20 · El topo
Lo encontraron con la marea baja, en las peñas del lado de tierra, donde la calzada se hunde y empiezan las rocas resbaladizas.
Llevaba muerto medio día —se había abierto la cabeza al resbalar, o lo habían ayudado a resbalar; a esas alturas daba lo mismo— y vestía el verde apagado de Sorne debajo de una capa de pescador que de cerca no engañaba a nadie.
Un explorador. De los que se mandan solos, de noche, a contar piedras ajenas.
Eachann le vació la ropa sobre la mesa del salón, delante de Lachlan, y entre el cordel, el yesquero y un mendrugo de pan duro apareció lo único que de verdad importaba: una tablilla de cera del tamaño de una mano, con marcas hechas a punzón.
Lachlan la acercó a la lumbre.
Y se le enfrió la sangre, porque no era el plano que dibuja un sitiador desde fuera —el muro, el arranque del paso, las puntas, lo que se ve de lejos—.
Era el de alguien que había dormido dentro.
Estaban los dos pozos, los dos, el bueno y el que se seca en agosto.
Estaba el almacén del grano. Y estaba, trazado con mano segura, el corredor que se hunde en la roca hasta las cuevas hondas: las que solo se abren cuando viene lo peor, donde se mete a las mujeres y a los críos y a los viejos a esperar a que pase la muerte.
Estaba dibujado el escondite. Con una flecha al lado.
Como se marca lo que uno quiere encontrar deprisa y sin perderse.
Eso no se dibuja desde el mar. Eso lo cuenta quien ha andado por dentro con tiempo y con ojos, sabiendo lo que mira.
—¿Lo enterraste? —le preguntó a Eachann—. Al de fuera.
—Lo dejé donde estaba. Un cebo no se entierra; igual lo vienen a buscar los suyos y nos dicen ellos solos por dónde piensan venir.
—Eachann miró la cera con asco—. Pero esto lo traje.
Y te voy a decir lo que va a pensar el salón en cuanto corra la voz, Lachlan, porque más vale que lo pienses tú primero: que tenemos una rata.
Y que la rata no es un bicho, que tiene cara, y nombre, y duerme caliente bajo este techo.
—Bueno. —La voz de Eilidh, desde la puerta.
Llevaba allí no sabía cuánto rato, mirando la tablilla por encima de las cabezas de todos, sin acercarse, como se mira algo que muerde—.
Ya está. Ahí lo tenéis, en cera, escrito a punzón, lo que algunos llevamos avisando desde que esa mujer se bajó del caballo.
—Entró—. Hay alguien en esta roca dibujándoles a los de fuera por dónde se entra a degollar a nuestros críos.
Y no hace falta ser Mór para echar la cuenta de quién.
—Esto lo pudo dibujar cualquiera que haya pasado un invierno aquí dentro en los últimos veinte años —dijo Lachlan, sin soltar la tablilla—. Un rehén devuelto. Un mercader que durmió en el salón. Un…
—No me insultes, Lachlan. —Eilidh no levantó la voz; era peor cuando no la levantaba—.
¿Un mercader que sabe dónde escondemos a los críos?
¿Un mercader que ha bajado a las cuevas hondas?
A las cuevas hondas no baja nadie que no sea de la sangre, o que no se haya ganado a pulso bajar.
Tú lo sabes. Yo lo sé. Lo sabe el salón entero, aunque se callen por no contrariar al que va a mandarlos.
—Dio un paso—. Eso lo dibuja quien se ha paseado por cada rincón de este dùn durante semanas como si fuera suyo.
Quien tú sentaste al lado de Coll a oírle contar las mareas.
A quien tú tapaste cuando la pillé yo misma rascando la hora del agua en tu propia piedra.
A quien defendiste cuando te dijimos de echarla al mar mientras se podía.
La del halcón, Lachlan. Dilo tú, por una vez, ya que lo digo siempre yo.
Lachlan no lo dijo. Y el silencio lo dijo por él, y eso fue peor.
—Yo no sé de espías. —El que habló fue uno de los viejos, el que casi nunca abría la boca, sin levantar la vista de la lumbre—.
