31. La coartada #2
—Una última cosa. Esconde el reloj donde puedan encontrarlo, pero que parezca que has intentado ocultarlo. Mételo dentro de una de las botas de tu hermano. Como el trofeo que es.
Carlos le tendió la mano. El apretón fue breve, carente de calor. Ramón se dirigió a la salida con la cabeza gacha, hundido en sus propios hombros. Antonio lo escoltó hasta el umbral y descorrió el cerrojo con un estrépito metálico.
—Siento lo de antes, Ramón —murmuró Antonio, con una sinceridad brusca—. Me he descontrolado.
—No pasa nada. Lo comprendo —respondió Ramón, sin detenerse.
Salió al rellano sin mirar atrás. Había escapado de una celda. Carlos no volvió a sentarse; permaneció de pie, con la vista clavada en el tablero. Para él, Ramón no era una persona recuperando su libertad, sino una ficha que acababa de desplazar a una casilla peligrosa.
Antonio rompió el silencio.
—Ese jugador ha fallado su tirada —dijo, señalando la puerta con el mentón—. Es un riesgo para los objetivos. Y para nosotros.
Carlos giró la cabeza despacio. Lo miró con una calma absoluta, una que hacía que las palabras de Antonio pesaran el doble.
—Entonces ya no es un jugador. Es una variable. Y las variables se eliminan.
Antonio entrecerró los ojos, asimilando el peso de la orden. Carlos añadió con una frialdad absoluta:
—No quiero cabos sueltos. Tienes el visto bueno del Máster.
—Me encargaré, Máster.
Antonio se ajustó la chaqueta, comprobando que todo estuviera en su sitio. Cuando ya apoyaba la mano en el pomo de la puerta, la voz de Carlos le detuvo una última vez:
—Sin ruido. Sin prisa. No ensuciemos el tablero más de lo necesario.
Antonio asintió en silencio y salió al rellano. Bajó las escaleras con la ligereza de un depredador, cuidando cada pisada para no alertar a los vecinos y asegurándose de que Ramón, que ya le sacaba un tramo de ventaja, no sospechara que su sentencia de muerte caminaba unos pasos por detrás.
Al salir del portal, Antonio localizó a Ramón a media manzana; caminaba rápido, con la cabeza hundida entre los hombros.
Pero sus ojos, entrenados para detectar la anomalía, captaron algo más.
Una figura a distancia. Un movimiento demasiado constante, demasiado medido.
No estaba lo bastante cerca para ser alguien del entorno de Ramón, pero tampoco se movía con la aleatoriedad de un peatón cualquiera.
Mantenía una separación exacta, la distancia de seguridad de quien ha aprendido a cazar sin ser visto.
Antonio se quedó inmóvil a la sombra del portal, como un felino agazapado que detecta a otro depredador en su territorio.
La mujer giró la cabeza un segundo hacia un escaparate. Fingía que le interesaba su reflejo, pero Antonio reconoció el truco porque él mismo lo había usado mil veces. Había algo extraño en su manera de caminar.
No parecía una vecina.
Ni una estudiante.
Ni una novia esperando.
No parecía casual.
No caminaba igual.
Caminaba pendiente de otro cuerpo.
Vigilando.
—Mierda —murmuró entre dientes.
Dio un paso, luego otro, calculando la distancia para caer sobre Ramón en las sombras y terminar el trabajo rápido. Fue entonces cuando reparó en los otros.
Tres chavales rapados cruzaban la calle desde un bar cercano.
Caminaban con una seguridad sucia, convencidos de que el barrio les pertenecía por derecho de jauría.
Rodearon a la mujer sin prisas, con la parsimonia de quien cerca a una presa para jugar antes de dar el golpe.
Unos arbustos le impidieron ver más detalles.
Antonio se quedó inmóvil, expectante. Ramón seguía alejándose, ajeno al drama que se mascaba a sus espaldas.
Antonio apretó la mandíbula, dividido entre el deber y la oportunidad.
Dio un paso atrás justo cuando el primer grito de la mujer rasgó el aire.
Decidió seguir su camino, alejándose por la acera contraria, pero sin apartar la vista de la escena.
En ese instante, el chirrido de un frenazo seco partió la calle.
La puerta de un coche se abrió y un hombre saltó al asfalto, corriendo desesperado hacia la chica.
Antonio retrocedió justo cuando el hombre chocó contra él al cruzar la acera.
El impacto los desequilibró a los dos; el desconocido cayó sobre el asfalto.
Tenía un raspón en la barbilla y el codo magullado, pero no parecía sentir el dolor.
Sus ojos se clavaron en los de Antonio con una mezcla de indignación y un odio puramente animal.
Por un segundo, el tiempo se detuvo; parecía que el hombre iba a abalanzarse contra aquel gigante allí mismo, en mitad del asfalto.
—¡Quítate de en medio, imbécil! —escupió el hombre, incorporándose de un salto.
Antonio no apartó el hombro.
El desconocido tampoco.
Los dos permanecieron inmóviles.
Midiéndose.
Solo el segundo grito de la mujer rompió el instante.
El hombre lo esquivó.
No porque quisiera.
Porque tenía una prioridad mayor.
Tragó saliva y retomó la carrera hacia la jauría de rapados, sin mirar atrás.
Antonio permaneció inmóvil, oculto en la penumbra de un portal. Se frotó el hombro, justo en el punto del impacto. No comprendía por qué, pero el contacto con aquel extraño le había dejado un zumbido eléctrico recorriéndole la nuca. Durante un instante, ambos midieron la distancia que los separaba.
Ninguno dio el primer golpe.
Cuando recobró el sentido y miró calle abajo, Ramón se había esfumado. La acera estaba desierta, bañada solo por la luz mortecina de las farolas.
No era el momento.
La sentencia seguía vigente.