Capítulo ocho Cass
Otra noche, otra jornada agotadora en el invernadero. Apenas llevaba un par de días y ya me dolía tanto el cuerpo que casi no podía caminar. Tenía la espalda tensa, las piernas temblorosas y hasta sentía que el maldito trasero estaba a punto de desprendérseme.
Mis manos, en cambio, estaban de maravilla.
De hecho, no creía que alguna vez hubieran estado tan suaves.
Para cuando desperté por la mañana, las ampollas habían desaparecido, al igual que la mancha verde que había dejado la pasta preparada por Linden.
En su lugar, estaban cubiertas de piel nueva, sin rastro de imperfecciones ni heridas.
Y, de algún modo, gracias a un poder misterioso que apenas podía imaginar, el ungüento de Linden incluso había borrado una pequeña cicatriz que tuve en la palma durante toda la vida.
No tenía idea de que algo tan simple como las plantas pudiera tener tanto poder. Aunque, pensándolo bien, Linden era una dríada, así que tal vez era él quien hacía que funcionaran tan bien.
Pero mientras regresaba al invernadero, decidí no mencionar el tema.
No estaba ahí para hacer amigos ni aprender sobre plantas.
Siendo sincero, quería que el semestre terminara lo más rápido posible.
Además, mi magia parecía descontrolarse un poco cuando Linden se acercaba demasiado.
Si tocarme la mano podía hacer que nevara, ¿qué pasaría si me abrazaba?
¿Si me atraía contra él? ¿Y si se alzaba sobre mí, me envolvía entre sus brazos y me besaba?
—Basta —murmuré para mis adentros mientras avanzaba con dificultad por la nieve—. No quiero pensar en eso.
Pero la verdad era que, desde la noche anterior, era lo único en lo que podía pensar.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Linden.
Incluso esa mañana, durante mi turno en el invernadero, no pude dejar de mirarlo de reojo.
Me descubrí catalogando la forma en que se movía su cuerpo, cómo se tensaban sus enormes bíceps cuando levantaba cosas y el bulto aparentemente permanente en sus jeans, que atraía mi mirada tanto si quería como si no.
La verdad era que el tipo estaba jodidamente bueno.
Pero seguía intentando convencerme de que no era mi tipo.
No quería a alguien que fuera un derroche de alegría y optimismo.
Esa mierda era irritante. ¿Y lo de las plantas?
Ni hablar. Además, él era una dríada y, por lo que me habían dicho, los de nuestras especies no solían mezclarse.
Entonces, ¿por qué no podía dejar de fantasear con él?
El conservatorio apareció imponente frente a mí antes de que me diera cuenta de que mis pies me habían llevado hasta allí.
Tras respirar una última bocanada profunda del aire gélido de enero, entré en el invernadero.
En cuanto atravesé mi barrera mágica, me golpearon una ráfaga de aire cálido y la repentina humedad.
En apenas un par de días, el invernadero había recuperado su temperatura habitual y el aroma a tierra húmeda había vuelto.
Casi podría describirse como agradable, si me gustaran esas cosas.
Pero, apenas entré, me di cuenta de que no estaba solo como esperaba.
Linden estaba allí, por supuesto, pero hablaba con dos tipos a quienes nunca había visto.
Uno era delgado y pálido, con pecas y cabello rojo fuego.
El otro era más musculoso, rubio y tenía un brazo alrededor de la cintura del pelirrojo.
—Entonces, ¿qué quieres que limpie esta noche? —pregunté para anunciar mi presencia cuando ninguno levantó la vista.
Linden se volvió hacia mí, y observé cómo abandonaba la expresión que había tenido durante la conversación para adoptar otra cuidadosamente neutra. El pelirrojo, en cambio, sonrió como si acabara de ganar la lotería.
—¡Cass! —exclamó el pelirrojo, prácticamente dando saltitos de emoción—. Llegas en el momento perfecto. Por cierto, soy Nerion. Él es Teddy. Solo vinimos a instalar algunos materiales de pintura.
—Materiales de pintura —repetí, sin molestarme en ocultar mi escepticismo—. ¿En el invernadero?
—Para que Nerion se inspire —añadió Teddy con un tono que sugería que estaba acostumbrado a explicar las ideas más excéntricas de su novio. O al menos supuse que el tipo era su novio.
Teddy irradiaba una calma y paciencia que de inmediato me hicieron confiar más en él que en el otro, quien ya avanzaba a saltitos hacia la sección occidental del invernadero con un caballete bajo el brazo.
—Nerion es mi mejor amigo —dijo Linden en voz baja, y pude percibir la disculpa en su tono. Eso no auguraba nada bueno—. Quería usar las ruinas del invernadero como inspiración para su obra.