Pero sé que esa cera la ha hecho una mano de dentro; eso lo sabe hasta un pescador.
Y sé que mis nietos se esconden en esas cuevas cuando suena el cuerno.
Y ahora hay un dibujo de dónde se esconden mis nietos en el zurrón de un muerto de Sorne.
Eso es lo que sé yo. Lo demás, lo que digáis los que entendéis.
Se hizo un murmullo en el salón, de esos que no son palabras pero pesan, y Lachlan lo sintió volverse contra una sola persona, la que ni siquiera estaba allí para defenderse.
—Escuchadme todos. —Y barrió el salón despacio con la mirada, hombre por hombre, como había aprendido a hacer en aquellas semanas de ser el que mandaba—.
Hay un muerto de Sorne ahí fuera con un plano de nuestra casa encima.
Eso es cierto, y es grave, y se va a tratar como lo que es: doblo la guardia del sendero de las cuevas esta misma noche, y mañana se peina el dún entero por si hay más ratas.
Pero el día que aquí se le ponga la mano encima a alguien por lo que sospecha uno, sin más prueba que la sospecha, ese día dejamos de ser una manada y pasamos a ser lo que viene a matarnos.
¿Me habéis oído? Nadie toca a nadie. Lo que haya que decidir, lo decido yo. Y lo decido despierto, no en caliente.
Los hombres bajaron la cabeza, los que la bajaron. Eilidh, no.
—Muy bonito —dijo—. Muy de jefe. Y aunque te traiga sin cuidado lo de las cuevas, que no debería, pero te lo paso —siguió, sin soltarle los ojos—, eso son piedras.
Un pozo, un grano, un agujero donde meter críos.
Se pierden roca y críos, y se sigue, que para eso somos lobos.
Lo que no se sigue es lo otro. —Bajó la voz, y en lo bajo le cabía más rabia que en lo alto—.
La única razón por la que esta roca no se ha caído ya, Lachlan, la única, es la marea.
Que ellos no saben la hora a la que el paso abre, y nosotros sí, y sin esa hora el mar se traga a quien lo cruce.
Esa es la última carta que nos queda. La que nos mantiene respirando.
—Lo miró sin pestañear, y lo que dijo lo dijo despacio, una palabra detrás de otra—.
Júrame que esa carta no la ha tocado. Júrame que la mujer que mandó Sorne aquí precisamente a robarnos esa hora no se le ha acercado.
Júramelo por la roca, delante de estos hombres, y me callo para siempre, y bajo a pelear, y me muero contenta el día que me toque. Júramelo, Lachlan.
Y Lachlan no pudo jurárselo.
No porque dudara —se dijo, en aquel momento, que todavía no dudaba—, sino porque habría sido perjurio.
Porque la carta la había tocado. Porque se la había puesto él mismo en la mano, entera, una noche de marea baja, con sus propias palabras, sintiéndose el más generoso y el más listo de los hombres de aquella costa.
Eilidh le estaba exigiendo que jurara por la roca lo único que él sabía falso de toda la roca.
Y no podía decir la verdad —que se la había dado él, a sabiendas, porque la quería y porque quería sacarla viva; aquello, dicho en alto, en aquel salón, no era una confesión: era una sentencia, la suya, y a lo mejor también la de ella esa misma noche—. Y no quería decir la mentira.
Así que hizo lo que hace un jefe cuando no puede jurar y no quiere mentir: se plantó.
—No te voy a jurar nada. —Dejó la tablilla en la mesa, despacio, para que vieran todos que el pulso no le temblaba, aunque por dentro fuera otra cosa—.
Ni a ti ni a nadie. El que manda este dún no jura por sus decisiones delante de los que manda; las toma, y responde de ellas con el pellejo, como llevo haciendo desde que mi padre no puede ni levantarse.
¿Quieres saber lo que sé de esa mujer? Te lo digo.
Sé que en esa misma calzada, en el tanteo, mató a un hombre de su propio color, con su propio cuchillo, para que no llegara a los críos.
