3 · El dùn de los lobos
La calzada salía del mar dos veces al día, y dos veces al día Dùn Faoláin dejaba de ser una isla.
Lachlan la cruzaba siempre a pie, aunque tuviera el caballo a mano, porque le gustaba pisar la piedra que el mar acababa de soltar, negra y resbaladiza de algas.
A su espalda, la roca se alzaba contra el cielo blanco con los muros encima como una corona puesta a una cabeza que no la había pedido.
Delante, la costa. Y entre las dos, aquel cordón de piedra que el océano se tragaba con cada pleamar y vomitaba con cada bajamar, sin gastarse, desde antes de que hubiera nombres para nada.
Tres siglos llevaban allí los Faoláin. Tres siglos diciendo lo mismo a quien viniera a echarlos: ven cuando el mar te deje, si te deja, y reza por que no suba mientras estás dentro.
—Marea muerta esta semana —le dijo Coll, el más viejo de los pescadores, cruzándose con él cargado de nasas—. Sube poco y baja poco. Mal para entrar y mal para salir.
—Mal para todos por igual —dijo Lachlan—. Eso a nosotros nos sirve.
—Eso decía tu abuelo.
—Y mira si tenía razón, que seguimos aquí.
—Tu abuelo leía el agua mejor que el cura el misal —dijo Coll—. Sabía la hora a la que abría sin mirar al cielo siquiera. Solo con el olor.
—Eso no se aprende.
—Eso no se enseña, que no es lo mismo. Se mama de crío. El que no nació oyendo este mar no le saca la hora ni en cien años de mirarlo. —Se cambió las nasas de hombro—. Por eso la roca es nuestra y de nadie más.
El viejo se rió con la boca sin dientes y siguió hacia la roca. Lachlan se quedó un momento más en mitad de la calzada, donde el viento del oeste pegaba más fuerte, y miró la línea de la costa por si veía lo que llevaba toda la mañana sin querer pensar y le habían avisado al alba que vería.
No había nada todavía. Solo brezo, niebla pegada a las laderas y, muy arriba, en el filo de un cerro, una figura quieta que no era roca: uno de los suyos, vigilando el camino del sur. La figura levantó el brazo. Lo bajó. Volvió a levantarlo.
Vienen.
* * *
Encontró a su padre donde lo encontraba siempre desde el otoño: junto al fuego, envuelto en pieles aunque no hiciera frío, con las manos abiertas hacia las llamas como si quisiera meterlas dentro.
Domhnall MacFhaoláin había sido el hombre más grande de la costa.
Ahora la piel le colgaba de los huesos como una vela sin viento, y cada pocas frases se detenía a tomar aire, y el aire le costaba.
En el pecho llevaba prendido el broche de la jefatura, oro viejo y una piedra roja en el centro, lo único en él que seguía pesando lo que siempre había pesado.
—Ya lo sé —dijo el viejo antes de que Lachlan abriera la boca—. Lo he visto en tu cara desde la puerta. Sorne nos manda algo.
—Sorne nos devuelve algo. —Lachlan se acuclilló junto al fuego, a la altura de su padre—. La rehén. La cría que les dimos hace veinte años.
—¿Por las buenas?
—Eso dicen. Un gesto de paz, manda recado el del rey, que ya anda metido en esto. Disuelven el juramento. Nos la traen de vuelta.
Domhnall tosió, una tos honda que le dobló el cuerpo entero, y cuando se enderezó tenía los labios más oscuros de lo que un hombre debería tenerlos.
—Sorne no devuelve nada que no le rente —dijo—. En tres siglos no ha dado un solo regalo que no llevara dentro un anzuelo. ¿Qué nos están metiendo en casa con la cría?
—No lo sé.
—Pues tú vas a averiguarlo. —Lo señaló con un dedo que ya no apuntaba derecho—. El juramento dice que la recibimos. No dice que la creamos.
—Hay quien dice que a un regalo así se le corta el cuello en la calzada y se devuelve el cuerpo con la marea siguiente —dijo Lachlan—. Antes de que ponga un pie en la roca.
—¿Eso dices tú?
—Digo lo que dicen los hombres. Yo no degüello a nadie por venir andando.
—Ni yo. —Domhnall cerró los ojos para juntar fuerzas—.
Pero tampoco la suelto por el dùn a oler lo que no le importa.
Una rehén que vuelve no vuelve sola: trae metidos en la cabeza los ojos del que la manda, y mira por ellos aunque no quiera.
—Los abrió otra vez, despacio—. Ni la matas ni la sueltas.
La tienes cerca. Tan cerca que no pueda respirar sin que tú lo cuentes.
—¿Y eso a quién se lo encargas?
—A ti.
Lachlan tardó en contestar.
—Tengo una costa que guardar y a un rey echándosenos encima. No me sobra tiempo para hacer de carcelero de una desconocida.
—Por eso justamente. —Domhnall se inclinó hacia delante, y el broche le brilló a la lumbre—.
¿Cuándo te ha mandado Sorne un recado de paz?
Nunca. ¿Y por qué ahora? Porque el rey ha empezado a relamerse mirando hacia acá, y un hombre como Sorne huele para dónde sopla el viento antes que el viento.
—Tosió, escupió al fuego, siguió—. La cría nos llega la misma estación en que el del rey cabalga a casa de Sorne.
Eso no es la mano de Dios, hijo. Es la mano de un hombre, y la mano de un hombre siempre anda buscando una cerradura.
—Apuntó hacia la costa con la barbilla, sin verla—.
Esa de ahí puede ser la llave. Tenla donde la veas.
—La tendré.
—Júramelo por la roca.
—Por la roca.
