Capítulo seis Cass
Dieron las seis y lo último que quería hacer en la puta vida era regresar al invernadero. Pero apenas era el primer día. Todavía quedaba todo un semestre por delante. El trabajo apenas había comenzado.
—Hermano, ¿todavía te tienen haciendo esa mierda? —preguntó Tex cuando yo salía de la fraternidad. Había pasado casi toda la tarde ahí, dormitando en el sofá.
—Sí —gruñí mientras me incorporaba y me pasaba una mano por el cabello revuelto—. Y será así durante el resto del semestre.
—¿Qué? ¡Eso es una locura!
—Es esto o que me expulsen —suspiré.
—Yo dejaría que me expulsaran —respondió, negando con la cabeza—. Nada vale tanto trabajo.
—Si tuvieras a mis padres, no elegirías la expulsión —dije con voz inexpresiva—. Créeme.
—¿Tan malos son?
—Los peores. —Levanté los brazos por encima de la cabeza y me estiré, disfrutando de un último y glorioso bostezo antes de regresar a mis trabajos forzados—. Nos vemos luego, Tex.
Él asintió y alzó una cerveza en mi dirección.
—Buena suerte, Cass.
Atravesé el campus con paso cansino rumbo al invernadero, mientras mis botas crujían sobre la nieve compacta.
El sol ya descendía detrás de la línea de árboles y proyectaba largas sombras sobre los terrenos.
Todavía me dolían los músculos por el trabajo de la mañana, y sentía que empezaban a formárseme ampollas en las palmas de tanto cavar y retirar escombros.
El invernadero apareció ante mi vista y pude ver el resplandor dorado del hechizo protector, que todavía centelleaba a su alrededor. Al menos esa parte había funcionado. Casi esperaba que se derrumbara en cuanto me fuera, pero parecía mantenerse estable. Algo era algo, supongo.
Entré y de inmediato vi a Linden arrodillado junto a uno de los maceteros, con las manos bañadas en ese suave resplandor dorado que indicaba que su magia de dríade estaba activa.
Estaba tan concentrado en su trabajo que al principio no se percató de mi presencia.
Me tomé un momento para observarlo sin que él hiciera lo mismo conmigo.
No era algo que haría normalmente, pero a la mierda: estaba cansado e irritable y, al parecer, iba a pasar mucho tiempo con ese tipo, me gustara o no.
En realidad sí era guapo, ahora que lo miraba con atención.
Tanto de una manera convencional como de una exótica.
Era corpulento, pero había en él una fuerza que trascendía los simples músculos.
Estaba en su forma de moverse, segura y deliberada, como si supiera exactamente de qué era capaz su cuerpo.
Tenía la piel verde, recorrida por hilos dorados que fluían por ella como raíces.
Hasta ese momento, casi siempre me había juntado con otros brujos y nunca había prestado mucha atención a las demás razas, de aspecto más monstruoso.
Después de todo, me habían criado para creer que una relación mixta como esa estaba mal vista.
Sin embargo, la forma en que se tensaban los músculos de los hombros de Linden mientras trabajaba y la sonrisa apacible que siempre tenía en el rostro me hacían cuestionar si esa creencia tenía algún fundamento.
Al fin y al cabo, él era una persona igual que yo, ¿no?
Y me importaba una mierda lo que pensaran mis padres, eso era seguro.
—Hola, Chispitas —dijo Linden, levantando la mirada de su trabajo como si hubiera sentido mi llegada.
Odiaba ese apodo. Sus ojos dorados se encontraron con los míos y sentí un revoloteo en el estómago.
¿Y eso qué demonios había sido? —Regresaste.
—Sí, bueno, que me expulsen probablemente sería peor que esto —respondí, dejando caer mi mochila junto a la entrada—. Así que aquí estoy.
Se puso de pie y se sacudió las cenizas de los jeans, y no pude evitar fijarme en cómo se movían sus músculos bajo la camiseta.
Mierda. Estaba marcadísimo. Ni siquiera había flexionado los músculos ni nada.
¿Trabajar en un invernadero desarrollaba un cuerpo así?
¿Yo terminaría viéndome de esa manera al acabar el semestre?
—¿Cómo te fue en clases? —preguntó Linden mientras avanzaba hacia uno de los montones de escombros más grandes.
—Bien —mentí. En realidad, había faltado a casi todas. La idea de sentarme en un salón mientras todavía circulaban rumores sobre mí y tenía las manos llenas de malditas ampollas no me había resultado muy atractiva—. Entonces, ¿cuál es el plan para esta noche?
—Lo mismo que esta mañana —dijo, entregándome un par de guantes de trabajo que parecían nuevos—. Retirar más escombros. Tenemos que llegar a la sección oriental, donde se guardaban algunos de los especímenes más raros. Pero primero necesito mostrarte algo.
Tomé los guantes y me los puse sobre las palmas adoloridas. El acolchado interior se sintió como el cielo contra las ampollas que se estaban formando.
—¿Qué?
