Extraña entre los lobos 9 · El contacto
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9 · El contacto

El recado decía tres palabras y un sitio. «Cuando baje. El mojón.» La letra de Crisdean, deprisa, sin firma, porque entre ellos nunca había hecho falta firma.

Lo quemó en la vela, como le habían enseñado, y a la mañana siguiente, cuando el mar se retiró y el clan se dispersó a sus faenas, bajó al arranque del paso con la concha en la mano por si alguien preguntaba.

Ya tenía permiso del lobo para rascar piedras junto al agua —qué cosa más cómoda, pensó, y qué barata se vendía una a sí misma con un pensamiento así—, de modo que nadie la paró.

Esperó junto al mojón, donde la calzada salía de la roca, con el viento del sur trayéndole por fin algo que no olía a este sitio.

Crisdean apareció por el otro extremo cuando el agua dejó seco el último tramo.

No cruzó del todo; se quedó a media calzada, en la parte que aún miraba a tierra, listo para volverse, con un caballo a la espalda y la capa puesta como la llevaba siempre, echada sobre un hombro.

Y a Isobel, al verlo, se le rompió por dentro algo que llevaba semanas teniendo bien sujeto, porque era la primera cara conocida en mucho tiempo, la única que la había mirado alguna vez sin medir lo que valía.

—Estás flaca —dijo él, en cuanto la tuvo cerca, y le buscó la cara con los ojos como buscándole un daño—. Y tienes las manos hechas un desastre. ¿Qué te hacen estos?

—Trabajar. —Se las escondió—. Como a todos. No me hacen nada que no se hagan ellos.

—Eso no es lo que pregunté.

—Estoy bien, Crisdean. —Y casi se lo creyó al decirlo en su lengua, en la de casa—. ¿Cómo está él?

No hizo falta decir quién. Crisdean apartó un momento la mirada.

—Impaciente. —Volvió a mirarla—. Por eso estoy aquí, Isobel, y no para preguntarte por tus manos, aunque bien sabe Dios que es lo único que quiero preguntarte. Padre necesita la hora. La de la marea. Ya.

—No la tengo.

—Pues tienes que tenerla.

—No es tan fácil. —Bajó la voz, aunque no había nadie—.

¿Tú te crees que esto se aprende mirando el agua un rato?

La hora cambia. Cada día. Con la luna, con el viento, con cosas que solo sabe leer quien ha nacido aquí.

Llevo semanas apuntando y lo único que tengo es lo que hizo el mar ayer, que no sirve para mañana.

El secreto no está en el agua. Está en la cabeza de cuatro viejos que se lo mamaron de crios y se lo guardan como oro.

—Entonces sácaselo de la cabeza a uno de esos cuatro viejos.

—Lo dijo sin crueldad, que fue lo peor; lo dijo como quien explica algo evidente a alguien a quien quiere—.

Te he visto, Isobel. De lejos, estos días.

Te dejan andar por la roca. Te dejan acercarte.

Duermes bajo el techo del que va a mandar en todo esto.

Un hombre así sabe la hora del mar mejor que respira.

Y los hombres, de noche, a una mujer que les escucha, le cuentan cosas que no le contarían ni a su madre.

A Isobel se le secó la boca. Pensó en una abertura sin hoja, en una nana sin palabras, en una capa echada por los hombros con rabia.

—No es de los que cuentan cosas —dijo.

—Todos lo son. Solo hay que dar con lo que les abre. —Crisdean ladeó la cabeza, y por un momento volvió a ser el hermano que le tiraba de la trenza de cría, y eso fue todavía peor—. ¿Qué pasa? ¿Te dan pena?

—No me dan pena. —Mentía, y la mentira le salió fácil con él, porque a él llevaba toda la vida mintiéndole sin saberlo, fingiendo ser su hermana—. Me da igual lo que les pase. Solo digo que no hay tiempo de hacerlo bien.

—No hay tiempo, no. En eso tienes razón, y más de la que crees.

—Miró atrás, hacia el sur, hacia tierra adentro—.

El rey ha movido al ejército, Isobel. Sube.

De Bréos viene con él. En tres o cuatro semanas, esto que ves —señaló la roca, los muros, el humo— es del rey o es ceniza.

Los lobos están muertos. Lo que tú hagas o dejes de hacer no cambia eso.

No salvas a nadie callándote. ¿Me entiendes? No los salvas.

—Entonces ¿para qué...?

—Para que sea rápido. —Dio un paso hacia ella, todo lo que la calzada le dejaba sin mojarse—.

Escucha bien. Si tú nos das la hora, entramos por el paso de noche, sin aviso, y la roca cae antes de que despierten.

Pocos muertos. Casi ninguno, si hay suerte.

Pero si esto se alarga, si hay sitio, si hay asedio.

.. —Hizo una pausa, y la dejó caer—. Tú sabes lo que hace una manada acorralada con el rehén que tiene dentro.

Lo primero que hacen, antes de rendirse, es degollar al crío del enemigo.

Para que el enemigo entre y se lo encuentre.

Isobel se quedó muy quieta.

—Tormod —dijo.

—Así se llama, sí. El nuestro. El que les dimos.

Ocho años. —Crisdean asintió despacio, dejándole tiempo a la palabra para que hiciera todo el daño que tenía que hacer—.

Sangre de Sorne, en ese nido. Si tú abres la puerta a tiempo, lo sacamos vivo.

Si te lo piensas mucho, lo sacamos en un saco.

—Suavizó la voz, y eso fue lo último que le quedaba por hacerle—.

Yo sé que es horrible, hermana. No te pido que no te duela.

Te pido que elijas a quién le duele. Al crío de los nuestros, o a una panda de lobos que el rey va a matar igual, con tu ayuda o sin ella, y que a ti te abrirían en canal en cuanto supieran lo que eres.

