Estirpes 32. Sangre en el parque
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32. Sangre en el parque

Su objetivo era Ramón. La huella dactilar hallada en la escena del asesinato de Cristóbal había dado positivo esa misma tarde: Ramón G.

L., sin antecedentes penales, aunque con dos reseñas menores por hurto y vandalismo.

Parrondo quería reventar la puerta de inmediato.

«Entramos en su casa y lo sacamos en calzoncillo s », había sentenciado con su rudeza habitual.

Pero Inés había peleado por ganar tiempo.

Veinticuatro horas. «Si lo detenemos ahora, se cerrará en banda.

Dejadme ver con quién se mueve, quién le dicta las órdenes, qué clase de miedo lo empuja».

Bruno se había ofrecido a acompañarla, pero Inés no pudo esperar.

A las ocho ya estaba sola en el coche, sin avisar a nadie.

Le escocía más la impaciencia que el frío.

Le había dado esquinazo a Bruno. No por desconfianza, sino por orgullo, tal vez.

O porque aquella dirección pertenecía antes a su padre que al caso.

Inés anotó la hora en su cuaderno oficial. Fue entonces cuando algo hizo clic en su memoria: « Pintor Rosales ». Esa calle no solo le sonaba por el caso de Cristóbal; le resonaba desde mucho más atrás.

—No puede ser —murmuró, con la voz quebrada—. Las casualidades no existen.

¿Qué hilo invisible conectaba a un skinhead de tres al cuarto con el enigma que obsesionó a su padre?

Una luz se encendió en el tercer piso. Inés aguzó la vista.

Detrás del cristal se recortaron tres sombras: Ramón, por la gesticulación nerviosa; una figura enorme, de hombros imposibles; y otra más delgada, inmóvil, casi gélida.

No eran rostros. Eran perfiles negros. Fantasmas proyectados contra el cristal, juzgando Madrid desde arriba.

Sobre las diez y cuarto, Ramón abandonó el portal.

Salía solo, o eso le pareció a Inés en un primer momento.

Apenas un minuto después, emergió tras él un tipo mucho más corpulento.

No parecían caminar juntos, pero ambos cruzaron la calzada casi al unísono y se internaron en la penumbra del Parque del Oeste.

Inés no se lo pensó dos veces. Guardó la libreta de su padre en el bolsillo, palmeándola para asegurarse de que estaba a salvo, y abandonó el coche. Necesitaba saber adónde se dirigían. Necesitaba confirmar si aquel santuario de sombras era el lugar de una reunión mayor.

Descendió por la escalinata de piedra que conducía al parque.

En mitad de la bajada, se detuvo en seco.

Fingió arreglarse el pelo frente al cristal de un escaparate, buscando un reflejo delatador.

¿Aquel tipo robusto la estaba observando?

Desestimó el pensamiento, atribuyéndolo a la paranoia, y se hundió en la espesura.

Allí abajo, el aire se transformaba. Olía a la humedad del río y a tierra mojada, pero, por encima de todo, olía a peligro.

Inés avanzó entre los arbustos, tratando de amortiguar el crujido de sus pasos sobre la grava.

Estaba distraída. En su mente se libraba una batalla entre el enigma del tercer piso, la coincidencia imposible de la dirección y la sospecha de que alguien le pisaba los talones.

Cuando quiso volver a localizar a Ramón, ya no lo veía.

Solo quedaban sombras entre los troncos.

Por eso, absorta en sus fantasmas, no oyó el impacto rítmico de las botas hasta que fue demasiado tarde.

El crujido sonó a su espalda. Inés se giró, llevándose la mano a la cadera, buscando la Star 9 mm. Pero no la encontró. La había dejado en la guantera al bajarse, para no abultar bajo la cazadora. Una estupidez. Un fallo de novata en seguimientos.

«Parrondo estaría encantado de ver ese fallo de rata de biblioteca».

Eran tres. Cabezas rapadas al milímetro, tirantes blancos, ojos encendidos por la velocidad y el alcohol. No eran Ramón ni el tipo corpulento. Eran violencia sin coartada.

Depredadores de parque que buscaban a chaperos o a mujeres solas.

—¡Eh! —gritó el del medio, que tenía una cicatriz muy fea en la ceja derecha—. ¿Tienes hora, guapa?

Inés dio un paso atrás, adoptando la guardia.

—Guardia Civil —dijo, sacando la placa con la mano izquierda—. Identificación. Ahora.

Los tres dudaron un segundo, tras el cual se miraron entre ellos y se echaron a reír. Una risa de hiena, estridente y cargada de una maldad infantil.

—¿Tú eres una madera? —se mofó el líder—. Madre mía, ya dejan entrar a cualquiera. Y encima vienes sola a jugar con nosotros.

