18 · El laird que se apaga
La luna nueva vino y se fue, y no trajo al rey con ella.
Lachlan se pasó la noche entera sobre el muro, con los hombres apostados y el paso abierto de par en par bajo una negrura sin luna, esperando oír de un momento a otro el chapoteo de un ejército vadeando la calzada.
No lo oyó. Oyó el mar subir y bajar, el viento, y la respiración contenida de doscientos hombres aguantando por nada.
Cuando clareó, el agua volvió a cerrar el paso y el rey seguía en su campamento, al otro lado del fiordo, sin haber puesto un pie sobre la piedra.
No le sorprendió. Lo había mascado ya. Después del tanteo de la otra noche —los cuarenta que vinieron a probar el muro, y los que se quedaron tiesos en la calzada cuando volvió el mar—, ningún rey con dos dedos de frente lanzaba a su grueso a cruzar a ciegas un paso que se traga a quien yerra la hora.
El justiciar no había hecho aquel viaje para ahogar a medio ejército por impaciencia.
Esperaba. Esperaba a tener la hora buena, o a tener tantos hombres que perder a la mitad no le doliera.
Una de las dos. Y las dos venían de camino.
—¿Qué se ve enfrente? —le preguntó a Eachann, que volvía de la punta con la cara del que nunca trae nada bueno.
—Más. Cada día más. —Eachann escupió hacia el agua—.
Toda la semana plantando tiendas. Y hoy, pendones nuevos: tres que ayer no estaban.
Uno es el del justiciar. Los otros dos no los conozco, pero traen hierro, y el hierro se ve de lejos.
Eso de ahí ya no es una avanzada, Lachlan.
Es el rey juntándose de verdad. Vienen a quedarse hasta que esto caiga.
—Pues que vengan.
—Eso. Que vengan. —Eachann no se movió—. Pero hace un mes éramos doscientos y seguimos siendo doscientos, y ellos cada día son mil más. Yo las cuentas las hago igual que tú. Y no me salen. Por mucho que las repaso, no me salen.
No le contestó. No había nada que contestar que no fuera mentira, y un jefe no comparte en alto las cuentas que no salen.
* * *
Mór lo mandó llamar a media mañana. No hizo falta que dijera para qué; lo dijo la cara de la cría que vino a buscarlo, esa cara que ponen los niños de la roca cuando alguien grande se está muriendo y ellos lo saben antes que nadie.
Domhnall estaba peor. Se le veía en la cera de la cara, y en cómo el broche de la jefatura —oro viejo, piedra roja— parecía ahora demasiado pesado para el pecho que lo sostenía.
Respiraba como quien rema contra corriente.
Pero tenía los ojos abiertos, y lúcidos, con esa lucidez afilada que da la cercanía de la muerte, como si gastara en mirar lo último que le quedaba de vida.
—Siéntate —dijo—. Que de pie me cansas.
Lachlan se sentó en el borde del jergón.
—Mór dice que aguantas.
—Mór miente con cariño, que es la peor manera de mentir.
—Tosió, hondo, y cuando paró tenía los labios más oscuros—.
No aguanto, hijo. Y no pasa nada; he vivido más que casi todos los de mi sangre.
Lo que me preocupa no es irme. Es lo que dejo.
—Movió la mano hacia la pared, hacia el mar, hacia la guerra—.
Te dejo una roca que se va a caer, un clan que te va a mirar a la cara para saber si llorar o pelear, y una deuda vieja que llevo treinta años sin pagar y sin contarle a nadie. Empecemos por lo fácil. La roca.
—La roca la sostengo yo —dijo Lachlan—. Mientras me queden hombres y muro. Eso no tienes ni que decirlo.
—Lo digo igual, que es lo que hace un padre.
—Le buscó la mano, con esa fuerza rara de los que se van—.
Cuando yo falte, mañana o dentro de tres días, no esperes a enterrarme para mandar.
Manda esa misma noche. La gente, en una guerra, no puede quedarse ni una hora sin alguien que diga «por aquí».
Si te paras a llorarme, mueren más. Así que no me llores hasta que esto acabe.
Te doy permiso para después. Si hay después.
—Eso era lo fácil. —Lachlan lo miró—. ¿Y lo otro? La cuenta.
Domhnall cerró los ojos. Tardó en hablar, y cuando habló lo hizo más bajo, como si las propias piedras no debieran oírlo.
—¿Te acuerdas de lo que te dije la otra vez? De la del halcón. Que no confundieras quererla con fiarte de ella.
