35. La valoración
«La lealtad de un Sujeto Beta es inversamente proporcional a su miedo. Si el sistema colapsa, el Beta buscará instintivamente un nuevo centro de gravedad para no ser aplastado. No hay traición, solo física básica».
— Estirpes. Manual de Gestión de Recursos Humanos
Caos caminaba unos pasos por detrás del Máster, incapaz de acompasar la respiración. Tenía las manos aún húmedas dentro de los bolsillos de la bomber.
—¿Lo he hecho bien, Máster? —preguntó Caos.
Su voz temblaba, desprovista de toda la bravuconería de las botas militares y la bomber.
No tenía la frialdad del verdugo, sino el pavor del alumno que teme confesar a sus padres un examen suspendido.
El Máster no contestó de inmediato. Su mente ya estaba en casa, frente a su Olivetti, procesando la noche.
Visualizaba el folio en blanco, el golpe seco de las teclas sobre la cinta de tinta, la embriagadora sensación de orden.
«Título: La Marquesina de Cristal».
—La ejecución ha sido… correcta —sentenció al fin, sin detener el paso.
Caminaban con calma, fundiéndose con las sombras de los bloques de ladrillo rojo, alejándose del resplandor de las sirenas que ya empezaban a teñir el cielo de azul a lo lejos. El Máster no se volvió. Caos lo siguió en silencio.
—Has dudado en algunos momentos —añadió el Máster con una neutralidad hiriente—. No debéis dudar. La duda es humana, Caos. Nosotros estamos diseñados para ser algo mejor.
Caos asintió, tragando saliva con dificultad. —Es que… me ha mirado. No gritaba. Solo me miraba.
El Máster chasqueó la lengua con un sonido seco que cortó el aire.
—El sujeto no te miraba a ti, Ramón. Miraba la función. Era un objeto más en el escenario, parte del ritual. No lo personalices o el experimento fracasará. Has tardado demasiado en ejecutar la acción.
Caos bajó la vista, hundiendo la barbilla en el pecho, y entonces su mano derecha buscó instintivamente la izquierda. Se quedó petrificado en mitad de la acera. El asfalto parecía hielo.
—Joder.
—¿Qué ocurre? —La voz del Máster bajó una octava, volviéndose peligrosa.
—Me falta el reloj.
El Ejecutor, que caminaba dos pasos por detrás cubriendo la retaguardia, giró apenas la cabeza. Su cara seguía cerrada, inexpresiva, pero sus hombros se tensaron un instante.
—¿Qué has dicho? —preguntó el Máster, deteniéndose en seco y clavando en él una mirada de frialdad clínica.
—El que llevo siempre. El Casio negro. Se ha debido soltar cuando… cuando me ha agarrado. Lo he oído caer, pero en ese momento pensé que era una piedra golpeando el suelo.
Cruzaron una avenida desierta. A lo lejos, un coche patrulla pasó despacio con las luces apagadas, una sombra metálica patrullando el vacío. Caos se encogió, haciéndose pequeño dentro de su bomber, intentando desaparecer entre las costuras. El Ejecutor, en cambio, era un muro de carne y silencio.
El Máster se permitió un pensamiento frío: « El peligro añade textura a la narrativa ». No dijo nada.
—¿Crees que… crees que sabrán que hemos sido nosotros? —susurró Caos.
—¿Quiénes? ¿La policía? ¿La Guardia Civil? —El Máster soltó una risa breve, una nota seca sin rastro de humor—. Buscarán una causa fácil, Ramón. Buscarán algo que encaje en sus informes y les permita dormir tranquilos. Son gente simple; necesitan respuestas que no les obliguen a pensar.
Llegaron al cruce donde debían separarse. Caos no se movió. Seguía observando su muñeca desnuda con una fijeza perturbadora, como si le faltara un trozo de piel.
—No puedo irme sin él —dijo. En su voz no había capricho, sino un pánico real—. Tengo que volver al parque.
—No vas a volver —sentenció el Ejecutor.
