Extraña entre los lobos 15 · Lo que no debíamos
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15 · Lo que no debíamos

No se lavó la sangre hasta que se la lavó él.

Volvieron a la alcoba cuando ya clareaba —el este firme, pensó ella sin querer pensarlo; el este que le había jurado a Crisdean que estaría seco; el este que, dentro de dos noches, a esa misma hora, sería una trampa— y se sentó en el borde del jergón sin saber qué hacer con las manos, que todavía tenían lo de aquel hombre seco entre los dedos.

Lachlan trajo agua. No dijo nada. Le cogió el brazo, negro hasta el codo, y empezó a limpiárselo, igual que le había limpiado las manos rotas otra noche, hacía mil años, cuando ella aún se creía un cuchillo y no sabía que un cuchillo puede cambiar de mano.

—Sé lavarme sola —dijo ella.

—Lo sé. Déjame.

El agua del cuenco se fue poniendo oscura. Ella miraba el brazo de él trabajar sobre el suyo y no decía nada, hasta que dijo lo único que llevaba dentro:

—¿Es siempre así? Después. ¿Se queda todo así de… callado?

—Vacío. —Escurrió el paño—. Sí. La primera vez, sobre todo. Te pasas la vida creyendo que matar a un hombre es una cosa enorme, con música. Y luego es esto: un brazo que limpiar y un hueco donde pensabas que ibas a sentir algo.

—Yo no siento nada. —Lo miró, asustada de oírse decirlo—. Maté a un hombre de mi casa esta noche y no siento nada. ¿Eso qué me hace?

—Humana. —Le sostuvo la mirada—. Lo que no serías humana es si te hubiera gustado. Y a ti no te ha gustado; te he visto la cara. Lo hiciste porque iban hacia los críos y porque el cuerpo te decidió antes que la cabeza. Eso no es disfrutar. Eso es ser de los que se ponen delante.

—Peleabais a mi lado —dijo ella, y no supo por qué se lo decía, salvo que necesitaba decir algo verdadero por una vez—. En el sendero. Espalda con espalda. No lo pensé. Sabía dónde estabais sin mirar.

—Lo sé. Yo también sabía dónde estabas tú sin mirar.

—Dejó el paño en el cuenco oscuro—. Y eso no se finge, halcón.

Eso no se aprende en una semana ni se le manda a un rehén.

Dos que pelean así es porque sus cuerpos han decidido, cada uno por su cuenta y sin consultarlo, que el otro merece que lo cubran.

El mío decidió por ti esta noche. No me pidió permiso.

—El mío también. —Lo dijo muy bajo—. Y eso me da más miedo que el rey.

—¿Por qué?

—Porque yo no vine a esta roca a cubriros la espalda a ninguno.

—No. —La miró largo—. Pero te quedaste.

—Lo conocía —dijo ella de pronto, sin levantar la vista del agua oscura del cuenco—.

Al de hoy. Creo. No le miré la cara a propósito, pero el color sí lo vi, y la manera de moverse.

Había un hombre de armas en casa de Sorne que se movía así, que de cría me subía a hombros para que llegara a la fruta del muro.

Puede que fuera él. Puede que no. Llevo horas sin querer acordarme de cómo se llamaba.

—No te acuerdes, entonces.

—No puedo no acordarme. Esa es la cosa. —Por fin lo miró—. Vos lleváis veinte años en esto. ¿Cómo se hace? ¿Cómo se vive después de matar a alguien que te subía a hombros?

—No se vive bien. —No le mintió, y ella se lo agradeció sin decirlo—.

Se vive, que no es lo mismo. Se carga como se carga todo lo demás, y se sigue andando, porque parar es de muertos.

—Le secó el último trecho del brazo—. Pero no te voy a decir que se pasa.

Te mentiría. Y esta noche no pienso mentirte en nada.

—No sabéis lo que soy.

