Extraña entre los lobos 13 · Sabotaje
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El recado llegó al alba, en el sitio de siempre, con las tres palabras de siempre. «Cuando baje. El mojón.» Crisdean cumplía los plazos. Siempre los había cumplido.

Isobel lo quemó en la llama y bajó al salón con la hora de la marea cosida a la memoria y la decisión todavía sin tomar.

Abajo, la roca se afilaba para morir. Vio a Coll repartir remos entre los más viejos —los de los botes, lo entendió ahora; los del otro lado; los del mar—.

Vio a dos mujeres enseñar a una hilera de críos a meterse en lo oscuro sin llorar.

Vio a Tormod entre ellos, muy serio, ensayando su propia huida sin saber que era suya.

Y vio, sobre el muro, a Lachlan, que esa noche pensaba quedarse a morir en una calzada para que aquellos botes salieran, y que entre todas las cosas que había decidido salvar había metido, sin pedirle permiso, a la única persona de aquella roca capaz de hundirlos a todos.

Tres días atrás se habría reído de sí misma por dudar. Una espía no duda. Un cuchillo no elige dónde se clava.

Pero Mór le había dicho que era un cuchillo criado para no saber que lo era. Y un cuchillo que empieza a saberlo, pensó bajando hacia el agua, ya no es del todo un cuchillo.

Lachlan la encontró cuando salía. Le cortó el paso en el corredor —sin tocarla, solo poniéndose delante— con esa cara que se le había ido suavizando los últimos días sin que él pareciera notarlo.

—¿Adónde vas tan temprano?

—Al agua. A lo de siempre. La marea. —Y la mentira, que llevaba dando semanas, le supo distinta en la boca: antes la decía para robarles; ahora, para protegerlos. No supo cuál de las dos versiones era peor.

—No tardes. —No preguntó más. Esa era la cosa nueva, la que le pesaba como una piedra cada mañana: que ya no preguntaba más. Que se fiaba—. Esta noche quiero enseñarte una cosa. Dónde están los botes. Por si pasa antes de lo que creemos y no me da tiempo a sacarte yo.

—Lachlan…

—Por si acaso. —Le puso un momento la mano en la mejilla, en la del lado de la cicatriz, como se la había puesto otras veces; como si aquel trozo de su cara le perteneciera de antiguo—. Vuelve pronto, halcón.

Y se fue al muro a seguir preparando la defensa de la roca que ella tenía en la mano la manera de entregar.

Isobel se quedó quieta en el corredor, con la marca tibia de aquella palma en la mejilla. Y con aquel pensamiento que aún no era una decisión pero se le parecía mucho, bajó hacia el mar. A ver a su hermano. A salvar a Lachlan, aunque salvarlo significara ahogar a los suyos.

* * *

Crisdean esperaba a media calzada, en su orilla, con el caballo a la espalda y la capa al hombro, mirando subir la marea como quien mira un reloj.

Tenía peor cara que la última vez. Como si en los días sin verse hubiera dormido poco y discutido mucho.

—Está aquí —dijo, antes que nada—. El rey.

La avanzada acampó anoche a media jornada; el grueso llega en dos días.

Padre está metido en la tienda del justiciar, jugándose el cuello y el mío a que tú cumples.

He defendido tu nombre delante de De Bréos como un imbécil.

—La miró por fin—. Así que dime que no he hecho el imbécil.

—¿La tienes? —fue lo segundo que dijo, porque lo primero ni era pregunta—. La hora. Dime que la tienes.

—La tengo.

Y con esas dos palabras Isobel cruzó la línea de la que no se vuelve. Lo supo al cruzarla. La cruzó igual.

—La noche de luna nueva —dijo—. Es la única que el paso se abre entero, de orilla a orilla.

—Eso ya lo suponíamos. ¿A qué hora?

—Tarde. —Lo miró a los ojos, porque de cría había aprendido que una mentira se sostiene con los ojos, no con la voz—.

