Estirpes 33. Entrada y registro
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33. Entrada y registro

Inés salió al rellano con el cuerpo pidiendo tregua.

Cada movimiento era una negociación con sus propias costillas y el labio partido le recordaba, con un latido punzante, el sabor metálico de la noche anterior.

Antes de que pudiera alcanzar el primer escalón, la puerta del vecino se abrió con la precisión de una trampa para ratones.

—¡Alto ahí! —El señor Burrull apareció en el umbral, todavía con la bata de boatiné, pero con la mirada afilada de quien detecta una irregularidad en el parte de bajas—. ¿Qué le pasa a usted en la cara, señorita Inés?

En ese momento, Bruno Galván asomó por el recodo de la escalera. Subía a buscarla para ir a la Comandancia, puntual y sólido. Burrull lo midió de arriba abajo, apretando los puños con una energía impropia de su edad.

—¿Ha sido él? —preguntó Burrull, señalando a Bruno con un dedo acusador que temblaba de pura indignación—. Porque si le ha puesto la mano encima a la hija de Manolo, me da igual que sea de la Benemérita; lo bajo por el hueco del ascensor ahora mismo. ¡Faltaría más! ¡A las mujeres se las respeta!

Bruno se detuvo en seco, confundido por la embestida del anciano. Inés puso una mano en el brazo del vecino, notando la tensión de su rabia antigua.

—Tranquilo, señor Burrull. No ha sido él. Bruno es mi compañero, me está ayudando. Ha sido un accidente de servicio. Una caída.

Burrull entrecerró los ojos, pasando la vista de la herida de Inés al rostro impasible de Bruno. Dio un resoplido de escepticismo, pero relajó los hombros.

—Una caída, dice… En mis tiempos las caídas no dejaban marcas de nudillos —refunfuñó, aunque su voz recuperó el tono protector—. Esté atento, cabo. Que en Cavite perdimos mucho, pero no perdimos la vergüenza. Me la cuida usted bien, ¿me oye? O tendrá que vérselas conmigo y con el barrio entero.

—Pierda cuidado, señor —respondió Bruno con una seriedad que pareció convencer al viejo—. Es mi prioridad.

Burrull asintió una vez, seco, y le encasquetó a Inés un termo envuelto en un paño. —Café con leche y mucha azúcar. Para el susto. Y no me venga con que tiene prisa, que la autoridad con desmayos no impone nada. ¡Vayan con Dios!

Madrid. Comandancia de la Guardia Civil. Despacho del sargento Parrondo

La guardia Inés Baquero se mantenía rígida en la silla, ignorando el pinchazo agudo de sus costillas cada vez que tomaba aire, mientras el cabo Bruno Galván, de pie junto a la ventana, mantenía una calma profesional que solo delataba el rictus tenso de su mandíbula.

—Fue un golpe de mala suerte, mi sargento —explicó Bruno, midiendo cada palabra para que la mentira sonara a parte oficial—.

La guardia Baquero localizó a Ramón cerca de Rosales y, mientras esperaba mi llegada para establecer el binomio, fue interceptada por tres individuos ajenos al caso.

Intentaron robarle el coche. Por suerte, yo estaba a apenas dos calles; intervine, dispersamos a los asaltantes y decidí priorizar la integridad de la guardia antes que continuar con la vigilancia.

Parrondo resopló; la ceniza de su cigarrillo osciló sobre el cristal del cenicero, a punto de colapsar.

Miró de reojo el labio partido de Inés y luego el rostro impasible de Bruno, sospechando que en aquella historia sobraban sombras y faltaban detalles, pero el éxito de la investigación le urgía más que indagar sobre ese tema.

—Mala suerte, sí —el rostro de Parrondo era una cartografía de la frustración—.

O un exceso de celo que casi nos cuesta una baja —gruñó Parrondo, golpeando la mesa con el puño—.

Pero se acabó el juego del gato y el ratón.

Tenemos la huella de ese tal Ramón y sabemos dónde vive.

No voy a esperar a que el niñato de la bomber se asuste y desaparezca por culpa de unos chorizos de parque.

Si Manoteras es su madriguera, vamos a entrar con todo antes de que se limpie la tinta de los dedos —se puso en pie, agarrando su guerrera del respaldo—.

Preparad al equipo. Salimos en diez minutos.

Quiero a ese nazi en calzoncillos y ese piso patas arriba antes de que den las doce.

Madrid. Barrio de Manoteras

El portal era uno más de la calle. Dentro, una señora estaba fregando el suelo con lejía barata que se metía hasta el fondo de la garganta.

Al fondo, el ascensor —estrecho, con puertas de tijera— descansaba inmóvil, como si llevara años funcionando a base de empujones y paciencia.

Una estampa de la Virgen de la Paloma estaba pegada con celo amarillento.

Inés subió pegada a la pared derecha. Bruno iba a su espalda, dos escalones por debajo.

Parrondo, delante, marcando el paso. Cuando llegaron al cuarto, el descansillo apenas dejaba sitio para los tres.

En una ventana sin persiana, la tarde entraba filtrada por un patio interior donde colgaban sábanas y un cable de antena roto.

