Extraña entre los lobos 34 · El nuevo laird
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34 · El nuevo laird

El alba llegó gris sobre el dùn, y con ella el silencio raro que viene después de una madrugada así: el de una roca que ha dejado de sonar a hierro y todavía no sabe a qué va a sonar.

Habían aguantado. Si a aquello se le podía llamar aguantar.

El mar, al subir, había vuelto a cerrar la calzada, y con la calzada cerrada el rey no podía meter un solo hombre más hasta la próxima bajamar.

Los Sorne que habían entrado por la brecha —los pocos que el agua no se había llevado— yacían ya por los pasillos, muertos por unos lobos que les habían cobrado cada palmo a precio de oro.

La roca seguía en pie. Cerrada de nuevo, por unas horas, hasta que el mar volviera a abrirle la puerta al enemigo.

Lo demás era contar.

Y al contar, no salían las cuentas. De los hombres que habían empezado la noche en pie, quedaba menos de la mitad.

Los demás estaban en los pasillos, o en el mar, o en aquella sala del fondo donde las mujeres habían dejado de coser carne porque ya no quedaban ni hilo ni manos para tanta.

Un dùn no se mide solo por los muros que le quedan.

Se mide por los que pueden subir a ellos. Y a aquella le quedaban pocos.

Lachlan seguía de rodillas junto al cuerpo de su padre cuando entendió que ya no podía seguir de rodillas.

* * *

Fue Mór quien lo hizo laird. Sin ceremonia, porque no era hora de ceremonias.

La vieja se acercó al jergón, le soltó a Domhnall del manto el broche del jefe —el de oro viejo y piedra roja que el clan conocía desde antes que a ningún Faoláin vivo— y se lo tendió a Lachlan en la palma abierta, sin una palabra.

Lachlan lo miró. Pesaba menos de lo que había creído siempre, y a la vez no había cargado nunca con nada tan pesado.

Se lo prendió él mismo en el hombro, porque le pareció que dejar que se lo prendiera otro sería empezar mal.

Y se levantó.

Y al levantarse, algo se le cerró por dentro como se cierra una puerta.

El hijo que lloraba a su padre se quedó arrodillado en el suelo, en alguna parte, y el que se puso de pie fue otro: uno que no tenía tiempo de llorar porque tenía un dùn medio muerto a su cargo y unas horas para decidir si la salvaba o la enterraba con el viejo.

—Eachann. —La voz le salió rara. Más baja. Más suya—. ¿Cuántos pueden tenerse en pie para la próxima bajamar?

—¿Contando heridos que aún sirvan? —Eachann tenía un brazo en cabestrillo y la cara de quien ha llorado de pie sin dejar de pelear—.

Ochenta. Noventa, si Dios aprieta. Lachlan, con noventa no aguantamos otra como esta.

Ni con la marea de nuestro lado. La próxima vez vienen sabiendo lo del agua, vienen con escalas para no pisar la calzada en lo hondo, vienen…

—Lo sé.

—No lo sabes. Vienen a acabar. Lo de anoche, para ellos, era tantear. —Eachann bajó la voz—. Hay que sacar a la sangre por mar mientras se pueda, muchacho. Lo que quede de los nuestros. A Cinaed. Y dejarles la roca vacía. Tu padre habría—

—Mi padre se acaba de morir defendiendo esta roca. —No alzó la voz. No le hizo falta—. No la voy a regalar la mañana siguiente. Todavía no. Reúneme a los que tengan voz. En la sala. Ahora.

Eachann lo miró un instante, y en aquel instante Lachlan vio algo que no le había visto nunca al viejo cuando lo miraba a él: que ya no lo miraba como al hijo del laird. Lo miraba como al laird.

El luto le había puesto el broche por fuera. Y por dentro le estaba poniendo otra cosa más difícil de quitar.

* * *

El consejo, lo que quedaba de él, fue corto y fue feo.

La mitad quería lo que quería Eachann: cargar las barcas y huir por poniente a la primera bajamar, salvar la sangre, dejarle al rey una roca vacía.

La otra mitad quería morir donde habían muerto sus padres.

Y todos, antes o después, llegaban a lo mismo, al hueso de la cosa, a lo que de verdad les ardía debajo del miedo:

—Y a esa. —Eilidh lo dijo por todos, como solía—. Antes de nada, decide qué hacemos con esa. Porque la tenemos suelta por la roca después de lo de anoche, y media casa no entiende por qué la que nos abrió la puerta sigue respirando mientras enterramos a tu padre.

—La que nos abrió la puerta —dijo Lachlan— es la que anoche se plantó sola en el pasillo del corazón y no dejó pasar a los que iban a degollar a los heridos. Eso lo viste tú igual que yo.

—Lo vi. —Eilidh no bajó los ojos—. Y no sé qué hacer con ello, igual que tú.

Pero te voy a decir lo que sí sé. Que una mujer que primero te vende la roca y luego te la defiende sigue siendo una mujer de la que no te puedes fiar, porque no sabes cuál de las dos te va a amanecer.

Hizo aguantar el cuello para la marea, sí.

Dùghall lo cuenta. Salvó media sala, sí.

¿Y si mañana le da por lo otro? ¿Te juegas la roca a adivinar de qué humor se levanta la espía?

Y ahí estaba. El nudo entero, dicho en una pregunta, por la única de ellos con el valor de decirlo en voz alta.

—No la toquéis.