No antes. El agua no acaba de retirarse hasta bien pasada la medianoche; tarda, va dejando la calzada a trechos, y los trechos engañan: se ven secos y no lo están, y el que cruza confiado se hunde.

Hay que esperar a que el cielo empiece a clarear por el este.

Entonces, y solo entonces, está firme de punta a punta.

Tenéis desde que clarea hasta que el sol asoma.

Poco. Si entráis antes de esa luz, os traga.

Era mentira de cabo a rabo. Al revés, punto por punto.

El paso se abría justo pasada la medianoche, en lo más negro de la noche, y para cuando clareara el este el mar ya estaría volviendo a cerrarlo, lamiéndoles los talones.

Un ejército que cruzara a la hora que ella acababa de darle entraría en la calzada con la marea ya encima, creyéndola firme, y se la encontraría llenándose de agua por el medio, con miles de hombres dentro y sin sitio para volverse.

Les estaba regalando una tumba de mar y llamándola hora segura.

Crisdean no dijo nada un momento. Repitió la hora por lo bajo, como quien la guarda en sitio seguro. Pero no apartó los ojos de ella; y eran los mismos ojos con los que de crios jugaban a adivinarse las cartas en el regazo, y casi nunca había perdido él.

—Cuando clarea el este —repitió.

—Cuando clarea el este.

—Qué raro. —Lo dijo despacio, sin dejar de mirarla—.

Padre mandó hace años a un hombre a husmear esta costa.

Volvió diciendo muchas cosas, y una se me quedó: que aquí el mar se retira de madrugada, sí, pero que lo gordo, lo de cruzar de verdad, era de noche cerrada.

Que de noche bajaba más. —Ladeó la cabeza—.

A lo mejor me acuerdo mal. Hace años. O a lo mejor aquel hombre era tonto.

A Isobel se le paró el corazón y se le quedó la cara quieta, que era lo único que tenía entrenado de fábrica para los momentos así.

—Los mares cambian —dijo—. La luna manda en ellos, y la luna no es la misma que hace años.

—Ya. —Crisdean siguió mirándola—. La luna.

—¿Y ellos? —Cambió el peso de sitio, sin soltarla de los ojos—. ¿Qué piensan hacer cuando el rey ponga el pie en la roca? ¿Rendirse? ¿Morir en el muro? Si tienen algún plan, alguna salida, padre querrá saberlo. No vaya a ser que tomemos una roca vacía y nos riamos solos.

Y ahí estaba: la otra llave. La de los botes, la del mar, la de las mujeres y los críos y Tormod saliendo en lo oscuro hacia Cinaed. La que Lachlan le había puesto en la mano la noche anterior creyendo que la salvaba a ella, sin saber que se la entregaba al enemigo.

—No hay salida —dijo Isobel—. Es un peñasco en mitad del mar con un solo camino, y ese camino lo vais a tener vosotros. Cuando caiga el muro, el que esté dentro estará dentro. No hay a dónde correr. Por eso pelean tan poco convencidos: lo saben.

—Mmm. —Crisdean la miró de medio lado—. Qué cómodo. Una roca sin salida y una hora segura justo al clarear. Me lo estás poniendo todo muy redondo, hermana. Demasiado.

—Querías información. Te la doy.

—Quiero información buena. No información cómoda. —Se pasó la mano por la cara, cansado—. Y quiero que pienses una cosa antes de que suba del todo el agua. Hay un crío ahí dentro. Tormod. El nuestro. ¿Te acuerdas de para qué te hablé de él la última vez?

—Me acuerdo.

—Pues sigue ahí. Y si tu hora sale mala, y el rey entra a destiempo, y esto se vuelve un asedio en vez de un asalto limpio, al primero que degüellan tus lobos —esos que de pronto te dan tanta pena— es a él.

Sangre de Sorne, fría en el suelo, para que el rey se la encuentre al entrar.

