Estirpes 31. La coartada
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31. La coartada

La puerta blindada encajó con un clic seco. En el interior del piso, la mesa de caoba presidía el salón como un altar sin velas. Los libros de lomos duros y títulos en inglés observaban desde las estanterías con indiferencia erudita.

En la pared, el tablero con el plano de Madrid destacaba bajo la luz; sus líneas rojas estaban tan tensas que recordaban a una piel cosida a fuerza de chinchetas.

Ramón entró demasiado deprisa. Traía la respiración descabalada y el cuello empapado en sudor. Había subido las escaleras a pie, ignorando el ascensor, con esa energía errática de quien carga una mala noticia y teme que le explote en la boca antes de tiempo.

Antonio apenas terminó de descorrer el cerrojo cuando Ramón ya se había escabullido hacia dentro. Lo observó con extrañeza antes de volver a cerrar la puerta con doble vuelta.

Carlos ya estaba sentado en un lateral de la mesa. No levantó la vista del cuaderno; se limitó a soltar el lápiz sobre el papel, intuyendo que el guion de su obra exigía una corrección de urgencia.

—Habla. ¿Por qué tanta prisa? —preguntó Antonio.

No era una invitación, era una orden. Ramón tragó saliva. Su mirada rebotó del tablero al suelo antes de anclarse, con esfuerzo, en el rostro de Antonio.

—Me han… —la frase se le atascó en la garganta—. La pasma me ha fichado. Me han tomado las huellas. Con tinta negra.

Antonio no reaccionó de inmediato. Solo el rítmico latido de un músculo en su mandíbula delató que la noticia había impactado.

—¿Y qué? —soltó con desprecio—. No pueden relacionarnos con nada.

Carlos levantó la vista del papel. Lo hizo despacio, con una calma gélida, rumiando la información como quien analiza un error en una ecuación.

—¿Dónde te han fichado exactamente? —preguntó Carlos.

—En el bar de los amigos de mi hermano. En una redada —Ramón abrió las manos, desesperado—. Había mucho lío, estaban nerviosos. Nos filiaron, nos pidieron el DNI… lo de siempre. Yo pensé que no pasaba nada, que…

—Que de qué —cortó Antonio. Su voz sonó como un latigazo.

Ramón se encogió, haciéndose pequeño bajo su mirada.

—Que era algo casual, aleatorio. Pero todo era por lo del Manchado.

Antonio se levantó. Las patas de la silla chirriaron contra el parqué con un sonido estridente, similar a un grito agónico. Ramón retrocedió por puro instinto, pero el borde de la mesa le cortó la huida, dejándolo atrapado.

—Si llevas guantes, no dejas rastro —sentenció Antonio, invadiendo su espacio personal.

—Los llevaba… —se apresuró a decir Ramón, con el aliento corto—. Aquella noche, sí. Pero… —la voz se le quebró—. Pero el cabrón me mordió. Y encima perdí el reloj.

Carlos inclinó la cabeza, como un depredador que ajusta el ángulo antes de atacar. Ramón empezó a frotarse la muñeca desnuda con un tic nervioso.

—El Casio. ¿Os acordáis? Se me soltó en el forcejeo. Lo noté, oí cómo chocaba contra el suelo… pero no paré. No… no volví atrás —lo soltó atropelladamente, buscando clemencia en su propia cobardía—. No volví a por él.

Antonio lo observó fijamente, con la sospecha grabándosele en las facciones.

—¿Y entonces? —preguntó Carlos. Su voz era un hilo de seda demasiado afilado.

Ramón tardó un segundo en responder. Ese segundo lo delató más que cualquier confesión.

—No es solo por mis huellas —confesó Ramón—. Es que también me llevé el suyo.

Carlos no parpadeó.

—¿El suyo?

—El reloj. Uno de manecillas. Fue puro instinto. No sé, quería tener un trofeo.

El piso se encogió y se oscureció al mismo tiempo.

Antonio tardó apenas una décima de segundo en reaccionar; lo justo para que el movimiento naciera de un instinto animal.

El puñetazo sonó sordo, despojado de toda épica.

Fue un impacto seco: carne contra carne, hueso contra hueso.

Ramón cayó de costado contra una de las patas de la mesa.

Se quedó en el suelo, con los ojos anegados en lágrimas y la boca entreabierta por el asombro.

Un hilo de sangre comenzó a serpentearle por el labio.

Antonio lo observaba desde su altura, con la respiración pesada y rítmica.

—¿Te llevaste el reloj del fiambre? —escupió—. Eres gilipollas, Ramón. Joder.

Ramón se llevó una mano al labio y observó la sangre que le manchaba los dedos. El rojo pareció encenderle algo por dentro, un rescoldo de dignidad mal entendida.

—¡Perdí el mío! —saltó con una rabia impotente—. ¡Y ese tío ya no iba a usarlo, estaba muerto! Además, lo tengo bien escondido. No lo encontrará nadie.

Antonio dio un paso hacia él, invadiendo su aire. Ramón se encogió de inmediato; su valentía había durado lo que un parpadeo. Pero Carlos alzó una mano. No fue un gesto de piedad para salvar a Ramón, sino una orden silenciosa para detener el ruido y recuperar el control.

—Esto no se arregla a golpes —sentenció Carlos con una serenidad que resultaba insultante—. Se arregla con un relato.

Antonio soltó una risa seca, desprovista de humor.

—¿Y qué relato va a contar este imbécil? ¿Qué le robó el reloj a un muerto en un descampado?

Carlos ignoró la mofa y clavó sus ojos en Ramón.