Se le echaron encima como perros sueltos.

Inés esquivó el primer golpe —un movimiento mecánico, un eco de sus días en la academia—, pero el segundo le hundió un puñetazo en el costado que la dejó sin aliento.

Un impacto por la espalda —una cadena o una hebilla metálica— le hizo estallar la cabeza en una lluvia de destellos blancos.

Inés vio cómo el mundo se inclinaba. Intentó ponerse en pie, pero una mano rugosa le cerró el cuello.

—Mira cómo tiembla la gatita —se mofó uno de ellos.

La derribaron sobre la grava. Una bota le aplastó el pecho, robándole el aire.

—¡Quítale la pipa! —ordenó el líder mientras la inmovilizaban—. ¡Sujétala bien!

Registraron su cintura con brusquedad, pero solo hallaron el vacío. El líder soltó una carcajada incrédula.

—Hostia, pero si no lleva nada. ¿Te has inventado lo de que eres de la pasma, guapa? ¿Dónde has comprado la placa, en el rastro?

El miedo la invadió. Fue un miedo físico, animal; un tipo de terror que no había experimentado nunca.

Podía morir allí mismo, apaleada por unos nazis de mierda, con la libreta de su padre en el bolsillo.

La ironía era tan cruel que quemaba. Se ovilló en el suelo y se cubrió la cabeza con los brazos, esperando el final, mientras sentía el golpeteo de las botas castigándole el cuerpo.

—Quítale la ropa. Te vamos a dejar perfecta para que vuelvas a la Academia —los tres seguían riendo con esa saña de recreo podrido.

Entonces la noche cambió.

De pronto Inés vio, borroso, cómo Bruno tropezaba con una sombra enorme antes de lanzarse contra los rapados. Un impacto seco resonó sobre el ruido de la grava.

Pum .

Como un bate de béisbol golpeando un saco de carne. El peso que la inmovilizaba desapareció de golpe.

—¡Atrás, cabrones! —bramó una voz que conocía bien.

Había salido a buscarla en cuanto Parrondo le había confirmado que Inés no contestaba a la radio. No venía a detener a nadie; venía a sacarla viva de allí.

Inés levantó la vista, con el mundo girando en un torbellino de náuseas.

El cabo Galván se erguía sobre ella como un muro de cuero y furia controlada, con la defensa rígida desplegada y vibrando en su mano.

Bruno se movía con una precisión letal. Lanzó un golpe seco a la rodilla del segundo asaltante; el skinhead se desplomó sobre la grava con un grito agudo que rasgó la noche.

El tercero intentó extraer una navaja del bolsillo, pero Bruno no le dio tiempo ni a respirar.

Le soltó un revés con la defensa en la muñeca; el sonido del hueso al quebrarse fue nítido, casi quirúrgico.

La navaja salió despedida, perdiéndose entre los arbustos.

—¡Largo de aquí! —rugió Bruno.

Su voz ya no era la del cabo amable y educado que Inés conocía. En sus ojos brillaba algo que Inés no le había visto nunca: una violencia concentrada, limpia, profesional.

Los rapados, al comprender que la presa fácil se había transformado en un profesional armado y fuera de sí, huyeron en desbandada hacia la oscuridad de la zona del río, arrastrando a su herido entre lamentos.

Bruno se giró de inmediato. Plegó la defensa con un movimiento seco y se arrodilló junto a ella, rompiendo toda distancia protocolaria.

—Inés. Inés, mírame.

La luz de la luna bañaba su rostro, acentuando una palidez cenicienta. Ella intentó incorporarse, pero un gemido se le escapó al sentir la punzada eléctrica que le recorría todo el costado derecho.

—Estoy bien… —mintió, antes de escupir un hilo de saliva teñida de rojo—. Me han pillado desprevenida, que si no…

—Eres idiota —la cortó Bruno, con la voz quebrada por un temblor que no podía ocultar—. Te dije que no vinieras sola. Te dije que yo te cubriría las espaldas.

—Llegaste —susurró ella. Intentó sonreír, aunque el gesto le desgarró el labio partido.

—Llegué de milagro. Voy a informar a Parrondo; estaba fuera de sí cuando no contestabas a la radio.

Y por favor, Inés, deja de jugar a los detectives.

Eso está bien para las películas, pero en la vida real uno nunca camina solo.

Los binomios existen por algo. No es un concepto reglamentario; es lealtad, es confianza y es apoyo mutuo.

Inés apoyó la cabeza contra el hombro de Bruno, dejándose sostener por un instante.