Parrondo se colocó frente a la puerta. Miró el número, confirmando la dirección con el papel doblado en su mano.

Se oyó un cerrojo moverse. Luego otro. La puerta se abrió lo justo para que asomara una cara cansada, ojeras de sueño recortadas en una piel demasiado pálida para la hora.

La mujer tardó medio segundo en entender qué veía.

—¿Sí? ¿Quiénes son ustedes?

Inés dio un paso mínimo hacia delante y enseñó la placa.

—Buenos días, señora. Somos de la Guardia Civil, ¿podríamos entrar?

Los ojos de la mujer bajaron al documento.

—¿Le ha pasado algo a Ramón?

Parrondo no esperó. No sabía hacerlo. La orden del juez venía aún caliente del fax, doblada en su bolsillo interior.

—¿Su hijo está en casa? —dijo, seco.

—No. Ha salido.

—Señora, iré al grano. Su hijo es sospechoso de un crimen. Necesitamos hacer algunas comprobaciones y registrar su domicilio. Tenemos una orden judicial, señora.

La palabra detenido no se había pronunciado, pero la señora la entendió igual. La mujer abrió más la puerta. Las piernas le fallaron un poco y necesitó apoyarse en el marco.

—No… —susurró—. No, por favor. Mi hijo es un buen chico.

Mientras Bruno consolaba a la madre, Inés entró la primera.

La curiosidad ganó a la jerarquía. El pasillo era estrecho.

La luz del techo parpadeaba con intervalos de diez segundos.

El suelo estaba recién fregado; olía a la misma lejía que usaban para limpiar el portal, pero con algo dulce que intentaba disimularla.

Una estantería coja sostenía una fila de fotos.

En una de ellas, un chico joven con los ojos muy vivos sonreía enfundado en una camiseta del Real Madrid y con un balón bajo el brazo.

En la esquina del marco, un lazo negro, pequeño, completaba la información.

Inés lo reconoció sin necesidad de que nadie le dijera nada. Lo había visto esta mañana en los informes, mientras preparaba la posible entrevista con Ramón.

La madre apareció por detrás.

—Desde que se me fueron Rubén y mi marido… —dijo, como si le estuvieran robando el aire— solo me queda Ramón. No me lo quiten también, por favor.

Bruno bajó la mirada un instante. No se sentía con fuerzas para decirle la verdad. Inés tomó el mando. No por dureza, por respeto.

—Vamos a intentar entender qué ha pasado —dijo Inés—. Y necesitamos su ayuda.

Parrondo resopló, impaciente. Tenía prisa por conseguir pruebas.

—¿Dónde duerme el chico? —preguntó.

La madre señaló una puerta cerrada al final del pasillo.

—Ahí.

Inés asintió, y antes de ir hacia allí, se aseguró de que la madre se quedase en el pasillo.

—¿Puede quedarse aquí, por favor? —le pidió—. No queremos que vea cosas que… que no le van a ayudar. Mi compañero le acompañará a la cocina.

La mujer apretó el delantal con los dedos.

—Es mi casa.

—Lo sé —dijo Inés—. Por eso se lo pido. Confíe en mí.

La habitación de Ramón tenía el desorden raro de los adolescentes.

No estaba sucia, pero pocas cosas estaban en su sitio.

La cama sin hacer con la colcha retorcida, una bomber colgada en una silla con el forro naranja asomando como una lengua, pósters de películas en la pared, una portada de revista doblada.

También había un radiocasete sobre una cómoda con cintas apiladas y una consola SuperNintendo.

En el suelo, junto a la cama: las Dr. Martens de color negro.

Tenían barro seco en la suela, viejo, incrustado como una costra.

Bruno abrió el armario, mientras Parrondo se fue directo a los cajones, como si ya supiera dónde escondería algo un chico de diecisiete años.

—Procedemos con fotografía y relación de efectos —dijo Bruno, más para sí que para nadie. El tono de policía judicial que se protege detrás del procedimiento.

Inés se acercó a la mesa. Había algún cuaderno escolar, un estuche y folios con dibujos mal pintados, de esos que haces cuando te aburres, y frases escritas que parecían de películas o de canciones de la época. La caligrafía era de un chico de primaria, demasiado desordenada e inestable.

Parrondo abrió el primer cajón. Dentro había calcetines, un peine, una cartera vieja y, al fondo, algo envuelto en una bolsa de plástico.

Lo sacó y lo dejó sobre la cama. Parrondo no lo tocó con la mano desnuda.

Dejó caer el contenido. El primer indicio brilló: cuchillos.

No eran los típicos de cocina. Tres cuchillos: uno largo, otro más estrecho y uno con el filo como recién pasado por piedra.

Bruno se quedó quieto un segundo, pensativo. ¿Este chaval que parece una mosquita muerta de verdad es un asesino?

—Con esto el juez no va a dudar —afirmó Parrondo.

Inés no contestó. No eran los cuchillos lo que buscaba.

Miró el borde del colchón. Los chicos esconden debajo de la cama lo que no quieren ver ni ellos mismos.

