Extraña entre los lobos 21 · La verdad de Crisdean
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21 · La verdad de Crisdean

El recado de Crisdean no llegó esta vez con las tres palabras de siempre. Llegó con más, y eso ya fue el primer aviso, porque su hermano no había gastado nunca una palabra de sobra en toda su vida: «Cuando baje. El mojón. Tengo que verte.»

Isobel lo quemó en la llama, como quemaba todos, y bajó a la calzada cuando el mar empezó a soltarla, recelosa de una manera nueva.

La última vez, Crisdean se había ido prometiéndole un jinete con su nombre lacrado en la alforja y dos maneras de morir.

Y ahora volvía. No sabía a qué, y no saber a qué, en mitad de todo lo demás, le pesaba el doble; porque arriba, en la roca, el hombre que la quería había empezado a mirarla de medio lado —ella lo había notado, lo notaba todo, para eso la habían criado—, y ya no le quedaba ni un sitio en el mundo donde respirar sin que alguien le contara los respiros.

Crisdean esperaba en su orilla, sin el caballo a la espalda esta vez, sentado en una piedra como quien lleva horas sin fuerzas para tenerse de pie. Se levantó al verla. Y a Isobel le bastó la cara que traía para saber que aquello no era una amenaza más.

—Has venido —dijo él, y le tembló, y ni intentó que no le temblara.

—Dijiste que tenías que verme. —Se paró a la distancia justa, la del agua—. Aquí estoy. ¿Qué pasa, Crisdean?

—Que fui a preguntárselo. —Miraba el agua, no a ella—.

A padre. Lo que me soltaste tú la otra vez.

Lo de que te había criado para esto. Lo de que eras de los lobos.

—Resopló—. Me marché de aquí jurando que eran mentiras del norte, que te habían comido el seso entre el montañés y la bruja esa.

Llegué a Sorne y se lo dije a la cara, a padre, esperando que se riera de mí.

Que me dijera: «pero Crisdean, hijo, qué bobada; claro que es tu hermana, claro que es mía».

—Soltó un sonido que no llegó a risa—. Y no se rió, Isobel.

Eso es lo que vengo a decirte. No se rió.

A Isobel se le quedó el aire a medio camino.

—¿Qué te dijo?

—Me lo contó. —Por fin la miró—. Todo. Tranquilo.

Como quien explica una cuenta de grano que da por sabida.

Me miró como se mira a un crío que pregunta por fin lo que no debía haber preguntado nunca, y me lo soltó entero, sin que se le moviera un músculo de la cara.

Que no eres hija suya. Que te trajeron de pecho, del norte, en el juramento de las cunas, y que él, en cuanto te tuvo en los brazos, no vio una rehén: vio una herramienta.

Algo que se podía criar veinte años y devolver afilado el día que el rey mirara hacia esta costa.

—Eso ya lo sé —dijo ella, muy bajo, porque era verdad, porque se lo habían dicho ya; pero le salió sin fuerza, porque oírlo de Lachlan había sido oír a un enemigo que podía mentir, y oírlo de Crisdean era otra cosa: era el sur confirmándolo, era su propia casa cerrando la puerta por dentro.

—No lo sabes entero. —Crisdean negó—. Porque luego me explicó el cómo.

Y el cómo es lo que vengo a traerte, aunque me cueste, porque es lo único que me queda ya que darte que no esté envenenado.

¿Las lenguas, Isobel? ¿Lo orgullosa que estabas de hablar lenguas que las otras niñas de la casa no hablaban?

No era finura de señora. Era para que entendieras a los lobos cuando te metiera entre ellos.

El gaélico te lo hizo aprender a escondidas para esto, desde cría.

—Cogió aire—. ¿Y el halcón? Aquel que te regaló de pequeña, el que querías más que a nada, el que aprendiste a llevar al puño tú sola.

Tampoco era un capricho. Me lo contó riéndose por dentro, el muy perro.

Que te puso un halcón en la mano para enseñarte, sin que tú lo notaras, lo único que necesitaba de ti: a esperar quieta, con la caperuza puesta, sin pelear contra la oscuridad, hasta el día en que una mano te quitara la caperuza y te soltara sobre la presa.

