Extraña entre los lobos 14 · Sangre en la marea
31%

14 · Sangre en la marea

El cuerno sonó dos veces en lo negro. Dos toques: el mar ha abierto y no venís solos.

Lachlan estaba en pie antes de la segunda nota, con la léine pegada al cuerpo por el sudor de dormir y la mano ya en el hacha.

A su lado, en el jergón, ella se incorporó de golpe, despierta entera, sin ese aturdimiento de los que despiertan de verdad.

Otra cosa que un día tendría que pensar y que aquella noche no tenía tiempo de pensar.

—Quédate aquí —le dijo—. Pase lo que pase. Aquí.

No esperó a ver si obedecía. Nunca obedecía.

Fuera, la roca era ya un hervidero de teas y de hombres a medio armar corriendo hacia el muro bajo que cerraba el arranque del paso.

Lachlan contó por el rabillo del ojo mientras corría: el mar no se había retirado del todo.

La calzada asomaba a trechos, negra y reluciente, con palmos de agua todavía encima.

No era la noche. Esto no era el asalto. La luna nueva aún quedaba a dos días, y por una calzada medio cubierta no entra un ejército.

Por una calzada medio cubierta entra una partida.

Cuarenta hombres, cincuenta, vadeando con el agua por la rodilla, con teas y escalas cortas, tanteando.

Alguien quería ver de qué pasta estaba hecho el muro antes de echarle encima el peso de un rey.

Alguien no se fiaba del todo de lo que le habían contado.

—¡Erizo! —gritó Lachlan al llegar—. ¡Lanzas al cuello del paso! ¡Que no pongan pie en seco!

Y los suyos cerraron filas como llevaban tres siglos cerrándolas: hombro con hombro en la boca de la calzada, las lanzas largas hacia fuera en tres hileras, una mata de hierro erizada que ningún hombre cuerdo embiste de frente.

Coll, viejo y todo, en la segunda fila, con el asta firme.

Eilidh a la izquierda, sin escudo, con una hacha en cada mano, escupiendo algo en gaélico que no era una oración.

—No son los del rey —dijo Eilidh, midiendo las teas que vadeaban—. Son pocos. Y vienen mal, con el agua subiendo. Esto no es el asalto.

—No. Es alguien preguntando. —Lachlan también las contaba—.

Alguien que quiere comprobar si lo que le han contado de este paso es verdad antes de jugarse el ejército.

Pues que pregunte. Que se lleve la respuesta puesta.

—Alzó la voz sobre el ruido—. ¡Nadie pisa el agua!

¡El que salga del erizo a buscar gloria lo entierro yo, si queda algo que enterrar!

Los primeros de Sorne llegaron al borde del vado y se encontraron las puntas.

El que abría —grande, con cota de anillas y la sobreveste con el color de Sorne, ese verde apagado que Lachlan llevaba toda la vida odiando— intentó apartar una lanza con el escudo y meterse.

No contó con la segunda hilera. La punta de Coll le entró por encima de la clavícula, donde la cota se abre para dejar mover el brazo, y le bajó hacia dentro buscando el fuelle del pecho.

El hombre abrió la boca y lo que le salió no fue grito sino un borboteo, y se quedó colgado del asta un instante, con los pies resbalando en la piedra mojada, antes de que Coll tirara hacia atrás y lo soltara al agua.

El mar se lo llevó de lado, despacio, como quien retira un plato.

—¡Aguantad! —La voz de Lachlan por encima del ruido de hierro contra hierro—. ¡No salgáis! ¡Que se desangren en el agua, no en la piedra!

Aguantar era ganar. Lo sabía él y lo sabía la marea.

Cada minuto que el erizo los tuviera clavados en el vado era un minuto que el mar subía un dedo más, y un hombre con cota de anillas y el agua por el muslo es un hombre a medio ahogar que solo no se sabe todavía.

Que vinieran. Que se rompieran contra las lanzas y el mar a la vez.

Casi salió bien.

Casi, porque una partida que tantea trae siempre a alguien listo, y el listo de aquella no fue de frente.

