Extraña entre los lobos 33 · El precio del viejo mundo
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33 · El precio del viejo mundo

Isobel no supo cómo llegó al corazón de la roca.

La marea, la pelea del cuello, la riada de gente echando hacia dentro: en algún punto de todo aquello dejó de correr hacia algo y empezó a que la arrastraran, y cuando volvió a saber dónde estaba, estaba en lo más hondo del dùn, en la sala grande donde habían metido a los que no podían pelear.

Mujeres con críos contra la pared. Heridos en el suelo, en filas, sobre paja que ya no era paja.

Una vieja rezando en gaélico, deprisa, como quien cuenta para no oír.

Y, por el corredor de la izquierda, acercándose, el ruido de los que habían entrado.

Lachlan aguantaba en alguna parte —lo sabía, lo sentía, en el fragor que venía de más allá—, pero Lachlan no podía estar en todos los corredores a la vez, y por este, por el de la izquierda, no había nadie.

Nadie entre los que entraban y la gente apretada contra la pared.

Nadie entre el enemigo y el corazón de la casa.

Nadie salvo ella.

Isobel miró alrededor, a la sala llena de gente que la habría colgado por la mañana, y no lo pensó.

Ya no había nada que pensar. Lo había decidido a oscuras, en una celda, hacía un puñado de horas: que era loba, y que la manada era la manada aunque la manada la escupiera.

Se agachó sobre el primer muerto que tenía a mano —un lobo joven, de los de dentro, con la garganta abierta— y le soltó de los dedos un cuchillo de monte, ancho, de mango basto.

No era el suyo. El suyo, el de mango liso, se lo habían quitado al encerrarla, y a lo mejor era justo: el suyo lo había afilado Reynold. Este lo cogía ella sola.

Se puso en la boca del pasillo de la izquierda, donde la piedra se estrechaba, y esperó a los que venían.

—¡Atrás! —les gritó a los de la sala sin volverse, con una voz que no se conocía—. ¡Pegaos a la pared del fondo y no os mováis de ahí! ¡Por aquí no pasan!

—¡Esa es la espía! —chilló una mujer, apretando a un crío contra el pecho—. ¡Es la que nos ha traído esto! ¡No la escuchéis, va a abrirles también esta—!

—Sí. Soy esa. —Isobel no apartó los ojos del pasillo—. Y soy la única que hay ahora mismo entre vosotros y los que vienen por ese hueco. Así que hoy os vais a tener que conformar conmigo. Atrás. Y rezad por que aguante.

La mujer calló. No porque la creyera. Porque no le quedaba otra.

* * *

El primero entró deprisa, confiado, sin contar con encontrarse a nadie, y se encontró a una mujer.

Eso le costó la vida. Dudó un instante —el instante que duda un hombre ante una mujer con un cuchillo, ese medio latido en que el cuerpo no termina de creer que aquello vaya a pelear— y en ese instante Isobel le metió el filo por debajo del peto, hacia arriba, como le habían enseñado a clavar una aguja en un bastidor y como había aprendido sola que se clava en un hombre.

Lo notó doblarse. Lo empujó hacia atrás con el cuerpo, sobre el que venía detrás, y se quitó del medio.

No era fuerte. Sabía que no era fuerte. Pero el pasillo no pedía fuerza, pedía no dejar pasar, y para no dejar pasar le servía todo lo que Reynold le había metido en el cuerpo creyendo que hacía un arma para él: la quietud, la cabeza fría, el saber exactamente dónde tiene un hombre los huecos que la cota no le tapa.

Hizo con eso lo único decente que había hecho con ello en su vida.

Mató en una puerta para que no pasaran a la gente de detrás.

—¡Apártate, mujer! —le rugió uno, grande, con un hacha, frenando ante ella al ver que la sangre del suelo era de los suyos—. No tengo nada contra ti. ¡Apártate y vive!

—No venís a matarme a mí. —Isobel le sostuvo la mirada por encima del cuchillo—. Venís a matar a los de detrás. De modo que sí tenéis algo contra mí. Empezad por aquí, si tan valientes sois.

El hombre se cansó de hablar. Le tiró un hachazo de arriba abajo que le habría partido el cráneo de estar ella donde él creía que estaba; pero no lo estaba —se había hecho a un lado, como se hace a un lado de un halcón que cae—, y antes de que el hombre recompusiera el golpe ya tenía el cuchillo metido en el costado, hasta el mango basto.

Le costó sacarlo. Lo sacó. Le pesaba el brazo como si fuera de otra.

Aguantó dos. Aguantó tres. Le abrieron un tajo que no sintió hasta después. Y mientras aguantaba, oyó a su espalda, desde la alcoba del fondo, la voz de Mór.

No gritaba. Cantaba. Bajo, ronco, una cosa vieja en gaélico que subía y bajaba como el agua, y Isobel —que entendía aquella lengua y nunca lo había dicho— entendió, sin querer, lo que era: no una canción.

Una despedida. La que se le canta a alguien para acompañarlo mientras se va, para que no haga el camino solo.