—La miró—. Tú sabrás de qué lado lo estás dejando.

El agua había empezado a subir por los dos lados de la calzada. Quedaba poco. Y, sin embargo, él no se movía.

—Estás distinta —dijo al fin. Y no era un reproche; sonaba casi a miedo—.

Hablas distinto. Te mueves por esa roca como si fuera tuya.

Y me das una hora que no me cuadra con nada de lo que sé, mirándome a los ojos igual de fijo que mirabas al capellán cuando le mentías de cría sobre quién había roto el cántaro.

—Bajó la voz—. ¿Qué te han hecho ahí dentro, Isobel?

—Tenerme prisionera. Eso me han hecho.

—No. A los prisioneros se les nota el frío. A ti se te ha quitado. Llegaste con él puesto hasta las cejas y ya no lo llevas. Y a un rehén al que se le quita el frío es que le han cambiado el bando, aunque todavía no lo sepa decir ni él.

—Vente conmigo. —Se lo soltó de pronto, y le cambió la voz: se le puso la de cuando eran crios y la sacaba de los líos—.

Ahora. Cruza el agua conmigo, súbete al caballo y nos vamos antes de que suba del todo.

Le decimos a padre que la roca era más dura de lo que creíamos, que no se pudo, que no había forma de sacar la hora.

Yo te cubro; siempre te he cubierto. Pero sácate de ahí, hermana, antes de que esto acabe como va a acabar, contigo dentro el día que arda.

Y por un momento —uno largo y vergonzoso, en mitad del mar que subía— Isobel lo pensó de verdad.

Volver. Ser otra vez la de antes: la que no dudaba, la que tenía padre y hermano y sitio y un nombre que no le pesaba.

Dejar atrás a los lobos, y al niño, y al hombre que esa misma noche quería enseñarle dónde estaban los botes para que ella viviera.

—No puedo —dijo. Y fue, de todo lo que había dicho aquella mañana, lo único que era verdad.

—¿No puedes, o no quieres?

—No lo sé. —Y eso también era verdad—. Ya no sé distinguir una cosa de la otra.

Crisdean la miró un momento más, y algo se le apagó por dentro, como a quien por fin entiende lo que llevaba un rato sin querer entender. Dio un paso atrás, hacia su orilla, con el agua ya entre los dos.

—Voy a darle la hora a padre, porque es a lo que he venido y yo no vuelvo nunca con las manos vacías; tú lo sabes mejor que nadie.

Pero le voy a dar también lo otro: lo que he visto hoy en esta calzada.

—La señaló con la barbilla, sin acritud, que fue lo peor—.

Y la noche de luna nueva, cuando el rey ponga el pie en este paso a la hora que me has dado, va a pasar una de dos cosas.

O el este estará firme, como dices, y entraremos secos, y no habrás hecho más que cumplir.

O estará bajo el agua, hermana, y se ahogará medio ejército del rey con tu nombre en la boca.

No acabó. No le hizo falta.

—Reza por que sea verdad —dijo, ya de espaldas, cruzando el agua que le subía a los corvejones al caballo—. Reza por que esa noche, cuando claree, el paso esté seco. Porque como no lo esté, ya no vas a poder volver a casa nunca. Y no porque no te dejen. Porque ya no te quedará casa.

Se fue sin mirar atrás, como siempre. Y por primera vez en su vida, Isobel se alegró de que Crisdean nunca mirara atrás: así no le vio la cara, que se le había quedado, allí sola en mitad del mar que volvía, de alguien que acaba de jugarse la vida —la suya y la de mucha gente— a una sola carta, y que aún no sabe si ha jugado por amor o solo por no poder soportar seguir siendo lo que la hicieron.

Cruzó de vuelta a la roca con el mar por las rodillas y una bomba nueva metida entre las costillas, junto a las otras: una mentira que, a partir de aquella noche, tendría exactamente tres días para volverse verdad o para matarla.