Finge que no es amor (Rise as One 4) 3 Joe
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3 Joe

CAPÍTULO TRES

JOE

Observo a Riley de reojo mientras repiquetea con los dedos en sus piernas.

Creo que estoy viviendo en un sueño o en una pesadilla, no lo tengo claro.

¿En serio quiere que nos acostemos? No es que me moleste, ojo, llevo desde que me explicó su experiencia de mierda insistiendo en ayudarla a que la olvide, pero, teniendo en cuenta que había rechazado todas mis ofertas, se me hace raro que haya accedido al acabar el curso.

O puede que sea justo por eso, porque nos vamos a pasar el verano a casa.

Sea por lo que sea, no voy a darle más vueltas.

Voy a tener sexo y, lo más importante, voy a ayudar a una amiga a que se reconcilie con él.

Espero que, después de esto, todos sus miedos se esfumen y pueda tener una vida de lo más placentera.

Respiro hondo cuando el conductor para frente a mi casa y agarro la mano de Riley para ir juntos hasta mi habitación.

Sé que está nerviosa, pero también que confía en mí y eso me llena el corazón.

Podría haber intentado follarse a otro, de hecho, a cualquiera de la facultad, aunque ella diga que no.

Riley no es consciente de lo que se dice de ella en los pasillos, ni lo sexy que puede llegar a ser.

Cuando entramos en mi habitación me arrepiento de no haber recogido un poco y no haber cambiado las sábanas.

No es que estén sucias, pero no sé, un poco de consideración.

Aunque, en realidad, cuando he salido de casa, no esperaba volver con nadie.

De hecho, ni siquiera quería ir. Sin embargo, para una vez que Barry me proponía una salida, no iba a decirle que no.

Sacudo la cabeza para sacar a mi hermano de ella y sonrío a Riley.

—¿Tienes algún plan? —Rozo su mejilla con los dedos y cierra los ojos.

—¿Improvisar?

—Vaquera, tú no has improvisado en la vida —bromeo—. No creo ni que sepas lo que es.

—Entonces, por una vez, voy a dejarme llevar.

Se agarra la camiseta por debajo y, antes de que pueda procesar el movimiento, se la quita, dejando a la vista un sujetador negro sencillo, que le aporta un punto de inocencia que hace saltar a mi polla.

Hago lo mismo y me deshago de mi camiseta para que no se sienta incómoda.

Sonrío de medio lado cuando recorre mi cuerpo con la vista, al menos le gusta lo que ve.

—Ven conmigo. —La arrastro hasta el borde de la cama y me siento en ella para estar a la misma altura.

Le aparto el pelo a un lado, beso su cuello y saco la lengua para saborearlo, haciendo que se estremezca.

Su sabor es como su olor, a vainilla, tan dulce como ella.

Cuando me percato de que aprieta los dedos sin saber qué hacer, me separo un poco de ella—. ¿Quieres que ponga un poco de música?

—Sí, por favor.

Saco el móvil y busco una lista de reproducción que tengo para estos momentos, pero enseguida me doy cuenta de que esto no funcionará con ella, así que la descarto y voy directo a la que compartimos.

La música siempre es un buen recurso. No es que las mujeres con las que me acuesto suelan estar tan nerviosas, ni lo necesiten para apagar su cerebro como Riley, pero ayuda a ponerse en el mood adecuado.

Cuando la canción The emptiness machine empieza a sonar, reanudo mi tarea, no sin antes coger las manos de Riley y colocarlas sobre mi pecho.

Se le escapa una risa cuando me provoca un escalofrío después de una caricia suave de sus dedos.

Alcanzo el botón de su pantalón, pero, antes de hacer nada, la miro a los ojos para comprobar que quiere seguir adelante con esto.

Asiente totalmente sonrojada, así que lo desabrocho y se lo bajo ante su atenta mirada.

Una vez completo la tarea, ahogo un gemido ante el tanga negro de encaje que tengo delante.

«¡Madre mía, no esperaba esto de mi Vaquera!

». Mi polla me aprieta tanto contra los calzoncillos que es posible que hasta me haga daño.

Aun así, no acelero ningún paso, Riley necesita tiempo y yo tengo todo el del mundo para ella.

Le bajo los tirantes del sujetador y la beso entre sus pechos mientras con una mano se lo desabrocho, haciendo que salten hacia mis mejillas.

Lo lanzo lejos y atrapo un pezón con la boca, a la vez que juego con el otro con la mano.

Los pequeños suspiros que se le escapan son música para mis oídos y voy alternando entre sus tetas para torturarla un poco más.

En el momento en que mi mano viaja hasta la parte baja de su culo y, en lugar de tensarse, suelta un gemido, sé que está preparada para pasar a la cama.

La insto a tumbarse y me coloco encima de ella apoyándome en los antebrazos para no aplastarla.

Le retiro el pelo de la cara y me regala una sonrisa que le devuelvo.

—¿Estás bien? —Asiente y me río—. Puedes hablar, ¿sabes?

—Es que… no sé qué decir —admite y le doy un beso en la frente—. Nunca me había sentido así.

—Y mejor que te vas a sentir, Vaquera. —Le guiño un ojo y vuelvo a besar su cuello para que se relaje.

—¿Quieres…? —Carraspea y alzo la vista para mirarla—. ¿Tengo que hacer algo? No sé qué hacer con las manos.

