19 · Los que no volvieron
Isobel llevaba dos noches sin pegar ojo, y no era solo por el jinete.
El jinete bajaba ya hacia el sur con su nombre lacrado en la alforja; de lo hecho no se duerme, pero tampoco se deshace, y a lo hecho ella había aprendido de cría a no dedicarle desvelos.
La tenía despierta otra cosa. Una que llevaba desde el principio por debajo de todo lo demás, como una corriente fría bajo el agua quieta: lo que le había dejado caer Mór.
Las criaturas que salían y de las que nadie se acordaba a la vuelta.
El que cobra el juramento no es ninguna de las dos casas. A ti, de todas, no te conviene saberlo.
Y ahora, encima, el niño.
Porque las dos amenazas que Crisdean le había escupido en la calzada no acababan de encajar entre ellas, y a Isobel las cosas que no encajaban le quitaban el sueño más que las que daban miedo.
Por un lado, que si el asalto se torcía, los lobos le abrirían el cuello a Tormod.
Por otro —el de Mór—, que de las cunas que se mandaban no volvía nunca nadie.
¿Y si las dos eran la misma cosa? ¿Y si al crío no lo amenazaba solo la guerra, sino algo más viejo que la guerra, una cuenta que ella no sabía leer?
No entender, en su oficio, era lo más parecido a estar ciega en mitad de un cuchillo. Y ella no pensaba morirse ciega.
Así que hizo lo único que Mór le había prohibido hacer. Fue a preguntárselo a otro.
* * *
Coll estaba donde estaba siempre cuando no tocaba pelear: abajo, al abrigo de la roca, remendando una red con dedos que ya no distinguían el frío del calor. No levantó la cabeza cuando ella se sentó en la piedra a su lado.
—Si vienes a por la hora del agua, hoy no la necesitas —dijo—. Hoy no baja hasta media tarde.
—No vengo a por la hora. —Isobel buscó cómo decirlo, y al final lo dijo sin más, como se dicen las cosas que no tienen vuelta—. Vengo a por lo de antes. El juramento. Las cunas. Quiero saber qué se hace con los críos que se cambian, cuando crecen. Cuando les toca volver a su casa.
Las manos de Coll se pararon sobre la red. Solo un momento. Luego siguieron, más despacio.
—Eso pregúntaselo a Mór.
—Ya se lo pregunté. Me dijo que no se lo preguntara a nadie más. —Le sostuvo el perfil al viejo—. Por eso vengo a vos.
Coll soltó una risa seca, sin gracia, que se le quedó a medias en tos.
—Conque la vieja te mandó callar, y tú te has venido derecha a abrir otra boca. —Negó con la cabeza—. Eres terca como el mar de fondo, halcón. Vete arriba. Esta no es agua que te convenga beber.
—Sé lo que soy, Coll.
Eso sí lo paró del todo. El viejo volvió la cara, despacio, y la miró por primera vez de frente, con aquellos ojos suyos de agua vieja.
—Soy una de ellas —dijo ella, bajo—. Una de las que se fueron.
De pecho, en una de esas cunas, hace veinte años.
Ya me lo han dicho; ya lo sé. Así que no me protejáis del principio del cuento, que el principio me lo sé entero.
Lo que no sé es el final. Qué se hace con las que se van.
Conmigo. Con el niño. Y vos sois viejo, y lo habéis visto, y os queda poco para no poder ya contarlo nunca. Contádmelo.
Coll la miró un buen rato, y en su cara no había sorpresa —ya lo sabía, claro que lo sabía; lo había sabido desde que la vio bajar del caballo con el pelo del norte y la cara de su madre—, sino algo más hondo y más cansado: el peso que se le quita por fin a uno de encima, aunque sea para cargárselo a otro.
—Conque ya lo sabes. —Dejó la red en la piedra—.
Pues entonces ya estás medio muerta de saber.
Lo demás es solo terminar de morirte. —Se levantó, con todos los crujidos de los viejos a la vez—.
Anda, ven. Resulta que para lo que tú quieres sí baja a tiempo.
Te lo enseño, ya que has venido a quitarme también a mí el sueño.
Pero luego no me llores que no te avisé. Esto, una vez visto, ya no se desve.