—Ya estamos. —Casi sonrió, sin ganas, dejando el paño—. Otra vez con eso.

—Lo digo en serio, Lachlan. —Y le tembló la voz, y por una vez la dejó temblar—. No sabéis lo que soy. Si lo supierais, no me estaríais lavando la sangre. Me la estaríais sacando.

Él se quedó quieto un momento, con el brazo limpio de ella entre las manos.

—Sé más de lo que crees —dijo, despacio—.

Sé que llegaste a esta roca a hacernos daño.

No me lo has dicho tú; lo sé yo. Lo he sabido casi desde el principio.

—Le subió la mano del brazo al hombro—. Y aquí sigo.

Así que, sea lo que sea eso que crees que me destrozaría saber, hazte a la idea de una cosa: que a lo mejor ya lo sé, y que a lo mejor me da igual, porque esta noche te he visto matar por un crío de los míos, y eso me dice de ti más que veinte juramentos.

A Isobel se le cerró la garganta. Porque aquello no era verdad —él no lo sabía todo; no sabía lo de la hora, ni lo de los botes que él mismo le había regalado, ni lo que pasaría dentro de dos noches—, y porque, al mismo tiempo, era lo más cerca de ser perdonada que iba a estar en su vida, y la estaban perdonando por lo que no era, no por lo que sí.

* * *

Entonces Lachlan se llevó la mano al hombro, a la fíbula que le cerraba el brat —bronce viejo, gastado de generaciones, con el lobo del clan reducido ya a un bulto en el metal de tanto pulgar pasándolo—, y se la desprendió.

—Date la vuelta —dijo.

—¿Para qué?

—Date la vuelta, halcón. Por una vez en tu vida, no preguntes.

Y ella, que llevaba veinte años preguntándoselo todo para seguir viva, se dio la vuelta. Notó cómo le recogía la capa sobre el hombro y le prendía allí la fíbula, con cuidado, con aquellos dedos grandes que parecían tan torpes y tan poco lo eran.

—¿Qué hacéis? —dijo, muy bajo.

—Lo que se hace. —La giró otra vez, para tenerla de cara, y le dejó la mano encima del metal tibio—.

En esta costa, cuando un hombre de la manada le pone su fíbula a alguien, todo el mundo entiende lo que quiere decir.

Que esa persona es suya. Que el que le ponga la mano encima se las ve con el clan entero.

Y que si esa persona aparece en cualquier playa de aquí al fin del mundo diciendo el nombre de los Faoláin, la sientan a la mesa y la defienden como a sangre propia.

—La miró—. Te la pongo por eso. Para que la noche que esto caiga, cuando subas a ese bote, la lleves puesta.

Para que al otro lado del fiordo, cuando Cinaed te pregunte quién eres, no tengas que mentir.

Enseñas esto y se acabó. Eres de los míos. Te reciben.

A Isobel se le rompió por dentro algo que llevaba veinte años entero, sin una grieta.

—No podéis darme esto —dijo, y le salió casi con rabia, de puro miedo—. No sabéis a quién se lo estáis dando.

—Te lo estoy dando a ti. —Lachlan le cerró la mano sobre el broche, la suya encima—.

A la que se da la vuelta cuando se lo pido aunque le reviente no saber por qué.

A la que mata por un niño que no es suyo.

A esa se lo doy. Lo demás, sea lo que sea, lo arreglamos vivos.

Pero para arreglarlo vivos tú tienes que salir de esta roca. Y vas a salir. Con esto puesto.

Y entonces Isobel estuvo más cerca que en toda su vida de decírselo todo.

Lo tenía entero en la boca, agolpado, empujando por salir: que la hora era mentira, que el este sería una trampa, que no esperase a la luna nueva; que él pensaba quedarse a morir en una calzada por una hora que ella le había envenenado a su propio hermano para salvarlo a él; que era una espía, que la habían criado para serlo sin que lo supiera, que las dos llaves de su roca —la de entrar y la de salir— las llevaba ella cosidas a la memoria, y que con una sola palabra suya, en aquel preciso instante, podía deshacer la trampa entera y salvarle la vida de verdad. No con mentiras. Con la verdad.

