4 · La que volvió
La entregaron deprisa, como se entrega lo que quema.
Cruzaron el paso casi al trote, sin galas ya, con el mar empezando a roer la piedra por los dos extremos.
Echaron pie a tierra al pie del muro, en el filo donde el dùn dejaba de ser camino y se volvía fortaleza, y el de la barba gris que mandaba la escolta le tendió a Lachlan lo que traía como quien suelta una brasa en mano ajena.
—Casa de Sorne devuelve a casa de Faoláin lo que el juramento le confió —recitó—. Veinte inviernos la guardamos. Os la devolvemos entera. Que conste que el trato queda saldado.
—Que conste —dijo Lachlan—. Y ahora volved, que el mar no espera. O dormís en nuestra roca, y no os va a gustar la cama.
—Nos vamos. —El de la barba gris ya miraba el agua—. Es toda vuestra. Suerte con ella.
—¿Hace falta?
—Con un regalo de Sorne, siempre.
Uno de los jinetes se había apeado el último y no tenía cara de escolta. Se acercó a la mujer, le habló bajo, en la lengua de ellos, dándola por perdida entre gente que no podía entenderle.
—No estaré lejos —dijo—. Ya lo sabes. Aguanta.
Ella le contestó algo que Lachlan no llegó a oír. El joven le rozó la mejilla con el dorso de la mano, montó, y la escolta picó espuelas y se metió en el paso medio inundado con el agua por las cuartillas.
Lachlan sí había oído al joven. Cuatro años rezando en aquella lengua no se le habían caído del todo, y le sobró la media frase para que algo se le pusiera de punta: no estaré lejos. ¿Cerca de qué se queda un señorito de Sorne después de soltar una rehén?
Guardó la pregunta donde guardaba las otras y se volvió a mirarla de cerca por primera vez.
De cerca era peor. De lejos podía decirse que se parecía; de cerca, era.
La misma frente ancha. Y la misma cicatriz fina partiéndole la ceja izquierda en dos, blanca de vieja, la que se hizo a los tres años cayéndose en los escalones de aquel salón de piedra, la que él le limpió con el faldón de su camisa mientras ella no lloraba porque era aún demasiado pequeña para saber que aquello dolía.
Ella le devolvió la mirada como se la devuelve a un poste. Sin un asomo de conocerlo.
Te tuve cuatro años, pensó. Y no sabes ni que existo.
—Adentro —dijo en alto.
* * *
El gran salón del dùn no se parecía en nada al de Sorne, y Lachlan lo agradeció.
Aquí no había tapices, había pieles; no había plata, había hierro y madera comidos de salitre; y en vez de un cura rezando en latín, ardía un fuego largo que no se apagaba desde hacía tres siglos por la misma razón por la que tampoco se apagaba el clan.
La manada entera se metió dentro a verla.
Al fondo, en la silla de respaldo alto que ya le venía grande, envuelto en pieles y con los ojos brillantes de fiebre, esperaba Domhnall.
La pusieron en el centro. Y empezó lo que tenía que empezar.
—Cortadle el cuello aquí y mañana devolvemos los trozos —dijo un lancero, en gaélico, sin molestarse en bajar la voz, porque para qué, delante de una que venía de tierra de halcones y no tenía por qué entender una palabra—. Un regalo de Sorne se abre con cuidado, o te estalla en las manos.
—El juramento manda recibirla —gruñó un viejo—. No degollarla como a un cabrito en la puerta. ¿Quieres la sangre de una rehén cayéndonos encima a todos?
—Yo no la mataría. —Un hombre de mar, de manos como remos—. Una rehén devuelta sirve para canjear. La guardas, y el día que Sorne te pida algo, tienes con qué decirle que no.
—Si nos la devuelven es que ya no les sirve.
—Razón de más. Lo que el enemigo tira, se recoge: o te vale a ti, o se lo quitas a él. —El de las manos de remo se encogió de hombros—. Usémosla nosotros, antes de que nos use ella.
—Usarla ¿para qué? ¿Para que les cuente por dentro los muros que ahora ve por fuera?
—Para lo que sea. Ojos del enemigo, en casa y atados. Eso no se degüella. Eso se aprovecha.
—¿Y si la manda Sorne para eso, justamente? —Una mujer, con un crío en la cadera—. Para que se la guardemos cerca y un día nos abra la puerta desde dentro. Yo no quiero a esa durmiendo donde duermen mis hijos.
—Nadie va a abrir ninguna puerta —dijo el viejo—. ¿Tú has visto a una mujer sola tomar esta roca? La toma el mar, no una rehén.
—El mar y el que le sepa la hora al mar.
—Eso lo dijo Coll, desde el fondo, sin levantarse, y se hizo un silencio distinto, porque a Coll en cosas de mar se le escuchaba—.
Y la hora del mar no la tiene quien no nació oyéndolo.
Esa no la tiene. Dejadla mirar el agua hasta que se le gasten los ojos; no le va a decir nada.
—Eso si no aprende —dijo Eilidh, que se había abierto paso a la primera fila con la lanza corta todavía en la mano.
—Eso si no aprende —repitió Mór, muy bajo, y nadie supo si le daba la razón o la enmendaba.
Lachlan no cortó las voces todavía. Quería ver una cosa.
La mujer seguía con la cara lisa. Igual de lisa al oír cortadle el cuello que al oír usémosla.
Ni un parpadeo de sobra. O no entendía nada de lo que aquella gente decidía a dos pasos sobre su vida, o lo entendía todo y estaba hecha de una madera que a Lachlan no le gustó.
No supo cuál de las dos cosas le inquietó más.
