2 Riley
cGB
CAPÍTULO DOS
RILEY
Después de más de media hora discutiendo con Mia, consigo que claudique para llevar unos pantalones estrechos en lugar de una falda de Jazz.
No es que tenga nada en contra de su ropa, pero enseña más que tapa y no me siento cómoda con ella.
No quiero añadir más incomodidad a la locura que estoy a punto de hacer.
De hecho, me he tenido que tomar un chupito de algún alcohol que tenía Jazz en la cocina para conseguir ponerme el tanga que Mia ha insistido en que lleve.
Según ella, mis braguitas con dibujitos no tienen nada de sexy.
Eso sí, me ha dicho que me lleve una en el bolso.
No he querido ni preguntar para qué o acabaré colgándole, escondiendo el móvil y metiéndome debajo de la sábana para no llevar a cabo esta locura de plan.
Todavía no sé cómo ha conseguido convencerme.
Quizás porque es algo que no era un no rotundo en mi cabeza y ya me había planteado hacerlo, aunque siempre me haya echado atrás cuando tenía que tomar la decisión.
Quizás porque sí quiero quitarme el mal recuerdo de mi primera vez, aunque esté muerta de miedo.
Quizás porque es Joe y sé que, si le digo que pare, lo hará y que nunca me haría daño.
No de forma consciente al menos. Quizás porque Mia es una mala influencia para mí.
Sea por lo que sea, le he mandado un mensaje a Jazz para decirle que saldré con Joe y otro a él para preguntarle dónde está. Estoy esperando la respuesta.
—Saldrá bien, tú tranquila. —La voz de Mia me saca de mis pensamientos, que sigue en videollamada, imagino que para que no me eche atrás. Me conoce bien—. Por cierto, estás preciosa.
—Gracias.
No me he puesto nada del otro mundo, unos pantalones negros, eso sí, estrechos, y una camiseta verde botella sin mangas ni escote.
Aunque me he maquillado un poco más de lo habitual.
La ropa interior no pienso ni comentarla, ni siquiera recordaba haber traído este tanga negro que me regaló Mia.
De hecho, si tuviera que apostar, seguramente fue ella quien lo metió en mi maleta.
—¿El grandullón no ha respondido? —Niego con la cabeza. Sé que Joe ayer salió a darlo todo, así que no descarto que siga dormido. No sé si eso me alegra o me entristece—. ¿Por qué no lo llamas?
—Ya contestará —murmuro—. No voy a molestarlo si está haciendo algo.
Tampoco descarto que esté con alguna chica. Casi todas las veces que hemos salido, ha acabado llevándose a una a su casa, así que no es descabellado pensarlo. Tendría que haberlo planificado con más tiempo, hablarlo con él, sentar unas bases…
—¡No! —Miro a mi hermana y me señala con el dedo—. Deja de sobrepensar. Voy a ponerte música. —Trastea con el móvil y enseguida empieza a sonar The Phoenix de Fall Out Boy; es uno de sus grupos favoritos—. Ahora escucha y apaga tu mente.
—Está bien.
Me siento en la cama y cierro los ojos mientras oigo a Mia de fondo cantar, como cuando éramos pequeñas.
La verdad es que me encanta su voz y lo que esta canción me hace sentir.
Es como positivismo en estado puro y consigue justo su objetivo: que deje de sobrepensar.
Cuando está a punto de acabar, el sonido de una notificación me saca de mi estado de casi letargo.
Joe
¡Hola! Perdona, no he visto tu mensaje hasta ahora
He venido con Barry a la fiesta de Phi Omega, pero también venía Candy, así que… Estoy solo rodeado de jugadores de hockey
¿Vienes a salvarme del infierno?
Sonrío y pienso una réplica divertida, pero estoy tan nerviosa que no se me ocurre ninguna, así que tardo más de lo normal en contestar:
Riley
¿Tendré que ir con un carruaje alado cual ángel vengador o puedo pedir un Uber?
Joe
Si apareces con alas, te hago un monumento
Pero solo con que vengas tendré suficiente para librarme de ellos
¿Sabes dónde es o te paso la ubicación?
Riley
Si me la pasas, mejor
Joe
Estaba pensando en eso, no quiero que suceda lo mismo que la última vez
Hoy no tengo coche para ir a buscarte
Ubicación
Aquí te espero ;)
Riley
Guárdame algún chupito
Joe
Jazz, deja de robarle el móvil a Riley
Riley
Jazz está con Katherine
Joe
Oh, vaya
¿Quieres un chupito?
Riley
Ya llevo dos
Joe
Mejor te espero en la puerta
Frunzo el ceño ante su mensaje, no es la primera vez que bebo, aunque es cierto que más de dos no suelo tomar. No me encanta y me siento demasiado desinhibida cuando lo hago. Sé que es la gracia y eso, pero a mí no me gusta perder el control.
—¡Holi! —Se me escapa el móvil de las manos cuando escucho la voz de mi hermana. Mierda, me había olvidado de que seguía en videollamada y ahora solo escucho su risa mientras compruebo que no se ha roto—. Tendrías que haber visto tu cara. ¿Qué dice el grandullón?
—Está en una fiesta, me ha pasado la ubicación.
—¡Perfecto! Pues pide el Uber y vamos para allá.
—¿Vamos?
—Si crees que voy a dejarte sola, es que no me conoces.
