Extraña entre los lobos 32 · La bajamar
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32 · La bajamar

La pared de poniente aguantó hasta que dejó de tener sentido que aguantara.

Lachlan lo supo por la espalda. Por un grito que no venía de fuera —de ahí venían los gritos de toda la noche, y ya ni los oía—, sino de dentro, de la piedra, de detrás de él, de donde no tenía que haber un solo enemigo y de pronto los había.

La calzada había roto.

No le hizo falta que se lo dijeran. Lo leyó en cómo se giraron de golpe media docena de cabezas en la pared, en cómo a un hombre que tenía al lado se le fue la cara hacia atrás, hacia el interior del dùn, en mitad de una lanzada, y la lanzada se le quedó a medias.

El cuello del paso había cedido. En la peor hora, la más baja, cuando la marea se había retirado del todo y la lengua de piedra estaba seca de orilla a orilla, los del rey habían forzado el último trecho por encima de los muertos de Eachann y habían entrado en la roca.

Estaban dentro.

—¡Eilidh! —Lachlan agarró del hombro a la mujer, que segaba a su lado sin haberse enterado todavía—. ¡Quédate tú con poniente! ¡Aguanta lo que puedas y, si no puedes, repliégate a las barcas! ¡La calzada ha roto, voy dentro!

—¡No puedes dejar el muro, te lo comen—!

—¡Si están dentro, el muro ya no vale nada! ¡Aguanta!

Y dejó la pared de fuera, que era la pelea que entendía, y se metió a la carrera por las tripas de su propia casa a buscar la que no había creído que tendría que pelear nunca: la de dentro.

* * *

Los encontró en el primer recodo, donde el pasillo se abría hacia la cisterna.

Eran pocos —los primeros, los que habían forzado el cuello antes que nadie— y venían sucios de salitre y de sangre, jadeando, perdidos en un dùn que no conocían, buscando hacia dónde tirar.

Y entre ellos y el corazón del dùn, entre ellos y los heridos, las mujeres, los críos que no habían podido salir, el viejo que se moría en su alcoba sin enterarse de nada, no había más que un puñado de lobos viejos y un pasillo estrecho.

Y Lachlan.

No hubo grito de guerra. No había aire para eso.

Lachlan se metió en ellos con la lanza por delante y la hundió en el primero antes de que el hombre acabara de girarse, por debajo del brazo, donde la cota no llega; la sacó con el hombre encima y la volvió a meter en el siguiente, en el cuello, y notó la sangre caliente saltarle a la cara en la oscuridad.

El tercero le tiró un tajo de espada que le habría abierto si hubiera tenido sitio para armarlo; en aquel pasillo no lo tenía, y el filo le rebotó en el hombro, en la cota, y Lachlan le metió el regatón de la lanza en la boca y empujó hasta que dejó de moverse.

El pasillo estrecho, que había sido la condena de la roca por fuera —cuatro hombres de frente, no más—, era su salvación por dentro.

Allí no servía ser muchos. Allí solo cabían los que cabían, y a esos los recibía él, y los viejos detrás de él, uno a uno, en lo oscuro, sobre un suelo que se iba poniendo imposible de pisar.

Aguantó. No sabía cuánto. El tiempo en una pelea así no se mide; se gasta.

Cada hombre que caía dejaba sitio para el de detrás, y detrás venían más, porque por el cuello roto seguían entrando, y Lachlan empezó a entender, con una claridad fría que le subió desde el estómago, que aquello no se podía tapar.

Que eran demasiados. Que la roca estaba abierta y que él, solo, en un pasillo, no era una puerta.

Y entonces, por encima de todo, por encima del hierro y de los gritos, llegó el otro ruido. El grande. El que lo cambió todo.

* * *

El mar volvía.

Lachlan lo oyó como lo había oído toda su vida sin pensarlo, igual que se oye el corazón propio: el sonido del agua entrando por la calzada, solo que esta vez no entraba despacio.

Entraba a la carrera, como entra siempre en aquella roca cuando la bajamar toca fondo y se da la vuelta de golpe; trepaba por la lengua de piedra desde las dos orillas a un tiempo, cerrándose sobre sí misma, recuperando en un puñado de instantes todo lo que había tardado horas en soltar.

Y la calzada estaba llena de hombres del rey.

Lo que pasó allí fuera Lachlan no lo vio.

Lo oyó, que fue peor. Oyó el clamor de varios cientos de hombres entendiendo a la vez que el suelo que pisaban dejaba de ser suelo; oyó el chapoteo volverse otra cosa, un fragor de oleaje y de hierro y de voces que se cortaban; oyó a una hueste entera del sur descubrir, en la última hora de su vida, lo que cualquier crío de aquella piedra sabía desde antes de andar: que el paso de la marea no es un camino, sino una trampa que se abre dos veces al día y vuelve a cerrar, y que nadie cruza con la cota puesta cuando el agua decide volver.

Se ahogaron de pie, apretados, sin sitio para huir hacia ningún lado que no fuera más agua, tirados al fondo por el mismo hierro que los había traído a matar.

