30 · El asedio
Lachlan esperaba en las peñas de poniente, con la marea bajándole por delante palmo a palmo, y contaba birlinnes en lo oscuro.
Llevaba doce cuando dejó de contar. Doce ya eran más de las que su gente podía devolver al mar, y seguían llegando: sombras largas y bajas resbalando sobre lo negro hacia la única cara del dùn que nadie había creído nunca que hubiera que guardar.
La que guardaba ahora porque se lo había dicho una espía la noche antes de que la encerrara.
Si no llega a abrir la boca aquella mujer, pensó, y no acabó el pensamiento, porque acabarlo era darle las gracias, y no tenía cuerpo esa noche para eso.
—Siguen bajando con la marea —dijo Coll a su lado. El viejo leía el agua como otros leen una cara—. No vienen a probar, muchacho. Vienen a entrar. Don Guiberto sabe la hora tan bien como yo. Mejor, a lo peor.
—¿Cuánto nos queda de roca seca por delante?
—Lo que tarde el agua en bajar otro palmo. Y luego otro. Y cada palmo es más orilla por donde echarte gente encima. —Coll escupió hacia el mar—. La marea está de su parte esta noche, Lachlan. Lo ha estado siempre. Solo que esta noche se nota.
A su espalda, lejos, en el cuello de la calzada, ardían los fuegos del grueso del rey y subía el ruido sordo de muchos hombres fingiendo que iban a entrar por ahí: el cebo, tal como decía el despacho, montado para tener a media roca mirando al sitio que no era.
Eachann aguantaba allí con su erizo de lanzas, gastando hombres en guardar una mentira.
Y aquí, en lo oscuro y lo callado, venía la verdad, sin cuernos, a ras de marea.
Y entre las dos cosas, atrapadas, las barcas.
Lachlan las veía abajo, en la cala del poniente, cargadas hasta los bordes de lo que importaba —mujeres, críos, los viejos que no podían pelear, la sangre de la manada— esperando un hueco entre las quillas para escapar por el oeste hacia Cinaed.
Solo que el hueco se lo estaba tapando don Guiberto con doce quillas.
Salir ahora era remar derechos contra la flota que venía a tomar la roca.
No salir era quedarse a esperar a que la tomaran.
La única ruta de huida y la única vía del asalto eran la misma cara de la misma piedra.
Justo lo que la del halcón le había dibujado con el dedo, rogándole que no mandara a los niños por ahí.
—Que las barcas no se muevan hasta que yo lo diga —ordenó—. Si las sacamos ahora, las hunden a la vista de sus madres. Aguantamos la orilla. Les abrimos un hueco a hierro. Y entonces salen.
—¿Y si no podemos abrírselo? —preguntó Coll, bajo, para que no lo oyera nadie más.
—Entonces habré mentido a una cala llena de críos. —Lachlan agarró la lanza—. No será lo peor que haya hecho esta semana.
* * *
La primera birlinn tocó roca cuando la bajamar le dejó la quilla al aire, y el sonido fue largo y horrible, de madera raspando piedra, de hueso contra hueso. Antes de que parara de raspar ya saltaban hombres por los costados, chapoteando en el bajío, buscando la orilla seca con los escudos en alto.
—¡Ahora! —rugió Lachlan—. ¡Lanzas! ¡Que no pongan pie!
El erizo bajó las puntas a la vez, una pared de hierro a la altura del pecho, y la primera oleada del rey se metió en ella por su propio impulso.
Lachlan sintió el golpe subirle por el asta cuando su lanza encontró carne, por debajo de un escudo, por el hueco blando entre la cota y el muslo; empujó, notó ceder, sacó.
El hombre cayó al bajío con un grito que el frío le cortó en dos.
Otro le venía ya por encima del cuerpo del primero. Otro detrás de ese.
No había sitio para el miedo. No había sitio para nada que no fuera el palmo de roca que tenía delante y los que querían quitárselo.
A su derecha, Eilidh peleaba con las dos hachas como peleaba siempre, sin escudo, moviéndose, dejando que el muro aguantara el empuje y entrando ella por los lados a segar tobillos y muñecas.
Le vio partir un brazo a la altura del codo, escudo incluido, de un solo golpe de la hacha larga; le vio el otro filo subir y bajar y a un hombre del rey doblarse sobre sí mismo sujetándose lo que ya no se sujeta.
La habían sacado de guardar a la prisionera para esto. Para esto valía Eilidh más que diez.
La piedra se puso resbaladiza enseguida.
Primero de agua. Después de algas reventadas bajo las botas.
Después de lo otro, lo que sale de los hombres cuando se abren, que en la oscuridad parecía solo sombra más negra y al pisarlo no lo era.
Un lobo joven —Lachlan ni supo cuál— resbaló en ello al adelantar el pie para tirar una lanzada, y un sornés le metió la espada por debajo de la barba antes de que recuperara el equilibrio, y el muchacho se fue de rodillas y luego del todo, y el hueco que dejó en la pared lo tapó el de detrás sin tiempo de mirarlo caer.
Así se tapaban los huecos. Adelantando un paso sobre el que acababa de morir.
—¡Cerrad! ¡Cerrad a la izquierda! —La voz de Lachlan le salía rota ya de gritar—. ¡No miréis al agua! ¡Mirad la punta de vuestra lanza!
Aguantaron. Una oleada, y otra. Echaron al mar a los del rey tantas veces como subieron, y el bajío se fue llenando de hierro que se hundía y de hombres que el peso de la cota arrastraba al fondo aunque manotearan, porque nadie nada con una cota de anillas puesta; se ahogaban a dos pasos de la orilla, en un fondo que les habría dado por la cintura de poder ponerse de pie, sin poder ponerse de pie.
