Finge que no es amor (Rise as One 4) 1 Riley
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Finge que no es amor (Rise as One 4)

Finge que no es amor (Rise as One 4)

Por Ygritte Berlana

© inepub.com

1 Riley

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CAPÍTULO UNO

RILEY

Unas horas antes…

El techo de mi cuarto tiene ciento tres imperfecciones.

Algunas apenas perceptibles para alguien que no se haya pasado horas observándolo, otras tan evidentes que me alucina que me dieran la habitación en estas condiciones.

Quizás me la hubieran cambiado si hubiera dicho algo, pero no lo hice.

Tampoco me quejé cuando se rompió la puerta del armario, invertí un par de noches de insomnio en arreglarla y ahora está como nueva.

Es mejor que mirar el techo y contar desperfectos.

Aun así, cuando empecé el curso tenía ciento dos; Jazz creó una el día que le pareció buena idea celebrar el fin de las clases con una botella de lambrusco que ni quise preguntar de dónde había salido.

Lo peor de todo es que la descorchó en la cocina.

El tapón rebotó tanto que acabó llevándose por delante una lámpara horrible antes de entrar en mi cuarto, dejar una evidencia en el techo y frenarse al toparse con mi cama.

Todo esto mientras observábamos el espectáculo como si no estuviera destrozando nuestra habitación ni fuera con nosotras, y como si el vino espumoso no estuviera saliendo a borbotones de la botella manchando el suelo.

Desde entonces, mi puerta siempre está cerrada.

Fijo la vista en ese golpe en concreto mientras mi mente crea posibles escenarios para los otros.

¿Alguna pelea por amor? ¿Alguna disputa por el último refresco de la nevera?

No creo que todo el mundo tuviera la misma suerte que yo con su compañera, a pesar de que haya días en los que quisiera matarla.

No quiero irme a casa por vacaciones, estoy bien aquí, en mi rutina, en mi día a día, rodeada de las locuras de Jazz, la paz de Brooke y la ropa de Savannah; los gritos de la entrenadora Quinn, las risas de Sienna cuando nos hace mover el culo corriendo por las escaleras y nos observa desde abajo; los ánimos del vestuario cuando ganamos, los abrazos rotos cuando perdemos; las clases eternas junto a mis compañeros, las bromas de Paul en la sala de estudios; mi té de la mañana que Joe me prepara a pesar de que le he dicho mil veces que deje de hacerlo; mi llavero lleno de mil artículos de autodefensa que jamás usaré, y que Joe me compró; los ciento tres desperfectos…

En fin, no quiero dejar mi vida atrás porque entonces cambiará y no me gustan los cambios.

«¿Será muy distinto el segundo año del primero?

». Al menos continuaré compartiendo habitación con Jazz; Brooke y Savannah han pedido estar cerca, así que seguro que nos vemos.

Y Joe seguirá en la misma facultad, aunque estará en su último año, a un paso de llegar o no a la NFL.

Espero que no se note mucho la diferencia.

«¿Mantendremos el contacto durante el verano o esperaremos a ponernos al día cuando volvamos a finales de julio?

». Es cierto que en las vacaciones de Navidad hablamos todos los días por el grupo que tenemos, pero era porque estábamos pendientes de la relación entre Brooke y Tyler.

Y luego nos fuimos todos a Nueva Orleans y Miami, así que no pude evaluarlo bien.

Con mi tendencia a no ser consciente del paso del tiempo y cuánto llevo sin hablar con alguien, espero que las cosas con todos ellos no se enrarezcan, me gusta cómo están ahora.

De golpe, la voz de Emily de Linkin Park se interrumpe por el aviso de una videollamada entrante.

Agradezco la interrupción y cojo el móvil para ver quién es.

No puedo evitar la sonrisa que se me forma cuando el nombre de Mia aparece en la pantalla.

Nada más descolgar, empieza a hablar, sin dejarme ni saludar, incluso antes de que me llegue la señal del vídeo.

—¡Hermanita! ¿Cómo estás? —Observo a Mia, que está en nuestra habitación, tirada en mi cama bocarriba y saludando con ímpetu, hasta que finge poner cara de enfadada—.

¿Por qué no tienes la cara destrozada por la resaca?

¡Has superado tu primer año en la universidad, deberías estar celebrándolo desde ayer!

—Salí un rato —rebato y bufa.

—¿Por qué eres tan aburrida? No, mentira, no eres aburrida, pero ¿por qué aparentas que lo eres?

¡Riley! Estás en la universidad, ¡tienes que salir de fiesta por las dos!