La voz vino del fondo, vieja y seca, y todos se volvieron: Mór, que no solía sentarse en los consejos de los hombres y que aquella mañana se había sentado.

—Ni para colgarla, ni para echarla, ni para mandarla a ningún sitio sin que yo lo sepa. Dejadla donde está y no le pongáis las manos encima. Os lo dice la que ha enterrado a más Faoláin de los que ninguno de vosotros ha conocido.

—¿Por qué? —preguntó Eilidh, y por una vez no había desafío en ello, sino algo parecido al miedo, porque a Mór se la respetaba aunque no se la entendiera.

—Porque hay cuentas en esta piedra más viejas que el rey —dijo la vieja—, y esa cría está metida en una de ellas hasta el cuello sin saberlo del todo.

Igual que lo está él. —Señaló a Lachlan con la barbilla—.

El día que el rey sea vuestro menor problema, os vais a alegrar de que esa siga respirando.

No me preguntéis más, que no se cuenta en una sala llena. Pero no la toquéis.

Y se calló, y no hubo quien le sacara una palabra más.

Lachlan no contestó enseguida, porque la respuesta honrada era que no lo sabía.

Que llevaba semanas sin saber distinguir lo que aquella mujer le decía de lo que le hacía creer, y que esa noche, encima, le había salvado a la gente con lo único que él le había enseñado y le había costado al padre con lo único que ella le había enseñado al rey.

Las dos cosas. A la vez. Como siempre con ella.

Y le pesaba, además, lo que Mór acababa de medio decir delante de todos y le había hecho jurar entero junto al lecho del viejo: ven a verme antes de decidir nada de la de ahí abajo; a lo mejor esa cría es lo único que se interpone entre esta roca y algo mucho peor que el rey.

No sabía qué quería decir la vieja. Pero la vieja no hablaba por hablar, y nunca le había dado tanto miedo el rey como cuando Mór le dijo que había cosas peores.

—Nadie le pone una mano encima —dijo al fin— hasta que yo lo diga. Y hoy no lo voy a decir. Hoy enterramos a los nuestros y contamos flechas. Lo de ella espera.

No los convenció. Pero eran su clan y él era el laird, y por primera vez aquello significó algo: que se callaron.

* * *

La encontró él, después. O ella a él. Nunca lo tuvo claro.

Fue al salir de la sala, en el corredor que daba al mar, donde la había puesto Dùghall —vigilada, no presa; el muchacho se había empeñado en montarle la guardia él mismo, como quien paga una deuda—.

Estaba de pie contra la piedra, con el brazo del tajo mal vendado y la sangre seca de la noche todavía encima, y lo esperó sin moverse, igual que esperaba siempre: quieta.

Lachlan se paró delante de ella. No tenía nada que decirle. No tenía permiso, ni de su clan ni de sí mismo, para tener nada que decirle. Iba a pasar de largo.

—Mandadme de vuelta con ellos.

Se paró.

—¿Qué?

—Con los Sorne. —Isobel lo dijo bajo, deprisa, como quien suelta una cosa antes de pensarla mejor y arrepentirse—.

Escuchadme antes de decir que no. Para ellos sigo siendo suya.

Reynold no sabe que me volví; me cree todavía dentro, cumpliendo, esperando órdenes.

Si me presento, me reciben. Y desde dentro puedo hacerles a ellos lo que os hice a vosotros: encontrarles la hora, encontrarles el hueco, abrirles la guardia por donde no miran.

Puedo daros la próxima bajamar en vez de quitárosla.

—Cogió aire—. Usadme una vez más. Para esto.

Es lo único que sé hacer, y por una vez puede valer para algo bueno.

Lachlan la miró sin decir nada. Por dentro, todo lo que había puesto en pie aquella mañana —el broche, el consejo, la voz nueva, la puerta que se le había cerrado al levantarse del cuerpo de su padre— se le tambaleó de golpe.

Porque lo que tenía delante no era una espía pidiendo por su vida.

No había en ella ni rastro de eso. No le pedía que la perdonara, no le pedía que la creyera, no le pedía siquiera que la dejara vivir.

Le pedía que la mandara a meterse sola en la boca del lobo que la había fabricado, donde la matarían en cuanto la olieran, por una gente que esa misma mañana discutía si colgarla.

Le ofrecía lo único que le quedaba —su pellejo, su cabeza, su muerte casi segura— y se lo ofrecía sin pedir nada a cambio. Ni gracias. Ni nombre. Nada.

—Y luego —añadió ella, porque él seguía callado— hacéis conmigo lo que queráis. Si vuelvo. Colgadme, si os place. Pero dejadme pagaros antes algo de lo que os debo, que es más de lo que se paga viva.

Eilidh tenía razón en todo. En que no se podía confiar en ella. En que no sabía uno de qué humor amanecería. En que mandarla con el enemigo era ponerle al rey en bandeja a la única persona que conocía aquel dùn por dentro y por fuera.

Y aun así Lachlan se quedó plantado en el corredor que daba al mar, recién hecho laird, con el broche de su padre muerto en el hombro, mirando a la mujer que le había costado el dún y la vida del viejo ofrecerse a morir por salvarlo; y descubrió, con un vértigo que no había sentido en toda la noche de hierro, que no tenía ni idea de qué iba a contestar.

Que era, exactamente, lo que ella le había hecho desde el principio: quitarle el suelo de debajo de los pies justo cuando más falta le hacía pisar firme.

Y que esta vez —que Dios lo amparara— una parte de él quería decir que sí.