11 · Lo que no cuadra
Lo peligroso, ahora, era que habían dejado de esconderse de ella.
Dos días atrás, cuando Coll desplegaba en la arena el palo con las muescas y contaba mareas con los dedos, bajaban la voz si ella pasaba cerca.
Hoy ya no. Hoy Lachlan la había sentado a su lado en el muro, sin decir nada, como quien deja una herramienta a mano, y los viejos hablaban delante de ella de la hora del agua como si fuera una más de la casa.
—Esta noche el paso queda seco pasada la medianoche —dijo Coll, marcando el palo con la uña—.
Poco rato. Lo que tarda en rezarse un padrenuestro largo.
Mañana, más tarde. Un dedo de cielo más tarde cada noche, hasta la de luna nueva, que es cuando se abre de par en par y aguanta abierto. Esa es la mala.
—¿Por qué la mala? —preguntó uno de los jóvenes, que apenas tendría la edad de coger lanza.
—Porque esa noche, si el de fuera sabe leer el mar, cruza un ejército entero y le sobra tiempo. Las otras solo cruzan dos o tres a oscuras y con suerte. La de luna nueva cruzan todos.
—¿Y el rey sabe leerlo?
—El rey no. El rey no ha mamado esta agua. —Coll mandó un salivazo a un lado—. Pero trae a quien se lo cuente, si da con alguien que se la sepa. Por eso no se le cuenta a nadie. Por eso, el que abra la boca sobre la hora, se gana el mar por mortaja. Sea quien sea. Hijo de la roca o no.
Y la miró a ella al decir lo último. No con sospecha. Con aviso. Como se avisa a alguien de dentro.
—¿Y esa? —Eilidh, que afilaba un hierro a unos pasos, lo clavó en el banco—. ¿Esa también es de la casa ahora? Yo la veo ahí sentada, oyéndolo todo, con esa cara de no entender una palabra de gaélico, y me acuerdo de quién la mandó aquí. Y para qué.
—Se queda. —Lachlan no levantó la voz. Era lo que de verdad cerraba las bocas.
—Lachlan…
—He dicho que se queda. La mandé yo a aprender la marea, ¿o ya no te acuerdas?
Pues que la aprenda. —Le aguantó la mirada a la guerrera hasta que esta volvió al filo.
Y a Isobel, por la cara que se le quedó a Eilidh, le quedó claro que aquella ya no sospechaba de ella.
Sospechaba de él. De lo blando que se había vuelto el hombre que tenía que mandarlos a todos a morir.
—Allá tú —dijo Eilidh, muy bajo. Y no sonó a rendición, sino a algo guardado para después.
Isobel le sostuvo la mirada a Coll con la cara que llevaba veinte años poniendo, la que no decía nada.
Por dentro lo guardaba todo, palabra por palabra, con la frialdad que se le encendía justo cuando debería habérsele encendido la vergüenza: pasada la medianoche.
Un dedo más tarde cada noche. Luna nueva, de par en par.
Tres frases. Era exactamente lo que Crisdean le había pedido. Era la puerta entera. Y se la acababan de poner en la mano —lo entendió con un frío distinto— no robándosela ella, sino fiándosela ellos.
Tormod se le acercó arrastrando un brazado de astiles más alto que él.
—¿Tú también vas a estar en el muro cuando vengan? —preguntó, en gaélico—. Mór dice que esa noche no duerme nadie. Ni los críos.
—¿Qué noche? —dijo ella, con todo el cuidado del mundo.
—La de la luna que no se ve. —Se encogió de hombros, como si fuera lo más sabido del mundo—. La que el mar abre del todo. Coll dice que es la mala. Que si aguantamos esa, ganamos. Y que no la aguantamos solos: la aguanta hasta el agua, que se cierra y se los traga a la mitad.
Y se fue corriendo con sus palos a defender la única casa que había conocido, sin saber que la única persona capaz de hacer que aquella noche no se aguantara era la que acababa de sonreírle.