Desde el rincón en sombra, donde llevaba tanto rato callada que Lachlan casi la había olvidado, habló Mór.
—Conque la devuelven. —La vieja no levantó la vista del tejido que tenía entre las manos, pero las agujas se le habían parado—. Después de tantos años. Justo ahora.
—Justo ahora —repitió Domhnall.
—¿Y os mandan recado de cómo se llama? —Eso lo preguntó mirando a Lachlan, y lo miró de un modo que a él no le gustó, como si la pregunta tuviera dos fondos y ella ya supiera el segundo.
—Isobel. —La palabra le supo a moneda extranjera en la lengua—. La han llamado Isobel.
—Isobel. —Mór repitió el nombre muy bajo, sin alzar la cara, y luego sí la alzó, para mirar a Lachlan—. Vaya nombre le han buscado. —Volvió a la labor—. No es una extraña, esa. Ni para ti. Y eso lo sabes tú mejor que nadie en esta roca.
Pero Lachlan sí dijo algo, por dentro, donde no lo oía nadie: que ese no era su nombre.
Que la cría que se habían llevado de aquella costa tenía otro, uno corto y antiguo que él había sabido de memoria a los ocho años y que llevaba media vida sin pronunciar porque pronunciarlo no servía para nada, y ahora se le había atravesado en la garganta como una espina que uno se traga creyéndola ya pasada.
A él lo habían tenido cuatro años en aquel salón de piedra extraña, de niño, rezando en una lengua que no era la suya; a ella, de pecho, porque así se hacían entonces las paces, cambiando críos como se cambian rehenes, que es lo que eran.
La única loba en una casa de halcones. Se cuidaron el uno al otro como se cuidan dos cachorros que nadie quiere, hasta que a él lo reclamaron y a ella la dejaron.
De eso hacía tanto que tendría que haber dejado de doler.
No había dejado.
—Una loba sola no es nada —dijo Domhnall, como si le hubiera leído el pensamiento, que era cosa que hacía cuando estaba más cerca de morirse que de vivir—.
Una loba sola es una presa, o es un cuchillo.
Nunca es una loba. —Volvió a tender las manos al fuego—.
Averigua cuál de las dos nos traen, hijo. Antes de que cruce esa piedra, mejor.
—Lo haré.
—Y deprisa. —Mór dejó las agujas en el regazo—. Y otra cosa. Cuando averigües cuál de las dos es, que no sea tu corazón el último en enterarse. El corazón, cuando se entera tarde de según qué cosas, no lo perdona.
* * *
La marea muerta tardó en bajar más que las otras, como advertía Coll, y todo el dùn se asomó a los muros a verla bajar, porque en una vida en que pasaban pocas cosas, una rehén que vuelve de entre los enemigos era casi una fiesta y casi un agüero, y nadie sabía aún por cuál de las dos apostar.
Lachlan los hizo callar a todos y bajar las armas a la vista.
Una mujer que llega no es una guerra que llega, dijo, y la primera lección de un jefe es no enseñar miedo donde no hace falta.
Pero apostó a sus mejores hombres en lo alto de la calzada, por si la lección resultaba equivocada, porque la segunda lección de un jefe es no ser tonto.
El mar se retiró por fin, gruñendo, y dejó la piedra al aire.
—¿Los dejamos cruzar enteros o los paramos en mitad de la calzada? —preguntó a su lado Eachann, que mandaba la guardia del muro.
—Enteros. —Lachlan no apartó los ojos de la costa—. Que pisen nuestra piedra y aprendan de quién es. Pararlos a medio camino es de quien tiene miedo.
—¿Y tú no?
—Yo no. Ellos sí. Fíjate cómo montan.
Eachann torció el gesto.
—Devolvernos a la loba que les prestamos, después de veinte años. A los regalos de Sorne yo les miraría hasta la última muela.
—Pues se la vamos a mirar —dijo Lachlan—. Tú y yo. Despacio.
Al otro lado, en la línea de la costa, la niebla se movió.
Salieron de ella primero los caballos, despacio, tanteando el cordón resbaladizo.
Luego los hombres de Sorne, con sus capas buenas y sus caras de no querer estar allí.
Y en medio de todos, sobre una yegua gris, envuelta en un manto del color del cielo de aquella mañana, venía una mujer.
Iba derecha. No miraba el agua a los lados como la miraban los hombres, con el respeto del que sabe que el mar puede volver; ella miraba al frente, a la roca, a los muros, como quien lee algo escrito en una lengua que casi recuerda.
A su lado, un crío se había encaramado al parapeto para ver mejor: Tormod, el rehén que los Sorne les habían dejado a ellos, ocho años, pelo de estopa, cara de no haber conocido más casa que aquella roca.
—¿Y esa es de las nuestras o de las suyas? —preguntó.
—Eso es lo que vamos a tener que averiguar, rapaz. —Lachlan lo bajó del parapeto de un tirón del cuello de la camisa—. Y tú, al muro, que el mar no avisa.
Estaba todavía lejos. La niebla la deshacía y la rehacía a cada paso.
Pero el viento le apartó el pelo de la cara —pelo claro, raro en aquella costa de gente morena, pelo del norte de verdad, no del norte de cuento— y por un instante, a través de toda aquella distancia y de todos aquellos años, Lachlan vio a la niña dentro de la mujer, igual que se ve el hueso dentro de la mano cuando se pone contra la luz.
Y el nombre que llevaba media vida sin decir le subió hasta los dientes, y allí se quedó, sin salir, mientras la calzada se acababa de secar bajo los cascos de la yegua y la traía, paso a paso, de vuelta a la única orilla del mundo a la que nunca había debido volver.