Extraña entre los lobos 6 · Lo que fuimos
15%

6 · Lo que fuimos

—¿Siempre truena así aquí?

La voz le llegó por la abertura sin hoja, desde la alcoba a oscuras. A Lachlan le costó contestar: hacía rato que la oía no dormir —el jergón crujiendo cada vez que se daba la vuelta— y llevaba ese rato fingiéndose dormido para no tener que hablarle.

—En invierno, sí —dijo al fin—. El mar le pega a la roca y la roca le devuelve el golpe toda la noche. Te acostumbras.

—No creo que llegue a acostumbrarme a nada de aquí.

—Ya. Eso decía yo también.

Lo soltó sin pensar, y se arrepintió en cuanto lo oyó, porque al otro lado se hizo uno de esos silencios que escuchan.

—¿Eso decíais vos? —Con cuidado—. No sabía que un lobo hubiera dicho nunca una frase así.

—Los lobos decimos muchas frases que no os imagináis. Duérmete.

—No puedo. —El jergón crujió otra vez—. Contadme dónde la decíais.

Tenía que haberse callado. Pero era de noche, y tronaba, y aquella roca temblaba igual que había temblado hace veinte años otra casa de piedra muy lejos de allí; y a un hombre, de noche y con truenos, se le ablandan cosas que de día tiene a buen recaudo.

—En el sur —dijo—. De crío. Cuatro inviernos en una casa que no era la mía.

—¿De rehén?

—¿De qué si no? —El viento metió un silbido por el ventanuco—.

El juramento va en los dos sentidos, muchacha.

Por cada cría vuestra que criamos nosotros, uno de los nuestros durmió en cama de los vuestros, por si acaso.

Para que a ningún bando se le ocurriera rebanarle el cuello a los hijos del otro. Yo fui uno de esos niños.

—No lo sabía.

—No tenías por qué. —El viento metió otro silbido por el ventanuco—.

En una casa así se aprenden cosas, muchacha.

Aprendes a leerle la cara a la gente antes de que abra la boca, para saber qué noche conviene no hacerse notar.

Aprendes a contar las salidas de cada cuarto sin que se te vea contarlas.

Aprendes a no enseñar nunca lo que sientes, porque lo que enseñas te lo usan en contra.

Un crío no debería aprender eso. Lo aprende igual, si quiere llegar a grande.

Al otro lado del muro hubo un silencio, y luego ella dijo, muy bajo:

—Sí. Eso se aprende.

Y Lachlan frunció el ceño en lo oscuro, porque aquello —eso se aprende, dicho con la certeza de quien lo ha gastado en su propia carne— no lo decía una niña criada entre algodones.

Lo decía alguien a quien también le habían enseñado a contar puertas.

Lo guardó donde guardaba las demás cosas de ella que no le cuadraban.

—Yo no me crié de rehén —dijo ella entonces, demasiado pronto, como quien se da cuenta de que ha enseñado un naipe de más y lo recoge—. A mí me criaron como a una hija.

—¿Como a una hija —dijo él—, o te lo dijeron mucho?

No contestó enseguida. Y aquel silencio le dijo a Lachlan más que cualquier respuesta.

—¿Y a vos? —preguntó ella al cabo, cambiando el peso de sitio—. ¿Qué os hacía aguantarlo? Cuatro inviernos, de crío, lejos de todo. ¿En qué se piensa para no volverse loco?

—En que un día vendrían a por mí. —Eso no le costó; eso ya no dolía—.

Me dormía seguro de que a la mañana siguiente cruzaría alguien aquella puerta, diría mi nombre y me llevaría a casa.

Tardaron cuatro años. Pero un día cruzaron, y dijeron mi nombre, y vinieron.

—Una pausa—. ¿Y tú? De cría. ¿En qué pensabas para dormirte?

—Ya os lo he dicho. No me acuerdo de ser cría.