El mar pagaba. Cobraba la cuenta de la noche entera de una sola vez, en una sola lengua de piedra, con una crueldad limpia que no era de nadie y era de todos.

Y Lachlan, en el pasillo, con la lanza ya rota y una espada quitada a un muerto en la mano, entendió dos cosas a la vez, y las dos le pesaron igual.

Que el cuello había aguantado lo justo. Que alguien, allá en lo alto del paso, había hecho que Eachann no rompiera ni un instante antes de tiempo, justo hasta que la pleamar volvió a hacer el trabajo; y que ese alguien sabía la marea al dedo, y que el único hombre de la roca que la sabía así estaba con él, en poniente, leyéndosela a él toda la noche.

De modo que había sido otra persona. Una que no debería haber estado suelta.

Una a la que él había mandado encerrar bajo barra.

No tuvo tiempo de seguir ese hilo. Lo dejó colgando, como su padre dejaba las frases, para más tarde, si había más tarde.

Porque la segunda cosa era la que importaba ahora, y la segunda cosa era que el mar había llegado tarde para lo único que de verdad contaba.

* * *

Los que ya habían cruzado el cuello en seco, antes de que volviera el agua, seguían dentro.

El mar se había comido al grueso, a los cientos, a la hueste que aún esperaba turno en la calzada.

Pero a los primeros no. A los que habían forzado el paso en lo más hondo de la bajamar y habían entrado en la roca, a esos no los alcanzaba: estaban a salvo de la marea, a este lado, dentro de los muros, sueltos por las tripas del dùn como ratas en una despensa. Decenas. Las suficientes.

Lo alcanzó Dùghall en el recodo de la cisterna, empujado hacia dentro con los que se replegaban. El muchacho sangraba de la cabeza, sin lanza, con un cuchillo corto en la mano y los ojos de quien ha visto demasiado para una sola noche.

—¡Aguantó! —jadeó, agarrándolo del brazo—. El cuello aguantó, Lachlan. Eachann no rompió hasta que volvió la marea, ni un latido antes, y el agua se los llevó a cientos. Los vi irse al fondo. Fue como abrir una compuerta sobre ellos.

—¿Quién le dijo a Eachann cuándo? —Lachlan lo cogió por la pechera—. Coll estaba conmigo. ¿Quién sabía la hora?

A Dùghall le costó arrancar. No quería decirlo. Lo dijo igual.

—Ella. La del halcón. La saqué yo de la celda, fui yo, cuélgame luego si quieres.

Pero traía la marea en la cabeza, sabía el momento exacto, y le gritó a Eachann que no rompiera.

Y Eachann, no sé por qué, le hizo caso. Por eso el agua pilló a los del rey en mitad del paso.

Si ella no llega a tiempo, no se ahoga ni uno, y ahora estarían todos dentro, no decenas.

—El crío bajó la voz—. Media roca sigue viva por la que tú mandaste encerrar.

—¿Dónde está?

—La perdí en lo del cuello. No sé si sigue de pie.

Lachlan no contestó. No tenía con qué. Tenía a la espalda media docena de lobos viejos y un pasillo, por delante el corazón de su casa abierto de par en par, y dentro de la cabeza, donde menos lo quería, a una mujer que le había vendido la roca al rey y que esa misma noche, suelta, se la acababa de salvar a medias con lo único que él le había enseñado.

Más tarde. Si había más tarde.

—Detrás de mí. —Lo dijo a Dùghall, a los viejos, a todo el que se replegaba—.

Todos. Aquí. El pasillo es nuestro: no caben más de tres de frente, y a esos tres los cojo yo.

Vosotros, al que se me cuele. Que no llegue ni uno a los heridos.

Que no lleguen a los críos. Hasta que no quede ninguno en pie.

Los suyos o los nuestros, me da igual ya. Pero por aquí no se pasa.

—Por aquí no se pasa —repitió uno de los viejos, escupiendo sangre, plantándose a su hombro con un hacha mellada. Y no dijo más, porque entre lobos no hacía falta.

La fortaleza que ningún ejército había tomado por la fuerza en la memoria de nadie acababa de abrirse. No por la fuerza. Por una hora robada del fondo del mar y por un mapa que había salido, palmo a palmo, de la cabeza de una mujer a la que él había metido en su casa y calentado en su cama.

Lachlan retrocedió un paso en el pasillo, y luego otro, no porque lo echaran, sino porque por delante de él, en lo oscuro de su propia roca, hacia el corazón del dùn, hacia los heridos y los viejos y los críos y el padre que se moría, avanzaban ya las sombras de los que habían entrado, buscando a tientas la garganta de la casa.

El mar le había devuelto el golpe al rey: le había ahogado a medio ejército delante de la puerta.

Y aun así habían perdido. Aun así estaban dentro. La brecha estaba abierta, en lo más hondo de la piedra, por donde no se podía cerrar, y el mar, que se lo había llevado todo, esta vez no iba a poder llevarse aquello.