—Es curioso —murmuró con la vista perdida en la espesura del parque—. Mi padre pasó media vida queriendo que fuera Guardia Civil y yo me negaba en rotundo. Yo quería ser veterinaria.

Por una vergüenza repentina, se guardó el secreto de que, en sus sueños más locos, también se imaginaba siendo bailarina.

—Pues sí, es curioso —coincidió Bruno, suavizando el tono—. La veterinaria ha acabado imitando a Colombo.

—¡Hasta tenía mi propio kit de detective! —Inés dejó escapar una risa corta que terminó en una mueca de dolor—. Creo que solo lo usé una vez. Mi pobre padre. Me lo regaló con toda su ilusión y yo no le hice ni puñetero caso.

—Eras solo una niña —dijo Bruno con suavidad—. Estoy seguro de que tu padre estaba orgulloso de ti, fueras lo que fueras.

Bruno pasó un brazo por debajo de sus rodillas y otro por su espalda, levantándola del suelo con una facilidad que hizo que Inés se sintiera, por un instante, a salvo de todo. La cargó sin esfuerzo aparente, con una naturalidad que contrastaba con la violencia que acababan de vivir.

—Y ahora, vamos al coche —sentenció él, comenzando a caminar hacia la salida del parque—. Tenemos que centrarnos en el presente.

Bruno ayudó a Inés a acomodarse en el asiento del copiloto.

Puso la calefacción al máximo para combatir el temblor de la adrenalina y extrajo un pequeño botiquín de la guantera.

Inés se dejó caer en el respaldo, con la cazadora abierta para facilitar una respiración que todavía le llegaba a trompicones.

Bruno empapó un algodón en agua oxigenada con movimientos precisos.

—Va a escocer —advirtió en un susurro.

Cuando acercó el algodón a su labio partido, Inés cerró los ojos y siseó de dolor, encogiéndose ligeramente.

—Lo siento —murmuró él, deteniéndose a milímetros de su rostro.

—Sigue. Estoy bien.

Bruno comenzó a limpiar la herida con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia de apenas unos minutos atrás.

Sus dedos rozaron la mejilla de Inés mientras retiraba con cuidado los pequeños coágulos de sangre.

Al terminar, no retiró la mano de inmediato.

Dejó los nudillos apoyados sobre su piel, como si necesitara comprobar que ella seguía allí, sólida y real.

Se miraron. Un silencio eléctrico, cargado de una tensión que nada tenía que ver con el caso, inundó el habitáculo.

Inés pudo percibir el aroma a tabaco que impregnaba la ropa de Bruno y el rastro del sudor frío del miedo que él había pasado por ella.

Bruno retiró la mano con una lentitud casi dolorosa, rompiendo el contacto pero no el hechizo.

—Inés, dime la verdad… ¿Por qué te has metido ahí abajo tú sola? —preguntó Bruno en un susurro, con la voz cargada de una fatiga emocional que no intentaba ocultar—. ¿Qué has visto ahí fuera?

Inés guardó silencio. Sintió el peso de la libreta en su bolsillo, una presencia que casi parecía quemarle a través de la tela de la chaqueta.

Podía contárselo. Podía decirle: «Mi padre vigilaba el mismo edificio donde se esconde el asesino de Cristóbal».

Pero miró los ojos de Bruno, oscuros y llenos de una preocupación genuina, y decidió que, por esa noche, no quería ser la oficial Baquero. Quería ser, simplemente, humana.

—Vi un fantasma —respondió Inés, con la mirada perdida en el parabrisas empañado—. Y cometí el error de seguirlo.

Bruno acarició su pómulo con el pulgar, un gesto tan breve como tierno que rompió la última defensa que le quedaba a ella.

—No vuelvas a asustarme así, Baquero.

—No lo haré, Galván. Te lo prometo.

Sus rostros quedaron a apenas unos centímetros de distancia.

Inés sintió una necesidad física, casi urgente, de besarle; de borrar el sabor a sangre y tierra de su boca contra la suya.

Pero se contuvo. Bruno se apartó despacio, rompiendo aquel campo magnético, aunque su mano demoró un segundo extra en abandonar la calidez de su cara.

—Te llevo a casa —dijo él, mientras el motor del coche cobraba vida—. Mañana te recojo antes de ir a la Comandancia y pasamos a por tu coche.

Inés se recostó en el asiento y cerró los ojos, dejándose envolver por la vibración del vehículo.

El dolor de las costillas era una punzada constante, pero lo que más le pesaba era la certeza que guardaba en el bolsillo: el piso de Pintor Rosales 40 era la clave de todo.

Fuera quien fuera el que habitaba aquel tercer piso, no pertenecía solo al caso Cristóbal.

Pertenecía también a la guerra que había matado a su padre.