* * *
La llevó por un sendero que ella no conocía, descolgándose por el costado de la roca que daba al mar abierto, allí donde la piedra cae a pico sobre el agua.
Bajaron hasta una boca negra abierta al pie del acantilado: una grieta ancha que el mar tapaba con la pleamar y que ahora, retirándose la marea, dejaba al aire un suelo de roca lisa y mojada.
Coll prendió una tea con manos que sabían hacerlo a ciegas. Entraron.
Dentro olía a sal podrida y a otra cosa, un dulzor leve y horrible que Isobel se negó a nombrar. Coll levantó la tea, y la luz tembló sobre las paredes húmedas, y ella vio.
Cunas.
Hileras de cunas a lo largo de la cueva, hasta donde llegaba la luz y más allá de donde llegaba.
De madera, las viejas casi negras y comidas por la sal, deshechas; las menos viejas todavía con forma.
Decenas. Más de las que se contaban de un vistazo.
Todas vueltas hacia la boca de la cueva, hacia el mar, como esperando algo que tenía que entrar por ahí.
—¿Qué es esto? —Pero ya lo sabía a medias; lo sabía el cuerpo, que se le había puesto de hielo antes que la cabeza.
—Esto es lo que devuelve el juramento. —Coll fue pasando la tea, despacio, de una cuna a otra—.
Arriba, en el salón, junto a la lumbre, te cuentan que se cambian críos para que ninguna casa mate a los de la otra, y que un día los críos vuelven a su casa hechos hombres, y que es una costumbre hermosa, vieja y santa.
—Escupió a un lado, el gesto de siempre—.
La costumbre hermosa está aquí abajo, halcón.
Donde no llega la lumbre. ¿Ves esa del fondo, la más comida?
Esa trajo del sur a un crío de Sorne hace sesenta años, o más.
Yo era un zagal. Y vi salir hacia esa boca al hombre en que se hizo aquel crío, una noche de marea, con todo el dùn en lo alto cantándole bonito.
Y no lo vi volver. Ni a ese, ni a ninguno.
Nunca ha vuelto ninguno, niña. Jamás. Es mentira de cabo a rabo.
—Entonces los… —A Isobel le costaba decirlo—. Los matáis. Cuando crecen. A los críos que criasteis con vuestra mano, los traéis aquí y los…
—No los matamos nosotros. —Y Coll lo dijo con una distinción feroz, agarrándose a ella como a un madero en mitad del agua, como si en esa diferencia le fuera lo poco de alma que le quedara tras cuarenta años—.
Los devolvemos. No es lo mismo. No los toca ninguna mano de la casa.
Se les sienta en su cuna, en la que los trajo, esa misma noche, en este mismo suelo.
Y se sube uno arriba, y se reza, y se espera.
Y sube el mar. Y el mar se los lleva. —Alzó la tea hacia la boca negra por donde, en unas horas, volvería a entrar el agua—.
El que cobra no es el clan, halcón. Nunca lo ha sido; eso ya te lo habrá dicho la vieja a su manera.
El clan solo los pone donde el que cobra los pueda coger.
Les damos el mar por mortaja. Igual que a los traidores.
Igual que se lo daríamos a quien soltara la hora del paso.
Porque al final, en esta roca, todo lo que sobra se lo lleva el mismo mar.
—¿Y vos lo hacéis? —Isobel lo miró—. Con vuestras manos. Los sentáis ahí y subís a esperar.
—Yo soy el que sabe a qué hora sube. —Coll no le devolvió la mirada—.
Alguien tiene que estar seguro de que el agua llega cuando tiene que llegar y no después, para que no sufran de más.
Ese soy yo. Llevo siéndolo cuarenta años.
—La tea le temblaba un poco en la mano, y no era de frío—.
¿Sabes por qué vomito después de cada pelea, halcón?
Lo ha visto el dùn entero y nadie lo dice.
No es por los hombres que mato en la calzada.
A esos los mato de frente, y vienen a matarme ellos a mí primero; eso lo digiere el estómago.
Es por esto. Por las noches de marea de aquí abajo.
Un cuerpo aguanta matar a un enemigo armado.
No aguanta sentar en esa madera a un crío al que conoces desde que gateaba y esperar a que el agua le tape la boca sin que él entienda por qué.