Abrió la boca.

—Lachlan…

—Lo que sea. —Le puso dos dedos en los labios, suaves—.

Lo que sea que vas a decirme con esa cara, esta noche no.

Mañana. Pasado. El día que esto acabe me lo cuentas todo, lo bueno y lo malo, y lo aguanto, te lo juro.

Pero esta noche, no. Déjame tener una sola cosa que no se esté cayendo a pedazos.

Una. Tú. —Le retiró los dedos—. Cállate, halcón.

Por una vez en tu vida, cállate y ya está.

Y ella, que tenía la salvación de él en la punta de la lengua, le hizo caso. Se calló.

Y aquella fue, de todo lo que hizo aquella noche, la única cosa que de verdad no debía.

—¿Y si sobrevivimos? —dijo en cambio, porque era lo único que sí se atrevía a preguntar—. Los dos. Si esto acaba y seguimos vivos, tú aquí y yo en cualquier parte. ¿Qué seríamos?

—No lo sé. No se me da bien imaginar lo que no he visto nunca. —Le apartó el pelo de la cara—. Pero te diré lo que ya no vamos a poder ser: enemigos. Eso lo rompimos esta noche en el sendero, y eso no se recompone. Lo demás, ya lo iremos viendo. Si hay un lo demás.

—Si hay un lo demás —repitió ella, y se lo guardó como se guarda una moneda que sabes falsa pero te empeñas en gastar.

* * *

Lo que vino después no se pareció a las otras veces.

Las otras veces ella había estado, además de allí, en otro sitio: midiendo, guardando una parte, dejando una puerta abierta por dentro por si tenía que salir corriendo.

Aquella noche cerró esa puerta. Por primera vez en su vida se quedó entera en un solo sitio, sin la mitad fría vigilando a la otra mitad, sin reserva, sin salida.

Se entregó como no se había rendido a nada —ni a Reynold, ni a la misión, ni a la mentira con la que llevaba dos décadas tapándose—; se entregó a aquel hombre que acababa de prenderle el lobo de su clan en el hombro y de prometerle una orilla donde no haría falta mentir.

Sin saber él —porque ella no se lo dijo; porque ella, incluso entonces, entera y rendida y con la puerta cerrada, siguió sin decírselo— que la única mentira que de verdad importaba se la estaba diciendo en aquel preciso momento, con el cuerpo, callándosela.

* * *

Después, ella se quedó despierta. Siempre se quedaba despierta. La fíbula se le clavaba un poco en el hombro al apoyarse en él, y no se la quitó. Le gustaba que le hiciera daño. Era lo único de toda aquella madrugada verdadero sin trampa: que dolía.

Faltaban dos días para la luna nueva. Dos días para que el mar abriera el paso de par en par a la hora que él creía segura y ella sabía mortal.

Dos días para que Crisdean pusiera el pie en la calzada con un ejército detrás, fiándose de una hora envenenada o desconfiando de ella —que, para el caso, era peor—.

Dos días para averiguar si la mentira que había dicho por salvar a aquel hombre lo salvaba de verdad, o solo aplazaba, con sangre de los suyos por medio, lo que el mar tenía decidido desde antes de que ella naciera.

Y mientras tanto, en lo oscuro, con el lobo de bronce mordiéndole el hombro y el aliento de él en el pelo, Isobel hizo lo que mejor se le daba y lo que más asco le daba hacer: guardar silencio.

Guardó las dos llaves. Guardó la hora. Guardó la traición, tibia, apretada entre los dos cuerpos, como se guarda una brasa en la mano cerrada: sabiendo que va a quemar, y sin abrir la mano.