Linden me condujo hacia el interior del invernadero, más allá de las secciones que ya habíamos despejado esa mañana.
El olor a cenizas y vegetación quemada todavía saturaba el aire, pero debajo de eso pude detectar algo más.
Algo verde y vivo. Se detuvo frente a un macetero ennegrecido y se arrodilló junto a él.
—Mira —dijo, indicándome que me acercara.
Me agaché y examiné la tierra carbonizada. Al principio no vi nada. Solo más cenizas y destrucción. Pero entonces las manos de Linden comenzaron a resplandecer otra vez, y la luz dorada iluminó algo bajo la superficie. Un brote verde. Apenas visible, apenas vivo, pero definitivamente verde.
—Sobrevivió —dijo en voz baja, casi con reverencia—. El esqueje de duramen en el que estaba trabajando. Sobrevivió al rayo y al frío.
Contemplé el diminuto brote y sentí que la irritación se acumulaba en mi pecho. ¿Por esto estaba pagando penitencia? ¿Por una diminuta mancha verde en una maceta que no le importaba una mierda a nadie salvo a ese musculoso cabeza hueca?—Está bien —gruñí—. ¿Y? ¿Qué tiene de especial?
La expresión de Linden cambió y vi algo titilar detrás de esos ojos dorados. ¿Decepción, quizá? O tan solo la comprensión de que yo era un completo imbécil que no entendía la importancia de lo que me estaba mostrando.
—Proviene de mi arboleda —dijo en voz baja, adoptando ese tono paciente de profesor que comenzaba a ponerme de los nervios—. Y, contra todo pronóstico, logró sobrevivir. Eso lo hace especial a su manera.
—Es solo una planta —me burlé. Y, por algún motivo, eso me pareció demasiado cruel, así que añadí—: Entonces, ¿vamos a proteger esta?
—Vamos a protegerlas a todas —respondió, todavía sin dejarse llevar por la ira ni el resentimiento.
Casi quería que lo hiciera. Por algún motivo, quería ver quebrarse a ese gigante amable—.
Pero sí, esta en especial. Llevo tres años trabajando en este esqueje.
Provino de un árbol especial de mi arboleda, allá en casa. Hay... mucha historia detrás de él.
Tres años. Yo nunca había dedicado tres años a nada en toda mi vida.
Lo que más tiempo había mantenido probablemente era mi magia climática, y solo porque se me daba de manera natural.
La idea de que alguien invirtiera tanto tiempo y esfuerzo en algo tan simple como una planta parecía casi... estúpida.
—Está bien —dije, todavía irritado por toda la situación—. Mira, amigo, las plantas no son lo mío. La verdad es que no lo entiendo. Así que solo dime qué tengo que hacer para poder largarme de una puta vez.
—Son criaturas vivas que respiran, igual que tú y yo —explicó Linden—. ¿Y si fueran un gato o un perro?
—No me permitían tener mascotas, así que tampoco entiendo eso —murmuré, cruzándome de brazos—. Y yo no me parezco en nada a una planta, muchas gracias. Para empezar, puedo caminar. Y puedo hacer magia. Ninguno de tus elegantes dientes de león puede hacer eso.
Linden me sostuvo la mirada durante un largo rato. Todavía no estaba enojado, aunque yo lo provocaba de todas las formas que se me ocurrían. Solo parecía decepcionado.
—Supongo que eso explica por qué tu magia está tan fuera de control —dijo, hiriéndome en lo más profundo con una sola frase.
Sentí que apretaba la mandíbula.
—¿Qué mierda se supone que significa eso?
—Significa que no respetas nada —dijo Linden, y ahora había en su voz un filo que antes no estaba ahí.
No era ira exactamente, pero sí algo parecido—.
Ni las plantas, ni el invernadero, ni siquiera a ti mismo o tus estudios.
Tu magia es poderosa, pero también salvaje.
Indómita. Invocas rayos sin pensar en las consecuencias porque en realidad no te importa nada salvo cómo te hace sentir.
Quería discutir con él, decirle que no sabía una mierda de mí, de mi magia ni de mi vida. Pero las palabras se me atoraron en la garganta porque una pequeña parte de mí, la que mantenía encerrada y me negaba a examinar demasiado de cerca, sabía que tenía razón.
—Mira —continuó Linden, suavizando otra vez el tono—. No intento ser cruel. Pero si vas a trabajar aquí durante los próximos cuatro meses, tendrás que aprender a pensar en algo más que en ti mismo. Estas plantas merecen al menos eso.
Me puse de pie de golpe, cerrando las manos en puños dentro de los guantes de trabajo.
—Bien. Como sea. Pongámonos a trabajar de una vez.
No insistió, lo que de alguna manera empeoró las cosas.
Se limitó a asentir y me condujo hacia la sección oriental del invernadero, señalando las zonas que debían despejarse primero.
Trabajamos en silencio durante la hora siguiente, acompañados únicamente por el raspado de nuestras palas y el crujido ocasional de los escombros al moverse.