—Hace un puchero que me hace reír—. ¡No te atrevas a reírte!

No te ayudé a entrar en Havenwood para que estés desperdiciando tu tiempo entre libros.

—¿Crees que me paso el día leyendo o estudiando? —Bueno, un poco verdad es.

—No, pero porque tienes partidos. —Se encoge de hombros—. Necesitas salir, conocer gente y follar. No puedes volver a casa con la misma cara de amargada con la que te fuiste.

—¡Mia! —Me tapo la cara por la vergüenza que me producen sus palabras. Mi hermana pequeña nunca ha tenido filtro, pero cada vez es peor.

—¡Riley! —me imita—. ¿Cómo es posible que yo me haya acostado con más tíos que tú este año?

—Pensaba que solo te habías acostado con Jason. —Frunzo el ceño ante sus palabras, me extraña que no me lo haya contado antes.

—Exacto, uno, ¡ya son más que tú! A no ser que tengas algo que explicarme. —Sube y baja las cejas con mirada pícara—. Dime que te has follado a ese grandullón que no se separa de ti. Y, por favor, ¡no te dejes ningún detalle!

—¡Solo somos amigos! —le repito por enésima vez mientras intento lidiar con mi sonrojo.

La primera vez que le enseñé una foto de Joe a Mia, me soltó que tenía cara de empotrador y, desde entonces, no ha parado de insistir en que me acueste con él.

Lo que ella no sabe es que he estado tentada de hacerlo varias veces, desde que Joe se ofreció a hacerme olvidar mi primera vez, aunque nunca me he atrevido a dar el paso.

Nuestra relación cambiaría y no quiero que eso ocurra por nada del mundo.

—¿Y qué? Los amigos también follan, Riley. Jason y yo solo somos eso.

—Jason es empleado de papá, ni siquiera debería acercarse a ti. Además, tiene diecinueve y tú… dieciséis.

—Y por eso es un amante excelente: tiene experiencia, no como los idiotas de mi edad que no saben ni dónde están las tetas.

—Dudo mucho que alguien no sepa dónde tienes las tetas, Mia. —Ella, a diferencia de mí, tiene una gran delantera y sabe cómo explotarla. A veces la envidio por ello.

—¡Pues imagina lo inútiles que son! —Hace aspavientos con las dos manos y ladeo la cabeza al darme cuenta—. ¡Te ha costado, eh! Ya pensaba que no te fijarías en que estoy tumbada bocarriba en tu cama y tengo las manos libres.

—¿Qué has hecho?

—¡Es tu regalo de cumpleaños! —Da palmadas y saltitos de alegría y no puedo evitar reírme—.

Tenía que montarlo antes, por si era una mierda buscar otra cosa, pero ¡es perfecto!

Estoy deseando que vuelvas a casa para enseñártelo y no, no pienso decirte lo que es.

Lo compré en cuanto lo vi, hasta tuve que pedirle prestado dinero a Jason para hacerlo, porque papá me había quitado la paga, pero ha merecido la pena.

—¿Te dejo el dinero para que se lo devuelvas a Jason?

—No hace falta, se lo quité a papá de la cartera. —Se encoge de hombros—. Voy a estar sin paga bastante tiempo, pero tu regalo me ha salido gratis porque lo ha pagado él. Un plan redondo.

—¿Y lo de estar sin paga no cuenta?

—Si no era por eso, hubiera sido por otra cosa. Ya estoy acostumbrada. Además, la semana que viene vuelve mi maravillosa hermana que me pagará todo lo que quiera, y Lauren.

—Ella también te dejaría dinero si se lo pidieras.

—Antes muerta —escupe y niego con la cabeza.

Lauren es nuestra hermana mayor y la perfección hecha persona, y Mia es…

bueno, es puro caos en movimiento, así que no se llevan bien.

Las quiero a las dos, sin embargo, mi relación con Mia es más cercana.

En parte, porque las dos nos complementamos.

Ella me saca de mi caparazón y yo evito que lleve a cabo todos los planes que pueden acabar mal —y son muchísimos—.

Ella acepta que necesite días de encerrarme en casa a leer o escuchar música para apagar mi cerebro y yo soy capaz de existir en su caos sin juzgarla. Somos un gran equipo.

—¿Cuándo llega Lauren de Stanford?

—El miércoles, así que ese día tenemos comida familiar, como me ha repetido papá veinte veces esta semana, por si lo olvidaba. El martes estará en el restaurante, claro, porque el hecho de que tú llegues ese día le da igual.

—No pasa nada, tiene sentido que la hagamos cuando estemos todas. Y el martes es el día que vienen los proveedores.