El viejo se estaba muriendo. Ahora. Detrás de ella. Mientras ella mataba en la puerta para que no se lo mataran antes de tiempo.

* * *

Domhnall MacFhaoláin se fue sin enterarse de la batalla que se lo llevaba por delante.

No lo mató nadie. No le hizo falta. El cuerpo, que llevaba semanas soltando amarras una a una, soltó la última en mitad de aquel fragor, como si el estruendo de la roca abriéndose hubiera sido la señal que esperaba para dejar de aguantar.

Cuando Isobel pudo volver la cabeza un momento —entre un muerto y el siguiente, en uno de esos huecos que abre la pelea—, lo vio: al viejo laird tumbado en su jergón, muy quieto, con la cara vuelta hacia el techo de su roca, y a Mór inclinada sobre él, con una mano en su frente y otra en su pecho, cantándole bajito el final de la canción.

Y entonces el sonido cambió.

No fuera —fuera seguía el hierro, los gritos, la guerra—.

Cambió dentro, en la alcoba, en el centro de todo: la canción de Mór llegó a una nota y se quedó ahí, sin bajar, sostenida, y luego se cortó.

Y en el sitio donde había estado la respiración trabajosa del viejo, que Isobel había oído de fondo toda la noche sin saber que la oía, ya no había nada.

Un hueco. Un silencio con forma de hombre.

Mór le cerró los ojos con dos dedos. Despacio. Como se cierra una puerta en una casa donde ya duermen todos.

El viejo mundo —el último que sabía entera la vieja cuenta de aquella roca, el que se había llevado a la tumba lo que no había acabado de contarle a su hijo— acababa de apagarse en su jergón mientras el nuevo se desangraba en los pasillos.

Y Isobel, en la puerta, con un cuchillo que no era suyo y la sangre de tres hombres encima, fue la única que lo vio irse, porque era la única que no tenía a quién llorarlo y podía permitirse mirar.

* * *

Lachlan llegó cuando ya no había nada que defender en aquel pasillo.

Llegó por el otro lado, abriéndose paso desde su pelea con la lanza partida y media docena de los suyos detrás, justo cuando Isobel dejaba caer al último de los que habían intentado pasar y se apoyaba en la pared, sin aire, sin brazo casi, viva por costumbre más que por otra cosa.

Lo vio entrar en la sala. Lo vio buscar con los ojos, deprisa, lo que busca un hijo: la alcoba del fondo. Lo vio encontrarla. Y lo vio entender, desde la puerta, antes de dar un paso, lo que decían la quietud del jergón y la mano de Mór todavía en aquella frente.

No gritó. Eso fue lo peor. Isobel se había preparado para un grito y no hubo grito.

Hubo un hombre grande parándose en seco en mitad de una guerra, como si le hubieran cortado de pronto los hilos que lo movían; un hombre dejando caer la espada rota al suelo de piedra, sin ruido casi; un hombre cruzando la sala despacio, entre los heridos y los críos y los muertos, hasta el jergón de su padre, y arrodillándose al lado, y poniendo una mano enorme y ensangrentada sobre el pecho que ya no subía ni bajaba, con un cuidado que no le pegaba a aquellas manos, como si todavía pudiera hacerle daño.

Y quedándose así.

La guerra seguía. Fuera, en los pasillos, en poniente, en la calzada llena de ahogados, el mundo seguía cayéndose.

Pero en aquella sala, durante un rato que no se mide con nada, no se movió nadie, porque hasta los lobos que aún podían pelear entendieron que algunas cosas paran la guerra un momento aunque la guerra no quiera pararse.

Isobel se quedó donde estaba, en la boca del corredor, sin atreverse a respirar fuerte. Y mientras miraba la espalda enorme y rota de Lachlan doblada sobre su padre muerto, supo dos cosas con una claridad que le dolió más que el tajo del brazo.

Que aquel viejo estaba muerto, en última instancia, porque ella le había dibujado al rey la puerta de su casa.

Y que el hombre arrodillado allí, el que se le acababa de partir por dentro sin un solo grito, era el único que ella querría consolar en el mundo, y el único que jamás, mientras viviera, le dejaría acercarse a hacerlo.

Lachlan levantó la cabeza entonces. Y la miró.

A ella. En la puerta. Con el cuchillo ajeno en la mano y la sangre de los que había matado por defender aquella alcoba secándosele en los brazos.

No dijo nada. Ella tampoco. No había en aquella sala, ni en aquella noche, ni en aquella lengua ni en ninguna, una sola palabra que sirviera para lo que se estaban diciendo con los ojos por encima del cuerpo del viejo: ella, que lo sentía con cada hueso y no tenía derecho a sentirlo; él, que acababa de descubrir que la mujer que le había traído todo aquello era también la que se había plantado, sola, en la única puerta que él no había podido guardar.

Y que no sabía qué hacer con las dos cosas. Y que esa noche, con su padre enfriándose bajo su mano, no iba a tener que decidirlo.

Fuera, un cuerno del rey volvió a sonar, llamando a los suyos a un nuevo empuje sobre una roca que ya casi no tenía con qué responder.

Y el viejo mundo siguió muerto en su jergón, sin enterarse.