—Me acuerdo. Cada día.
—Pues olvídalo. —Lachlan lo miró sin entender—.
No del todo. Pero olvida que eso fuera lo importante.
Te lo dije porque era lo que un jefe le dice a otro: cuídate del cuchillo.
Y está bien, y es verdad, y haces bien en tenerla cerca.
Pero esa no es la deuda que me lleva a la tumba.
La que me lleva es otra, y es sobre ella, pero no es la que tú crees.
—Abrió los ojos, y en ellos había algo que Lachlan no le había visto nunca a su padre: miedo y vergüenza, las dos cosas juntas—.
Te pregunté una vez qué se hizo de los críos que mandamos nosotros al sur. ¿Lo hiciste? ¿Preguntaste?
—Pregunté. Nadie se acuerda de uno solo que volviera.
—Nadie se acuerda. —Domhnall asintió despacio, como quien confirma una sentencia—.
Esa es la cuenta. Salen cunas al sur, y entran cunas del sur, generación tras generación, y todos juramos que es para que ninguna casa mate a los críos de la otra.
Y es mentira, hijo. Una mentira preciosa que nos contamos las dos casas para poder dormir.
Porque a la vuelta, cuando le tocaría a un crío volver a casa hecho ya un hombre…
Se le quebró. Cogió aire como quien levanta una piedra de molino.
—A ella la mandé yo —dijo, y la voz se le hizo de ceniza—.
¿Eso lo sabías? Con estas manos. Era yo quien mandaba este dún cuando salió su cuna hacia el sur, hace veinte años, y firmé que saliera.
Una niña de pecho. La madre chillando en el patio; de eso me acuerdo, del chillido, lo tengo aquí metido todavía.
Y firmé igual, porque era la costumbre, porque era lo que se hacía, porque me dijeron lo mismo que me habían dicho a mí de crío: que volvería, que volvían todos.
—La risa que soltó no era risa—. Y mírala.
Ha vuelto, sí. Veinte años después, hecha un cuchillo, a abrirnos a todos en canal.
Eso es lo que devuelve el sur, hijo. No críos. Devuelve esto.
—¿Y los demás? —A Lachlan se le había secado la boca—. Los que no han vuelto. Si ella ha vuelto y los otros no, ¿dónde están los otros?
—Esa es la pregunta. —Domhnall lo agarró con las dos manos—.
La única. ¿Dónde están los que mandamos y no volvieron?
Hazte esa, hijo, y no pares hasta el fondo, aunque el fondo te revuelva las tripas.
Porque hay un precio en ese juramento. De sangre.
Viejo como la roca. Y no lo cobra Sorne, ni lo cobramos nosotros. Lo cobra…
Y ahí se le fue. No de pena: del cuerpo. Le vino un acceso de tos que le sacudió el pecho entero y lo dobló sobre el jergón, y por más que apretó para sacar la palabra que faltaba no le salió ninguna, solo aire roto y un hilo oscuro en la comisura. Lachlan lo sujetó por los hombros.
—Padre. ¿Quién lo cobra? ¿Qué precio?
Pero Domhnall ya no podía. Tenía los ojos cerrados y la respiración hecha jirones, y la mano que un momento antes le apretaba la suya se le había quedado floja.
—Déjalo. —Mór había entrado sin que ninguno la oyera, como entraba siempre—. Por hoy ya ha dicho más de lo que se ha atrevido a decir en treinta años. No le saques lo que le queda.
—Estaba diciéndome algo. Del juramento. De ella.
—Lo sé.
—¿Qué precio, Mór? ¿Quién lo cobra?
La vieja lo miró un rato largo. Y por una vez no hubo acertijo en su cara: hubo algo peor, que era pena, la misma con la que se mira a quien va a pasarlo mal y no se le puede ahorrar.
—Eso no te lo digo yo en la alcoba de tu padre moribundo, lobo.
Eso se ve, no se cuenta. —Le puso una mano seca en el hombro—.
Si de verdad quieres saberlo, búscalo donde está escrito sin letras: en lo que el juramento devuelve, y sobre todo en lo que no devuelve nunca.
Cuenta los que se fueron. Cuenta los que volvieron.
Y mira el agujero que queda en medio. Ahí tienes tu respuesta.
—Bajó la voz—. Pero piénsatelo bien antes de buscarla.
Ya te lo dije el día que llegó: que no sea tu corazón el último en enterarse.