Te estaba criando a imagen del bicho que quería que fueras.

Cada lección disfrazada de regalo. Cada abrazo, una correa.

Cada vez que te decía que eras especial, que no eras como el resto de los críos de la casa, te estaba afilando un poco más el filo.

—Le falló la voz del todo—. No te crió, Isobel.

Te fabricó. Tú lo dijiste, con esas mismas palabras.

Yo no te creí. Y tenías toda la razón del mundo.

Isobel no contestó. No le salía. Porque mientras él hablaba, ella sentía caerse, una a una, en silencio, todas las piezas de una vida entera, y recolocarse en otro sitio peor: el halcón, las lenguas, los «eres especial», los inviernos junto a la lumbre del salón de Sorne creyéndose querida.

Todo recolocado. Todo con su precio detrás, escrito en una cuenta de grano que solo Reynold había sabido leer.

—¿Te acuerdas de las fiebres? —dijo de pronto, y la voz le salió de muy lejos—.

Aquel invierno que estuve a punto de morirme, de cría.

Padre no se separó de mi cama en tres noches.

Lo vi yo. Dándome agua con miel. Cambiándome los paños.

Tres noches enteras sin dormir, él, que no madrugaba ni por el rey.

—Lo miró—. ¿Eso también, Crisdean? ¿Eso era afilar el filo?

¿Velarme tres noches para que no se le muriera la herramienta antes de tiempo?

Crisdean no contestó. No hizo falta. Se lo dijo la cara: que sí, que también; que hasta el cariño que parecía más limpio del mundo —un hombre desvelado al lado de una niña con fiebre— era inventario; que Reynold no había cuidado a una hija enferma, había protegido una inversión.

Y eso —que ni siquiera las fiebres se salvaran, que no le quedara ni un solo recuerdo entero al que agarrarse— fue, de todo lo que oyó aquella tarde, lo que más adentro le entró.

—Y a ti —dijo al fin, porque le vio en la cara que había más, y que la otra parte era la suya—. A ti, ¿qué te hizo?

—¿A mí? —Crisdean se rió, y fue lo más feo que ella le había oído en la vida—. A mí me hizo creer que tenía una hermana.

Y ahí se le rompió. Por primera vez en todos los años que Isobel le recordaba, a su hermano —al que la subía a la grupa, al que le tiraba de la trenza, al que la tapaba cuando rompía un cántaro— se le rompió la cara delante de ella.

—Eso me hizo. Yo te quería de verdad, ¿sabes?

De verdad. No había nada calculado en mí; en mí, no.

Yo no sabía nada. Yo solo tenía una hermana pequeña, rara y lista, a la que adoraba.

—Se pasó la mano por la cara—. Y resulta que, mientras yo jugaba contigo, padre estaba criando un arma, y a mí me usaba de decorado.

¿Lo entiendes? Yo era el ambiente. El hermano cariñoso que hacía que la jaula no pareciera una jaula.

Para que la herramienta creciera creyéndose en una familia y la mentira le saliera redonda.

Mi cariño era de verdad, Isobel, te lo juro por lo que quieras.

Y aun así era la pieza que le faltaba a su trampa.

Me usó a mí para construirte a ti. Y a ninguno de los dos nos pidió permiso.

* * *

Se quedaron callados los dos, con el mar subiendo despacio entre ellos, dos hijos del mismo padre falso descubriendo a la vez que nunca habían tenido lo que creyeron tener.

—La prueba —dijo Isobel cuando pudo, agarrándose a lo práctico porque lo otro no se podía ni tocar—. La que mandó al norte. ¿Se puede parar?

—No. Salió hace tres días. Anda buscando la manera de llegar a tus lobos, y llegará; padre no manda cosas que no lleguen.

—La miró—. Por eso he venido, hermana. No a por la hora; la hora me da ya igual, que se la quede el rey o que se la trague el mar.

He venido a decirte esto antes de que llegue esa prueba y ya no puedas oírlo de mí.