Lo vi yo. Lo viste tú, que peleabas a su lado. Una espía no hace eso.
—Una espía buena hace exactamente eso. —Eilidh no parpadeó—.
¿No lo ves? Es lo más barato que se paga por comprar a un hombre como tú: un muerto de los suyos, uno solo, delante de tus narices, y ya te tiene.
Ya le crees todo lo demás. Yo no vi a una mujer salvar a un crío en esa cuesta, Lachlan.
Yo vi a un arma cara haciendo bien su trabajo.
—Y lo remató con lo mismo que le había soltado aquella noche en gaélico, creyendo que la otra no la entendía—: Un arma que no sabe de quién es.
Y tú le has abierto la puerta de casa y le has dado la llave.
Y ahí, por primera vez, le entró.
No la creyó. Que quede claro: Lachlan no creyó a Eilidh.
Siguió sabiendo lo que sabía —que había visto a Sorcha matar con la cara descompuesta, no con cálculo; que la había visto temblar limpiándose la sangre del primer hombre; que dormía a su lado entregándole el cuello sin pensárselo—.
Todo aquello seguía siendo verdad, y él lo sabía verdad.
Pero al lado de todo aquello, por primera vez desde que decidió fiarse de ella, se le coló otra cosa, fría y pequeña, una rendija por donde antes no entraba aire: ¿y si?
¿Y si Eilidh, que no se tragaba nada, veía algo que él, justamente por quererla, no era capaz de ver?
Su padre se lo había dicho, en aquella misma alcoba, muriéndose.
Que ningún Faoláin antes que él había puesto jamás a una sola persona por delante de la manada.
Ninguno. Por mucho que la quisiera. Y él lo había hecho: le había puesto a una el dún entero por delante.
La marea, las cuevas, los críos, todo. Si su padre tenía razón —si tenían razón trece generaciones de lobos enterrados bajo aquellas piedras—, entonces el que estaba a punto de costarle la roca a su gente no era Eilidh, ni Sorne, ni el rey.
Era él.
—Se acabó el consejo. —Recogió la tablilla de la mesa y se la metió en el cinto, donde no la tocara ninguna otra mano—.
Ya sabéis lo que hay que hacer esta noche.
Y a la del halcón no la toca nadie, ni la mira mal nadie, hasta que yo lo diga.
El que se salte esto se las ve conmigo, no con Sorne.
—Y salió del salón antes de que Eilidh pudiera abrir la boca otra vez, porque sabía que, si se quedaba un latido más, ella le sacaría con la siguiente pregunta la duda que acababa de meterle dentro.
Y eso no pensaba dárselo delante de los hombres.
* * *
La encontró donde la encontraba siempre últimamente: en lo alto del muro, de cara al fiordo, mirando el campamento del rey al otro lado del agua con aquella quietud suya.
Otras veces, esa misma estampa —ella de espaldas, el pelo del norte al viento, los ojos puestos en el enemigo— le había parecido una tormenta bien tapada, y le había dado ternura, y ganas de ir a ponerse a su lado.
Hoy se quedó atrás, en el arranque de la escalera, sin que ella lo oyera, y se la quedó mirando con otros ojos.
Con los ojos que acababa de dejarle puestos Eilidh.
Y se odió por ello, pero ya no lo pudo evitar: por primera vez, viéndola mirar tan fija hacia el campamento del rey, hacia los suyos, no vio a una mujer atrapada entre dos orillas.
Vio a alguien midiendo. Calculando. Mirando al otro lado del agua como se mira lo que todavía es de uno.
Y no supo —y eso fue lo peor, no saberlo, él, que siempre había sabido leerla mejor que a nadie— si lo que estaba viendo por fin era la verdad, o solo el veneno que le acababan de echar en el ojo.
Sorcha se volvió, como si le hubiera sentido la mirada en la nuca. Le sonrió, cansada, de esa manera suya que hasta el día antes le habría enderezado el día entero.
Lachlan tardó medio segundo de más en devolverle la sonrisa.
Y supo, por cómo se le apagó a ella la suya, que lo había notado.