—Tú no vas a decir eso, ¿verdad?

Ramón se limpió la sangre con el dorso de la mano, dejando un rastro rojizo en su piel. El pecho le subía y bajaba en un espasmo rítmico, incapaz de controlar el pánico.

—Me van a pillar —murmuró, casi para sí mismo—. Si tienen mis huellas en el sistema…

—No te van a pillar por las huellas —le interrumpió Carlos—. Te van a pillar por lo que digas cuando te pregunten. Las huellas son solo ruido; lo importante es la música, el relato.

El nudo en la garganta de Ramón se apretó un poco más. —Vale. Ayúdame, Carlos. Por favor.

Carlos asintió una sola vez. No había compasión en su gesto; ayudar a Ramón era, en realidad, blindar su propio anonimato.

—Vas a decir que estabas con los colegas de tu hermano. Los cabezas rapadas. Que te invitaron, que insistieron mucho y que tú solo querías encajar —instruyó Carlos.

Antonio resopló, dejando escapar un bufido de desprecio por la nariz. Carlos continuó, sin variar un ápice el tono.

—Les contarás que te hicieron una prueba. Una iniciación. Que te ordenaron estar presente cuando pasara algo , pero que la ejecución no fue cosa tuya. Tú solo obedecías. Eras un espectador aterrorizado, Ramón. Ese es tu papel.

Ramón bajó la mirada. Un leve movimiento rítmico de cabeza delató que un atisbo de esperanza empezaba a germinar en su pecho.

—Si te preguntan por qué hay una huella tuya… —Carlos dejó que la frase quedara suspendida en el aire, como un cebo ante un animal hambriento—, vas a recordar una sola cosa: que el guante se rompió por accidente.

Antonio frunció el ceño, confuso, mientras Carlos mantenía su mirada clavada en Ramón.

—Te mordió —dijo Carlos, con una sequedad cortante—. Te mordió, ¿no es cierto? Eso no es una mentira; es un hecho.

Ramón parpadeó y asintió despacio, empezando a vislumbrar el mecanismo de la trampa.

—Sí. Me mordió.

—Vale. Te mordió, se llevó un trozo de ti.

Te ordenaron que lo sujetaras mientras ellos lo apuñalaban.

Tú intentaste apartarte, te entró el pánico.

No estabas preparado para algo así —Carlos avanzó un paso, invadiendo el círculo de seguridad de Ramón—.

Esa es la grieta, Ramón. Tu única grieta.

Tienen que verte quebrado. Tienen que entrar por ahí.

Ramón se mordió el interior de la mejilla para contener el temblor de su mandíbula.

—¿Y el puto reloj? —gruñó Antonio, obsesionado con la prueba física.

Carlos ni siquiera se inmutó por la interrupción.

—El reloj te lo entregaron ellos. Como un trofeo. Como una burla. Un «bienvenido al club». Tú ni siquiera sabías de quién era. Simplemente lo guardaste porque te daba pánico devolverlo. Porque tenías miedo a las represalias de la banda. No querías acabar como tu hermano.

Ramón abrió la boca ante la mención de su hermano, pero Carlos lo atravesó con una mirada gélida, desprovista de cualquier asomo de empatía.

—No —sentenció Carlos—. Tú no sabías nada.

Ramón cerró la boca despacio, ahorrándose la contestación. El silencio en el piso se volvió tan denso que se podía oír el roce de la sangre en las sienes de Ramón.

—Si te piden nombres —continuó Carlos—, sueltas alguno que ya esté fichado. Uno de esos del Bernabéu. Alguien con quien te hayan visto, alguien que ya figure en sus listas negras. Un perfil que cuadre con su idea de la violencia.

Antonio se inclinó hacia delante, con una curiosidad predadora.

—¿A quién? —preguntó—. Sería mejor dejarlo atado ahora mismo.

Carlos no respondió de inmediato. Dejó que la pregunta de Antonio flotara en la habitación, disfrutando del peso de su propio conocimiento.

—A uno que sea violento. Alguien que tenga cara de culpable antes de abrir la boca —instruyó Carlos—. Si tiene antecedentes, mejor. Un perfil que la policía desee que sea el autor.

Ramón asintió, tragándose el nudo de saliva que le obstruía la garganta.

—Vale. Vale. Lo haré.

—Déjate de «vale, vale» —le cortó Antonio—. ¿Lo tienes claro o no?

—Que sí, joder. Que sí.

Se hizo un silencio extraño, denso. Tenía la textura de un ensayo terminado, de una función que ya no pertenecía a los actores, sino al escenario.

Ramón se incorporó con movimientos torpes, evitando cruzarse con la mirada de Antonio y tanteando con los dedos el pómulo donde el golpe empezaba a florecer en un hematoma.

—Me largo —murmuró, con la voz rota.

—Ramón, mírame —ordenó Carlos—. Es vital que te ciñas al relato. Esa gente no son tus amigos; son el ruido que empaña la señal. Mira los líos en los que te meten. Mira lo que le ocurrió a tu hermano por no saber jugar sus cartas.

—Sí, lo entiendo.

—¿Sí…? —insistió Carlos, dejando la sílaba suspendida en el aire, exigiendo el reconocimiento.

Ramón bajó los hombros, notando el peso de la autoridad de Carlos aplastándolo cada vez más.

—Sí, Máster.

—Nosotros jugamos con reglas de verdad, Ramón. Esta ciudad se desangra y necesita orden. Tú puedes ser algo más que carne de bar, de fútbol y de mezquindad. Puedes ser parte de la estructura.

—Vale, Máster. Lo que tú digas.