Finge que no es amor (Rise as One 4) 5 Joe
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CAPÍTULO CINCO

JOE

Cuando aparco el coche de mi madre en la puerta de casa, me tomo unos minutos antes de salir.

Subo el volumen de la radio donde suena la canción The line en bucle, que me acompaña desde que volví de la universidad.

Creo que es la que mejor refleja lo que siento desde que me acosté con Riley.

Además, tiene el punto justo de tristeza que me ayuda a lidiar con el hecho de que la echo muchísimo de menos.

Aunque empiezo a pensar que eso me hubiera pasado igual, hubiésemos tenido sexo o no.

Reviso de nuevo el móvil y sigue devolviéndome un total de cero notificaciones por su parte.

No es como si no habláramos varias veces al día, pero ahora mismo necesito más, mucho más.

Y estar en distintos husos horarios, por mucho que sean solo dos horas de diferencia, no ayuda.

Respiro hondo e intento eliminar todos los pensamientos intrusivos que quieren hacerse fuertes en mi cabeza.

Es normal que Riley tarde más en contestarme, es normal que no hablemos a cada momento y es normal que la eche de menos.

No tiene nada que ver con lo que pasó ni con lo que hicimos; no me está evitando ni se está alejando de mí.

De hecho, nos vimos al día siguiente y nada había cambiado; al menos para ella.

Lo mío es otra cosa con la que tengo que lidiar solito.

Kieran me aconsejó que decidiera qué era más importante, si lo que sentía por ella o nuestra amistad, y actuase en consecuencia.

Cuando le dije lo segundo, se rio y me deseó buena suerte al omitir mis sentimientos.

También que, cuando se volviera insostenible —porque según él, pasaría—, ya hablaríamos de la estrategia a seguir.

Lo peor de todo es que lo más probable es que le acabe dando la razón.

Observo la puerta de la casa y resoplo, no tengo ganas de entrar.

Candy ha venido de visita, así que mi hermano está más gilipollas de lo normal.

Si encima le sumamos que a mi madre no le cae bien, ahora mismo prefiero pillármela con la cremallera que estar ahí dentro.

Mi polla se encoge de dolor solo con ese pensamiento y decido que es momento de enfrentarme a ello.

Lo único bueno de este verano ha sido la propuesta del que fue mi entrenador cuando era un chiquillo: me pidió que lo ayudase en el campus que han montado para que los niños y niñas tengan algo que hacer mientras sus padres trabajan.

Supongo que pensó que, con la mierda que me paga, solo iría unas horas en lugar de pasar allí todo el día, pero a mí me viene genial y él no parece tener queja alguna.

—¡Hola! —saludo nada más cerrar la puerta, porque no se escucha ni siquiera la televisión que mi padre suele tener puesta—. ¿Hay alguien? ¿Hola?

—¡Estamos en el jardín! —me grita mi madre y me acerco hasta allí.

Cuando llego hasta la cristalera, me encuentro a mi hermano y a mi padre en la parrilla, haciendo hamburguesas mientras discuten, y a mi madre preparando la mesa, con tres guarniciones distintas.

De la que no hay ni rastro es de Candy, aunque no pienso quejarme.

Le hago una foto a la mesa y se la mando a Riley con el texto: «¿Cuánto sobrará?

Se abren apuestas» y vuelvo a guardar el móvil.

En realidad, lo que tengo delante en estos momentos es mi vida entera: mi madre preparando comida como si llevásemos años sin comer, mi padre intentando imponer su forma de hacer y mi hermano y yo rebatiendo todos sus argumentos, aunque luego le acabemos haciendo caso.

Lo que viene siendo un hogar normal en Detroit.

—Esas hamburguesas se van a quemar si seguís discutiendo —me burlo cuando salgo al exterior y los dos se giran para mirarme.

—¿Las quieres hacer tú, chaval? —me refuta mi padre y aprovecha el descuido de Barry para quitarle la espátula.

—De los tres soy el que mejor cocina —contrataco.

—Para ser fieles a la verdad, eres el único que cocina —me defiende mi madre y mi hermano rueda los ojos—. Ellos como mucho hacen de comer, y porque se morirían si no.

—¿Quieres asar tú las hamburguesas? —le dice mi padre ofreciéndole la espátula.

—¿Te parece poco todo lo que he preparado?

—Mi madre pone los brazos en jarras—. ¿Jugamos a que se coma cada uno lo que ha cocinado?

No sobrevivís ni un día. —Alza la cabeza y mi padre recula, como siempre que intenta vacilar a nuestra madre.

No sé por qué lo sigue intentando, siempre pierde—. Lo imaginaba.

—Ya las hago yo —me ofrezco y me acerco hasta la barbacoa. Mi padre me entrega la espátula y se va con una sonrisa—. ¿Estabais fingiendo para que las hiciera yo?

—No —contestan los dos a la vez con lo que es una clara mentira.

—Llevaban un rato esperando a que llegases, pero les ha dado hambre y han decidido que las iban a hacer sin ti —me explica mi madre y Barry refunfuña—. Te he visto.

—¡Es imposible! —se queja mi hermano alzando las manos—. Estás de espaldas a mí.

