7 · Sorcha
La marea más baja del mes dejó la roca casi pegada a tierra, y el clan entero bajó a los arrecifes a quitarle al mar lo que el mar solo soltaba dos veces al año: mejillón negro, oreja de mar, algas para secar de cara al invierno.
Era una costumbre vieja, de antes del primer cura, y se hacía en silencio hasta que Mór decía las palabras.
Las dijo de cara al agua, con los brazos abiertos, en una lengua tan vieja que ni los viejos la seguían entera.
—Lo que das, lo tomamos. Lo que pidas, te lo pagaremos. Pero hoy no te llevas a ninguno de los nuestros.
Y el clan se metió en los charcos.
—Hoy el mar da y no cobra. —Tormod había aparecido a su lado con un cesto más grande que él—. Dos veces al año, dice Mór. Si no bajas a coger lo tuyo, es como decirle que no lo quieres, y se ofende. ¿Tú vas a coger lo tuyo?
—No sé cuál es lo mío —dijo Isobel.
—Pues coges de todo y luego repartes. —Se encogió de hombros, como ante una tonta, y se metió en el agua.
Isobel miró bajar la marea y se odió un poco por lo bien que le venía verla.
Aquella era la hora que Reynold quería: el paso entero al aire, seco de un extremo a otro, el camino a la roca abierto de par en par para cualquiera que supiera a qué hora se abría.
La estaba aprendiendo. Cada día un poco.
Pero la hora se le escurría como el agua entre los dedos —hoy se había abierto a media tarde, mañana sería otra— y Coll tenía razón: eso no se aprendía mirándolo.
—¿Y la del halcón? —La voz de Eilidh cruzó el arrecife, alta, para que llegara a la última piedra. En gaélico, como le hablaban siempre delante, seguras de que la de fuera no las entendía—. ¿No trabaja, la del halcón? Claro. Las manos de salón no se mojan, no se vayan a estropear.
Risas. No de todos. Pero de bastantes.
—Déjala, Eilidh —dijo un hombre mayor, sin mucha convicción, de los que dicen "déjala" para que conste que lo han dicho—. Bastante tiene.
—¿Bastante? Bastante tenemos los demás, que dormimos con una víbora de Sorne suelta por casa. —Le tiró un cesto vacío a los pies, y esta vez lo dijo en la lengua de Sorne, mal hablada pero clara, para no dejarle salida—. A trabajar, como todas. Aquí el que no trabaja, no come. Tampoco las espías.
Isobel cogió el cesto. No por obedecerla; por no darle el gusto de verla negarse. Se metió en el agua helada hasta las rodillas y se puso a arrancar mejillón de la roca con los dedos, igual que los demás, hasta que dejó de sentírselos y luego empezaron a sangrarle contra el filo de las conchas.
—Fíjate qué manos. —Eilidh se paseaba por las rocas como dueña de cada una—.
De no haber cogido en su vida nada más pesado que una aguja de bordar.
Y nos la mandan para "hacer las paces". —Se acuclilló por encima de ella, la lanza cruzada sobre las rodillas—.
Di algo, halcón. ¿O en tu casa os enseñan a poner cara de cordero y a callar mientras los hombres deciden a quién se degüella?
Isobel se enderezó. Tenía los dedos en carne viva y los labios morados de frío; y aun así, cuando habló, le salió la voz lisa de salón, la que no se le caía ni en agua helada.
—En mi casa me enseñaron a no gastar saliva con quien ya ha decidido odiarme antes de conocerme. —Volvió a agacharse al mejillón—. Tú sigue. No me molestas.
A Eilidh aquello le borró la sonrisa más rápido que cualquier insulto. Se levantó despacio.
—Te crees que con cara de mártir nos vas a ablandar. A mí no, halcón. Yo sé lo que eres. Y el día que esta roca arda por tu culpa, voy a ser yo quien te abra a ti de arriba aba…
No terminó.
No terminó porque alguien gritó. Un grito de mujer, corto, de los que paran el corazón antes que el oído.
Isobel levantó la cabeza a tiempo de ver lo que veían todos: el mar había vuelto sin avisar —una lengua de agua se había colado por el otro lado del arrecife mientras nadie miraba— y en una roca baja, ya cercada, cortada de tierra por un canal que crecía a ojos vistas, había una cría.
Tres años. Cuatro. La hija de alguien. Pegada a la piedra, con el agua subiéndole por las piernas, demasiado lejos para que el grito la alcanzara y demasiado pequeña para nadar.
Por un instante —el que tarda el miedo en decidir por uno— no se movió nadie.
Los hombres estaban en el otro extremo, hundidos hasta el pecho.
La madre corría y no iba a llegar. Hasta Eilidh, con toda su lanza, se había quedado clavada haciendo el cálculo que les salía a todos igual: que para cuando alguien llegara, ya no habría a quién.
Isobel no calculó. Eso fue lo raro, lo que después no se perdonaría ni se sabría explicar: que ella, que medía cada paso antes de darlo, que tenía una misión y un solo cuerpo para cumplirla y mil razones para no jugárselo por una cría de lobos a la que en el fondo había venido a ayudar a matar, soltó el cesto y echó a correr hacia el canal antes de que la cabeza pudiera decirle que no.
El frío le partió el aire en dos. El fondo se le escapaba a cada paso y la corriente le tiraba de la falda hacia mar abierto como una mano que agarra.
