5 · La proximidad
—Aquí no hay puertas con llave —dijo él, delante de ella, sin volverse, mientras el candil le iba arrancando paredes a la oscuridad—. Por si era eso lo que ibas contando.
No le contestó enseguida. Había estado contando, claro: tres recodos desde el salón, una escalera de catorce peldaños, dos hombres de guardia que no fingían no mirarla. Pero a un carcelero no se le dice lo que una cuenta.
—Contaba los pasos —dijo—. No conozco la casa. Tropezar a oscuras en sitio ajeno es de tontos.
—La vas a conocer. —Apartó una piel que hacía de cortina—. Aquí duermes.
Era una alcoba y nada más: un jergón, una manta de lana basta, un arca, un ventanuco por donde entraba el ruido del mar. Y en la pared, una abertura sin hoja que daba a una estancia mayor, oscura, con un lecho deshecho.
—Esa es la mía —dijo, por si no lo había entendido con los ojos, que sí—. Si la cruzas de noche, te oigo. Si la cruzo yo, me oyes. Así dormimos los dos mejor.
—¿Esto es guardarme o vigilarme, mi señor?
—Contigo es lo mismo.
—¿Y qué soy yo aquí, entonces? ¿Una invitada o una presa?
—Un cargo. —Lo dijo como quien nombra una herramienta—. La ley manda que responda por ti. Comes de lo que yo coma, andas por donde yo ande, y el día que esta roca sangre por tu culpa, lo pago yo. Así que pórtate, que bastante tengo encima sin una rehén que me enrede la cuenta.
—Vaya consuelo. Un guardián al que le estorbo.
—No me estorbas. Me preocupas, que es peor. A lo que estorba se le da una patada y sigues andando. A lo que preocupa hay que mirarlo de noche.
—Pues no me miréis. Dormiré quieta.
—Eso lo veremos.
Hablaba así, sin una capa de más, y a ella le gustó aquella sequedad más de lo que le habría gustado una cortesía. En Sorne todo se decía con tres capas. Este hombre lo decía con una.
—Habláis mi lengua mejor que vuestra gente la suya. —Lo midió como se tantea el hielo con la punta del pie, sin cargar el peso—. ¿Dónde se aprende eso, tan al norte?
Algo le cruzó la cara. No supo qué; lo tapó deprisa, mejor de lo que lo tapaba la mayoría de la gente.
—Lejos —dijo—. Hace mucho.
—Es una respuesta corta.
—Es la que hay. —Dejó el candil en el arca—. Duerme. Mañana verás dónde has venido a caer, y no es lo que te han contado de nosotros.
—No sé qué me han contado.
—Ya. —En el vano se detuvo, y se volvió a medias—. Tampoco te acuerdas de tu madre. Ni de una cara. Ni de un nombre. —No lo dijo con saña; lo dijo como quien repasa una cuenta que no le cuadra—. Para venir de tan lejos, recuerdas tú muy poco.
—No se elige lo que se recuerda.
—No —concedió él—. Eso es verdad. —Ya en el vano, medio vuelto—. Aunque a veces sí se elige lo que se finge no recordar. Buenas noches, Isobel.
Era la primera vez que alguien pronunciaba su nombre en aquella roca, y en boca de él le sonó a dos cosas a la vez: a acusación y a algo más que no supo nombrar.
Y se fue, con el candil, y la dejó con un cabo de vela y la roca temblando por debajo cada vez que el mar la embestía.
Sola, se sentó en el jergón sin desvestirse. Por debajo del vestido, atado al muslo, el cuchillo de mango liso seguía donde Reynold lo había dejado: lo único de casa que tenía consigo, y era una hoja. Buena pista de qué clase de casa era la suya.
Olía a turba, a lana, a sal. No conocía aquel olor y, sin embargo, al respirarlo el cuerpo se le aflojó un punto, igual que se afloja uno en un cuarto donde ya ha dormido alguna vez.