—¿Así que ahora solo va a quedarse rondando por aquí? —pregunté sin ocultar mi irritación. Aunque, para ser sincero, estaba demasiado cansado para que me importara si aparecía todo el campus a verme sufrir.
—Prácticamente —respondió Nerion por encima del hombro. Ya estaba preparando el caballete, colocándolo en un ángulo que le permitía vernos perfectamente a Linden y a mí—. No se preocupen por mí. Finjan que no estoy aquí.
Eso iba a ser imposible. Ya sentía sus ojos sobre mí, evaluándome, catalogándome. Era el tipo de atención que me erizaba la piel. Me sentía como ganado en una subasta.
—Entonces, Cass —continuó Nerion, claramente decidido a no permitir que nadie lo ignorara—. Magia climática, ¿eh? Es bastante impresionante que arrasaras este lugar tú solo. —Me recorrió con la mirada—. ¿Estás soltero?
Parpadeé, sin estar del todo seguro de haber oído bien.
—¿Que si estoy qué?
—Soltero —repitió Nerion, ensanchando la sonrisa mientras mojaba un pincel en pintura—. Ya sabes, ¿sin compromiso? ¿Disponible? ¿Listo para conocer a alguien?
—No es asunto tuyo —dije con sequedad mientras ya me dirigía hacia la pila de escombros en la que habíamos trabajado esa mañana. Sentía los ojos de Linden sobre mí y prácticamente percibía su vergüenza irradiando en oleadas.
—En cierto modo sí lo es —continuó Nerion, sin dejarse intimidar en absoluto por mi hostilidad—. Porque estoy pensando en presentarte a alguien.
—No necesito...
—Nerion —dijo Teddy en voz baja, posándole una mano en el hombro al pelirrojo. Había una advertencia en su tono que hasta yo pude percibir—. ¿Qué tal si le das más de un minuto antes de empezar a interrogarlo?
Nerion hizo un puchero, pero volvió a concentrarse en su lienzo, aunque me daba cuenta de que seguía escuchando cada palabra.
Los tipos así siempre lo hacían. Se alimentaban del drama y los chismes, y de meterse en los asuntos ajenos.
Sentía que ya lo conocía, aunque solo llevaba treinta y cinco segundos en su presencia.
Agarré una pala del lugar donde las habíamos dejado esa mañana y me adentré más en el invernadero, hacia la sección oriental en la que habíamos logrado avanzar.
El trabajo era tan mecánico que podía hacerlo sin pensar demasiado, lo cual era bueno porque mi cerebro ya estaba abrumado por la presencia de esas personas nuevas.
En especial, Linden.
Esa noche estaba más callado, más reservado de lo habitual.
Me pregunté si les había contado a sus amigos lo de la noche anterior.
Lo de la nieve. Cómo me había sostenido las manos y las había sanado, en vez de sentir asco por lo destrozadas que estaban o dejarme sufrir como probablemente creía que merecía.
—Te ayudaré con eso —dijo Linden, apareciendo a mi lado con su propia pala. Su tono era cauteloso, como si pisara terreno minado.
—No tienes que hacerlo —respondí sin mirarlo—. Puedo solo.
—Sé que puedes —dijo con sencillez—. Pero juntos trabajamos más rápido.
Eso era cierto. Durante los últimos dos días habíamos desarrollado un ritmo, una forma de trabajar que resultaba casi... cómoda. Él señalaba dónde cavar, yo retiraba los escombros y luego evaluaba lo que habíamos descubierto con esos ojos dorados que parecían ver cosas que yo no podía.
Volvimos a adoptar ese ritmo; el sonido de nuestras palas al golpear la tierra y las piedras creaba una percusión constante bajo los comentarios ocasionales de Nerion y el roce de su pincel contra el lienzo.
Mis músculos protestaban con cada movimiento, pero seguí adelante.
No iba a permitir que Linden me viera flaquear.
No iba a darle otra razón para preocuparse por mí o intentar ayudarme o...
—Tus manos se ven mejor —observó Linden sin apartar la vista de la sección en la que trabajaba—. Me alegra que sanaran bien.—Sí. Ya están bien —murmuré—. Gracias, supongo.
—De nada —dijo, y pude oír la sonrisa en su voz aunque no lo estaba mirando.
Después de eso, trabajamos en silencio durante un rato y volví a sumirme en aquel ritmo cómodo.
Clavar la pala, despejar, evaluar. Clavar la pala, despejar, evaluar.
La repetición era casi meditativa y, por primera vez desde que comenzó toda esa pesadilla, sentí algo que no era pura frustración o agotamiento.
—Entonces, eh... —dijo Linden tras unos cinco minutos de trabajo en silencio—. Nerion es bastante intenso, ¿no?
No pude evitar soltar una risa breve.
—Eso es quedarse corto.