Hay cosas que, sabidas, le quitan a uno las ganas de querer a quien quiere.
Y tú, ahora mismo, no estás como para perder esas ganas.
* * *
Salió de la alcoba con la cuenta de su padre clavada y a medias, que es la peor manera de que se le quede a uno una cuenta. Un precio de sangre. Sobre ella. Y nadie capaz, o dispuesto, a decirle cuál.
La encontró en lo alto del muro, donde la encontraba siempre últimamente, mirando el campamento del rey al otro lado del agua con aquella quietud suya que él había aprendido a leer: no era calma, era una tormenta muy bien tapada.
—Tu padre —dijo ella, sin volverse, al oírlo llegar. No era pregunta.
—Peor. Mór dice días. Yo creo que menos.
—Lo siento. —Y lo decía de verdad, y a él le llegó, porque había en su voz algo que no encajaba con una mujer de Sorne lamentando al jefe de los lobos, y él ya no se molestaba en preguntarse por qué—. ¿Qué vais a hacer?
—Lo que se hace. Mandar. —Miró los pendones nuevos al otro lado del fiordo—.
Mi padre me ha pedido que no espere a enterrarlo para coger el clan.
Que mande desde esta misma noche. Y tiene razón.
La gente, en la guerra, necesita una cabeza, aunque sea la mía.
—Bajó la voz—. A los nueve años me mandaron al sur, solo, a vivir entre los que nos querían muertos, a aprenderles las maneras para luego pelearlos mejor.
Crecí deprisa porque no me dejaron crecer despacio.
Y creí que aquello sería lo más solo que me tocaría en la vida.
—La miró—. Esto es más solo. Coger un clan que se va a caer, sabiéndolo, y sonreírle a la gente como si no lo supiera.
—No estáis solo. —Ella se volvió por fin, y le puso una mano en el brazo, despacio, sobre la manga—. En eso, no. En lo demás, lo que queráis. Pero en sostener esto, no estáis solo, Lachlan. Mientras yo esté en esta roca, no lo estáis.
—«Mientras esté en esta roca» —repitió él, y le salió con una sombra que ella no le conocía—. No te pienso tener mucho más en esta roca. Eso ya lo sabes. La noche que esto reviente, tú al primer bote. Lo primero de todo.
—Lo sé.
—Pues no lo digas como si fuera para siempre.
Dilo bien. Sostenme hasta que te saque, y déjame sacarte.
Las dos cosas. —Le apartó de la cara un mechón de pelo del norte, con el dorso de los dedos, como quien toca algo que sabe prestado—.
Es lo único de toda esta guerra que pienso ganar; ya te lo dije.
A ti, viva, al otro lado del agua. Lo demás lo doy por perdido. Tú no.
Y ella bajó los ojos, y a Lachlan le pareció pudor, o pena por su padre, o el peso de la guerra encima.
No supo —no podía— que no era ninguna de las tres.
Que era una mujer haciendo otra vez, en silencio, la cuenta que mejor sabía hacer: que a lo mejor no iba a haber bote para ella; que a lo mejor, antes de que el mar abriera el paso, cruzaba el fiordo una verdad lacrada y se la llevaba a ella por delante.
Y aun así Lachlan le creyó. Cómo no iba a creerle, si la había visto matar por un crío de los suyos, si le había confiado el mar entero, si dormía a su lado entregándole el cuello sin pensárselo.
Le creyó con toda el alma. Y le cogió la mano que ella tenía sobre su brazo, y se la apretó, y le dio las gracias sin palabras; sin saber —porque no podía saberlo— que en aquel mismo momento, al otro lado del fiordo y bajando ya hacia el sur, un jinete espoleaba un caballo con la verdad de aquella mujer lacrada en la alforja.
Ni que, en la alcoba de la que él acababa de salir, su padre se moría con la única advertencia que de verdad importaba atravesada en la garganta.
Abajo, en el patio, los hombres ya empezaban a buscarlo con los ojos, como buscan los hombres a quien va a decirles si esa noche se duerme o se vela. Lachlan le soltó la mano a Sorcha, despacio, y bajó a ser, por primera vez del todo, lo que había nacido para ser.
Y al otro lado del agua, mientras bajaba, los fuegos del campamento del rey se iban encendiendo uno tras otro al caer la tarde, cada vez más, una hilera larga de lumbres nuevas a lo largo de toda la orilla del sur, como si la noche misma se estuviera llenando de dientes.