22 · La calma
Lachlan se pasó dos días peleando con una mujer que no estaba delante: con la duda que Eilidh le había metido en el salón y que no se le iba, como no se va el sabor a hierro de la boca después de una pelea.
Se la llevó a todas partes —al muro, a la alcoba de su padre que ya apenas hablaba, a la mesa de los hombres— y en todas le latía por debajo la misma pregunta fría: ¿y si tiene razón?
¿Y si le he entregado la roca a la mano que vino a degollarnos?
Hasta que al segundo día cayó en algo que lo dejó quieto: que daba igual.
No que no importara —importaba, seguramente era lo único que importaba—, sino que la roca iba a caer de todas formas, por traición o por número, con la del halcón o sin ella; lo sabía desde que contó los hombres.
Y si lo que le quedaba era un puñado de madrugadas antes del final, no pensaba pasarlas vigilando a la única persona que le había hecho sentir, en toda su vida, que estar vivo era algo más que no haberse muerto aún.
Que lo traicionara, si era eso. Que le costara la roca; la roca ya estaba perdida. Lo otro —ella, esto— no pensaba perderlo dos veces: una por el rey y otra, antes de tiempo, por el miedo. Así que guardó la tablilla y fue a buscarla. No a vigilarla. A quererla, mientras se pudiera.
* * *
La encontró en lo alto del muro, cómo no. Siempre allí. De cara al fiordo, mirando los fuegos del enemigo, con la fíbula del lobo prendida en el hombro.
Y esta vez no se quedó atrás, observándola con los ojos que le había dejado puestos Eilidh.
Esta vez subió, se puso a su lado, y le pasó el brazo por los hombros como no se lo había pasado nunca donde pudieran verlo: a la vista de toda la roca y de todo el campamento del rey, sin que le importara una piedra quién mirara.
—¿Y esto? —Ella le buscó la cara, recelosa, porque también lo había notado raro aquellos días; claro que lo había notado, lo notaba todo—. ¿A qué viene, Lachlan?
—Baja conmigo. —Le habló bajo, en la lengua de los dos, la que ella tenía prohibido entender y él fingía no saber que entendía—.
Esta noche no eres la del halcón. Ni yo soy el que mañana manda a doscientos hombres a una calzada.
Esta noche no hay roca, ni rey, ni marea.
Solo bájate de este muro conmigo y déjame enseñarte una cosa.
—¿Qué cosa?
—Cómo es un hombre cuando deja de tener miedo. —La miró—. Llevo toda la vida con miedo, halcón. De crío, de mayor, de jefe. Miedo a perder la roca, a no estar a la altura, a quererte. Y hoy he hecho la cuenta y me he dado cuenta de que ya no me queda tiempo para tanto miedo. Así que se acabó. Baja.
Y ella, que sabía cuándo un hombre decía algo de verdad porque llevaba toda la vida cazando mentiras, bajó.
* * *
Fue una noche en calma, de las raras: sin viento, sin tormenta, el mar liso ahí fuera como una lámina de estaño bajo una luna que ya volvía a crecer. Nada que temer en el cielo, por una vez.
Se tumbaron sin prisa, sin que el mundo se acabara al otro lado de la puerta, y durante un rato largo no hicieron nada: estar, sin más, que era un lujo que ninguno de los dos se había permitido en la vida.
—¿Sabéis lo que no he hecho nunca? —dijo ella de pronto, mirando las vigas—.
Estar en un cuarto con un hombre sin contar por dónde se sale.
Llevo desde que tengo uso de razón entrando en los sitios y mirándoles las puertas primero.
Todas. Por costumbre. —Volvió la cara hacia él—.
Esta es la primera vez en mi vida que no las he mirado.
—¿Y eso es bueno o malo?
—No lo sé. Es nuevo. Y lo nuevo, en mi oficio, casi siempre es malo. —Casi sonrió, y a Lachlan le pareció lo más bonito que había visto en semanas—. Esto no sé lo que es. Me da vértigo. Como asomarse a un pozo sin fondo.
—Asomarse a un pozo sin fondo es lo que hace uno cuando se fía de alguien. —Le apartó un mechón de la cara—. Da vértigo porque no estás acostumbrada. No porque esté mal.
