12 · Más cerca
Por la mañana ella seguía allí.
Eso, para Lachlan, era lo nuevo y lo imposible.
No que se hubiera quedado —no tenía adónde ir—, sino que él, al despertar y encontrársela dormida de cara a la pared, con el pelo del norte desparramado y una de aquellas manos curadas cerrada contra el pecho, no sintiera lo que llevaba veinte años sintiendo al abrir los ojos: que tocaba levantarse, contar hombres y sostener un peñasco.
Por un momento, uno solo, no contó nada. La miró respirar.
Luego ella abrió los ojos, lo pilló mirándola y volvió a ponerse la cara de siempre, la que no decía nada.
—Es de mala educación —dijo— mirar dormir a la gente.
—Es mi cuarto. Miro lo que quiero. —No dejó de mirarla—. ¿Has dormido?
—Como no dormía desde cría. —Y algo le cruzó la cara al decirlo, como si la frase la hubiera pillado por sorpresa a ella antes que a él—. No sé por qué.
—Yo sí —dijo Lachlan. Y no se lo explicó.
—Eso hacéis mucho. —Ella se incorporó, sujetándose la manta—. Saber cosas de mí y no explicármelas. Lleváis días así. Como si me conocierais de antes.
—Te conozco de ahora. Ya te lo dije. Con eso me apaño.
—A mí no se me apaña nadie con el ahora. —Lo dijo con una sombra casi de pena—. Yo soy todo lo de antes. Lo que pasa es que no me acuerdo de casi nada de antes. Y vos parecéis acordaros por mí. Es inquietante.
—Bienvenida a la roca. Aquí todo el mundo se acuerda de todo; es lo malo de un sitio donde no pasa nada nuevo en trescientos años. —Se levantó a avivar el fuego—. Come algo. Y luego cógeme aguja, que tengo el jubón hecho un Cristo y no pienso ir a una guerra con pinta de mendigo.
Y así, aquel día, en mitad de un peñasco que se afilaba para morir, hicieron una cosa absurda: vivir.
Ella le remendó el roto con aquellos dedos que sabían más de aguja que de concha; comieron del mismo cuenco porque no quedaban manos para servir dos; discutieron por una tontería —si el norte se le notaba o no al hablar— y se rieron los dos por lo bajo, como quien se ha colado en casa ajena a robar un rato que no le toca.
—No deberíais reíros tanto —dijo ella en algún momento, casi con miedo—. Con lo que viene.
—Lo que viene va a venir igual me ría o no. Así que pienso reírme ahora, que aún puedo. Es lo único que no me pueden quitar quemando estas piedras.
No supo por qué se le quedó mirando así. No lo supo hasta la noche.
* * *
A media tarde subió a ver a su padre, que se moría despacio en el cuarto de arriba y que aquel día tenía los ojos más claros que el resto del cuerpo.
—Te la estás llevando a la cama —dijo Domhnall, sin saludo. Nunca había gastado saludos.
—Padre…
—No me lo niegues, que me queda poco y no pienso gastarlo en mentiras tuyas. Se te ve. Hasta en cómo andas se te ve. —Tosió, y la tos le duró más que el aire—. La hija de Sorne. La que llegó en marea muerta con un cuchillo en la liga y cara de no haber roto un plato.
—Esa tiene nombre.
—Esa tiene dos, me juego lo poco que me queda.
Que es peor. —Lo miró desde el fondo de los años—.
Escúchame, que esto te lo digo de padre y del que mandó este dún antes que tú.
Yo también quise una vez a quien no me convenía.
No es eso lo que te reprocho; querer no se manda.
—Le tembló la mano sobre la manta—. Lo que te pido es que no confundas quererla con fiarte de ella.
Son dos cosas distintas. Un hombre se mete a un enemigo en la cama y se levanta vivo, si no se le olvida ni durmiendo que es un enemigo.
El día que se te olvide, esa mujer te cuesta el dún.
Y con él, los huesos de tu madre, los míos, y los de todos los que duermen debajo de estas piedras.
Lachlan se quedó callado. Porque dos noches atrás le habría dado la razón sin pestañear. Y aquella mañana, después de la tormenta, ya no sabía si podía dársela.
—No se me olvida lo que es —dijo. Y era verdad a medias.
—Se te está olvidando ya. Lo veo desde aquí.
—Domhnall cerró los ojos, agotado—. A esa la crió Reynold Sorne, hijo.