—Puedes tocarme —le sugiero y se sonroja todavía más. Ni siquiera sabía que era posible—. No hace falta que sea algo que no quieras o que te dé vergüenza. Puede ser la espalda, el pelo… lo que te apetezca. O puedes agarrarte a la sábana o al cabecero.

—¿Por qué…? —Se le queda atascada la pregunta en la garganta y suspira—. Vale, ¿podemos seguir?

—Por supuesto, Vaquera.

Esta vez ataco sus pechos con mi boca directamente.

Juego con ellos, los lamo, succiono mientras trazo un camino con la yema de mis dedos desde ellos hasta su tanga.

En cada bajada, llego un poco más lejos, hasta que alcanzo su centro y dejo la mano ahí.

Riley da un pequeño respingo al notarlo, pero enseguida se relaja y se deja llevar de nuevo.

Me encantaría saber lo que está pasando por su cabeza ahora mismo.

Sin apartar mi lengua de su piel, voy siguiendo el camino que han hecho antes mis dedos y agarro el tanga con los dientes, provocándole un jadeo.

Me deshago de la prenda y me coloco entre sus piernas ante su atenta mirada de confusión y deseo.

Creo que nunca la había visto tan bonita como está en estos momentos.

Le sonrío antes de bajar mi boca hasta su sexo y, cuando mi lengua entra en contacto con él, da tal salto que tengo que sujetarla para que no se caiga de la cama.

—Confía en mí, Vaquera —le susurro mientras la vuelvo a poner cómoda en la cama y le doy un beso en el ombligo—. No salgas volando.

—Pues no me des alas —murmura y sonrío. Siempre tiene algo ingenioso que decir, hasta si se está muriendo de vergüenza.

Esta vez, antes de pasar la lengua por su sexo, me aseguro de tenerla bien cogida, así que, cuando reacciona, al menos no se mueve.

Intento ser suave, ir poco a poco, alargar el momento.

Sin embargo, en cuanto sus manos me agarran del pelo, pierdo el control.

La devoro con las mismas ganas que me empuja contra ella y, antes de que pueda darme cuenta, suelta un gemido ronco a la vez que me tira del pelo.

Tardo unos segundos en separarme un poco, haciendo que se le alargue el orgasmo y sonrío ante su imagen, totalmente alucinada sobre mi cama como si lo que acabase de pasar fuera lo mejor del mundo. Es posible que lo sea.

Le acaricio el costado mientras se recupera y me coloco a su lado. Me deshago de mi ropa, para satisfacción de mi polla, y alargo la mano para coger un condón de la mesita. Me lo pongo ante su atenta mirada, que es una mezcla de curiosidad y terror.

—¿Estás bien? —me intereso, y me sonríe a la vez que asiente—. Si quieres parar en cualquier momento, solo dilo, ¿vale? Y si lo haces tan flojito que no te escucho, me das un golpe.

—¿Puedo pegarte? —bromea. Le doy un beso en la frente mientras se ríe.

—Ten cuidado con lo que haces, que igual me gusta —suelto antes de atacar su cuello de nuevo, obteniendo un gemido como respuesta.

Bajo mi mano hasta su sexo a la vez que llego con la boca hasta sus tetas, y lo acaricio hasta que se relaja tanto que abre las piernas de forma instintiva.

Sonrío para mis adentros y me muevo para colocarme encima de ella.

Le separo las piernas y me quedo quieto unos segundos para comprobar que está segura de lo que vamos a hacer.

Como no me frena, me posiciono mejor y alzo una de sus piernas para obtener mejor ángulo.

Empiezo a introducirme en ella poco a poco mientras observo cada uno de sus gestos, porque no estoy seguro de si me parará si lo necesita.

Cuando estoy a punto de entrar del todo, frunce la nariz, claramente molesta, así que le cojo la mano y la entrelazo con la mía.

—¿Me detengo? —le pregunto; ella niega con la cabeza con los ojos cerrados—.

Está bien. Voy a dar la última estocada y es posible que te duela un poco —le explico y me mira asustada—.

No será como la primera vez, lo prometo.

Es normal que te moleste; puedes apretarme la mano todo lo que necesites.

Después me quedaré quieto unos segundos para que te acostumbres y me moveré.

Eso debería hacer que dejaras de estar incómoda, pero si no es así, lo paramos todo.

—No entiendo que a la gente le guste esto —farfulla y me río.

—No decías lo mismo cuando mi boca te daba placer —le susurro, y aprovecho que hablar la ha relajado para entrar del todo en ella.

Suelta un jadeo ahogado, pero no parece de dolor, así que solo espero mientras me aprieta la mano y la beso en el cuello.

Tal y como le he dicho, pasados unos segundos, empiezo a moverme dentro de ella, sin alargar mucho las estocadas, hasta que noto como se va relajando y dejando llevar por el placer.

No la pierdo de vista en ningún momento mientras se deshace debajo de mí; creo que nunca había contemplado nada tan perfecto como esto.

Poco a poco pierde la vergüenza y sus gemidos llenan la habitación por encima de la música que ya no necesita.

Cuando noto que está a punto de correrse de nuevo, le pellizco el pezón y eso hace que llegue al orgasmo al segundo.

Lo hace con tanta intensidad, que me arrastra con ella, haciendo que me tenga que coger al cabecero para no caer a plomo encima de ella.

En cuanto la miro, un pensamiento que lo cambia todo cruza mi mente: quiero a esta chica más de lo que sería simple amistad.

«Mierda, estoy enamorado de Riley».