—La voz le llegó plana, aunque no del todo—.

Es como si yo hubiera empezado entera, con doce años ya hechos.

Atrás no hay nada. Ni una nana, ni una cara, ni una puerta.

—Algo se le movió por debajo de las palabras—.

A lo mejor es que no pensaba en nada. O a lo mejor es que no había nadie que fuera a cruzar ninguna puerta a decir mi nombre.

No todo el mundo tiene a quien venga a buscarlo.

Y eso —no había nadie— le cayó a Lachlan en mitad del pecho, porque sabía que era mentira y sabía que ella la tenía por verdad, que son las dos peores maneras de mentir juntas en una sola frase.

—¿Sabéis lo que me contaban de vosotros, de pequeña?

—dijo ella de pronto, y por una vez no parecía estar midiendo nada—.

Que los lobos del norte comíais la carne cruda.

Que dormíais con los perros. Que a las niñas como yo os las llevabais para que no volvieran nunca.

Me dormía con eso metido en la cabeza. Le tenía más miedo a esta roca que a morirme.

—Bajó aún más la voz—. Y llevo tres noches aquí, y lo único que me ha dado miedo de verdad ha sido una canción.

—Los cuentos no los inventa el que los cuenta. Los inventa el que quiere que tengas miedo. —Lo dijo despacio, midiéndolo él también ahora—. A ti alguien te crió con mucho miedo encima, muchacha. Algún día pregúntate para qué.

No le respondió a eso. Pero al otro lado la oyó quedarse muy quieta, como quien recibe una piedra que no esperaba.

—El hombre que me crió me quiere —dijo luego, y por primera vez hubo filo en su voz; el filo del que defiende lo único que tiene—. No sé qué juego os lleváis vosotros con esto, pero a él dejadlo fuera.

—No he dicho que no te quiera. —Eso lo dijo con cuidado—. He dicho que te crió con miedo metido en el cuerpo. Las dos cosas caben juntas en un hombre, muchacha. Esas sí que caben.

Eso la calló.

—¿Y vos por qué no dormís? —dijo después de un rato, y se notaba que prefería el cuchillo apuntando a otra parte—. Ya no sois un crío esperando que alguien venga.

—No. Ahora el que tiene que venir, por los demás, soy yo.

—Tendría que haberse callado. No se calló—.

Mi padre se muere. Lo sabe la roca entera, así que no te descubro ningún secreto.

Cuando falte, todo esto es mío: la gente, la piedra, el juramento y un rey que sube por el sur con hambre de tierra y al que tres siglos de Faoláin le estorban en el mapa.

De día sé cargar con ello. De noche, cuando no me ve nadie, a veces me pregunto si no seré yo el que pierda en una vida lo que no perdió ninguno de los míos antes.

Se calló de golpe. Se oyó desde fuera y no se reconoció: aquello no se lo había dicho a nadie, jamás, y se lo estaba diciendo, a estas horas, a la última persona del mundo a la que debía decírselo. La guardia se le había caído entera sin sentirla caer.

—No sé por qué te cuento esto.

—Porque es de noche —dijo ella—. De noche se cuenta lo que de día se guarda. Lo habéis dicho vos.

—Pues olvídalo en cuanto salga el sol.

—Yo no olvido nada de lo que me dicen. —Una pausa—. Esa es mi suerte y mi desgracia. Justo al revés que con lo de antes.

Le tocó callarse a él. Porque a un lado de aquel vano había una mujer que no recordaba su propia infancia, y al otro un hombre que la recordaba por los dos, y entre los dos no había más que un palmo de piedra y veinte años de cosas que era mejor no remover.

—¿Por qué me lo cuentas tú a mí, en el fondo?

—dijo, y la voz se le puso de jefe sin quererlo—.

Tú, que vienes de donde vienes. Si mañana pudieras, le abrirías a esta roca la puerta de par en par a quien me quiere muerto.