—Tiene buenas intenciones —continuó Linden, y me di cuenta de que intentaba suavizar las cosas—. Es solo que... se entusiasma con la gente.
—Es entrometido —lo corregí, pero había menos mordacidad en mis palabras de la que podría haber habido—. Y sin duda intentaba presentarme a alguien. Lo cual es raro, porque ni siquiera conozco al tipo.
—Sí, suena a Nerion —admitió Linden—. Lleva un tiempo empeñado en conseguir que yo... —Se interrumpió de golpe, y por fin lo miré. Incluso bajo la tenue luz del invernadero, pude distinguir el leve tono rojizo de sus mejillas, señal de que se estaba ruborizando—. Que yo tenga citas.
Guardé esa información para analizarla más tarde. Así que Nerion intentaba conseguir que Linden tuviera citas. Lo cual significaba que Linden probablemente no era de los que salían y se acostaban con cualquiera. Lo cual significaba que probablemente era...
—No —murmuré para mis adentros.
—¿No qué? —preguntó Linden.
—Nada —dije rápidamente—. Solo... pensaba en voz alta.
Continuamos trabajando y agradecí que Nerion gritara algo sobre necesitar mejor iluminación y que Teddy se acercara para ayudarlo a ajustar el caballete, dejándolos a ambos tan lejos de nosotros como podían estar dentro del invernadero.
Eso me dio un momento para respirar y aclararme la cabeza. Pero no duró mucho.
—Tu magia está volviendo a descontrolarse —observó Linden en voz baja.
Levanté la vista y vi una pequeña nube formándose sobre nosotros. Mierda. Lo estaba haciendo tan bien manteniéndola bajo control.
—Solo es la humedad —mentí.
—Cass —dijo Linden, y había algo en su tono que me hizo interrumpir lo que estaba haciendo y mirarlo de verdad—. No pasa nada si estás...
—No lo estoy —lo interrumpí sin siquiera saber qué estaba a punto de decir—. Estoy bien. Todo está bien.
—Te cuesta controlar tu magia, ¿verdad, Chispas? —preguntó con inocencia.
—No —espeté—. No me cuesta nada. Puedo hacer que haga lo que yo quiera.
—Entonces, ¿provocaste el rayo a propósito?
Me limité a fulminar la tierra con la mirada, incapaz de soportar la idea de alzar los ojos hacia él. Porque si me veía, si nuestras miradas se encontraban, sabría que mentía. Probablemente ya lo sabía de todos modos.
—¿De qué hablan, tortolitos? —gritó Nerion, entrometiéndose justo en el peor momento.
—En realidad —respondió Linden, adelantándose antes de que pudiera pensar en una réplica—, vamos a hacer una excursión rápida a la arboleda. Necesito recoger algunos especímenes para la profesora Paulson. —Linden dejó la pala a un lado—. Volveremos en un par de horas. Diviértanse pintando.
—Uuuh —canturreó Nerion en respuesta—. ¡Diviértanse!
Linden posó una mano enorme sobre mi hombro.
—Vamos. Salgamos de aquí un rato.
Sentí que se me contraía el estómago cuando la mano de Linden se posó sobre mi hombro. Su contacto era cálido incluso a través de mi camisa, y tuve que luchar contra el impulso de recostarme contra ella como un imbécil necesitado de afecto.
—¿La arboleda? —pregunté, intentando parecer despreocupado aunque de pronto mi corazón latía como si acabara de desatar un huracán con toda su fuerza—. ¿Qué demonios es la arboleda?
—Mi hogar —respondió Linden con sencillez mientras ya me guiaba hacia la salida del invernadero—. Donde están los árboles. De donde proviene mi poder. Hay algunas cosas allí que necesito.
Quería discutir, inventar alguna excusa sobre estar demasiado cansado, tener otras mierdas que hacer o que mi castigo no incluía excursiones fuera del campus.
Pero la verdad era que sentía algo de curiosidad.
Y, sobre todo, estaba desesperado por escapar de la sonrisa cómplice y los comentarios estúpidos de Nerion.
Así que permití que Linden me sacara del invernadero y me guiara a través del campus mientras oscurecía.
—Más vale que esto no sea algún extraño ritual de dríadas —murmuré mientras caminábamos—. O que estés intentando matarme por incendiar el invernadero.
—No lo es —respondió Linden, y pude oír la diversión en su voz—. Aunque entiendo por qué te preocuparía. —Me lanzó una mirada de reojo—. Tendría buenas razones para estar enojado contigo.
Antes de poder contenerme, pregunté:
—Pero no lo estás, ¿verdad?
Él se limitó a negar con la cabeza.
—No. No lo estoy.
—Eso es jodidamente raro. Cualquier otro estaría furioso.
Él se encogió de hombros.
—Supongo que entonces no soy como los demás.