Una docena se descolgó por la derecha, por las rocas bajas que el agua dejaba al descubierto a poniente, donde el muro no llegaba y solo había peñas resbaladizas y, detrás, el sendero que subía hacia las cuevas.

Hacia donde, en aquel momento, las mujeres metían a los críos en fila para bajarlos a los botes.

Lachlan lo vio tarde. Estaba en el cuello del paso, con el erizo, a treinta pasos largos, con una marea de cuerpos de por medio. Vio las teas trepando por las peñas de poniente y echó a correr sabiendo que no llegaba.

No llegó. Llegó ella.

Después no supo de dónde había salido —si del corredor, donde la había dejado; si llevaba rato siguiéndolo—, pero ahí estaba, en mitad del sendero de las cuevas, entre la docena que subía y la hilera de críos que bajaba, pequeña y quieta, con aquel cuchillo de mango liso que Lachlan le había visto al cinto el primer día y que había tomado por adorno de señora.

El primero que llegó a su altura le sacaba dos cabezas.

También llevaba el verde de Sorne. También, quizá, la conocía: Lachlan vio que el hombre dudaba medio segundo al verle la cara, como quien reconoce a alguien donde no debería, y ese medio segundo fue lo último que dudó en su vida.

Ella no le clavó el cuchillo en el pecho, donde hay hueso y cota.

Se lo metió por debajo de la barbilla, hacia arriba, con las dos manos y todo el cuerpo detrás, como quien clava una estaca en tierra dura; y lo dejó ahí, hundido hasta el mango, mientras al hombre se le iban las piernas y los ojos se le quedaban mirándola con una sorpresa que ya no era de este mundo.

Cuando lo soltó, salió el cuchillo y salió con él un chorro oscuro que a la luz de las teas no era rojo, era negro, y que le manchó a ella el brazo hasta el codo.

No gritó. No retrocedió. Sacó el filo del cuello de un muerto de su propia casa y se volvió ya hacia el siguiente, con la cara salpicada y una calma que a Lachlan, que llevaba veinte años matando, le heló más que todo el acero de aquella noche.

No era una rehén. No era una dama con un cuchillo de adorno. Era otra cosa, y aquella otra cosa acababa de elegir, con la mano, delante de él, de qué lado se ponía.

Para entonces Lachlan ya había llegado. Mató al segundo por la espalda, sin honor ninguno, con el hacha en el hueco entre el yelmo y el hombro, porque el honor es para los cantares y aquello era el sendero de los críos.

Y se puso a su lado, espalda contra espalda sin haberlo hablado, porque hay cosas que el cuerpo decide antes que la cabeza, y aguantaron juntos el sendero el tiempo que tardaron los de Eachann en subir por detrás y cerrar la brecha.

Ella cubría el lado del cuchillo, bajo y rápido, buscando ingles y corvas y gargantas, lo que un cuerpo pequeño alcanza; él, el del hacha, alto y ancho, abriendo sitio.

No hablaron. No hizo falta. Cada uno sabía dónde estaba el otro por el calor de la espalda y por nada más.

Cuando el último de los que habían trepado cayó —con la garganta abierta por el filo de Eilidh, que había bajado de su muro como una tormenta—, el mar ya estaba haciendo el resto del trabajo.

En el cuello del paso, los de Sorne que seguían vivos se retiraban a trompicones por la calzada que se iba borrando bajo la marea, y los que tropezaban no volvían a levantarse: la marea les entraba por la cota y se los quedaba.

El cuerno de ellos, lejos, tocó retirada.

Habían venido a tantear. Ya sabían lo que querían saber, y se lo llevaban escrito con la sangre de los suyos.

Quedó el después.

Quedó el hedor, que llega siempre tarde y se queda: cobre y entrañas y agua salada, todo junto, espeso.

Quedaron los heridos —los propios—, que es lo que de verdad pesa: un muchacho de los suyos sentado contra el muro sujetándose la tripa con las dos manos para que no se le saliera, llamando a su madre en voz baja, sabiendo ya los dos, él y el que le sostenía la cabeza, que aquella herida en aquella costa, sin más medicina que miel y hierro al rojo, era una sentencia lenta.