Las dos cosas a la vez no caben, muchacha: hablarme así en lo oscuro y ser lo que eres.

El silencio fue largo.

—No —dijo ella al fin—. No caben.

Pero no dijo cuál de las dos sobraba, y él no se atrevió a preguntárselo, porque a oscuras todavía podía creerse la respuesta que más falta le hacía.

Un trueno más largo que los otros hizo temblar la llama del cabo de vela, y al otro lado del hueco la oyó moverse, arrimarse, como si el palmo de piedra que los separaba se le hubiera quedado de pronto demasiado ancho.

—¿Seguís ahí? —preguntó ella. Y no era la espía la que preguntaba; era la otra, la que llevaba debajo.

—Aquí sigo.

—Pues no os calléis. Decid algo. Lo que sea. —Otro trueno le partió la voz—. Mientras hablabais no se oía tanto el mar.

Cayó un rayo cerca —de los que se ven un instante por el ventanuco antes de oírse— y un golpe de mar sacudió la roca hasta los cimientos, y al otro lado del vano la oyó tomar aire de golpe. Un sonido pequeño. De cría.

Y entonces le pasó por encima, entero, lo que llevaba veinte años sin dejarse pasar: la primera tormenta bajo aquel techo ajeno, él con nueve años, ella sin levantar dos palmos del suelo, metiéndosele bajo el brazo como un cachorro busca el sitio caliente, temblando con cada trueno.

Y él, que tampoco entendía aquella casa ni aquella lengua ni por qué los habían dejado allí a los dos solos, cantándole bajito lo único que sabía cantar, una vez y otra, hasta que se le quedaba dormida encima.

Nueve años tenía. No le había vuelto a cantar a nadie en la vida.

—¿Tienes miedo? —preguntó hacia el hueco oscuro.

—No.

—Ya.

Y sin decidirlo —porque la guardia de un hombre también se duerme de madrugada, aunque él no quiera— se descubrió haciéndolo: tarareando, muy bajo, casi sin voz, la canción de entonces.

La que no le salía de la boca desde la noche en que se la quitaron de debajo del brazo y se lo llevaron a casa sin ella.

Al otro lado de la abertura, el silencio cambió. Dejó de ser el de quien escucha. Se volvió el de quien ha dejado de respirar.

Paró. Se sintió ridículo: un hombre hecho, un jefe de guerra, canturreándole a oscuras una nana a la mujer que pensaban usar para abrirle a los halcones la única puerta de su casa. Se maldijo por dentro. Iba a darse la vuelta y a callar para siempre.

Y entonces, desde la oscuridad, muy bajito, sin una sola palabra —solo el aire de la voz puesto en la tonada—, ella siguió la canción por donde él la había dejado.

La siguió entera. Sin perderse. Hasta el final de la frase, como quien lleva una cosa dentro toda la vida sin saber siquiera que la lleva.

Después se cortó en seco, como si se hubiera oído desde fuera y le hubiera entrado miedo de sí misma. Y en aquella casa de piedra que temblaba con cada embate del mar, la voz de ella —perdido del todo ya el filo cortés del salón— preguntó lo único que él no sabía contestar sin caerse por dentro:

—¿Quién me cantaba eso?

Lachlan no contestó.

Porque la respuesta —yo; te la cantaba yo, las noches que tú no recuerdas— no era de las que un carcelero le da a su rehén, ni un lobo a la que le han mandado para degollarlo con una sonrisa.

Era una respuesta que solo podía darle un crío de nueve años que ya no existía a una cría que tampoco existía, y los dos llevaban veinte años enterrados debajo de todo lo que les habían obligado a ser después.

Así que se quedó callado en lo oscuro, oyéndola respirar otra vez, con el corazón portándose justo como Mór le había avisado que se iba a portar.

Afuera, el mar seguía pegándole a la roca.

La roca, por esa vez, no le devolvió el golpe.