Llegó a la roca con el mar por el pecho, cogió a la cría —que se le colgó del cuello con la fuerza ciega del que se ahoga— y dio media vuelta.
Y la vuelta fue peor que la ida, porque ahora la corriente la empujaba de costado y ella no era nadadora, no lo había sido nunca, y durante un instante eterno los pies no tocaron nada y estuvo segura de que se las llevaba a las dos.
Tocó piedra. Una, otra. Empujó con todo lo que le quedaba y salió a la roca alta medio a rastras, escupiendo sal, viva, con la niña entera y berreando encima.
El arrecife se había quedado mudo. Cuarenta lobos mirándola, y en ninguna cara quedaba ya el desprecio de antes.
La primera en moverse fue la madre, que llegó dando tumbos y le arrancó la cría del pecho, palpándola entera para creérsela viva.
—Gracias —sollozó, en gaélico, sin acordarse de que la otra no entendía—. Gracias, gracias.
Isobel no contestó. Porque la entendía perfectamente, y porque no había nada que pudiera decir sin delatarse.
—Se ha metido en el canal —dijo alguien, bajo, como quien no acaba de creérselo—. La del halcón se ha metido en el canal.
—La del halcón no se mete por uno de los suyos —dijo otro—. Y se ha metido por uno de los nuestros.
Tormod se había abierto paso a la primera fila y la miraba con la boca abierta.
—Yo lo sabía —le soltó, en gaélico, muy serio—. Sabía que eras de las nuestras.
Mór bajó de las rocas despacio, apoyada en los hombros de la gente, y se paró delante de ella, que seguía de rodillas, temblando de frío y de lo otro. La miró largo. Miró el agua de la que acababa de salir. Y habló, no a ella sino a todos, en una voz baja que llegó igual a la última piedra:
—¿Lo veis? Eso no lo hace la del halcón. La del halcón se queda en la orilla mirando cómo se ahoga lo nuestro, que es a lo que vino. —Una pausa—. Eso lo hace la sangre. Y esa sangre fue nuestra antes que de nadie.
Se agachó. Le puso a Isobel una mano seca y fría en la mejilla mojada. Y dijo el nombre —el que llevaba veinte años sin sonar en aquella roca, el que se había tragado la noche en que ella llegó—, y se lo dijo en su lengua, en la de Sorne, para no dejarle ni el refugio de fingir que no entendía.
—Sorcha.
La palabra le cayó encima como le había caído la canción la noche de la tormenta: por debajo de la razón, en un sitio que ella no sabía que tuviera.
—Así te llamabas —dijo Mór—. Antes de que te pusieran lo otro por encima.
—Ese no es mi nombre. —Le salió ronca, con sal todavía en la garganta. Pero le salió—. Me llamo Isobel.
—Lo uno no le quita lo otro, niña.
—Me llamo Isobel. —Más alto, como quien se agarra a una piedra en un canal que crece—. No sé qué es esa palabra. No significa nada. No es mía.
—Llamadla como queráis. —Eilidh, desde atrás, la voz tirante—. Que se meta en cien canales. Una loba no se hace en una tarde por mojarse el vestido. Sigue oliendo a halcón. Y el día que el halcón haga aquello a lo que vino, no me digáis que no os avisé.
Nadie le contestó. Mór ni la miró. Y ese no mirarla dijo más que cualquier respuesta: que la vieja, que en cosas del nombre y de la sangre mandaba más que ningún laird, ya había decidido.
Isobel se levantó. Buscó entre las caras la única que llevaba seis días buscando sin saber por qué, y la encontró al fondo: Lachlan, quieto como todos.
Solo que él no miraba lo que ella había hecho.
Miraba el nombre. Como si lo hubiera oído antes.
Como si le doliera a él tanto como empezaba a dolerle a ella.
Fue hacia él chorreando, sin pensarlo, con la gente abriéndose a su paso.
—Esa palabra. —Le salió antes de medirla—. La de la vieja. Vos la conocéis. Os he visto la cara.
—He oído muchas palabras en mi vida.
—A mí no me mintáis. —Le temblaba la voz, y no era solo el frío—. ¿Qué es? ¿Qué significa?
La miró un momento que se le hizo largo, y por un instante ella creyó que iba a decírselo, que lo tenía entero detrás de los dientes, como la noche en que le preguntó por la cicatriz.
—Significa lo que tú quieras que signifique —dijo al fin—. O no significa nada. Lo has dicho tú misma: no es tu nombre.
—Entonces, ¿por qué os tiembla a vos la mano al dármela? —Porque le temblaba; lo estaba viendo—. A vos, que no os tiembla nunca.
—Hace frío. —Y mintió tan mal como había mentido ella un momento antes con el nombre, y los dos se dieron cuenta a la vez.
Se quitó la capa y se la echó a ella por los hombros, casi con rabia, sin mirarla a los ojos.
—Sécate. Vas a coger frío.
Y se fue, como se iba siempre, dejándola con una pregunta más y ninguna respuesta. Y con una certeza nueva, más fría que el canal: que aquel hombre sabía de ella algo que ella misma no sabía.
Calada hasta los huesos, con un nombre que no era el suyo metiéndosele en el cuerpo igual que el agua del mar, a Isobel le entró por fin el miedo de verdad.
No el de morirse en un canal. El otro. El de no estar segura, por primera vez en su vida, de quién iba a levantarse con su cara a la mañana siguiente.