—¿Y vos? —Lo dijo con cuidado, como quien aprieta una herida para ver hasta dónde le duele—. ¿Vos os fiáis? Porque estos días os he notado distinto. Mirándome de otra manera. No me lo invento, Lachlan; yo esas cosas no me las invento.
—No te lo inventas. —No le mintió; ella lo sabía siempre—.
Estos días he tenido miedo de ti. Mucho.
Alguien me metió una idea en la cabeza y no había manera de sacármela.
—Le sostuvo la mirada—. Y hoy he echado la cuenta y he decidido una cosa: que prefiero equivocarme entero contigo a tener razón yo solo.
Así que sí. Me fío. Hoy, y lo que me quede. Con todo lo que eso pueda costarme.
Y fue entonces, con ella mirándolo como si no acabara de creérselo, cuando le dijo lo que no le había dicho a nadie en la vida y no pensaba repetirle a nadie después.
—Te voy a decir una cosa, y solo una vez, porque no soy de decirlas y se me va a olvidar cómo en cuanto la diga.
—La tenía de frente, las dos manos en su cara—.
A mí me criaron para una cosa sola: poner la manada por delante de todo.
De mí, de lo que quisiera, de lo que sintiera.
Lo han hecho trece generaciones de los míos, y por eso esta roca sigue de pie.
Mi padre me lo repitió hasta muriéndose: que ningún Faoláin había puesto jamás a una persona por delante de la manada.
Ninguno. —Bajó la voz—. Y yo te he puesto a ti.
Por delante de la manada entera. Lo sé desde hace semanas, y cada mañana, al despertarme, lo vuelvo a elegir.
—Lachlan, no… —Ella intentó apartar la cara; él no la dejó.
—Déjame acabar, que esto me cuesta más que una batalla.
—Le sostuvo la mirada—. No te quiero a pesar de lo que eres.
Eso es fácil, eso lo hace cualquier tonto: querer a alguien tapándose los ojos.
Yo te quiero sabiendo lo que eres. Con los ojos abiertos.
Sabiendo de dónde viniste y a qué viniste y lo que podías costarme, y eligiéndote igual, entera, sin descontarte ni una sola de tus mentiras.
Eso no lo había hecho yo nunca. Querer algo entero, a sabiendas, sin engañarme.
Y es lo único de toda mi vida que he elegido yo, del todo, sin que me lo mandara la manada ni la sangre ni el miedo.
—Le rozó la cicatriz de la ceja con el pulgar, despacio—.
Volvería a elegirlo. Aunque me cueste la roca.
Aunque me cueste a mí. Te elegiría otra vez, halcón.
Mañana, y pasado, y la última noche que me quede.
A ella se le rompió algo en la cara que no se dejaba romper nunca.
—No me digas eso —dijo, y le salió ronco, casi con rabia—. No me lo digas, Lachlan, que no sabes… —Se calló. Se guardó el resto, como se lo guardaba todo—. No me lo digas, que me lo voy a creer.
—Créetelo. —Él la atrajo—. Es lo único verdadero que vas a oír en mucho tiempo en esta costa. Créetelo y quédate con eso, pase lo que pase. Que hubo un hombre que te quiso con los ojos abiertos. Eso ya no te lo quita nadie.
Y entonces ella dejó de pelear —contra él, contra las palabras, contra sí misma— y lo besó como se besa lo que uno sabe que no va a durar; y lo demás, en aquella alcoba en calma, fue de los dos y de nadie más, y no necesita contarse.
* * *
Después se quedaron así, enredados, en una calma que él no recordaba haber sentido nunca. Y hablaron. Bajo, de tonterías, como no habían hablado jamás, porque nunca habían tenido ocasión en que las tonterías cupieran.
—¿Cómo eras de pequeño? —le preguntó ella, con la cabeza apoyada en su pecho—. Antes de todo esto. Antes de ser el que manda.
—Insoportable. —Notó que ella se reía, callada, contra la piel, y le gustó sentírselo—.
Pregúntaselo a cualquiera que me conociera de crío.
Trepaba a sitios de los que luego no sabía bajar.
Me peleaba con chicos que me sacaban dos cabezas, y perdía siempre.
Mi madre decía que iba a durarle poco. —Se quedó un momento callado—.
Luego me mandaron al sur, y volví distinto. Más callado. Eso le pasa a uno.
—¿Y cómo te imaginabas que ibas a acabar?