Bobadas. No había dormido allí en su vida.
La roca, debajo; el mar, alrededor; y un solo trabajo: la isla dejaba de serlo dos veces al día, y ella había venido a averiguar a qué hora exacta.
Lo demás —el olor, el lobo que le hablaba en su lengua, lo que aquel sitio le ablandaba en el pecho sin pedirle permiso— era ruido.
Y a ella no la habían criado para el ruido.
Se durmió oyendo bajar la marea, y no supo a qué hora bajó.
* * *
De día, la roca era otra cosa.
La dejaron salir al patio con un hombre detrás, siempre el mismo, que no le dirigía la palabra.
Y lo que vio no eran los monstruos de los cuentos de Sorne, donde los lobos comían niños crudos y dormían sobre pieles sin curtir.
Vio mujeres remendando redes. Vio a un herrero regatear el precio de una reja como en cualquier mercado del sur.
Vio críos. Vio a un viejo echar de comer a las gaviotas, a las que en Sorne se mataba a pedradas. Gente.
Lo apuntó por dentro —gente— y, en la misma línea, debajo, apuntó lo otro: que la gente también se muere cuando alguien le abre la puerta de noche, no fuera a ablandársele la mano por una red bien cosida.
Una mujer joven, al verla cruzar, agarró a su hijo y lo apartó como se aparta a un crío de un perro que no se sabe si muerde. Y le dijo a otra, en gaélico, sin bajar la voz, segura de que la de fuera no entendía:
—A esa la dejan suelta por el dùn como si nada. Acordaos: una noche nos abre la puerta y amanecemos con los halcones dentro. Una piedra al cuello y al mar, eso es lo que se merece, mientras se pueda.
Isobel siguió andando con la cara lisa, como si no hubiera oído.
Lo había oído entero. Y lo guardó con lo demás: aquella gente que remendaba redes y echaba pan a las gaviotas la ahogaría sin pestañear si supiera leerle la cabeza.
Mejor. Daba menos pena traicionar a quien, en el fondo, ya te quería a ti en el mar.
Notó que el ruido del mar cambiaba y subió al adarve.
El agua se retiraba. Allá abajo, donde la noche solo había habido oleaje, fue asomando el espinazo de piedra que unía la roca a la costa, negro y reluciente, y en cuanto hubo un palmo seco empezó a cruzarlo gente: una mujer con cestos, dos chavales arreando una cabra.
El paso. La hora. Buscó el sol para medirla y no había sol.
Buscó cualquier cosa con que medir y se dio cuenta de que no tenía ninguna.
¿Había abierto a media mañana? El día anterior la habían cruzado a ella casi al mediodía. No era la misma hora. Se movía.
—Se mueve, sí —dijo una voz a su espalda, en su lengua, y no necesitó volverse para saber de quién era—. Cada día un poco. Con la luna, con el viento, con el deshielo de allá arriba. Hoy ha abierto a media mañana. Dentro de una semana abrirá de noche, y no habrá quien lo cruce.
—No sabía que mirar el mar estuviera prohibido.
—No lo está. —Lachlan se acodó en el muro, a su lado, mirando lo mismo que ella—. Me llama la atención cuánto lo miras, nada más. Para ser alguien a quien no le va nada en él.
—Me da algo que hacer. Vuestra casa no abunda en entretenimientos. —Y, mirando el agua como quien no le da importancia, tiró una vez más del hilo—. ¿Siempre abre a horas distintas, vuestro mar? ¿No hay manera de saber cuándo?
—La hay. —No la miró—. Nacer aquí.
Y esa fue toda la lección de marea que pensaba darle; se le notó en la cara. Pero tampoco se marchó, y a ella aquello —que se quedara mirando el agua a su lado, sin prisa, como si tuvieran el día entero— le pareció más peligroso que cualquier pregunta.
El niño de pelo de estopa apareció de la nada, como aparecían allí los niños, y se le plantó delante sin pestañear.