—Lo que quieres es vigilarme para que no me acobarde.
—Mira que eres lista, joder.
—¡Zhen! —Escucho a mi padre llamar a Mia y esta rueda los ojos. No sé qué odia más, si su nombre chino o el hecho de que nuestro padre solo use ese. No tarda en aparecer por la habitación—. ¿Qué haces? ¿No te he dicho que pusieras la lavadora?
—La he puesto —se defiende mi hermana.
—Cierto, pero ha acabado y no has puesto la secadora —le reprende—. La ropa se está arrugando.
—La orden estaba clara: pon la lavadora. Y yo he cumplido. Si querías que hiciera todo el proceso, tendrías que haberlo especificado.
—¿Quién en su sano juicio piensa que poner la lavadora no lleva implícito que hay que poner la secadora y sacar la ropa cuando se acaba? —Mi padre suena frustrado y enfadado, como siempre que Mia le contrataca con algún argumento sólido. O como siempre que habla con ella, más bien.
—Alguien que no tenía ganas de hacer la colada entera. —Mia se encoge de hombros y tengo que fruncir los labios para no reírme—. Estaba hablando con Riley.
—Oh. —Mi padre aparece por la pantalla y alzo una mano para saludarlo con una sonrisa—. Hola, An Li, ¿cómo estás? —Frunce el ceño cuando me observa—. ¿Vas a salir de fiesta?
—Es una fiesta de despedida de su club de lectura —miente Mia con una naturalidad que siempre me ha asombrado—. Les han pedido que vayan guapos porque van a poner limonada y minisándwiches. ¿No es adorable?
—Ah, vale, en ese caso puedes ir —me concede mi padre y asiento—. Despídete ya de tu hermana, tiene que acabar de hacer la colada.
—Adiós, Mia.
—¡Te llamaré mañana!
Se me queda en la lengua un «No me cabe duda» que no llego a formular y pido un Uber antes de que mi cerebro piense en lo que estoy haciendo.
Resoplo cuando un conductor acepta la petición y cojo los auriculares para ponerme la canción más fuerte que encuentre, y que opaque mis pensamientos, mientras me dirijo a la salida de la residencia.
«¿Qué coño estoy a punto de hacer?». Antes de dejar que mi cerebro responda a la pregunta, la canción Ignorance de Paramore irrumpe en mis oídos y lo agradezco.
Cuando cierro la puerta del Uber, sé que no hay vuelta atrás.
Estoy a punto de pedirle a mi mejor amigo que nos acostemos, solo espero que esto no cambie nada.
Tal y como me ha dicho por mensaje, Joe está esperándome en el jardín de la enorme casa de la fraternidad.
Un jardín que está lleno de vasos, vómito y líquido que hace que el vómito no parezca una asquerosidad.
Genial, esto ayuda un montón. Joe, como siempre, se acerca para abrir la puerta y me lanzo a sus brazos nada más salir.
Una de las cosas que más me gustan de él es que cuando me abraza, lo hace entera.
Es tan grande que me envuelve como una manta calentita en un día de invierno; me hace sentir protegida de todo y de todos.
Cuando me suelta, pone sus manos en mis mejillas y me observa.
—¿Qué pasa? —le pregunto cuando no dice nada.
—¿Estás drogada?
—Pero… ¿qué? ¡No! ¡Claro que no! —Lo miro sin entender nada.
—Vale, vale —claudica soltándome y empieza a reírse de mi confusión—. A ver, Vaquera, no me juzgues: te has presentado en una fiesta sin que nadie te haya obligado, te has tomado dos chupitos y me has pedido otro. Es normal que me hayan saltado todas las alarmas.
—Pues puedes poner el código de desactivación, que no hace falta que venga la Policía. —Nos reímos y la tensión de mi cuerpo se reduce un poco. Luego recuerdo por qué estoy aquí y se eleva hasta el cielo—. ¿Me has traído el chupito?
—No hasta que me digas qué ocurre.
—Es que… —Bajo la vista y me sonrojo como nunca—. Quiero aceptar tu oferta de acostarnos.
—¿Cómo? —No me permite contestarle, me coge de la mano y me arrastra hasta el interior de la casa, en concreto hasta la cocina.
Agarra un par de vasos y una botella que no tengo ni idea de qué es y sirve dos chupitos.
Todavía no me he bebido el mío cuando él se sirve un segundo y se lo bebe igual de rápido que el anterior—.
¿Puedes repetirlo? Y, por favor, sé específica porque no estoy seguro de haberte entendido bien.
—¿Me sirves otro? —Le acerco el vaso y Joe duda, pero al final cede y me lo pone. Cuando se me pasa la mala sensación de la garganta, hablo—: ¿Sigue en pie la oferta de hacerme olvidar mi primera vez?
—¿Estás segura? —Asiento con la cabeza y bajo de nuevo la mirada al suelo, que está tan sucio que dudo que alguien pueda limpiarlo. Siento un beso en mi sien y sonrío—. Muy bien, Vaquera, voy a pedir un Uber. Si en algún momento cambias de opinión, solo tienes que decírmelo, ¿vale?
—Lo sé.
—Claro que lo sabes —susurra y me coge de la nuca para pegarme a su cuerpo antes de darme otro beso—. Vamos a borrar de tu mente esa mala experiencia.
«Oh, mierda, ¿de verdad lo voy a hacer?».