Quedaron los cuerpos en la piedra y los que el mar mecía boca abajo en el bajío.

Quedó Coll, apoyado en su lanza, vomitando sin ruido a un lado, que era lo que hacía después de cada una desde hacía cuarenta años y nunca antes de.

Y quedaron ellos dos, en mitad del sendero, vivos.

Lachlan se volvió. Ella estaba a dos pasos, con el cuchillo todavía en la mano, el brazo negro hasta el codo, el pelo del norte pegado a la cara con sangre que no era suya, respirando fuerte por la boca.

Y lo miraba. No con horror. No con triunfo.

Con algo nuevo, abierto, casi de espanto ante sí misma, como quien acaba de encontrarse dentro un cuarto que no sabía que tenía y que estaba lleno de cuchillos.

—Te dije que te quedaras —dijo él. No le salió a reproche. Le salió a otra cosa.

—No se me da bien obedecer. —Le tembló la voz, una sola vez, y la sujetó—. Iban hacia los niños.

—Lo sé. —Lachlan dio el paso que faltaba. Le quitó el cuchillo de la mano, despacio, porque ella seguía agarrándolo como si le fuera en ello la vida, y se lo limpió en su propia léine antes de devolvérselo, un gesto pequeño y absurdo en mitad de todo aquel destrozo—. Lo sé. Lo vi.

—Ese llevaba tu color —dijo. Y no era una acusación; era casi una pregunta.

—Puede que lo conociera. De pequeña. De la casa. —Ella miró el filo limpio como si fuera de otra mano—. No le he querido mirar la cara.

—No tienes que darme explicaciones.

—No te las doy. Eso es lo peor. —Lo miró de frente—.

Acabo de abrirle el cuello a un hombre de mi casa en mitad del camino de vuestros críos, y no siento lo que tendría que sentir.

Siento que lo volvería a hacer ahora mismo.

Por ese niño de la fila, al que ni conozco.

—La voz se le quebró otra vez, y esta no la sujetó del todo—.

¿Qué me estáis haciendo aquí dentro? Llegué siendo una cosa. ¿En qué me estoy convirtiendo?

Lachlan no supo qué contestar, porque la respuesta de verdad —en una de los nuestros; en lo que eras antes de que te robaran de la cuna— era justo la que todavía no podía darle. Así que le dio la única que sí.

—En alguien que se planta delante de un crío ajeno con un cuchillo y mata por él. —Le sostuvo la mirada—. Donde yo vengo, a eso se le llama ser de la manada. No es lo peor que te pueden llamar, halcón. Es casi lo único bueno.

Eilidh pasó por su lado camino de los heridos, con las hachas todavía en las manos y la cara llena de sangre que no era suya. Se paró un momento. Repasó a Isobel de arriba abajo: el brazo negro hasta el codo, el cuchillo.

—Has matado a uno de los tuyos. Con eso. —Señaló el filo con la barbilla. No era reproche ni elogio; era un dato que estaba colocando en algún sitio frío de su cabeza—. Bien.

Y, antes de seguir, le dijo a Lachlan lo que de verdad pensaba, bajo, en gaélico, la lengua que la de Sorne no tenía por qué entender:

—Una que esta noche mata a los suyos por nosotros, mañana mata a los nuestros por ellos con la misma cara y la misma calma. Eso no se fía, Lachlan. Eso es un arma que no sabe de quién es.

Y se fue a sostener cabezas de moribundos, que se le daba mejor que fiarse de nadie.

Lachlan no le contestó. Estaba mirando a Isobel.

Pero Isobel sí le contestó por dentro, aunque no moviera un solo músculo de la cara, porque Eilidh había hablado en la única lengua que ella tenía prohibido entender, y la entendió entera, hasta la última palabra, que se le quedó alojada entre las costillas como un acero más: un arma que no sabe de quién es.

Y se quedaron así un momento, los dos vivos y mirándose por encima de los muertos de la casa de ella, mientras detrás el mar terminaba de cerrar el paso y de tragarse, puntual, lo que la noche le había dejado.

Faltaban dos días para que el agua volviera a abrirlo del todo. Y los dos lo sabían. Y ninguno lo dijo.