Lo que haya venido a hacer, lo hará, porque para eso la hicieron.
La pregunta no es si te quiere; a lo mejor hasta te quiere.
La pregunta es si eso la va a parar. —Y, más bajo, casi para sí—: Pregúntale un día qué se hizo de los críos que mandamos nosotros al sur.
De los nuestros. A ver si alguien en esta roca se acuerda de uno solo que volviera.
Lachlan bajó de aquel cuarto con la advertencia encima como una losa. Su padre tenía razón; lo sabía con la parte de la cabeza que aún contaba hombres y mareas. Lo que pasaba era que esa parte llevaba dos noches perdiendo todas las votaciones contra la otra.
* * *
La tormenta entró por el norte con la oscuridad, de las que hacen temblar la piedra. Y Lachlan, que llevaba toda la vida durmiendo con truenos, notó a su lado que ella no.
Estaba rígida. Despierta en lo negro, conteniendo cada músculo para que no se le notara. Cada vez que el cielo reventaba, algo en ella se encogía muy hondo, mucho más hondo de lo que se encoge una mujer hecha y derecha ante un ruido.
—No te gustan los truenos —dijo. No era pregunta.
—No seáis ridículo. No me asusta un ruido.
—No he dicho que te asuste. He dicho que no te gustan. —Se alzó sobre un codo—. Llevas toda la noche aguantándolos con los dientes apretados. ¿Desde cuándo?
—Desde siempre. —Otra vez la cara de sorpresa, la de quien tropieza con un cuarto de su propia casa que no sabía que existía—. Desde que tengo memoria. De cría, cuando tronaba, alguien… —Se paró—. No me acuerdo. Solo sé que alguien… Nada. Tonterías.
—Alguien te cantaba —dijo Lachlan, muy bajo.
Ella volvió la cara hacia él en lo oscuro.
—¿Cómo sabéis vos eso?
Y ahí estaba otra vez, esperando: la frase entera, el principio de todo.
Porque era yo. Porque tenías días de vida cuando te metieron en aquel salón, y yo tenía nueve años y llevaba cuatro de rehén y odiaba aquel sitio con toda mi alma; y de noche, cuando tronaba, tú llorabas en tu cuna y no había quién te callase, y una vez crucé el salón a oscuras, porque nadie más lo hacía, y te canté lo único que me sabía: lo que me cantaba mi madre antes de que me mandaran al sur a ser prenda de los que te criaban a ti.
Y te callaste. Y desde aquella noche, en cada tormenta, era yo el que cruzaba el salón a cantarle al crío del enemigo.
Porque eras lo único de aquel sitio que no me daba asco.
No lo dijo. Todavía no. En vez de eso hizo lo único que podía hacer sin decirlo: cuando el siguiente trueno reventó sobre la roca, se acercó, le pasó un brazo por encima, le puso la boca contra el pelo y, muy bajito, le cantó la nana.
Y notó cómo, contra él, veinte años después, en mitad de una guerra, en una cama que no tenía ningún derecho a compartir con la mujer que iba a perderlo todo, el cuerpo de ella se aflojaba trueno a trueno.
Igual que se había aflojado la primera vez, cuando los dos eran otros y aún no sabían lo que la vida pensaba hacer con ellos.
La misma niña. El mismo miedo. La misma canción. Veinte años en medio, y nada en medio.
—Ya está —murmuró, cuando la notó aflojarse del todo—. Ya pasa. No hay nada ahí fuera que pueda entrar aquí.
Era mentira: lo que iba a entrar venía justo de ahí fuera. Pero por una noche se la dejó creer, y se la creyó también él.
—¿Dónde aprendisteis esa canción? —dijo ella al cabo, contra su pecho, con la voz pequeña—. La de verdad. No el cuento de la otra noche.
—En mi casa. De crío.
—¿Y por qué la sabéis tan bien, si decís que hace veinte años que no se la cantáis a nadie?
—Porque hay cosas que no se olvidan aunque no las uses.
Como el miedo a los truenos. —Le apartó el pelo de la cara en lo oscuro—.
Tú llevas veinte años sin saber de dónde te viene y ahí lo tienes, intacto, esperándote en cada tormenta.
A mí me pasa con la canción. La aprendí para alguien. Y se me quedó. Duérmete, halcón.
Pero ella tardó en dormirse. Lachlan lo notó: que se quedó un rato despierta contra él, dándole vueltas a algo con esa cabeza que no paraba nunca. Pensó que se las daba al miedo. No se le ocurrió que pudiera estar dándoselas a él.
