8 · La marea
La vio antes de que ella lo viera a él, que era como prefería verlo todo.
Estaba abajo, en el arranque del paso, agachada junto a la línea que el agua acababa de dejar al retirarse.
Y no contemplaba el agua como quien no tiene nada mejor que hacer: estaba trabajando.
Lachlan ya la conocía lo suficiente para notar la diferencia.
La cabeza quieta, los ojos en el filo del agua, los labios contando despacio, y en la mano una concha con la que rascaba una marca en la roca cada vez que el agua bajaba un palmo. Una hilera de marcas.
Le bastó un vistazo para saber lo que era, porque lo había hecho él de crío en casa ajena: medir la única salida.
Lo que su padre llevaba semanas mandándole averiguar, lo que Eilidh gritaba por las esquinas, lo que él se prohibía ver.
Ahí estaba, sobre su propia piedra, rascando la cuenta de la hora a la que el mar le abría la puerta de casa.
Tenía que cogerla del brazo, subirla al salón y enseñársela al clan así, con la concha en la mano y las marcas aún frescas. Lo mandaban el juramento, la sangre y el sentido común, los tres a la vez.
No lo hizo. Bajó.
—Vas a coger frío otra vez.
Ella se levantó de golpe. La concha le desapareció en el puño, rápida; pero no lo bastante.
—Miraba el mar.
—Ya. —Se paró a su lado, los ojos en la hilera de marcas que ella no había tenido tiempo de borrar—. Y le sacas cuentas con una concha. Yo también miro mucho el mar, muchacha. Nunca me ha hecho falta apuntarlo.
—En mi tierra no hay mar. Es curiosidad.
—No me mientas a mí. —No subió la voz; la bajó, que es lo que de verdad asusta—. A los demás, lo que quieras. A mí, no. Sé exactamente qué estás haciendo, porque lo hice yo. Sé lo que vale eso que rascas ahí. Y sé para quién lo guardas.
Ella se quedó muy quieta. Por una vez no tenía la respuesta lista, y a Lachlan le dolió verla buscarla, porque significaba que hasta entonces todas las demás las había tenido preparadas de antemano.
—¡Lachlan!
La voz de Eilidh, desde el adarve, bajando ya hacia ellos por las escaleras de la roca.
—¿Qué hace esa ahí, en el paso, sola? Llevo un rato viéndola agacharse y enderezarse como una urraca. ¿Tú sabes lo que está…?
Y Lachlan, sin apenas pensarlo, hizo lo que no había hecho en toda su vida: mentir a los suyos para tapar a una de fuera.
—Lo sé, sí. —Alto, claro, cortándole el paso a Eilidh antes de que llegara—.
La he mandado yo. Que se aprenda la roca, las horas, el agua.
Mejor que sepa por dónde no se puede escapar, ¿no te parece?
Una rehén que conoce los límites de su jaula da menos guerra que una que los anda tanteando a oscuras.
—Le quitó a Isobel la concha de la mano, como quien le quita un juguete a un crío, y la lanzó al agua—. Por hoy ya ha aprendido de sobra.
Eilidh los miró a los dos. No se lo tragó —Eilidh no se tragaba nada—, pero contra la palabra del que iba a ser laird no tenía con qué.
—Tú sabrás. —Cada palabra, una piedra—. Eres tú el que responde por ella. Con la tuya. No se te vaya a olvidar.
Y se marchó. Pero se marchó mirando a Lachlan, no a Isobel. Eso era nuevo. Y era malo.
Se quedaron solos, con el viento y el agua subiendo despacio por el paso.
—¿Por qué? —La voz de ella, baja, de verdad desconcertada por primera vez desde que llegó—. Le acabáis de mentir a la vuestra. Por mí. Podíais haberme entregado y no lo habéis hecho. ¿Por qué?
—No lo sé. —Y fue lo más verdadero que le había dicho en su vida—. Esa es la parte que debería darte miedo a ti. Y me lo da a mí.
La tenía a un palmo. Calada de rodillas, despeinada por el viento, con los ojos claros buscándole en la cara una respuesta que él tampoco tenía.
Y durante un momento —uno que le costó más cerrar que ganar una pelea— a Lachlan se le olvidó que aquella mujer era un cuchillo con faldas que le habían mandado para abrirle la garganta a su casa, y solo vio lo otro: lo que llevaba viendo desde que la sacó del canal con una cría en brazos.
Que estaba viva de una manera que a él, entre tanto moribundo, se le había olvidado que se podía estar.
Dio un paso atrás. Por los dos.
—Escúchame bien. —Y ahora sí fue el jefe quien habló—. Hoy te he tapado. Hoy. No te acostumbres. La próxima vez que te pille rascando la hora del mar en mi piedra, no va a haber ningún "la he mandado yo". Va a haber un juicio, y una soga, y voy a tener que estar delante mirando. ¿Me entiendes?
—Sí.
—Y aun así vas a seguir intentándolo.
No era una pregunta. Ella no lo negó. Y aquella honradez —que no se molestara en jurarle que no, que no le insultara ofreciéndole una mentira fácil— fue lo más parecido a la ternura que se dijeron en toda la mañana.
—Sube a secarte. Y reza por que Eilidh tenga mala memoria.
* * *
A su padre lo encontró peor que por la mañana, y a su padre, por la mañana, ya lo había encontrado mal.
—Ha venido un hombre de los de Cinaed —dijo Domhnall sin preámbulo, en cuanto lo oyó entrar; todavía le quedaba oído para saber quién cruzaba la puerta—. Del otro lado del fiordo. Trae noticias, y de las que no mejoran solas.
—¿El rey?
