Extraña entre los lobos 17 · No
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Isobel no durmió. Sorcha no durmió. Daba lo mismo cómo se llamara la que pasó la noche despierta en lo oscuro viendo dormir al hombre que le había echado un nombre encima como quien echa una losa: ninguna de las dos pegó ojo.

Lo repasó entero, buscándole la grieta. Que fuera mentira.

Que Lachlan se lo hubiera inventado para volverla, igual que Crisdean le había avisado semanas atrás que harían —«convertirte en una de ellos; hasta tiene nombre, eso»—.

Buscó la trampa con la misma frialdad con la que llevaba media vida buscándosela a todo el mundo.

Y no dio con ella. Porque encajaba: el hueco negro donde otros guardan una infancia; la nana que le brotaba sola y de la que jamás había sabido la procedencia; las lenguas y las maneras que Reynold le había ido metiendo una a una, sin un beso de sobra, como se afila una herramienta; y el mar, sobre todo el mar, que la víspera había leído de un golpe, sin contar, como no se lee lo aprendido, sino lo recordado.

Era verdad. Toda. La habían sacado de aquella costa de pecho y la habían criado veinte años para devolverla afilada a la garganta de su propia gente.

Y lo peor no era el robo. Lo peor era cuánto habían estado a punto de salirse con la suya.

Que había cruzado aquella calzada dispuesta.

Que durante semanas había contado las horas y medido el paso y guardado, una por una, las maneras de hundir a la gente de la que venía, y se había dormido del tirón después de hacerlo.

Bien. Pues no.

Lo decidió así, en dos palabras, sin música; como Lachlan le había dicho que se decidían de verdad las cosas grandes, no con un golpe de pecho sino con un brazo limpiándose en silencio y un hueco donde antes había otra cosa.

No sabía ya quién era —si Isobel, si Sorcha, si nadie en absoluto—, pero sabía, con una claridad que no le había dado en la vida ninguna certeza heredada, que fuera quien fuera no pensaba ser el cuchillo.

No iba a dar la hora. No iba a abrir la roca.

Que Reynold se hubiera tomado veinte años de molestia para nada.

Sabía el precio. Sabía que negarse era el final de ella: que la hora envenenada que ya había soltado llevaba su nombre cosido detrás, que Crisdean la había calado, que en cuanto en el sur entendieran que se había torcido del todo no iban a despedirla con una reverencia.

Lo sabía, y lo eligió igual. Por una vez en su vida elegía ella, y no el hombre que la había fabricado para que eligiera por ella.

* * *

El recado llegó al caer la tarde, no al alba: las tres palabras de siempre, con una cuarta que no había estado nunca. «Cuando baje. El mojón. Última.»

Última. La leyó tres veces. Mañana era luna nueva; mañana, si era que sí, entraba el rey.

Aquella era la última vez que el agua abriría el paso antes del asalto, y por tanto la última vez que su hermano y ella podían hablar sin un ejército de por medio.

Fue. No a darle nada. A decirle que no a la cara, porque eso, al menos, se lo debía.

Crisdean estaba donde siempre, junto al mojón, con el caballo a la espalda y la cara del que lleva horas sin moverse de un sitio. No le buscó las manos esta vez. Fue lo primero que notó ella, y lo que más le dolió: que ya ni el gesto.

—Has venido —dijo él—. Bien. Pensé que a lo mejor ya ni eso.

—He venido a decirte una cosa. Una sola.

—Dímela tú primero, anda. —Casi sonrió, sin gana ninguna—. Que la mía ya te la sabes.

—No te voy a dar la hora. —Lo soltó sin adorno—. Ni la de verdad ni otra falsa. No la vas a tener, Crisdean. Se acabó. He venido a decírtelo de frente porque te lo debía, y porque no quería que lo entendieras por el agua. La espía no sirvió. Se torció. Me perdisteis.

Lo dijo tranquila, y fue la calma lo que lo asustó, porque la conocía desde críos, de cuando se adivinaban las cartas en el regazo y casi nunca perdía él: sabía que Isobel a gritos era Isobel dudando, y que Isobel quieta y callada, como ahora, era Isobel ya decidida.

—Es por él. —No preguntaba—. Por el lobo. El hijo del jefe. Te has dejado liar por el enemigo como una cría y vas a tirar a la basura veinte años por cuatro noches calientes.

—No es el enemigo. —Y ahí se le rajó la voz—.

Escúchame una vez, Crisdean. Una, y luego te vas y haces lo que tengas que hacer.

Yo no soy de Sorne. No lo he sido nunca.

Tu padre me sacó de esta gente de pecho, con menos de un mes, en el juramento de las cunas, y me crió veinte años para que volviera de mayor y se la abriera en canal.

A mí. Que soy una de ellos. Que nací en esta costa.

Por eso leo el mar sin que me enseñen; por eso me sale de dentro.

No me dieron a Sorne de rehén. Me dieron de arma. Y tu padre lo supo siempre.

Crisdean se había quedado sin color.

—Te lo han dicho ellos.

—Lo sé yo.

—Te lo han metido ellos, Isobel. —Dio un paso, y por debajo de la rabia lo que había era espanto, que era peor—.

¿No lo ves? Es lo que se le suelta a alguien para volverlo del revés: «eres de los nuestros, te robaron, tu padre es el monstruo».

Te lo avisé yo, en esta misma calzada, ¿te acuerdas?

Que te iban a convertir en una de ellos.

Pues mira. Al pie de la letra. Mi padre te recogió.

Te crió como a una hija. Comiste de su pan veinte años.

¿Y ahora te tragas, por un montañés, que todo era… ?

—No me lo trago. Lo leo. —Le aguantó la mirada—.

El mar, Crisdean. Anoche me enseñaron a leerlo y me salió a la primera, como respirar.

