Estirpes 34. Versión oficial
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34. Versión oficial

En la Comandancia, el calor de los focos provocaba que la temperatura de la sala de prensa estuviera muy alta. Había cámaras, trípodes, flashes que reventaban los ojos. Los periodistas se agolpaban con libretas, grabadoras de casete y bolígrafos. La lucha por el espacio era encarnizada.

El comandante Ledesma ocupaba el centro del atril.

Detrás, un panel verde con el emblema de la Guardia Civil.

Inés estaba a un lado, con el uniforme impecable y el estómago tenso.

Parrondo al otro, mandíbula apretada, mirando a los periodistas como si fueran los enemigos del otro bando en una guerra.

Ledesma empezó la rueda de prensa sonriendo para las cámaras.

—Gracias por venir. Hoy podemos comunicarles que la Guardia Civil ha practicado la detención de un individuo vinculado a grupos de ultraderecha, presuntamente implicado en el homicidio de Cristóbal Márquez.

Es una muestra de la rápida respuesta del Cuerpo y del compromiso contra la violencia y el odio.

La sala olía a titular antes de que nadie lo escribiera.

—¿Confirmamos entonces que es un ataque racista? —preguntó uno.

—¡Comandante! ¿Confirma que el asesino pertenece a una banda neonazi?

—¿Hay relación con otros ataques?

—¿Ha actuado solo?

—¿Cómo es posible que un menor haya burlado a la Guardia Civil durante semanas?

Ledesma levantó la mano, modulando el control.

—Hoy la Guardia Civil ha dado un paso decisivo para devolver la tranquilidad a los ciudadanos, pero aún estamos en fase de instrucción. Los indicios apuntan hacia las teorías que mencionan, aunque todavía no podemos afirmarlo al cien por cien.

Inés miró de reojo a Parrondo. Parrondo no la miraba, solo escuchaba, con el gesto de quien ya se ha puesto la medalla en la pechera.

—La rápida actuación de la Guardia Civil ha permitido esclarecer los hechos…

Inés dio un paso mínimo hacia el micrófono.

—La detención de Ramón Garrido es un paso importante, pero la investigación no se cierra aquí. No ha terminado. Tenemos que seguir investigando.

Un murmullo recorrió la sala. Ledesma parpadeaba, y mantenía el tipo con la sonrisa rígida.

Inés continuó.

—Los indicios que manejamos apuntan a una planificación que podría ir más allá de una agresión vinculada al odio. Nuestra obligación es seguir la pista hasta el final. Trabajamos con todos los escenarios abiertos.

Ledesma se giró hacia ella con un gesto rápido, casi imperceptible.

—La guardia Baquero se expresa en términos técnicos —dijo intentando reconducir—. La versión oficial es la que yo les transmito. En cualquier caso, el Cuerpo está volcando todos sus esfuerzos en acabar con esta violencia asociada al neonazismo.

Parrondo se movió levemente. Un gesto pequeño le acercó al micrófono.

—Mi comandante, con permiso y el debido respeto.

Silencio.

—Si me permite… comparto su valoración —dijo Parrondo—. Sería imprudente descartar otras vías. No se hagan la idea de que esto está cerrado. Todavía no. Puede haber más culpables implicados.

La cara de Ledesma se quedó impertérrita.

Inés giró apenas la cabeza hacia Parrondo. Durante un segundo creyó haber oído mal. Era la primera vez que el sargento se colocaba a su lado delante de un superior.

La prensa se quedó un segundo en silencio, recalculando el titular.

Ledesma mantuvo la sonrisa, pero apareció un pequeño tic en el ojo.

Inés miró a Parrondo, y este se la devolvió. La guerra interna se movía un milímetro hacia la coalición y el bien del equipo.

La rueda de prensa terminó y la sala se vació con el sonido de sillas arrastradas y el runrún de los periodistas comentando la jugada. Ledesma no se movió del podio hasta que el último periodista cruzó la puerta. Entonces se giró, lento, como un reloj que marca la hora del ajuste de cuentas.

Inés sintió el odio. Parrondo se enderezó, pero no bajó la vista.

—Sargento Parrondo. Guardia Baquero. A mi despacho. Ahora.

El pasillo hacia el despacho del comandante se alargó como un corredor de penitencia, flanqueado por paredes desnudas y puertas mudas que vigilaban el paso.

Ledesma entró primero, dejó pasar a sus subordinados y cerró el cerrojo con un clic.

Se sentó tras la mesa, sin invitar a hacer lo mismo a sus acompañantes.

—¿Qué coño ha sido eso? ¿Se creen que esto es una tertulia de bar? Yo doy la versión oficial. Yo controlo el mensaje. Ustedes asienten y reafirman lo que yo he dicho. Punto.

Inés abrió la boca para hablar, pero Ledesma la cortó con la palma abierta.

—Tú primero, Baquero. Interrumpes en público, cuestionas la instrucción judicial ante cámaras. ¿Quiere usted salir en la portada de El País como la heroína que desmonta al mando? Esto no es su jueguecito forense de la Universidad. Es cadena de mando. Es jerarquía.

Inés se mantenía firme.

—¿Saben cuántas llamadas he recibido esta mañana del Ministerio? ¿Del Delegado del Gobierno? ¿Del Gabinete? ¿Creen que esto va solo de detener asesinos?

—Mi comandante, los indicios apuntan a algo más grande. Si cerramos con «skinhead neonazi» y sale otro tipo de pez, quedamos en ridículo. Solo pedía tiempo para…

—¡No me pida usted tiempo! —Ledesma se inclinó hacia delante—. Pida permiso.

Luego giró hacia Parrondo, que había estado callado como un muro.

—Y tú, sargento. Que una niña cometa un error de principiante, lo puedo entender.

¿Desde cuándo le quitas la razón al superior en prensa?

«La guardia tiene razón». ¿En serio? ¿Me traicionas en público por cubrirla a ella?

Llevas años en esto, Parrondo. Sabes cómo funciona.

Un parte limpio, cierre rápido, medalla para el cuartel.

Aquí no se cuestiona al mando delante de los periodistas.

La mandíbula de Parrondo se tensó.

—Con el debido respeto, mi comandante. Si hubiéramos cerrado ya, y Ramón es solo el peón, nos comemos el marrón. Prefiero comerme una verdad fea ahora que una foto bonita que nos explote en la cara mañana.

Ledesma soltó una risa seca, sin aire.

—La verdad es lo que yo digo hasta que el juez diga otra cosa.

Y para que les quede bien claro para la próxima vez: Parrondo, queda relevado de la dirección operativa hasta nueva orden.

Y voy a proponer quince días de suspensión de empleo y sueldo.

Bruno liderará con otro agente. Y si vuelven a saltarse el conducto, les juro que les hago la vida imposible, y esta amonestación será solo el principio.

Inés sintió el golpe en el pecho. Parrondo asintió, rígido, como tragándose el orgullo entero.

—Y ahora aire. Fuera de mi despacho.

—A la orden, mi comandante —dijeron a la vez Inés y Parrondo.

Cerraron la puerta tras ellos. El pasillo parecía más largo ahora. Parrondo miró a Inés de reojo, un gesto mínimo que transmitía de forma sencilla que la guerra no había terminado.

Y fuera, en algún lugar de Madrid, el tablero seguía montado, esperando la próxima tirada.