* * *
Aquella tarde, con las tres frases ardiéndole dentro, fue a buscar a Mór. No supo bien por qué; quizá porque, si iba a abrirle a aquella casa la puerta de la muerte, una parte fría y tozuda de ella quería entender antes qué casa era.
La encontró en su rincón, con el telar, tejiendo algo gris que no parecía tener principio ni fin.
—Quería preguntaros por el juramento —dijo—. El de las cunas. El que me trajo aquí.
—Pregunta. —Mór no levantó la vista del hilo—. Pero las preguntas, niña, son como las mareas. Algunas dejan seco un camino que más te valdría no pisar.
—Tormod volverá a casa algún día. ¿No? Cuando acabe lo suyo aquí. Ese es el trato: se cambian crios para que ninguna casa mate a los de la otra, y un día los crios vuelven. —Lo dijo despacio, tanteando el hilo como Mór el suyo—. ¿Cuándo volvió el último? El de antes de Tormod. El de antes de ese.
Mór tejió un rato sin contestar. El telar hacía su ruido seco, paciente.
—No me acuerdo —dijo al fin.
—Sois la que se acuerda de todo. La que guarda los nombres y la sangre. Lo dice toda la roca.
—Por eso te digo que no me acuerdo. —Y ahí sí levantó la vista, y tenía los ojos de quien ha contado demasiados inviernos—.
Llevo en esta piedra más años que nadie vivo.
He visto salir cunas hacia el sur. Muchas.
Las he visto salir toda mi vida. —Volvió al hilo—.
Volver, ya crecidas, las de los nuestros que mandamos fuera…
esas no las recuerdo tan bien. Será la edad.
A Isobel se le quedó algo quieto y frío en el estómago.
—¿No vuelven?
—Yo no he dicho eso. He dicho que no me acuerdo. —Mór ató un nudo, sin prisa—. Hay cosas del juramento que solo sabe quien lo jura y quien lo cobra. Y quien lo cobra, niña, no es ninguna de las dos casas que cambian a los crios. Esa es la parte que nadie os cuenta cuando os sacan de la cuna.
—No os entiendo.
—Mejor. —Cortó el hilo con los dientes y, por primera vez, la miró de un modo que no era oblicuo, sino de frente, y dolía más—. A ti, de todas las personas de este mundo, no te conviene entenderlo. Todavía no.
—¿Por qué a mí de todas? —Le salió más afilado de lo que quería—. ¿Qué tengo yo de distinto al resto de las cunas?
—Que el resto sabía de dónde venía. —Mór no apartó los ojos—.
Tú no. A ti te criaron para que no lo supieras.
Y eso no se le hace a un rehén cualquiera, niña.
Eso se le hace a un cuchillo: criarlo sin que sepa que es un cuchillo, para que no le tiemble el filo el día que lo clavan.
—Ató el último nudo, despacio—. Anda, vete.
Y esto no se lo preguntes a nadie más. Por tu bien. Y por el mío.
Isobel se fue con una frase nueva metida entre las otras tres, y esta no servía para abrir ninguna puerta, sino para abrir un hueco oscuro debajo de todo lo que creía saber de sí misma.
* * *
Lachlan volvió pasada la medianoche. A la hora exacta, allá abajo, en que el paso se estaba quedando seco como Coll había cantado.
Isobel no dormía. Llevaba horas sentada en el jergón con las tres frases dándole vueltas y la voz de Mór por encima de todas, oyendo a la roca prepararse para morir por una hora que ella ya tenía guardada para venderla.
Él se paró en el vano. Traía la cara de los consejos de guerra: esa que se le ponía cuando contaba hombres y le salía la cuenta corta.
—Deberías dormir —dijo.
—Vos también.
—Yo no puedo.
—Yo tampoco.
Se quedaron así, cada uno en su orilla del vano, con lo de la otra noche sin nombrar entre los dos.
—Esto no ha pasado —dijo ella en voz baja, devolviéndole sus propias palabras—. Eso dijisteis.
—Mentí. —No se movió—. Soy un mal Faoláin y encima miento. Llevo dos días sin pensar en otra cosa que en lo que no ha pasado.
—No digáis eso.