—El rey. —Tosió, y la tos le duró más que las ganas—. Ha sacado tropas de las plazas del sur. Suben. Despacio, como sube esa marea de ahí fuera: sin que parezca que sube, hasta que la tienes en el cuello. Y Cinaed dice que con ellas va el justiciar. Ese de Bréos.
A Lachlan el nombre no le sonaba a nada bueno. Le sonaba a lo que les sonaba a todos en la costa: a papeles del rey, a hombres de armas y a tierras que cambiaban de dueño sin que la tierra dijera nada.
—¿De Bréos sube al norte?
—De Bréos va a donde haya tierra que quitarle a alguien que no tenga con qué defender que es suya. Y aquí sobra tierra y faltan papeles.
—¿Cuánto tardan en llegar?
—Semanas, dice Cinaed. Un mes con suerte y mal tiempo, no más. Lo que tarde el deshielo en abrir los pasos de tierra. La Corona también espera su marea, a su manera.
—¿Y Cinaed aguanta con nosotros?
—Cinaed aguanta mientras le salga más barato aguantar que venderse.
El día que el rey le ofrezca conservar lo suyo a cambio de mirar a otro lado mientras nos aplasta, mirará a otro lado.
No tenemos aliados, hijo. Tenemos vecinos con la misma soga al cuello, que es distinto: cada uno tirará de la suya.
El viejo se incorporó un poco, con un esfuerzo que le costó el aire de tres frases.
—Escúchame, que para esto sí me queda voz.
Tres siglos llevamos en esta roca, ¿y sabes por qué?
No por la piedra. La piedra la tira cualquiera con tiempo y hombres.
Aguantamos porque el mar nos guarda, y porque nadie de fuera ha sabido nunca a qué hora se cruza.
Ese ha sido siempre el muro de verdad, hijo. La hora. No el muro.
Lachlan no dijo nada. Tenía la concha de ella metida en la cabeza, y la hilera de marcas frescas en la roca, y a su padre delante diciéndole, sin saberlo, el precio exacto de lo que él acababa de tirar al agua para que no lo viera nadie.
—¿Y la cría? —dijo Domhnall, y giró la cara hacia él—. La que te puse al cargo. ¿Ya has averiguado qué nos metieron dentro de ella?
Y Lachlan, que en toda su vida no le había mentido a su padre, se oyó hacerlo.
—Una rehén asustada que no se acuerda de nada —dijo—. Nada más.
—Mmm. —Domhnall lo miró largo, con unos ojos que la fiebre no había apagado del todo—.
De crío fuiste siempre mal mentiroso. Me consuela ver que no has mejorado con los años.
—No insistió; le faltaba aire para insistir—.
Sea lo que sea, hijo, acuérdate de una cosa cuando yo ya no esté para recordártela.
Esta roca sigue de pie porque ningún Faoláin antes que tú puso jamás a una sola persona por delante de la manada.
Ninguno. Por mucho que le costara. Por mucho que la quisiera.
Aquello le cayó a Lachlan justo donde su padre, ciego de fiebre, no podía saber que iba a caer.
—Descansa —dijo, porque no le quedaba otra cosa honrada que decir.
* * *
Lo vinieron a buscar de noche.
Uno de los vigías, el chico de Eachann, bajó hasta su puerta con la respiración corta de haber corrido.
—Señor. Algo raro en la orilla del sur, con la última bajamar. Un jinete. Uno solo.
—¿Cruzó?
—No. Se quedó en tierra firme, a la orilla, un rato corto, y se volvió por donde había venido sin acercarse al paso. —El muchacho dudó—. Pero antes de irse dejó algo atado en el mojón del cruce. No lo hemos tocado, por si era trampa.
Lachlan supo lo que era antes de tenerlo en la mano. Un jinete de Sorne que sube de noche hasta el filo del agua, deja algo en el mojón y se vuelve sin cruzar no viene a pedir treguas. Viene a hablar con alguien de dentro. Con la única persona de dentro que seguía siendo de fuera.
Bajó él solo, con una tea, lejos de los ojos de los demás.
En el mojón, atado con un cordel, había un rollo de cuero sin sello.
Lo desató. Dentro, en una letra apretada y rápida —ni de cura ni de noble, letra de quien escribe deprisa y para que lo lea una sola persona—, unas pocas líneas. No en la lengua de los lobos.
En la de ella.
Y Lachlan, que esa lengua la leía tan bien como la hablaba, se quedó mirando aquellas líneas a la luz de la tea un buen rato, con el pulgar encima del primer renglón, sin bajarlo.
Le bastaba con leer. Tenía la prueba en la mano: la hora robada por la mañana, el contacto de Sorne por la noche, todo encajando como encaja una trampa cuando se cierra.
Le bastaba con leerlo, subir al salón y dejarlo caer sobre la mesa delante de su padre, de Eilidh y de los cuarenta, y se acababa el problema, y se acababa ella, y volvía él a ser el Faoláin que no puso a nadie por delante de la manada.
No leyó.
Enrolló el cuero otra vez, despacio, lo ató con su cordel tal y como lo había encontrado, y lo volvió a dejar en el mojón, en el sitio exacto, para que a la mañana siguiente, cuando se retirara el agua y ella saliera a rascar sus cuentas en la piedra, lo encontrara quien tenía que encontrarlo.
Porque leerlo era saberlo, y saberlo era tener que actuar, y actuar era mirarla colgar de una soga; y Lachlan ya sabía, subiendo otra vez la cuesta a oscuras con el oleaje rompiéndole a la espalda, que ese era exactamente el hombre que ya no era capaz de ser.
Su padre tenía razón en todo. En todo menos en una cosa.
Ya había un Faoláin que ponía a una persona por delante de la manada.
Y era él.