—Me gustaría saber qué pasaría si llegarais al revés —farfulla, y suspiro; la eterna discusión—. En fin, que no estamos hablando de Lauren, estamos hablando de ti y de la ropa interior sexy que te vas a poner esta noche para follarte al grandullón.

—¿Puedes dejar de hablar así?

—Puedo, pero no quiero. —Se encoge de hombros—. La vida es muy aburrida sin un poco de salsa picante. Pero si quieres, me pongo seria. —Pone una expresión que intenta aparentar que lo es, pero se notaría fingida hasta sin vídeo—. ¿Por qué te niegas al sexo?

—No me niego a nada, Mia, es solo que no ha surgido.

—No ha surgido porque no lo has buscado —me rebate—. Y yo creo que tiene que ver con el grandullón.

—Se llama Joe y no tiene nada que ver con él. Es que… me da miedo —admito.

Mi primera vez fue muy dolorosa, agobiante y me sentí fatal los días siguientes.

No es que me haya negado a repetir, es que no quiero volver a pasar por lo mismo.

Además, el chaval que se suponía que era mi novio, desapareció de mi vida al día siguiente.

Es algo que he intentado olvidar, pero no es fácil.

—Más motivos para encontrar nuevas experiencias que te ayuden a dejarlo a un lado —suelta como si fuera obvio—.

Entiendo que tengas que confiar en esa persona, pero, si no la buscas, no va a salir de la nada, ¿sabes?

¿Joe no es una opción? —La fulmino con la mirada y alza las manos—.

No como pareja, sino para quitarte el miedo a base de orgasmos.

—Ehhh… —Nunca he podido mentirle a Mia, básicamente porque cuando lo he intentado, me ha pillado, así que dejé de hacerlo porque era tontería. Se da cuenta al microsegundo de que no he dicho que no, lo que provoca que se le ilumine la cara ante mi respuesta. O más bien, ante mi no respuesta.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que era una opción! —celebra alzando las manos—. ¿Por qué no ha pasado todavía? ¿A qué estás esperando? ¡Venga, no me jodas! ¿Por qué no has salido corriendo hacia esos brazos más grandes que tu cabeza?

—¿Serviría de algo? —me sincero.

Es la pregunta a la que intento darle respuesta desde que Joe me lo propuso la primera vez.

No había connotación sexual, ni deseo explícito, solo una demostración verdadera de ayuda; de hacerme olvidar mi primera vez.

Sin embargo, creo que el problema fui yo, que estaba muy nerviosa, y eso no va a cambiar aunque sea Joe la otra persona.

—Riley An Li Chen. —Alzo las cejas ante el uso completo de mi nombre, a Mia no le gusta usar nuestros nombres chinos—. Como no vayas ahora mismo a casa de ese grandullón y le pidas sexo, yo misma me presentaré en tu universidad y te llevaré de los pelos. Y no me refiero a los de la cabeza.

Cruzo las piernas de forma inconsciente ante sus palabras y espero a que se ría, pero no lo hace, solo me mira fijamente hasta que suspiro. Odio que haga eso, siempre acabo claudicando a todo lo que me pide.

—Lo pensaré —cedo.

—No hay nada que pensar, Riley —me rebate seria, esta vez de verdad, sin fingir.

Esta es la versión de Mia que nadie conoce, la sensata, la controlada, la que analiza, la que la hace ser una de las personas más inteligentes de su instituto, por mucho que les fastidie a algunos, incluido nuestro padre.

Está elevando el tono para que no me eche atrás, para que siga su consejo y para que, por una vez, me deje llevar.

Como cuando le pedí consejo para solicitar plaza en Havenwood—.

Vas a ir a la casa de Joe o a la fiesta donde esté, le vas a pedir sexo y no vas a aceptar un no como respuesta.

Si no te sientes preparada, te tomas dos chupitos antes, pero lo haces.

—¿Eso no provocará que se rompa nuestra amistad?

—No —sentencia, aunque enseguida suspira—.

Bueno, no puedo garantizarte que no, pero sí puedo asegurarte algo: si tu amistad se rompe después del sexo, es que no era una amistad real, era un chico fingiendo serlo para meterte en su cama.

Así que, si después de follar se va a la mierda, pues me sabrá muy mal por ti, pero te habrás quitado a un imbécil de encima.

Puedes verlo como una excusa para estrenar el táser con él y le agradeces el regalo y la lección.

—¿Por qué siempre parece que tú seas la mayor?

—Porque no te permites vivir, hermanita. Y, ahora, ¿qué ropa interior piensas ponerte?