—No todos. —Se oyó decirlo y se odió, porque era justo lo que no debía decir delante de él—.

No todos me abrirían en canal. No son lo que nos contaban, Crisdean.

Hay una vieja que cuida de todo el mundo.

Hay críos. Hay una que se tiró al mar por sacar a una niña que ni era suya. No son monstruos. Son gente.

Crisdean la miró largo, y algo le cambió en la cara: no rabia, algo peor. Una especie de lástima por ella.

—Ay, hermana. —Negó despacio—. Te están haciendo lo que se le hace a todo rehén que dura de más en una casa ajena: convertirte en una de ellos.

Hasta tiene nombre, eso. Les pasa a los críos que cambiamos, si los dejamos mucho.

Empiezan a querer a quien los tiene encerrados.

—Le buscó los ojos—. Pero tú no eres una niña a la que se le perdone eso.

Tú sabes lo que eres y para qué sirves. Que sean gente no cambia nada.

La gente también se muere cuando viene un rey.

La pregunta no es si son buenos. La pregunta es de qué lado tienes la sangre.

—Ya no sé de qué lado tengo la sangre —dijo, muy bajo. Y fue lo más cerca de la verdad que había estado nunca con nadie.

—Yo sí lo sé. —Lo dijo con tanto cariño que ella casi le creyó—. La tienes del mío. Tráenos la hora y vuelve a casa, Isobel, y se acabó todo esto: se acabaron los lobos, se acabó la roca, se acabó fingir cada noche que no eres tú. Te vienes conmigo y vuelves a ser quien eres.

El agua había empezado a volver por los dos lados de la calzada. Quedaban minutos.

—Tengo que irme —dijo Isobel, y no supo si lo decía por la marea o por que no aguantaba un instante más oírlo tener razón.

—Una cosa más. —Crisdean le cogió la mano estropeada, la que ella había escondido, y se la apretó, y aquel gesto le dolió más que toda la lógica junta—.

Padre te crió para esto. Lo sabes. No para que te quedaras en casa siendo de adorno, como sus hijos de verdad.

Para algo grande. No le falles ahora, que es lo único que te ha pedido en la vida.

—Le soltó la mano—. Vuelvo dentro de seis días.

Por la hora. No me hagas volver con las manos vacías, Isobel.

No me obligues a contarle a padre que su mejor obra se nos ablandó entre los lobos.

Se volvió y se fue por la calzada medio inundada, con el agua mordiéndole los talones al caballo, y no miró atrás, porque Crisdean nunca miraba atrás; ese había sido siempre su modo de no ver el daño que dejaba.

Isobel cruzó de vuelta a la roca con el agua por los tobillos y el nombre de un niño metiéndosele entre las costillas.

* * *

Arriba, la roca había cambiado de cara mientras ella no miraba.

Ya no estaban a lo suyo de cada día. Estaban preparándose.

Habían bajado lanzas de los ganchos del salón y las repasaban una por una; un herrero machacaba puntas de flecha a un ritmo que no paraba; las mujeres acarreaban agua y grano hacia los aljibes de dentro, lo que se acarrea cuando se sabe que viene un asedio y no se sabe cuánto durará.

Coll y otros viejos discutían en voz baja, señalando el paso, el agua, los puntos por donde un enemigo querría entrar.

Defendían su casa. La única que tenían. La que el mar les guardaba.

Vio a las madres llevar a los críos más pequeños hacia las cuevas de dentro de la roca, las que solo se abrían cuando venía lo peor, y enseñarles a media voz a estarse quietos y callados en lo oscuro.

Las mismas cuevas, supuso, donde la habrían escondido a ella de bebé si los suyos hubieran tenido tiempo de quererla antes de regalarla.

Y pensó, sin querer pensarlo, que el camino por el que Crisdean quería entrar de noche a degollar pasaba justo por encima de aquellas cuevas.

Y mientras lo veía, a Isobel se le cayó encima, por fin y de golpe, todo el peso de lo que era: que aquella gente que afilaba hierro para no morir era la misma a la que ella tenía orden de matar; que el secreto que Crisdean le exigía era la puerta por la que entraría el cuchillo a esas gargantas; que esos —los que la habían sacado del frío, los que le habían puesto un nombre que ella no quería, los de su sangre— eran el precio de un niño al que también querían y que también era suyo.

Tormod pasó corriendo a su lado con una brazada de astiles más alta que él, muy serio, muy importante, ayudando a defender la única casa que conocía contra la gente que lo había engendrado. Se paró al verla.

—¿Tú vas a quedarte a ayudar? —le preguntó, en gaélico, sin saber lo que preguntaba—. Mór dice que cuando vengan, vamos a aguantar todos. Hasta los críos. Hasta tú.

Isobel lo miró. Al niño de Sorne que se creía lobo. Al lobo que se creía suya. A los dos a la vez, porque eran la misma cosa, porque ella había sido la misma cosa veinte años atrás y nadie le había preguntado de qué lado quería ser.

—Sí —se oyó decir, en la única lengua que podía hablarle sin delatarse: la de él—. Me quedo.

Y fue, palabra por palabra, la primera verdad y la primera traición que dijo en aquella roca con la misma boca y en el mismo aliento.

Al fondo, sobre el muro, Lachlan repartía órdenes con el viento echándole el pelo a la cara, organizando la defensa de su gente como llevaban tres siglos haciéndolo los suyos.

Levantó la vista un momento y la encontró a ella, abajo, parada entre el trajín, calada y quieta. No dijo nada. No hacía falta.

Era a él a quien tenía que robarle la hora. Era a él a quien iba a entregar.

Y por primera vez desde que Reynold le puso un cuchillo en la mano y la mandó al norte, Isobel no supo si iba a ser capaz.