Extraña entre los lobos 31 · Por el paso
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31 · Por el paso

En lo oscuro, Isobel contaba la marea sin verla.

No le hacía falta verla. Se la habían enseñado a contar de otra manera, meses atrás, en un tejado, con una voz baja al oído explicándole cómo respira el agua alrededor de aquella roca: cuándo baja, cuánto, hasta dónde y —lo que de verdad importaba— cuándo se da la vuelta.

Lachlan le había metido aquello en la cabeza una noche creyendo que le enseñaba a quererlo, y se le había quedado dentro entero, como se le quedaba todo, porque para retener la habían fabricado.

Y ahora, en la celda, con la roca temblando encima y los gritos bajando por la piedra como un reguero sucio, esa cuenta era lo único que tenía.

Y la cuenta decía una cosa que le puso los pies fríos.

La marea estaba a punto de darse la vuelta.

Lo demás lo ató sola, deprisa, a oscuras, con la cabeza que le habían afilado para esto.

Los lobos habían echado media defensa a poniente; lo había conseguido ella, con su aviso, antes de que la encerraran.

Y eso quería decir que la calzada se había quedado fina.

Que el cebo del rey, empujando contra una línea a medio guarnecer, estaba a punto de partirla: lo oía en los gritos, que venían más del lado de la calzada que del mar, más altos cada vez, más cerca de palabras que de voces.

Y la marea iba a girar.

Si la línea de la calzada aguantaba un poco más —solo un poco—, el agua haría sola el trabajo: subiría de vuelta por la lengua de piedra a la carrera, como subía siempre, y se llevaría al fondo a cuantos hubiera cruzando, igual que se había llevado a los del rey en poniente.

Era el viejo truco de la roca. El que le habían explicado en aquel tejado.

Aguanta el cuello del paso hasta que el mar vuelva, y no tienes que ganar: gana el mar por ti.

Solo que en la calzada no había nadie que supiera cuándo volvía el mar.

Coll estaba en poniente, leyéndole el agua a Lachlan.

Y Eachann, allá, en lo alto del paso, estaba aguantando a ciegas, sin saber que le faltaba un suspiro, que si rompía ahora —ahora, que era justo cuando un hombre rompe, justo cuando ya no puede más— echaría a perder por unos pasos la única cosa que podía salvarlos a todos.

Ella sí lo sabía. Ella era la única persona de aquella roca que tenía la cuenta y no la estaba usando para nada, sentada en lo oscuro detrás de una barra.

—¡Dùghall! —Se puso en pie y golpeó la puerta con la palma abierta—. ¡Dùghall, ábreme!

* * *

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, le salió la voz tensa, de muchacho que oye morir a los suyos a tres pasos sin poder ir.

—Cállate. Tengo orden de que no hables con nadie.

—Escuchadme una sola cosa y luego callo.

—Pegó la cara a la rendija de la madera—.

La calzada va a romper. ¿La oís? Eso de ahí es vuestra gente cediendo.

Y va a romper unos pasos antes de que el mar los salve, porque nadie de los que están aguantando ahí sabe cuándo vuelve la marea.

Yo sí. Me lo enseñó él. Sé el momento exacto.

Si Eachann aguanta hasta que yo le diga, el agua ahoga a los que estén cruzando y la roca se salva.

Si rompe antes, entran. Y entran esta noche.

—Tú lo que quieres es salir. —Pero la voz le tembló—. Eres la que abrió la puerta. ¿Por qué iba a creerte una palabra?

—No tenéis que creerme nada. —Lo dijo deprisa, porque sentía la marea moverse dentro de la cuenta, acercándose al filo—.

Llevadme vos. Atadme las manos. Ponedme el cuchillo en los riñones y no lo quitéis.

Subidme a la calzada como a una presa, no como a nada más.

Yo le grito a Eachann el momento, y vos detrás con el filo: si miento, si hago el menor gesto raro, me lo metéis hasta el mango ahí mismo, delante de todos, y se acabó la traidora.

No os pido que me soltéis. Os pido que me uséis. Una vez. Para lo único que sirvo.

Del otro lado, el silencio de un hombre que ya estaba cediendo y se odiaba por ello.

—Si te saco y es mentira, me cuelgan a mí —dijo Dùghall al fin—. Y si no te saco y era verdad...

—Si no me sacáis y era verdad, no os cuelga nadie. —Isobel pegó la frente a la madera—. Porque no quedará nadie para colgaros. Esa es toda la diferencia. Por eso vais a bajar la barra. No porque me creáis. Porque no os podéis permitir no creerme.

Y se hizo un silencio que duró lo que la roca tardó en encajar otro golpe, un retumbo hondo que les bajó polvo del techo a los dos.

Y entonces se levantó la barra.

Dùghall estaba pálido, con la lanza en una mano y un cuchillo corto en la otra, y los ojos de un crío al que le acababan de pedir que decidiera algo de hombre.

—Las manos —dijo, ronco—. Delante. Y como esto sea un truco tuyo, halcón, te juro por mi madre que no llegas viva al paso.

—Hecho. —Isobel sacó las muñecas juntas—. Atad fuerte. Y luego corred, que el mar no espera a que nos decidamos.

* * *

La sacó a las tripas de la roca y aquello ya no era el dùn que ella conocía.