* * *
Mucho después, cuando la tormenta se fue mar adentro y ella se durmió contra su pecho, Lachlan se quedó despierto pensando lo que llevaba días sin atreverse a pensar entero.
Que iba a perderla. La roca, no a ella. La cuenta no salía y nunca iba a salir: la avanzada del rey estaba a dos jornadas, detrás venía un ejército, y la noche de luna nueva el mar abriría el paso de par en par y por ahí entraría todo. Aguantarían una noche. Dos, con suerte y con muertos. No más.
Y un hombre que sabe que su casa va a caer hace una de dos cosas: se sienta a morir dentro, o saca lo que pueda antes de que caiga.
Por la mañana, Lachlan hizo algo que no había hecho jamás con nadie que no fuera de su sangre. La despertó y se lo contó.
—Escúchame. Bien. Y no preguntes hasta que acabe.
—Esperó a que se incorporara—. Esta roca va a caer.
No el mes que viene: esta luna. Lo sé yo, lo sabe mi padre, lo sabe Coll.
No se dice en alto para no quebrar a los hombres antes de la pelea, pero es así.
Vamos a aguantar el paso lo que se pueda.
Solo que el paso no es lo único que tiene esta roca.
—¿Qué queréis decir?
—Que hay una salida que no entra en los cuentos.
Por el otro lado. El que mira al mar abierto, no a tierra.
—Bajó la voz, aunque no había nadie—. Cuando esto caiga, mientras los hombres aguantamos la calzada, las mujeres, los críos y los viejos no van a estar aquí esperando que les corten el cuello.
Van a estar saliendo por el mar, a oscuras, hacia el otro lado del fiordo.
Hacia Cinaed. Eso es lo que de verdad guarda esta roca, halcón.
No la piedra. Lo que va dentro de la piedra cuando la piedra ya no sirva.
—¿Y vos? —La pregunta le salió antes de poder medirla—. Vos os quedáis en la calzada. Con los hombres.
—Yo me quedo. Es mi sitio.
—Entonces no es una salida. Es un funeral con barcas. —Le tembló algo en la voz que él no le había oído nunca—. Sacáis a los vuestros para que os sobrevivan llorándoos.
—Es lo que hay. Alguien aguanta una puerta para que los demás salgan por la otra. Siempre ha sido así en esta roca. —Y, más bajo—: Lo que cambia esta vez es a quién quiero del otro lado de esa puerta, vivo, cuando yo ya no esté.
Le costó cada palabra, porque cada palabra era la vida entera de su gente puesta en la mano de alguien de fuera. Pero la puso. Porque lo que venía detrás era lo único que ya le importaba decir de verdad.
—Y tú vas a ir con ellos. En el primer bote.
No te lo estoy preguntando. —La miró—. La noche que esto caiga, tú no vas a estar en esta roca.
Vas a estar en el mar, viva, lejos, donde no te alcancen ni el rey, ni Sorne, ni nadie.
Aunque te tenga que subir yo mismo al bote y sujetarte.
He mandado a mucha gente a morir; es lo que soy.
Pero a ti no. A ti te voy a sacar. Es lo único de toda esta guerra que pienso ganar.
Ella no dijo nada. Lo miraba de aquella manera nueva, sin filo, y los ojos se le habían puesto húmedos; y Lachlan lo tomó por lo que parecía: una mujer a la que nadie había prometido nunca sacarla viva de ningún sitio, oyéndolo por primera vez.
No vio lo otro. No podía verlo. No vio que, mientras le ponía en la mano la última puerta que le quedaba a su gente —la de salida, la del mar, la que dejaba con vida a todo lo que él quería en el mundo—, detrás de aquellos ojos húmedos una cabeza fría y bien enseñada guardaba ya, al lado de la hora de la marea, esta segunda llave.
Que Isobel acababa de pasar de tener una manera de destruir a los lobos a tener dos: la puerta por la que entrarían a matarlos, y la puerta por la que escapaban los suyos.
Ambas regalo de él. Ambas dadas con amor.
Se durmió tranquilo por primera vez en semanas, abrazado a la mujer capaz de borrar a su clan de la tierra, convencido de que por fin había dado con la forma de salvar algo.
Y ella se quedó despierta, mirando el techo en lo oscuro, con dos llaves donde la víspera solo había un cuchillo. Y con tres noches, ya no cuatro, para decidir qué clase de persona pensaba ser.