—No me lo imaginaba. En esta costa uno no se imagina cómo va a acabar; lo sabe. Espada, o mar, o vejez si hay mucha suerte. —Le buscó la cara en lo oscuro—. Lo que no me imaginé nunca fue esto. Una noche así. Tú. Esto no entraba en ninguna de las cuentas que hice de mi vida.
—Ni en las mías. —Lo dijo muy bajo—. Aunque yo no tenía cuentas, Lachlan.
Yo tenía órdenes. Que no es lo mismo. Las cuentas se las hace uno; las órdenes te las hace otro.
—Calló un momento—. Esto es la primera cosa de toda mi vida que no estaba en las órdenes de nadie.
Tú. Esto. No me lo mandó nadie. La he tenido yo. Para mí. Por una vez.
—Pues quédatela. —Le apartó el pelo de la cara—. Es tuya. No te la dio nadie y no te la puede quitar nadie. A lo mejor es lo único que vas a tener de verdad tuyo en toda tu vida, halcón: lo de esta madrugada. Así que guárdala bien. Donde no te la encuentren.
Y ella se quedó callada, y se agarró a él un poco más fuerte de lo que pedía el momento, y Lachlan lo tomó por lo que parecía —una mujer feliz, por fin, después de mucho— y no por lo que era.
* * *
Después, en lo oscuro, con ella medio dormida sobre su pecho —medio, porque entera no se dormía nunca; eso también lo había aprendido—, Lachlan hizo lo único que le quedaba por darle. Le cantó la nana entera.
Se la había tarareado a trozos otras veces.
Siempre la mitad, siempre solo la mitad, porque la otra mitad le pertenecía a una madre muerta y a un crío de nueve años cruzando un salón enemigo en plena tormenta, y esas cosas no se entregan a medias ni se entregan deprisa.
Pero aquella noche se la cantó toda. Con letra.
Bajo, ronco, desafinando igual que desafinaba su madre, que tampoco tuvo voz y la cantó lo mismo:
Duerme, lobita, que la marea baja, duerme, que esta noche el agua no muerde. Cierra los ojos, que tu sangre vela, y lo que se va por el mar, vuelve.
Notó que ella se quedaba muy quieta al oír la letra.
Que dejaba de respirar un momento, como quien reconoce algo que no sabía que aún recordaba.
Y luego notó, en el pecho, donde ella tenía la cara, algo caliente y callado, y entendió que la del halcón —que no lloraba, que él no había visto llorar nunca, ni con las manos rotas ni con sangre hasta el codo— estaba llorando sin un solo ruido.
Y que no pensaba decir por qué. Y no se lo preguntó.
Le acabó la nana, le pasó la mano por el pelo del norte hasta que se le calmó la respiración, y la dejó creer que él no se había dado cuenta.
* * *
Se durmió antes que ella, que era lo que solía pasar, con la mano de ella en su pelo y la canción todavía flotando en el cuarto.
Y fue feliz. Hay que decirlo, porque pocas veces se puede decir de alguien sin mentir: aquella noche, Lachlan MacFhaoláin fue feliz, del todo, sin reserva, por primera y casi única vez en su vida.
Tan feliz que se le olvidaron el rey, y la roca, y la cuenta que no salía, y hasta la duda, que se le había caído de las manos en algún momento de la noche como se cae un cuchillo que ya no hace falta sostener.
Lo que no supo —porque ya dormía— fue lo otro.
Que ella no durmió. Que pasó la madrugada entera despierta, como siempre, pero distinta: con la fíbula del lobo clavándosele en el hombro y la nana de los niños que el mar se traga repitiéndosele dentro, mirándolo dormir con una cara que él, de haberla visto, no habría sabido leer —él, que se preciaba de leerla toda—.
Porque no era la cara de una mujer feliz, ni la de una espía, ni la de una traidora.
Era la cara de quien mira por última vez algo que quiere, sabiéndolo, para llevárselo entero adonde tenga que irse.
Y por la mañana, cuando Lachlan bajó al patio silbando entre dientes un trozo de aquella nana, sin saber todavía que acababa de pasar la última noche buena de su vida, un vigía gritó desde la punta de la roca que algo cruzaba el fiordo.
Una sola barca. Pequeña. Sin pendón. Viniendo derecha hacia la roca, despacio, sin prisa ninguna; como quien trae algo que ya no hace falta correr para entregar, porque va a hacer el mismo daño hoy que mañana.