—¿Tú eres la que les dimos a los halcones? —le soltó, en gaélico.
Ella entendió cada palabra. No movió un músculo de la cara.
—No te entiende, Tormod —dijo Lachlan, también en gaélico—. Habla la otra lengua. La de ellos.
—¿Y por qué habla la de ellos, si es de las nuestras?
—Porque se la llevaron de cría. Como a ti te trajeron a ti.
El crío la miró distinto entonces, con esa seriedad de golpe que les sale a veces a los niños y se les va igual de rápido.
—Pregúntale —le dijo a Lachlan, sin dejar de mirarla a ella— si allá se acordaban de ella. Porque aquí ya nadie se acuerda de cuándo llegué yo. Ni yo me acuerdo.
Lachlan se lo tradujo, en la lengua de ella, despacio, como si le pesaran las palabras de más.
Y ella, que llevaba un día entero sin decir una sola verdad, oyó salirle una por la boca antes de poder atajarla.
—Dile que en todas partes es igual —contestó—. Que al que traen de fuera no lo dejan olvidar ni un solo día que es de fuera. Aunque no se acuerde de nada. Sobre todo si no se acuerda de nada.
Lachlan no lo tradujo enseguida. Se quedó mirándola.
Y a ella le pasó una cosa rara: que la cara de aquel hombre, que era de piedra para todo lo demás, se le movió por dentro al oírla, como si lo que acababa de decir le hubiera rozado un sitio antiguo.
No supo qué sitio. Y no le gustó nada no saberlo.
—¿Qué le has dicho? —preguntó.
—Lo que has dicho tú. —Se lo pasó al niño, en gaélico, y Tormod asintió como asienten los viejos, no como asienten los críos, y se marchó tan de repente como había llegado.
Se quedaron solos en el adarve, con el agua bajando y el viento de cara.
—No te encariñes con el crío —dijo él—. Aquí los rehenes a veces volvemos a casa. A veces no. Y no lo decidís ni tú ni él.
—No me encariño con nada. —Y, porque tenía un trabajo y aquel hombre era su única vía, probó a tirar del hilo—. Habéis dicho que aquí los rehenes a veces vuelven a casa. ¿Volvisteis vos?
—Volví.
—¿De dónde?
—De lejos. Ya te lo he dicho. —Y algo se le tensó en la voz al decirlo—. Me acuerdo de todo, por si es eso lo que andas preguntando en realidad. Esa es mi desgracia, no la tuya.
—¿Por qué desgracia?
—Porque al que se acuerda no lo dejan en paz las cosas. —Se la quedó mirando—. Tú, en cambio, dormirás a pierna suelta.
—Como una piedra.
—Ya. —La miró otra vez, demasiado rato, como llevaba mirándola desde que cruzó el agua: como si buscara en su cara algo que ya no estuviera ahí—. Esa cicatriz de la ceja. ¿Sabes de qué es?
—De una caída, imagino. No me acuerdo.
—No. No te acuerdas. —Y por un momento pareció que iba a decirle de qué era, que lo tenía entero detrás de los dientes; pero cerró la boca sobre ello, como había hecho la vieja la noche de su llegada—. Nada. Tápate, que aquí el viento corta.
Y se fue.
Y la dejó en el adarve con la marea bajando a una hora distinta de la de ayer y una pregunta nueva metida donde no le hacía ninguna falta: por qué un lobo que la tenía por enemiga la miraba como se mira lo que se ha perdido.
Bajó cuando el paso volvió a cubrirse. Tenía un trabajo, y una sola forma de hacerlo: el único que parecía saberse la hora del mar y, además, le hablaba en su lengua era el mismo que la vigilaba dormir. Si quería la puerta, iba a tener que arrimarse al perro que la guardaba.
No se le ocurrió, todavía, que el perro pudiera conocerla a ella mejor de lo que ella se conocía a sí misma.