—Pero es mi…
—Lo que cae allí, se queda allí —le cortó el Máster. Su voz fue un latigazo que restalló en el silencio de la calle—. Tú te vas a casa ahora mismo. Limpias la herramienta con lejía. No con agua y jabón: con lejía pura. Y no hablas. Si hablas, te hundes tú solo. ¿Está claro?
Caos abrió la boca para protestar una vez más, con el nombre del reloj quemándole en la punta de la lengua.
El Ejecutor dio un paso hacia él. Solo uno.
No fue una amenaza explícita, pero fue suficiente para que el aire se volviese irrespirable.
Caos retrocedió, intimidado por la masa de músculos y el silencio que tenía delante.
—Dentro de unos días tendremos otra misión —añadió el Máster, suavizando el tono de forma casi paternal; una golosina para un perro apaleado—.
Esto solo ha sido el prólogo. Si todo sale según el plan, serás recompensado.
Formarás parte de algo mucho más grande que una simple patrulla callejera. Ya lo verás.
Caos asintió con la mirada gacha, tragándose la urgencia y el miedo, y se alejó al fin hasta fundirse con la oscuridad de la avenida. El Máster lo observó un segundo más, midiendo el daño con la precisión de un perito.
Máster
Observación : « El Sujeto Beta conserva apego emocional. Reforzar condicionamiento » .
Al día siguiente por la tarde, el Máster estaba sentado en la cabecera de la mesa de caoba.
Delante de él, el mapa de Madrid seguía lleno de chinchetas, pero él no miraba el mapa.
Miraba los periódicos especializados y las primeras ediciones de la prensa generalista que había bajado a comprar al quiosco.
Nada.
—No sale —dijo Caos. Estaba sentado en el suelo, abrazándose las rodillas. Su voz seguía sonando fina, rota—. ¿Por qué no sale? Lo dejamos allí tirado. Alguien tiene que haberlo visto. Es imposible que no salga.
—Es pronto —dijo el Máster sin levantar la vista del papel, pasando las páginas con calma—. Los cadáveres de los pobres no son noticias jugosas al principio. La información tarda en fluir.
El Ejecutor estaba de pie junto a la ventana, mirando el Parque del Oeste a través de las lamas de la persiana.
Inmóvil. Silencioso. El Máster cerró el periódico con suavidad.
Se quitó las gafas y las limpió con el pico de su jersey.
Luego miró a sus dos piezas. Se levantó.
Caminó hasta Caos y le puso las manos en los hombros. Caos dejó de temblar al sentirlo.
—Si tenéis miedo, es porque estáis pensando mal —dijo el Máster—. No hemos matado a nadie.
Caos levantó la vista, confuso.
—¿Qué? ¡Pero si estaba allí! ¡Vi la sangre!
—Ssshhh.
El Máster se giró hacia el mapa de Madrid, que presidía la estancia como el tablero de un dios caprichoso. Cogió una chincheta negra y la clavó en la zona de Hortaleza. La presionó hasta doblarse ligeramente entre sus dedos.
—Los asesinos actúan por odio. Nosotros no somos asesinos —se volvió hacia ellos, abriendo los brazos en un gesto teatral, abarcando el salón en penumbra, el mapa punzante y el silencio espeso que los rodeaba—.
Somos directores de escena. Lo que hicimos anoche no fue un crimen; fue una obra de teatro.
Y ahora… —señaló hacia la puerta, hacia la calle, hacia un Madrid que empezaba a rugir bajo el sol de mayo— …
ahora solo tenemos que esperar a que el público aplauda. Eso es todo.
Caos miró al Máster. Luego buscó la aprobación en la máscara de granito del Ejecutor.
Poco a poco, su respiración se calmó y el temblor de sus manos desapareció.
La realidad se estaba reescribiendo en su cabeza, sustituyendo el horror de la sangre por la épica de la misión.
No era un skinhead asesino. Era un artista. Un elegido.
En la penumbra de Argüelles, mientras la ciudad despertaba con un muerto más enfriándose en la morgue, los tres jugadores cerraron el pacto. El crimen había terminado. Pero para la Estirpe, la partida no había hecho más que empezar.