—Ese es el superpoder de tu madre, chaval —le recuerda mi padre—. Saber lo que ha pasado hasta si no está delante. Que os vais a la universidad y se os olvida, pero ella sigue ahí.

—No se nos olvida, suele llamarnos cuando siente que algo no está bien. —Mi madre alza la cabeza orgullosa por mis palabras—. Lo que pasa es que Barry no le coge el teléfono.

—¡Mentira! —Mi madre alza una ceja y mi hermano recula—. No es que no te lo coja a ti, es que no se lo cojo a nadie, porque nunca sé dónde está.

—Una vez me lo encontré en un cajón de la cocina. —Sonrío al pensarlo—. Estuvo allí tres días hasta que me dio pena y se lo dije.

—Pocos días me parecen —murmura mi padre riendo—. Un día lo perderás de verdad.

—No me preocupa. —Barry se encoge de hombros y se sienta junto a mi padre a la mesa—. Las personas con las que suelo hablar las tengo localizadas y si tengo que hablar con vosotros, tengo a Joe.

—¿Cuántas veces has perdido las llaves de casa este año? —le pregunta mi madre.

—Dos. —Por lo rápido que ha contestado Barry, todos sabemos que miente.

—Tu madre te ha preguntado por el año entero, no el último mes —le rebate mi padre.

Aprovecho para servir las hamburguesas y sentarme en la mesa junto al resto.

Barry coge dos, las deja encima del pan, las llena de distintas salsas y le da un bocado tan grande que se lleva la mitad del bocadillo por delante.

Mi padre rueda los ojos y empieza a servirse la ensalada de patata.

Cuando mi hermano hace eso, significa que no piensa responder.

La conclusión de todos es clara: ha extraviado tanto las llaves que ha perdido la cuenta.

Cuando acabamos de comer y recogerlo todo, mis padres se acomodan en el sofá y Barry sube a su habitación para jugar a la consola, así que, antes de irme de nuevo con los niños, le sigo.

Me ignora mientras lo observo poner bien las cosas de la cama para sentarse en ella y preparar la partida al Fortnite.

Le da al juego y empieza a pegar tiros antes de decirme lo que quiero escuchar:

—Ha ofendido a mamá. —Por fin alguien me aclara por qué Candy no está. En la comida parecía un tema vetado, aunque, para ser justos, no he querido indagar más porque era la primera vez que no acabábamos discutiendo—. Así que le he pedido que se fuera.

—¿Que tú qué?

Barry lleva unos meses con Candy, los mismos en los que se ha peleado con Glen, su mejor amiga, conmigo y con todos nuestros amigos por ella.

Y si se llevase bien con alguien más, estoy seguro de que también estaría en la misma situación.

La chica parece maja y estoy seguro de que tiene un montón de buenas cualidades.

Sin embargo, la realidad es que solo hemos visto a una persona acaparadora, que trata a Barry como su esclavo y que, si él no hace exactamente lo que ella quiere, le monta unos pollos de cuidado.

La última bronca fue porque compró el billete de vuelta a Detroit sin preguntarle si a ella le iba bien ese día.

Con sinceridad, no sé qué cojones ve Barry en ella; ni siquiera está buena —sí, lo sé, es un comentario de mierda, pero es que en mi vida me había caído alguien tan mal como Candy⁠—.

—Le he pedido que se fuera a dar una vuelta, pero no ha vuelto.

—Se encoge de hombros y me quedo esperando más explicaciones que esa basura.

Al final claudica, resopla y pausa el juego—: Cuando me enteré de que Kieran y Aba estaban juntos y, más que eso, que llevaban meses, me di cuenta de que igual no estaba haciendo las cosas bien. Todos lo sabíais menos yo y me dolió.

—No me dijiste nada. —Hará como tres meses que todo salió a la luz, ha tenido tiempo de sobra para hablarlo.

—No sabía cómo gestionarlo —admite mirando el mando—.

Pensaba que todos vuestros reproches eran pura envidia por mi relación, por ser el único con novia, no sé, que no tenían fundamentos.

Así que, cuando me enteré de que me había perdido cosas importantes de vuestras vidas, como que Kieran tuviera novia, algo hizo «clic» en mi cabeza y hablé con él.

—Para no saber cómo gestionarlo, empezaste por la parte más difícil: aguantar al puto irlandés.

—Lo sé —se ríe—, me dijo que era normal cómo me había comportado y que lo que tenía que hacer era volver a ganar poco a poco todo lo que había perdido y, sobre todo, ponerle límites a Candy.

—Vale, cambio de opinión: eso es lo más complicado de todo.

—Yo también lo pensé, pero no. Lo que más me ha costado ha sido ser consciente de que he sido un gilipollas, que no sé cómo arreglarlo y que es posible que haya personas que no vuelvan.

—Hablas de Glen —deduzco y asiente—. Has sido un completo imbécil con ella, no te lo voy a negar, pero te echa de menos y estoy seguro de que, si le pides perdón y habláis, te perdonará.

—Un día me dijo: «volveré a tu vida cuando Candy salga de ella».

—Pues ya sabes —bromeo y me fulmina con la mirada—. Está dolida, no puedes culparla por ello.

—No lo hago, todo esto es culpa mía, ahora soy consciente.