10 · La grieta
—Dame las manos.
Ella lo miró desde el jergón como se mira a un perro que de pronto habla.
—Están bien.
—Están en carne viva y se te van a infectar.
Y si se te pudre un brazo y te tienen que cortar, soy yo el que responde por ti.
—Le dejó al lado un cuenco con algo que olía a sebo y a tomillo, de lo que guardaba Mór para las heridas—.
Así que dame las manos. Es por mí, no por ti, si así lo llevas mejor.
—¿Y si os dijera que no me fío? —No movió las manos—. Un lobo que de pronto me cura es un lobo que quiere algo.
—Pues no te fíes. Yo tampoco me fío de ti, y aquí me tienes. —Empujó el cuenco hacia ella—. Resulta que se puede no fiarse de alguien y no querer verlo con el brazo podrido, las dos cosas a la vez. Las manos.
Tardó. Pero al final sacó las manos de debajo de la manta y se las puso delante, con las palmas hacia arriba, como quien se rinde a algo pequeño para no tener que rendirse a algo grande.
Estaban peor de lo que él había pensado.
Los dedos abiertos por mil sitios contra el filo de las conchas, las uñas rotas, la piel de las palmas levantada en tiras.
Manos que no habían cogido en su vida nada más pesado que una aguja, puestas a arrancar mejillón de una roca helada para no darle a Eilidh el gusto de verla negarse.
Lachlan se sentó en el borde del jergón, se la cogió entre las suyas —que la tragaban entera— y empezó a limpiársela, despacio, dedo a dedo.
—Te he visto coser tapices que valían más que esta roca —dijo, sin levantar la vista—. ¿Cómo sabe una de hacer eso y a la vez aguantar un día entero en el agua sin abrir la boca?
—No me habéis visto coser nada. No me conocéis de nada.
—Eso es verdad. —Le pasó el paño mojado por un corte hondo, y ella no apartó la mano, aunque tuvo que dolerle—. No te conozco. Sé lo que eres. No es lo mismo. A veces pienso que es justo lo contrario.
Ella se quedó callada un momento, mirándole las manos trabajar sobre las suyas.
—¿Y qué soy? —dijo, muy bajo—. Decídmelo vos, ya que lo tenéis tan claro.
—Eres lo que me van a colgar por no entregar.
—Lo dijo sin rencor, casi con cansancio, que era peor—.
Eres la que va a seguir bajando al paso a rascar la hora hasta que la tenga.
Eres por la que le mentí a mi padre, que se está muriendo, la primera mentira que le he dicho en la vida.
Eso eres. Lo tengo clarísimo. —Levantó por fin la vista, y la tenía a un palmo, con la lumbre poniéndole oro en el pelo claro—.
Lo que no tengo tan claro es por qué, sabiendo todo eso, estoy aquí curándote en vez de subirte al salón con una cuerda.
—No lo sé.
—No. Tú nunca lo sabes. —Le dejó una y cogió la otra—. Es lo único honrado que tienes: que no me mientes cuando te pregunto eso.
—¿Y si os mintiera ahora? —Lo miró—. ¿Si os dijera que se acabó, que no vuelvo a bajar a ese paso en la vida? ¿Me creeríais?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque te criaron para esto. Sea quien sea el que te crió.
Se te nota, como a un perro de presa se le nota la presa aunque lo tengas dormido al fuego.
—Le pasó el paño por los nudillos abiertos, despacio—.
No es culpa tuya. A mí me criaron para mandar hombres a morir por una roca.
Ninguno de los dos eligió lo que es. Solo nos toca cargarlo.
—Qué cómodo. —Y por primera vez le salió algo afilado de verdad, no de defensa—. Echarle la culpa a la cuna. Así no hay malo en ninguna parte. Lo hizo la sangre, lo hizo el que me crió, yo solo obedezco. Muy cómodo.
—No he dicho que sea cómodo. He dicho que es lo que hay.
—La miró—. Tú y yo, en este cuarto, somos las dos personas con menos culpa y más muertos por delante de toda esta costa.
Y, si te sirve de algo, no te desprecio por lo que vas a hacer.
—Bajó la voz—. Te entiendo. Eso es lo que me jode. Que te entiendo.
Afuera, lejos, se oía la roca preparándose para morir: el martillo del herrero, que no paraba ni de noche; voces en el muro; y debajo de todo el mar, subiendo y bajando, ajeno a los reyes y a los juramentos.
Ella bajó la vista a las dos manos de él cerradas sobre la suya. Tardó.
—¿Por qué guardáis tanto el paso? —dijo, y a él le sonó a rendición y a pregunta de verdad a la vez—. El secreto no. Eso lo entiendo. Esto. La roca. Un peñasco que el mar os deja en tierra dos veces al día y os encierra las otras dos. Podríais vivir en tierra firme. Como gente.
—Podríamos. —Le dio la vuelta a la palma abierta y se la miró como si la respuesta estuviera escrita ahí—.
Pero llevamos trescientos años enterrando a los nuestros en esta roca.
Mi madre está aquí. Mi abuelo. Dos hermanos que no llegaron a andar.
Esto no es una casa, Isobel. Es toda la gente que hemos sido.
—Levantó los ojos—. Por eso se guarda el paso.
Uno no guarda una puerta. Guarda a los muertos que tiene detrás.