—¿Por qué no?
—Porque dentro de unas noches entra un rey por ese paso, y uno de los dos va a tener que estar en el bando que mate al otro. —Y era verdad, y fue lo más cerca que estuvo nunca de avisarle—. Esto solo lo hace más imposible.
—Lo sé. ¿Te crees que no lo sé? —La miró en lo oscuro—. Llevo toda la vida sabiendo que esta roca se acaba el día que alguien de fuera aprenda la hora. Lo que no sabía es que me iba a importar más quién me la quitara que perderla.
A Isobel se le secó la boca. Lo tenía en la punta de la lengua: las tres frases, la hora entera.
Sois vos. Soltadlo todo y huid esta misma noche.
No esperéis a la luna nueva. Y no lo dijo.
Decirlo era confesar lo que era. Y porque, aunque dos noches atrás había mirado ese mismo mar desde ese mismo ventanuco con la decisión ya tomada, ahora, por primera vez, no estaba segura de ser capaz de cumplirla.
Y mientras no lo estuviera, callaba. Como siempre.
Callar era lo único que de verdad le habían enseñado a hacer bien.
—Ya es imposible. —Lachlan dio un paso adentro—.
Lo imposible está hecho desde que cruzaste la calzada.
Lo único que queda por decidir es si nos quedamos cada uno en su orilla del vano, desgraciados por separado, o si, ya que va a doler igual pase lo que pase, dejamos al menos que haya valido la pena el dolor.
Y entonces Isobel hizo lo que no había hecho en veinte años: por una vez, no calcular.
—Cerrad la puerta —dijo.
Él cerró la puerta.
Lo que vino después no se parecía a nada que le hubieran enseñado, y a ella le habían enseñado de todo: a bailar, a coser, a leer una sala, a callar, a sonreír sin sentirlo.
Aquello no se lo había enseñado nadie. Aquello, como la hora del mar, no se aprendía: solo lo sabía el cuerpo que había venido al mundo sabiéndolo, y el de ella, por lo visto, lo sabía, aunque nadie la hubiera avisado nunca.
Hubo manos que curaban en vez de pedir. Hubo una voz vieja —la de la nana— tarareada contra su pelo en lo oscuro, sin que ya ninguno de los dos hiciera como que no la conocía.
Hubo, por una vez en su vida, una sola persona en aquella roca que no quería de ella ni la hora, ni el secreto, ni el nombre que no era suyo; que la quería a ella, a la que fuera que ella fuese debajo de todo lo demás.
Y eso, que tendría que haber sido lo más sencillo del mundo, fue lo que estuvo a punto de partirla del todo.
* * *
Después, cuando él se durmió —ese sueño de golpe de los que llevan demasiado tiempo sin dormir—, Isobel se quedó despierta en lo oscuro, con la cabeza de él pesándole en el hombro, confiándole el cuello sin saber a quién.
Y volvieron, porque nunca se habían ido, las tres frases.
Pasada la medianoche. Un dedo más tarde cada noche.
Luna nueva, de par en par. Las tenía enteras.
Crisdean volvería en cuatro días a por ellas, y las dos respuestas posibles —decirlas o tragárselas— iban a costarle algo que no podría devolver jamás.
Y debajo de todo, como una corriente fría bajo el agua quieta, lo de Mór.
Las cunas que salían al sur y de las que nadie se acordaba a la vuelta.
El que cobra el juramento, que no es ninguna de las dos casas.
A ti, de todas, no te conviene saberlo. Algo llevaba siglos sin cuadrar en la casa a la que ella había venido a abrirle la puerta a la muerte; y la única que sabía el qué le había dicho que justamente ella no debía saberlo.
El mar, abajo, subió a tapar la calzada, puntual, guardando su hora igual que ella guardaba la suya.
Faltaban cuatro días para Crisdean. Unos pocos más para la luna nueva: la noche en que aquella agua abriría el paso de par en par y lo dejaría abierto el tiempo justo para que entrara un ejército.
O el justo para que ella decidiera, por fin, de qué lado tenía de verdad la sangre.