Era un matadero a oscuras. Los pasillos olían a humo y a hierro y a lo otro; los heridos que aún podían arrastrarse se arrastraban hacia dentro buscando dónde caerse, y los que no podían se quedaban donde habían caído, y había que pasarles por encima.

Una mujer cargaba con un crío y un caldero hirviendo hacia los que cosían carne en un rincón.

Nadie tenía tiempo de mirar dos veces a la prisionera atada que cruzaba a la carrera con un muchacho pegado a la espalda y un cuchillo en la mano.

—¡Por aquí no! —Dùghall la empujó por un ramal a la derecha cuando ella tiraba a la izquierda—. La rampa de la izquierda está caída desde el primer golpe. Por la cisterna. Es más largo, pero se pasa.

Corrieron por la cisterna, por un suelo resbaladizo donde el eco de sus pasos se mezclaba con el de la batalla de arriba. Isobel llevaba la cuenta en la cabeza a cada zancada, restándole tiempo al mar, y el número bajaba, bajaba, y todavía les quedaba roca por delante.

—¿Cuánto? —jadeó Dùghall, sin dejar de empujarla, sin quitarle el filo de los riñones—. ¿Cuánto le queda al agua para volver?

—Lo que tardemos nosotros. —Isobel no aflojó el paso—. Si subimos andando, no llegamos. Y si os paráis a pensar si me creéis, tampoco. Corred.

A la salida de la cisterna se les plantó un hombre. Un lobo viejo, de los que guardaban lo de dentro, con un hacha y una cara que conocía a Isobel de sobra.

—¿Adónde llevas tú a esa? —le ladró a Dùghall, cerrándoles el paso, levantando el hacha—. Esa va abajo, con barra. Orden del laird.

—Orden nueva —mintió Dùghall, y le salió firme, vaya si le salió, para ser un crío—. La sube Lachlan. Dice que sabe la marea. Apártate, Tàmhas, que no hay tiempo.

El viejo dudó. Miró a Isobel, a las manos atadas, al cuchillo de Dùghall en sus riñones, y por un instante terrible Isobel pensó que iba a partirla en dos allí mismo por las dudas, que sería lo más sensato, lo que habría hecho ella en su lugar. Pero el viejo bajó el hacha un palmo, lo justo.

—Si nos mete por el ojo a esta —dijo—, te cuelgo yo a ti con ella.

Y los dejó pasar.

* * *

Salieron al aire libre por una poterna del lado de la calzada, y el frío y el ruido le dieron a Isobel en la cara a la vez, como dos manos.

Lo vio todo de un golpe. La calzada, abajo, una lengua de piedra mojada entre dos negruras de mar, llena de hombres del rey apretados de orilla a orilla, empujando hacia la roca.

Y en el cuello del paso, donde la piedra se estrechaba, el erizo de Eachann: una pella de lobos cada vez más pequeña, cada vez más doblada hacia atrás, aguantando el último palmo de una pared que ya no era pared, que era un puñado de hombres muriéndose de pie sobre un montón de los que ya se habían muerto.

Y el agua. Isobel le buscó el filo al agua con los ojos, con todo lo que Lachlan le había enseñado, y se le paró el aire en el pecho.

Estaba girando ya. Lo veía en la espuma de las peñas, en cómo subía por la piedra un dedo más arriba que un momento antes.

El mar había empezado a volver. Faltaba nada.

Un suspiro, como había dicho. Si Eachann aguantaba ese suspiro, la lengua de piedra se llenaba y se los llevaba al fondo a todos.

Si rompía antes —y estaba rompiendo, lo veía combarse, lo veía ceder—, los del rey cruzaban el último trecho en seco y entraban en la roca justo cuando el agua subía a espaldas de ellos, demasiado tarde para ahogarlos, a tiempo solo de cerrarles la puerta detrás.

Suspiro contra suspiro. La línea contra la marea. Y entre las dos cosas, ella, atada, en lo alto de la poterna, con la única palabra que podía decidirlo agolpada en la garganta y un trecho de roca y de muertos por delante para que esa palabra llegara hasta el único hombre que aún podía obedecerla.

—Soltadme las manos. —Se volvió a Dùghall, tendiéndole las muñecas—. No para huir. Para correr. Atada no llego a tiempo, y si no llego a tiempo, ¿de qué os ha servido sacarme? Soltadme y venid detrás con el cuchillo. Si os la juego, ya sabéis dónde tengo la espalda.

Dùghall la miró un instante —un instante que el mar no le iba a devolver— y le cortó la cuerda de un tajo.

—Corre —dijo el muchacho—. Corre, halcón.

Y echaron a correr los dos cuesta abajo hacia el paso, hacia la pella de lobos que se moría en el cuello de la calzada, hacia la gente que esa misma noche la había juzgado y metido bajo barra, con el agua trepando por las peñas a un lado y a otro, ganando un dedo, ganando otro, cerrándose sobre la piedra como dos manos que vuelven a juntarse.

—¡EACHANN! —gritó Isobel con todo lo que tenía, echando a correr hacia el cuello del paso, hacia la gente que la odiaba, con Dùghall y su cuchillo lanzados detrás—. ¡EACHANN, AGUANTA! ¡QUE NO ROMPAS! ¡QUE VUELVE EL—!