—Es una espía. —Volvió a hablar Eilidh, con el desprecio puesto desde antes de mirarla—. Fíjate. No le tiembla la cara. La gente honrada tiembla. —Y a Lachlan, con la familiaridad de quien duerme cerca—: A los Sorne se les devuelve lo suyo en pedazos. No se les sienta a la lumbre.
—El día que mandes tú en esta roca, Eilidh, degollarás a quien te plazca. Hoy mando yo.
La calló. No la contentó. La calló.
—Pregúntale —dijo entonces Domhnall desde la silla, en gaélico, y la sala se volvió hacia aquel hilo de voz— si se acuerda de su madre.
Lachlan se lo tradujo a la mujer, en la lengua de ella.
—No —dijo ella—. Me sacaron de aquí con días de vida. No recuerdo una cara ni una voz. Si tuve madre, se me murió siendo yo un nombre que ya no usa nadie.
Lachlan se lo pasó al viejo.
—Pregúntale por qué la devuelven ahora —dijo Domhnall—. Después de tantos años.
Lachlan tradujo. Ella tardó en contestar, y a él esa tardanza no se le pasó.
—No me lo dijeron, mi señor. A una rehén no se le explican los tratos; se la cambia de sitio, como al ganado. Supongo que dejé de valer lo que cuesta darme de comer.
—Miente mejor que come. —Domhnall lo dijo en gaélico, para los suyos, sin que ella lo entendiera, o sin que lo aparentara—.
Una que se sienta así de derecha delante de cuarenta lanzas no es ganado.
—Y a Lachlan, más bajo aún—: O es muy valiente, o le han dicho que aquí no la van a tocar.
Averigua quién se lo ha dicho. —Cerró los ojos un instante—.
Pobre cría. La criaron los lobos que no eran.
Y fue entonces cuando Mór se movió. Salió de entre la gente sin que nadie la viera venir y se plantó delante de la mujer, tan cerca que esta tuvo que alzar la cara, porque la vieja le sacaba dos cabezas.
Le miró la frente, la ceja partida, los ojos claros que no eran de aquella costa.
El salón se calló, porque cuando Mór miraba así, lo prudente era callar.
—Te llamas... —empezó.
Y se quedó con el nombre en la boca.
Lachlan la vio masticarlo —el de verdad, el que él tampoco decía—, tenerlo en la punta de la lengua un instante eterno, y cerrar al fin la boca sobre la palabra sin soltarla, como quien decide que cierta cosa no se regala delante de cuarenta personas.
—Vaya —dijo solo, y se apartó—. Conque has vuelto.
—No entiendo a esta mujer, mi señor. —La mujer se lo dijo a Lachlan, en la lengua de Sorne, porque había acertado entre todas las caras cuál mandaba—. Ni a los demás. Solo sé que me han traído y que no pedí venir.
—Te preguntaba tu nombre —dijo Lachlan, a medias, en la lengua de ella.
—Isobel.
—Isobel —repitió él. Y buscó, en aquella cara de salón, a la cría que no lloraba. No quedaba nada. Para ella era la primera vez. Y a él se le ocurrió, con un rencor sin sentido, que era injusto que de dos solo se acordara uno.
* * *
—La vieja ley es clara —dijo Mór, ya no a la mujer sino a la sala, a Domhnall, a todos—.
No hace falta gritarla con una lanza en la mano.
El devuelto no es de la manada entera: es del que compartió con él el techo del enemigo.
Y bajo el techo de Sorne, de críos, no hubo más lobo que uno.
—Giró la cara hacia Lachlan—. Tú estuviste allí con ella.
Tú respondes por ella. Come donde tú comas, duerme donde tú la pongas, y el día que esta roca sangre por su culpa, lo pagas con la tuya. Esa es la ley.
—Esa es la ley —dijo Domhnall, y el hilo de voz cruzó el salón porque nadie respiraba—. Que se cumpla.
—¿Bajo su manta, entonces? —soltó Eilidh, y unos cuantos se rieron; ella no—. ¿Le ponemos a la espía de Sorne la cama pegada a la del que va a ser laird?
—Bajo mi techo, Eilidh. No bajo mi manta. —Lachlan no levantó la voz—. Y la primera noche que la duerma a mi lado, te aviso, para que vengas a velarnos con la lanza. Sé que vendrías con gusto.
Esta vez la risa fue de verdad. Eilidh dio media vuelta y se la llevó con ella.
Así, sin que él dijera una palabra, sin que nadie le preguntara si quería, le colgaron del cuello a aquella mujer como se le cuelga a un hombre la piedra que ha de cargar hasta la otra orilla.
Lachlan miró a la cría que ya no lo era y que no lo recordaba; a la rehén que su padre tomaba por una llave, Eilidh por un cuchillo y Mór por algo que no decía delante de nadie. Ella le sostuvo la mirada con aquella calma de salón que no se le caía a tirones.
Mór lo retuvo un momento al pasar, con dos dedos en la manga.
—Cárgala bien —dijo—. Y no la dejes caer.
—¿La piedra?
—La piedra no. —Lo miró con aquellos ojos que veían más de lo que a uno le convenía—. Lo otro. Lo que te dije del corazón. Esa de ahí no se acuerda de ti, Lachlan; pero tú te acuerdas de ella por los dos. Y eso, en una guerra, es una herida abierta antes de empezar.
—No hay ninguna guerra.
—La hay. Solo que todavía no ha cruzado el agua. —Y se volvió a su rincón.
Afuera, sin ruido, el mar terminó de cerrar el paso. Por esa noche, y por muchas, ninguno de los dos podía ya marcharse de la roca aunque quisiera.
—Ven —le dijo él, en la lengua de ella—. Te enseño dónde duermes.