Lachlan oyó a uno llamar a su madre en una lengua del sur antes de que el mar le entrara por la boca.
No tuvo tiempo de que le diera lástima. Otra quilla rascaba ya la peña un poco más allá, donde la marea acababa de bajar lo justo para abrir orilla nueva.
Eso era lo que Coll había dicho. Cada palmo, más frente. La marea peleaba para el rey.
* * *
Llegaron a la segunda birlinn, y a la tercera, y para entonces a Lachlan le sangraba un costado de un tajo que no se acordaba de haber recibido y tenía el brazo de la lanza muerto de cansancio hasta el hombro.
Su pared aguantaba, pero se acortaba: cada hueco que abría un muerto del rey se tapaba con un lobo, y los lobos no salían de debajo de las piedras como salían los del rey de las quillas.
Eran los que eran. Y al otro lado seguían llegando.
Un crío llegó corriendo desde la calzada, descalzo sobre la roca, y soltó el recado de Eachann de un tirón, sin aire:
—¡Dice Eachann que el grueso no afloja! ¡Que si esto es un cebo, es el cebo más caro que ha visto en su vida! ¡Que le están comiendo el erizo a oleadas y que o le mandas hombres o en nada no tiene a quién mandar!
—No hay hombres. —Lachlan ni se volvió—. Dile que aguante con los que tiene.
—¡Pero dice que—!
—Dile —y un sornés se le vino encima y Lachlan le rompió la lanzada con el asta y le metió el regatón en la cara antes de acabar la frase— que como ceda la calzada nos cogen por detrás mientras estos nos cogen por delante, y se acabó la roca y se acabaron todos.
Que aguante. Que no es un cebo para él. Para él es de verdad. Corre.
El crío salió disparado de vuelta hacia el otro lado de la piedra, hacia el otro sitio donde se estaba muriendo gente esa noche, y Lachlan no supo si volvería a verlo de pie.
Coll le agarró del hombro en mitad de un respiro robado entre dos cargas.
—Mira. —Señalaba mar afuera, a lo negro—. La grande. La que no había soltado nada todavía.
Lachlan miró. Más allá de las quillas varadas, donde aún cubría de sobra, una sombra mayor que las demás se movía por fin: una birlinn larga, de muchos remos, con una luz roja a popa, deslizándose hacia la roca con la calma de quien ha mandado por delante a los que iba a gastar y ahora trae a los que van a rematar.
Don Guiberto. El que sabía la hora. El que no había venido a probar la pared con carne barata, sino a meter el grueso de su gente de mar cuando la marea hubiera abierto la roca de par en par y los defensores estuvieran ya cansados, mermados, sangrando sobre algas.
Detrás de Lachlan, en la cala, las barcas seguían sin poder salir. Las madres miraban las olas. El hueco no se había abierto. Se había cerrado más.
Y abajo, en las entrañas de la piedra, tras una puerta de roble con una barra echada, estaba la única persona que en treinta años lo había conocido entero, esperando en lo oscuro el mismo final que esperaban todos, sin más culpa de aquella noche que haberles dibujado, meses atrás, la puerta por la que ahora entraba el mar.
¿Sobreviviría alguno de los dos a aquello? Era la única pregunta que se le coló entera, una sola vez, entre el ruido. La apartó. No servía. Esa noche la única respuesta que se podía dar era con la punta de la lanza.
—¡Lachlan! —Eilidh apareció a su lado, resoplando, con sangre ajena hasta el codo, señalando la barca larga con el filo de una hacha—.
¡Esos de ahí son los buenos! ¡Mira cómo saltan!
¡Esos no son leva del rey, esos son gente de mar de la de verdad!
¡Como toquen la pared con nosotros así de cansados, nos la abren de par en par!
—Lo sé. —Lachlan escupió sangre y sal—. Pega fuerte y reza por que el agua deje de bajar.
—El agua no reza, montañés —dijo ella, y volvió al hacha.
La birlinn larga embarrancó.
Y el primer hombre que saltó de ella a la roca de poniente no chapoteó como los otros, no buscó la orilla a tientas: cayó firme, con un hacha a dos manos más alta que él, y detrás de él saltó otro igual, y otro, una fila entera de los que don Guiberto se había guardado para lo último.
Tocaron piedra todos a la vez. Y embistieron la pared de Lachlan no como una oleada, sino como un solo cuerpo, con un grito hondo que tapó por un momento el ruido del mar.
El primer golpe de verdad del cerco entró en el muro de escudos como entra un hacha en un tronco verde. Y el muro, por primera vez en toda la noche, gimió hacia dentro.
Lachlan notó el empuje en los pies antes que en ningún otro sitio: la fila de hombres que tenía detrás cediendo medio paso, que en una pared de escudos es la diferencia entre seguir en pie y dejar de estarlo.
Una de las hachas largas bajó sobre el lobo de su izquierda y le abrió el hombro hasta el hueso, y el hueco no se tapó tan rápido como los de antes, porque detrás ya no quedaban tantos para taparlo.
—¡Sostened! —La voz se le había roto del todo de gritar—. ¡Que vuestras madres están ahí abajo mirándoos! ¡Sostened!
Sostuvieron. De momento. Pero Lachlan lo supo en ese primer golpe, en los huesos antes que en la cabeza —igual que Coll sabía las mareas sin mirarlas—: que aquella noche la piedra se abría por algún sitio sí o sí.
Que con la mitad de su gente desangrándose aquí, en poniente, y la otra mitad muriéndose en la calzada por guardar una mentira, al rey le bastaba con empujar las dos puertas a la vez y aguardar a que cediera la más cansada.
Y las dos estaban cansadas. Las dos chorreaban hombres.
Solo faltaba saber cuál cedía primero. Y por dónde se metería el mar cuando lo hiciera.