Y eso ni tú ni yo lo sabemos hacer ni pasándonos la vida entera delante del agua, porque eso no se enseña: se mama.

Y yo lo mamé aquí, antes de que tú nacieras siquiera.

Eso no me lo ha metido nadie con un cuento. Estaba dentro, esperando.

Crisdean la miró largo. Y cuando volvió a hablar ya no discutía: algo se le había cerrado por dentro con un chasquido, y por la rendija solo salía frío.

—Pues da igual.

—¿Qué?

—Que da igual lo que seas, o lo que te creas que eres.

Da igual, porque esto ya no lo decides tú.

Ahora hablo yo y escuchas tú, para variar.

—Tomó aire—. Le dije a mi padre que te habías torcido.

Te avisé de que se lo diría, y se lo dije.

Y mi padre ha hecho lo que hace siempre que algo se le tuerce entre las manos: poner seguros.

Dos. Para que pase lo que pase mañana, pierdas tú.

—Crisdean…

—El primero, el crío. —No la dejó—. Tormod.

El que tienen los tuyos, ya que ahora resulta que son los tuyos.

—Lo dijo con saña, y le dolió oírlo—. Mañana entramos, con tu hora o sin ella; eso ya no lo paro yo, ni lo paras tú.

El rey no se vuelve a casa porque a su mejor espía le haya dado por tener alma.

Si entramos con hora buena, caemos rápido y limpio, y puede que dé tiempo a sacar al niño de en medio.

Si entramos a ciegas, porque tú no sueltas nada, la cosa se alarga, se vuelve asedio, y ya sabes lo que hace una manada acorralada con el rehén que tiene a mano antes de caer.

Le abren el cuello y lo dejan en el suelo para que el rey se lo encuentre al entrar.

—La miró—. Así que ese niño respira o no respira por lo que tú decidas esta noche. No por lo que decida yo. Por ti.

—Eso es una canallada.

—Eso es la guerra, hermana. La que se te daba de maravilla hasta anteayer.

—Lo conozco, Crisdean. —Le salió por debajo, casi sin voz—.

Al niño. Se me sienta al lado sin que nadie se lo mande, a mí, que vine a vender su casa.

Tiene ocho años y ayuda a defender la única casa que recuerda contra la gente que lo engendró.

Igual que yo. ¿Y me dices que su cuello depende de que yo entregue otros doscientos?

¿Que para que no muera ese crío tengo que abrirles la garganta a las mujeres que le dan de comer?

—Te digo que elijas. Como elegimos todos.

—Eso no es elegir. Eso es escoger a quién entierro.

—Pues bienvenida. —Y por un instante, uno solo, algo le tembló a Crisdean por debajo del frío, y ella lo vio, y supo que su hermano sabía de sobra lo que le estaba haciendo, y que se odiaba un poco por hacerlo, y que aun así lo iba a hacer, porque era hijo de Reynold antes que hermano de nadie—.

Bienvenida a lo que es esto de verdad, cuando te quitan el juego de la cabeza.

¿Ahora entiendes por qué te dije que te vinieras conmigo, la otra vez?

No era por la misión. Era por sacarte de aquí antes de que te tocara elegir justo esto.

Y no quisiste. Te quedaste. —Le sostuvo la mirada un segundo de más—.

Pues ahora se elige. Sola, como te quedaste.

—¿Y el segundo seguro? —dijo ella, porque prefería oír el resto a seguir mirándole eso a su hermano en la cara.

—Es para ti, por si lo del crío no te ablanda.

Mi padre ha mandado hoy a un hombre al norte.

De toda su confianza. Y le ha dado todo lo tuyo por escrito y con sello: para qué te mandó, qué viniste a robarles, cómo llevas semanas sacándoles la marea para servírsela a un rey en bandeja.

Prueba. La justa para que cualquiera de esos lobos por los que ahora se te llena la boca sepa, nada más leerla, que la mujer que duerme en su roca y come en su salón cruzó esa calzada para abrirlos en canal a todos mientras dormían.

—¿Para qué? —Apenas le salió la voz—. Si ya no os sirvo. ¿Para qué, Crisdean?

—Para que no le sirvas a nadie. —Recogió la capa del mojón, y al echársela al hombro se le cayó de la cara el último resto del hermano que había sido; lo que quedó era un hombre de Reynold terminando un recado—.

Para que el día que decidas ser una de ellos del todo, ellos ya sepan lo que eras.

Y entonces, que te quieran. Anda. Si pueden.

Echó a andar hacia su orilla, por la calzada que ya empezaba a mojarse. Se paró una vez, sin volverse del todo, como se paraba siempre, como cuando de críos la dejaba ganarle una partida de cada diez para que no llorara.

—El jinete sale al amanecer —dijo—. Con eso ya no puedo yo.

Solo tú, esta noche, con una hora. Tú verás qué cruza antes ese paso mañana: si la marea con el rey detrás, o la verdad sobre ti por delante.

Pero una de las dos cruza. Una. Y no lo digo por asustarte.

Lo digo porque es la cuenta exacta de lo que va a pasar.

Y se fue sin mirar atrás. Como siempre.

Y la dejó allí, en mitad del agua que volvía, con la luna casi cerrada del todo sobre el mar, con dos llaves en la cabeza que ya había decidido no usar y un nombre que aún no sabía si ponerse, sabiendo a la vez las dos cosas más ciertas y más imposibles de su vida: que no pensaba abrir aquella roca aunque la mataran por no abrirla.

Y que, la abriera o no, al alba salía hacia el norte un jinete con su verdad lacrada en la alforja, a quitarle lo único que había llegado a querer de veras y lo único que había elegido ella sola: el derecho a que aquella gente, algún día, sin saber lo que vino a hacerles, la quisiera.