando desayunábamos.

Ha sido sin querer, quiero decir, cero importante, hasta que le ha dicho a mamá que la recogiera.

—Lo miro frunciendo el ceño porque no estoy entendiendo nada—.

La servilleta estaba a su lado y mamá frente a ella, tendría que haberse levantado para ello cuando Candy solo tenía que agacharse.

—¿Perdona?

—Ya, yo también he alucinado. De hecho, hasta mamá lo ha hecho, porque se ha quedado parada mirándola sin entender nada. Al menos unos segundos.

—Oh —me mofo—, sé perfectamente lo que habrá pasado después.

—Mamá le ha dicho que tenía dos manos para recogerse su propia mierda.

—Me río, porque mi madre no va a dejar que nadie la menosprecie jamás.

Y la admiro por ello—. Candy me ha mirado buscando…

bueno, no sé qué cojones buscaba, porque sigo flipando con lo que ha hecho, así que le he dicho que mi madre no le había dicho nada que no fuera verdad, que se disculpara y que, si pensaba despreciarla una vez más, ya sabía dónde estaba la puerta.

—¿Se ha disculpado?

—No, ha puesto su pose de indignada y, antes de que empezase con su drama habitual, le he dicho que se largase a dar una vuelta para que se calmase y que no pensaba dejarla entrar de nuevo hasta que fuera una balsa de aceite. Ha subido aquí, ha hecho la maleta y se ha ido dando un portazo.

—¿Y tú cómo estás? —Barry está loco por ella, si no, no le hubiera permitido todo lo que ha hecho. O eso quiero pensar.

—Me gusta Candy cuando estamos solos, es cariñosa, graciosa y me hace sentir bien, pero cuando estamos con gente se vuelve una persona totalmente distinta, llena de celos, como si no pudiera existir nadie más que ella en mi mundo.

No quiero esa versión de ella en mi vida.

De hecho, se lo comenté después de hablar con Kieran.

—¿En serio?

—No fue a malas ni nada, pero sí que le expliqué que me había dolido lo de Kieran y que la culpa era de ella, porque no quería quedar con vosotros, ni tampoco me permitía a mí hacerlo.

—¿Y qué te contestó?

—Que a todos os caía mal. Le respondí que eso era a causa de su actitud de mierda cuando estaba con vosotros, que a nadie en su sano juicio le podía caer bien jamás así. Prometió cambiar.

—¿De verdad crees que lo va a hacer?

—Me ha mandado un mensaje de audio llorando antes de comer, pidiendo perdón y diciendo que nunca se hubiera esperado que no me pusiera de su parte, pero que lo había entendido, que había necesitado una hostia de realidad, pero que por fin lo había entendido.

—¿Y dónde está ahora?

—En la estación de autobuses, esperando a que vaya a buscarla.

—¿Y por qué sigues aquí?

—Porque no me ha gustado lo que le ha hecho a mamá y no quiero estar con alguien así.

Me prometió cambiar y sabía que no sería fácil, pero no quiero estar con una persona que hace promesas vacías.

—Suspira—. Estoy ordenando mis pensamientos para enfrentarme a ella, es posible que le dé un ultimátum.

—Vaya. —Reconozco que esto no me lo esperaba para nada. De hecho, si no lo estuviera escuchando por mí mismo, no me lo creería. Tengo que contárselo a los chicos.

—Sí, vaya. Siento haber estado tan ausente este curso, no volverá a pasar. Creo que idealicé lo que era tener novia y no quise ver lo que estaba viviendo, incluso si intentabais que lo hiciera.

—Ha sido duro para todos verte tan ausente y apagado.

—Lo siento y siento todas las discusiones que hemos tenido por este tema. Gracias por no darme por perdido.

—¿Quién dice que no lo hiciera? —bromeo y se ríe.

—¿Una partida?

—No puedo, tengo que ir con los chicos.

—¡Cierto! ¿Crees que al entrenador le gustará verme por ahí?

—Estoy seguro de que sí.

Barry inicia una nueva partida y, nada más empezar, una voz que conocemos bien irrumpe en la habitación:

—Joe, tío, deja de jugar con el personaje de tu hermano, que luego tiene puntos de más y se cree que son de él.

—Hola, Glen. —Se hace un silencio sepulcral, que ni siquiera el sonido del juego consigue romper y Barry carraspea—. ¿Cómo estás?

—A punto de volarte la cabeza. —Dicho y hecho—. Es una pena que no pueda hacerlo de verdad.

—Me lo he ganado.

—Joe, si te estás haciendo pasar por Barry y esto es una especie de broma, te juro que conseguiré una escopeta y me presentaré en Detroit.

—A mí siempre me han gustado más los rifles, aunque los revólveres tienen cierto encanto —admite Barry.

—Yo creo que sería mejor una glock —añado para que sepa que estamos los dos—. Y no, no estoy jugando en la partida de Barry, ha cambiado la contraseña de la consola y no me permite entrar.

—Porque estoy hasta la polla de que me bajes las puntuaciones.

—Barry, ¿qué quieres? —Glen suena seria y, la verdad, no puedo culparla.

—Hablar contigo, pedirte perdón.

—¿Y Candy? —escupe, y a Barry se le dibuja una mueca de culpabilidad.

—Esperando en una estación de autobuses a que vaya a buscarla. Espero que esté sentada.

—¿Joe? —me pregunta Glen, supongo que no entiende nada de lo que está pasando. No es la única.

—Creo que se ha dado un golpe en la cabeza esta mañana que lo ha arreglado. —Los dos nos reímos mientras Barry resopla—. No pienso hacer nada en contra. Lo vamos a llamar: un golpe de suerte.

—Solo espero que mañana no se dé otro —murmura.

—Si eso pasa, tengo un bate precioso para darle —propongo y Barry me fulmina con la mirada.

—¡Tío! ¿Por qué no lo has hecho antes? —se queja Glen riendo.

—Es que lo tenía aquí en Detroit —me defiendo—. Creo que me lo llevaré para este último curso.

—Me parece una idea brillante.

—Si ya habéis acabado de organizar mi paliza, me gustaría hablar con Glen. —Barry me mira y señala la puerta con la cabeza—. A solas.

—Llámame si necesitas algo. —Me giro para irme, pero me detengo—: Eso va por los dos.

—Tranquilo, puedo con él —se burla Glen.

—En realidad, eso me preocupa más que me tranquiliza —suelto antes de dejarlos hablar.

Cuando llego al coche, algo en mi interior se relaja.

Estos últimos meses han sido duros, porque notaba que perdía a Barry y que no podía hacer nada para impedirlo.

Me alegro tanto de que por fin haya visto cómo es Candy y que la haya enfrentado.

No sé lo qué pasará entre ellos, pero sé que nada será igual.

Le mando un mensaje a Riley que, por suerte, me contesta al momento.

Joe

He hablado con Barry más de dos minutos y sin discutir

Riley

¿En serio? ¡¡Cuánto me alegro, Joe!!

¡Tienes que contármelo todo!

Joe

¿Te va bien si te llamo ahora?

Riley

Vamos a comer, ¿lo hago yo cuando acabe?

Joe

Estaré con los peques

Cuando salga hablamos

Riley

Perfecto :D

Suspiro, me hubiera gustado hablar con ella ahora, pero supongo que no siempre se puede tener todo lo que uno quiere. De camino al polideportivo, recuerdo el momento en el que conocí a Riley. Nunca imaginé que se volvería alguien tan importante en mi vida.