A ella se le rompió algo en la cara que él no supo nombrar.
—No me contéis eso —dijo, casi sin voz.
—¿Por qué no?
—Porque me lo estáis poniendo difícil.
Y aquello —los dos lo supieron sin decirlo— fue lo más cerca que estuvo nunca de confesarle quién era y para qué había cruzado la calzada.
—Pues ya somos dos. —Lachlan le cerró la última herida y no le soltó la mano—.
Yo tendría que haberte entregado el primer día.
Y en vez de eso llevo desde entonces despierto de noche por primera vez en veinte años.
Y prefiero estar despierto. Aunque me cueste la roca, y los muertos, y todo.
—Casi sonrió, sin ganas—. Soy el peor Faoláin que ha parido esta familia.
Mi padre tiene razón en mirarme como me mira.
No le contestó. Tenía los ojos puestos en él de un modo que no le había visto nunca —ni en el agua, ni con el nombre de la vieja en la boca—: sin filo, sin cálculo, con miedo.
Y entonces, muy bajo, casi sin enterarse de que lo hacía —él vio el instante exacto en que se le escapó—, empezó a tararear.
La canción.
La de la tormenta. La suya. La que no le había salido a nadie de la boca en veinte años hasta aquella otra noche, y que ahora le brotaba a ella de muy adentro, como si la hubiera tenido guardada todo aquel tiempo en el mismo sitio sin fondo donde guardaba lo que no recordaba.
A Lachlan se le paró todo: la palma sobre la de ella, el aire en el pecho.
Y luego, porque era más fuerte que él y que la guerra, la siguió.
Donde ella la dejó la cogió él, muy bajito, con su voz de hombre por debajo de la suya, y la vieja nana sonó entera por primera vez en veinte años, cantada por las dos únicas personas del mundo que la sabían.
Que eran las dos mismas que la habían cantado la primera vez, en otra casa de piedra, cuando él tenía nueve años y ella no levantaba dos palmos del suelo.
Ella paró de golpe. Lo miró.
—Vos sabéis esa canción —dijo, y le temblaba la voz—. ¿De qué sabéis vos esa canción?
—Sécate esa lágrima —dijo él, en vez de contestar, porque la respuesta era el principio de todo y no era el momento, no con un rey subiendo y una soga esperándola—. Que tú no lloras nunca. Me lo dijiste tú.
—Contestadme. —No se la secó—. Esa canción la llevo dentro desde que tengo memoria y nunca he sabido de dónde me viene. Vos la sabéis. ¿Quién me la cantaba?
—Alguien que te quería. —Y le costó cada palabra como si fueran piedras—.
Cuando eras tan pequeña que no podías guardarlo en la cabeza.
Por eso te sale de dentro sin saber de dónde: porque no la aprendiste.
La mamaste. —Bajó la voz—. Y es todo lo que vas a sacarme esta noche, halcón. Lo demás te lo debo. Pero hoy no.
Pero no se la secó ella. Se la secó él, con el pulgar, despacio, y se quedó ahí, la mano en la cara de ella, porque retirarla era más difícil que dejarla.
Y ella no la apartó. Y se quedaron así, demasiado cerca, con la nana todavía temblando en el aire entre los dos y veinte años de cosas robadas empujando por salir, y Lachlan supo, con la última parte de la cabeza que aún le funcionaba, que si se acercaba un dedo más ya no iba a haber vuelta, ni para la roca, ni para él, ni para nada.
Se acercó más.
—Lachlan.
La voz venía de la puerta. Eachann, con una tea, con la cara del que trae lo que nadie quiere traer.
—Han encendido fuegos en los cerros del sur. Tres. Cinaed avisa: la avanzada del rey está a cuatro días, no a un mes. Tu padre te llama.
Y la guerra, que llevaba toda la noche esperando educadamente al otro lado de la pared, entró por fin en la habitación y se lo llevó.
Lachlan se levantó. Le costó como cuesta arrancarse algo cosido. En la puerta se volvió un momento —no pudo no hacerlo— y la miró: todavía sentada en el jergón, con las manos curadas en el regazo y la cara mojada y aquella canción suya en una boca que no debería haberla sabido nunca.
—Esto no ha pasado —dijo. No supo si se lo decía a ella o a sí mismo.
—No —dijo ella—. No ha pasado.
Lo último que vio de ella, al volverse ya en el pasillo, fue que se había acercado al ventanuco.
No miraba la puerta por la que él acababa de salir.
Miraba hacia abajo, hacia el agua negra que se tragaba la calzada, hacia el paso; quieta, fija, con la misma cabeza fría con que la había sorprendido una vez contando la marea con una concha en la mano.
Y Lachlan, que la había pillado aquel día y sabía leerle esa quietud, supo perfectamente lo que estaba haciendo asomada a la noche. Contar. Días. Mareas. La hora exacta en que aquella puerta —la única que tenía la casa— se abriría para dejar entrar lo que subía del sur.
Lo supo. Y aun así se quedó un instante más en la sombra, mirándola, porque con el pelo del norte suelto y la muerte de todos los suyos en la cabeza le pareció lo más solo que había visto nunca.
Y echó a andar detrás de Eachann a oír cuántos días le quedaba el mundo, queriéndola un poco más; como un imbécil; como el único Faoláin de trece generaciones capaz de poner a una persona por delante de la manada, y saberlo, y no poder parar.