Para que sepas quién eras por boca de un Sorne que te quiso de verdad, y no solo por la del que te fabricó, ni por la de los lobos que van a leer tu nombre y a escupirte.

Es lo único que me queda que darte sin cobrártelo.

La verdad. Gratis, por una vez en esta familia.

Isobel sintió subírsele a la garganta algo que no se permitía desde niña, y lo empujó hacia abajo, porque llorar delante de un Sorne —aunque fuera este— era de las cosas que le habían quitado a base de educación. Pero le tembló la voz cuando habló.

—Gracias. —Le costó decirlo; nunca le había dado las gracias a nadie por algo que importara de verdad—.

Por venir. Por contármelo a la cara. Sé lo que te ha costado; sé que has cabalgado dos días para traerme la peor noticia de mi vida, solo para que no me llegara de manos más sucias.

—Le sostuvo la mirada por encima del agua—.

Eras un buen hermano, Crisdean. Aunque la hermana fuera mentira, el hermano no lo era.

Eso me lo llevo. Eso es lo único de toda mi vida que no me ha fabricado nadie.

A Crisdean se le torció la boca, y apartó la cara para que ella no se la viera del todo.

—Vente conmigo. —Le salió a ella esta vez, dada la vuelta la oferta de la otra noche, y supo que era imposible antes de acabar de decirla—. Al norte no, ya lo sé. A cualquier parte. Lejos de él. Tú tampoco le debes nada, Crisdean. A ti también te usó.

—No puedo. —Y lo dijo sin dudarlo, que fue lo peor—.

Soy su hijo de verdad, Isobel. Esa es la única diferencia entre tú y yo que importa ya: a ti te fabricó, y por eso puedes romperte y largarte.

A mí me engendró. Llevo su sangre y su apellido, y su tienda, y sus hombres, y el día que falte todo eso es mío, y alguien tiene que sostenerlo para que no se lo trague el rey.

Yo no puedo elegir como tú. Ojalá. —Montó—.

Tú ya elegiste. Allá tú, hermana. Como siempre.

Desde el caballo, ya en su orilla, con el agua subiendo entre los dos por última vez, se la quedó mirando como quien mira algo que sabe que no va a volver a ver.

—Cuídate —dijo, y esto se lo dijo distinto, más bajo, casi como un aviso de verdad—.

De los lobos también. No porque vayan a hacerte daño; a lo mejor hasta te quieren, los pobres.

Sino porque hay cosas en esa roca, cosas viejas, enterradas, que padre conocía mejor que los propios lobos que duermen encima de ellas.

No me preguntes cómo; padre lo sabe todo de todos, esa es su maldición, y la nuestra.

Y tú vas a acabar desenterrándolas, porque eres así, porque nunca supiste dejar una piedra sin levantar.

Y el día que lo hagas, vas a desear no haberlo hecho.

—Negó con la cabeza, despacio—. No todo lo que está enterrado conviene sacarlo a la luz.

Ni en el sur ni en el norte. Hazme caso una vez en la vida.

Y picó al caballo, y se fue, sin mirar atrás, como se había ido siempre.

Pero esta vez Isobel supo que era la última.

Que no habría más mojones, ni más recados de tres palabras, ni más hermano que la dejara ganarle una partida de cada diez.

Que el único de toda su vida anterior que la había querido sin segundas acababa de irse al galope hacia el sur, llevándose con él lo último que le quedaba de la niña que se había creído Isobel de Sorne.

Y se quedó sola en mitad de la calzada, con el agua lamiéndole ya las botas y la caperuza por fin caída del todo, viéndolo todo por primera vez —el pasado entero, recolocado; cada caricia con su precio; cada regalo con su correa—, y sin un alma a quien contárselo.

Porque al sur ya no le quedaba nadie. Y al norte, en lo alto de la roca, el único hombre que aún la quería había empezado, esa misma semana, a mirarla como se mira a un cuchillo.

Las dos orillas. Y ella, otra vez, en el agua del medio. Solo que esta vez sin caperuza, y por tanto viéndolo: que la marea subía, y que no había sitio para ella en ninguna de las dos.