Al agacharse pudo ver al fondo una caja de guantes de látex medio usada, con el cartón abollado.

Guantes finos, domésticos. Plástico limpio en un sitio que huele a adolescencia. Sacó la caja con la punta de los dedos.

—Esto no creo que lo use para limpiar.

Parrondo le lanzó una mirada rápida. Una mirada que decía: esto va bien.

—¿Qué más hay ahí debajo?

Inés metió la mano un poco más. Algo duro chocó contra sus dedos: una carpeta de anillas. Negra. Sin nombre. La sacó y cuando la abrió, su cara cambió. Su intuición adquiría peso y volumen. Ya no era una teoría. Era una carpeta: fichas, cuadrículas, descripciones con frases cortas, etc.

La palabra ESTIRPES aparecía arriba, escrita con rotulador.

Debajo, categorías que sonaban a jerga, a invento, a juego, pero con un tono de desprecio. Una hoja tenía un título que le golpeó el estómago sin avisar. Bruno se acercó, casi sin querer, con curiosidad policial. Inés pasó la página. Una ficha plastificada con un texto breve:

Módulo 01: La Marquesina de Cristal.

30 de abril

Clase C – Trabajador nocturno. Manchado.

Rutina estable. Sin escolta.

Guantes, cuchillos.

Inés tragó saliva. No era una ficha de rol. Era el guión de una caza.

Bruno soltó aire, despacio.

—Joder…

Parrondo se inclinó sobre la carpeta, con la sensación de que habían encontrado su mapa del tesoro.

—Esto es la prueba definitiva. Este chico no va a ver la luz durante muchos años.

Inés no le siguió la frase. Se fijó en otra hoja, en un recuadro marcado. La letra era más firme, de alguien que no tiembla. El texto era una valoración de las actuaciones. El juez puntuando la acción.

Valoración Caos

Ejecución Aceptable. Buenos reflejos. Buena actitud.

Mejoras: No mostrar apego. No dudar.

Puntos de vida: Herida leve dedo mano.

Inés cerró un momento los ojos.

—Aquí hay más cerebro del que Ramón puede manejar —dijo al fin, con la carpeta en la mano—. Esto no lo ha escrito él.

Bruno miró los cuchillos, los guantes, el módulo.

—Tenemos al peón… —susurró Bruno.

—…pero nos falta el rey —terminó Inés.

Parrondo se quedó quieto. La palabra rey le molestaba. A él le gustaban las cosas simples: culpable, móvil, cierre, cárcel.

—Con esto lo metemos dentro y se acabó —dijo Parrondo.

Inés no le discutió nada todavía, solo abrió un último hueco: el espacio entre las botas.

Metió la mano en una Dr. Martens, buscando el fondo.

Sus dedos encontraron algo metálico. Sacó un reloj.

Un reloj de manecillas barato. No era bonito.

Era práctico. Era justo el tipo de objeto que un hombre de turno de noche llevaría sin pensar.

Inés lo sostuvo mientras se dirigía hacia sus compañeros.

Bruno se acercó.

—¿Qué es?

—Un reloj.

Parrondo soltó una risa breve, sin humor.

—¿Y?

Inés no dirigió su mirada a Parrondo. Miró el reloj como si las manecillas le estuvieran diciendo la verdad.

—En la escena había un reloj digital roto —dijo—. Este debe ser de Cristóbal.

Bruno frunció el ceño.

—Joder, es verdad. El hijo de Cristóbal dijo que el de su padre era de manecillas y que no había aparecido.

Inés guardó el reloj en una bolsa de evidencias, con cuidado. Parrondo, tras recuperar el habla, preguntó:

—¿Me estás diciendo que este chaval es tan tonto de tener en su casa el reloj del fallecido?

—Eso parece. Y lo ha escondido como si fuera un trofeo.

En la sala de recreativos, las máquinas parpadeaban con luces de neón y se oían pitidos agudos.

La pantalla del Mortal Kombat rugía desde una esquina: dos muñecos se destrozaban con un sonido irreal.

Ramón estaba de espaldas, concentrado, la mano izquierda agarrando el joystick, la derecha aporreando botones.

No se giró cuando Inés entró. No se giró cuando Bruno se colocó a su lado. Empezó a enterarse cuando una mano de uniforme le tocó el hombro. Los ojos se le fueron, por reflejo, a la puerta, a la calle. Pero hoy no había salida.

—Ramón Garrido queda detenido como presunto autor de un delito de homicidio —dijo Inés.

Las palabras cayeron sin violencia. Ramón se encogió igual. A su alrededor, dos chavales observaban alucinados desde otra máquina. Cuando Ramón pasó a su lado, bajaron la vista. Nadie intercedía. Nadie preguntaba. Nadie se movía.

—Yo… —empezó con la voz apagada—. Sabía que ibais a venir. Quería echar una última partida.

Bruno le puso la mano en el otro hombro, firme.

—Vámonos. Aquí ya has terminado.

Ramón soltó el mando de la máquina. En la pantalla, su personaje recibió un golpe final y cayó.

FINISH HIM.

La máquina no entendía de misericordia.