Eso no lo aguanta nadie. Por eso lo echo todo lo demás, a ver si de paso echo también un poco de esto. Y nunca sale. Cuarenta años, y no sale.
—¿Y quién lo manda? —Apenas respiraba—. Si no es el clan el que cobra, ¿quién manda hacerlo? ¿Quién empezó?
—Eso ya no es asunto mío. —Coll bajó la tea, cerrando el tema como quien cierra una puerta—.
Yo sé la hora a la que sube y sé sentar al crío.
Lo otro —quién cobra, por qué, desde cuándo— eso lo sabe quien jura el cargo, no quien lo sirve.
Y quien lo jura no suelta esa prenda ni en el lecho de muerte.
Si te da tiempo, pregúntaselo a su padre antes de que se vaya.
O no se lo preguntes. Hay aguas, niña, que más vale no remover, que en el fondo guardan cosas que solo deberían salir el día del juicio.
* * *
Isobel no dijo nada un rato. Miró las cunas, las generaciones de cunas vueltas hacia el mar, y fue entendiendo cosas hacia atrás, como cuando se entiende el final de una historia y de pronto cobran un sentido siniestro todas las páginas de antes.
Que aquella «costumbre hermosa» con la que la habían dormido de cría no era una tregua entre dos casas: era un matadero que las dos casas alimentaban por turnos y se callaban a una.
Que a ella, hacía veinte años, la habían sacado de una cuna como aquellas para meterla en otra y mandarla al sur, y que en algún sótano de Sorne, contra alguna otra pared mojada, le habría estado esperando también su cuna, para el día que le tocara «volver».
Que solo seguía viva porque a Reynold, en vez de devolverla al mar cuando le tocó, le había salido más a cuenta afilarla y mandarla de vuelta hecha un cuchillo.
Que ni su propia muerte había sido suya: se la habían robado igual que el nombre, para darle un uso.
—¿Lo sabe él? —preguntó, cuando recuperó la voz—. El hijo. Lachlan.
—¿El que va a mandar ahora? —Coll negó—.
No. Esto lo sabemos los que lo guardamos, y los que lo guardamos somos cuatro: la vieja, yo, su padre que se muere, y la roca.
A los jefes jóvenes no se les cuenta hasta que les toca jurar el cargo.
Y a este no le va a tocar jurar nada, porque no va a quedar roca sobre la que jurar.
—Algo parecido a la piedad le cruzó la cara curtida—.
A lo mejor es lo único limpio de toda esta ruina: que el chico se muere sin enterarse nunca de lo que estaba defendiendo.
Y a Isobel se le encogió algo por dentro, porque era verdad, y era espantoso que fuera un alivio.
Lachlan no lo sabía. Lo habría jurado por la roca y por los huesos de su madre.
Un hombre que le cantaba nanas a una cría enemiga en mitad de una tormenta no bajaba a esta cueva a sentar a un niño en una cuna y a esperar a que subiera el agua.
No lo sabía. Defendía a ciegas, con todo el cuerpo, una casa que se comía a los críos que criaba.
Y ella, que ahora sí lo sabía, iba a tener que mirarlo a los ojos arriba y guardarse también esto: una mentira más entre los dos, sumada a todas las otras, hasta que pesaran juntas más que el mar.
—Coll. —Le costó, porque ya no quería la respuesta, pero la boca le iba sola—. Esa de ahí. La que no está comida. La nueva.
Apartada de las viejas, más cerca de la boca de la cueva, había una que no era como las otras. La madera todavía clara. Sin sal apenas. Limpia, casi. Puesta ya de cara al mar. Esperando.
Coll no necesitó acercarle la tea.
—Esa es la del crío de ahora —dijo, y por primera vez le tembló la voz de viejo—. La que lo trajo. Se guarda la cuna de cada uno desde el día que llega, halcón. Para el día que le toque.
La de Tormod.
Estaba lista. Llevaba años lista. Vuelta hacia el mar, esperando una marea que aún no había llegado pero que llegaría, puntual, como llegaban todas; esperando a un niño de pelo de estopa que en aquel mismo momento, unos metros más arriba, ayudaba muy serio a defender contra el rey la única casa que conocía.
La casa que le tenía, abajo, en lo oscuro, la cuna ya preparada.