Estirpes 36. El eslabón roto
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36. El eslabón roto

El pasillo que bajaba a las celdas estaba impregnado de desinfectante Zotal.

La luz de los fluorescentes zumbaba con una regularidad que se te metía detrás de los ojos.

Inés caminaba hacia la sala de interrogatorios con una carpeta de cartón bajo el brazo.

Oficialmente, ella ya no existía en el grupo.

Ledesma la había relegado al ostracismo de los archivos esa misma mañana, pero Bruno había firmado una orden de asistencia técnica de urgencia aprovechando un vacío en el reglamento de Policía Judicial.

Una solución burocrática que caducaría en cuanto el comandante bajara a la zona de calabozos.

Al girar la esquina de la sala de espera, frenó en seco.

Sentada en un banco de madera astillada, hecha un ovillo en una chaqueta de punto que no la abrigaba, estaba la madre de Ramón.

La mirada clavada en las baldosas grises.

Parecía haber encogido desde la última vez.

Al oír los pasos de Inés, levantó la cabeza.

Sus ojos enrojecidos y secos buscaron el uniforme y, más que nada, un consuelo imposible.

Inés se acercó despacio. Se acuclilló frente a ella para estar a su altura, rompiendo la barrera de la autoridad. La mujer respiró hondo con dificultad. Le temblaban las manos sobre el regazo.

—¿Me lo van a quitar muchos años? —La voz le salió como un rasguño, apenas un susurro que contenía todo el dolor del mundo—. Dígame la verdad, agente. Ya he enterrado a uno… Mi corazón no aguanta otro agujero.

Inés sintió el peso de aquella frase. No podía mentirle, no podía prometerle milagros legales cuando había un cadáver apuñalado sobre la mesa. Pero podía usar esa verdad. Le puso una mano suave sobre las de la mujer. Estaban heladas.

—Su hijo está en un problema muy grave, señora Garrido —dijo Inés, midiendo cada palabra—. Pero estoy a punto de entrar a hablar con él. Lo que pase hoy en esa sala puede cambiar su futuro.

La madre cerró los ojos y asintió, dejando escapar una lágrima silenciosa. Inés se levantó. El dolor de esa madre no se iba a quedar en el pasillo. Iba a entrar con ella en el interrogatorio. Al final, sería su mejor arma.

16:45 h. Sala de Interrogatorios 3

Parrondo estaba apoyado contra la pared del pasillo, fumando un cigarrillo de tabaco negro mientras mantenía al guardia de la entrada distraído con una historia de sus años en Información.

Al ver pasar a Inés, el sargento ni pestañeó; solo dejó caer la ceniza y miró de reojo la escalera de acceso.

Si Ledesma asomaba la gorra por el piso de abajo, Parrondo tiraría el cenicero al suelo. Era el único aviso que iban a tener.

Inés compuso el gesto profesional y empujó la puerta de hierro. Bruno ya estaba dentro, ajustando los niveles de la grabadora de casete con una calma que su mandíbula tensa desmentía.

Ramón Garrido llevaba el mismo chándal tactel de colores fluorescentes con el que lo habían sacado de los recreativos.

Tenía la cara hundida, sombras moradas bajo los ojos por la falta de sueño y la piel pálida de los que saben que han perdido la partida.

Sus manos estaban unidas por las esposas, ancladas a una anilla de metal en el centro de la mesa.

La sala era una caja gris sin ventanas. Un espejo bidireccional ocupaba una pared.

Bruno estaba sentado a un lado de la mesa, metódico, con el cuaderno de actas abierto y el bolígrafo preparado.

Inés se sentó directamente frente a Ramón.

Apoyó la carpeta sobre la mesa, sin abrir, y dejó que el silencio trabajara por ella.

Su profesor de Psicología Conductual en la academia se lo había dejado grabado a fuego: los gritos le permiten al sospechoso levantar defensas; los susurros, en cambio, lo desarman por completo.

—Te escuchamos, Ramón —dijo Inés, con un tono neutro, casi amable.

Ramón carraspeó, mirando sus manos esposadas y luego levantó la vista, repitiendo de memoria la lección que había ensayado en el piso de Pintor Rosales.

—Yo… yo solo estaba en el bar. Con los amigos de Rubén.

Los de mi hermano —empezó, atropellándose un poco—.

Me hicieron ir con ellos. Me dijeron que si quería llevar las botas de mi hermano tenía que demostrarlo.

Fue… fue una prueba. Yo no sabía que iban a cazar a nadie.

Lo juro. Solo me obligaron a estar allí. A mirar.

Inés no lo interrumpió. Dejó que escupiese el guion entero.

—Era una iniciación —continuó Ramón, cogiendo aire y un poco de confianza al ver que nadie le gritaba—. Me dijeron que la obediencia era lo primero. Son skins, ya lo sabéis, están locos. Yo solo recogí el reloj porque me obligaron a llevarme un trofeo. No hice nada más.

—Entiendo. Por eso están tus huellas dactilares y de calzado en la escena de un crimen, ¿no?

—Claro, sí, por eso. Me hicieron sujetarle. Estaba muerto de miedo. Podría haber sido el siguiente.

—¿Y no pensaste que tenías que haber contado algo a las autoridades? ¿Cómo podías vivir con esa imagen en la cabeza?

—Ha sido muy duro, pero si contaba algo, sabía que ellos me iban a matar. Tenía mucho miedo. No tengo a nadie. Solo a mi madre.

Cuando terminó, la sala volvió a quedarse en silencio. Parrondo resopló en su esquina, en un gesto de puro desprecio, pero Inés levantó una mano para frenarle. Inés se inclinó hacia delante, acercando su cara a la de Ramón. Bajó la voz. Su voz se volvió íntima, quirúrgica.

—He visto a tu madre ahí fuera, Ramón. Una mujer encantadora.

El chico parpadeó.

—Tu madre sí que no tiene a nadie más —siguió Inés, clavándole los ojos—. Enterró a tu hermano. Enterró a tu padre. Y ahora está sentada en un banco helado pensando en cómo va a sobrevivir si te encerramos. Si te encierran veinte, veinticinco años, la matas en vida. La rematas hoy, Ramón.

Ramón engulló saliva, demasiado audible en el silencio. Inés no levantó la voz.

—El que escribió ese guion no va a ir a verla a la cárcel de Alcalá Meco. El que llamáis Ejecutor tampoco le va a llevar paquetes de comida ni la va a llevar al médico. Ellos seguirán en sus pisos calentitos, mientras tú, ¿Caos, no?, te pudres cargando con una historia que ni siquiera es tuya.

Los apodos de Caos y Ejecutor flotaron en el aire. Ramón tensó la mandíbula, intentando aferrarse a las instrucciones de su Máster.

—No sé de qué me habla. Yo… yo hablo de los rapados del Bernabéu —balbuceó—. De los del bar. Yo no sé de juegos ni de…

Inés abrió la carpeta. Sacó la ficha del juego que habían encontrado en la bota y, detrás, un segundo folio que había redactado y mecanografiado media hora antes. No pretendía pasar por prueba. Era un espejo. Una reconstrucción escrita con el mismo lenguaje de Estirpes.

Puso la primera ficha sobre la mesa, a la vista de Ramón.

—He visto tu habitación, Ramón. Guantes. Cuchillos. Botas. Y unas fichas. Tú no escribes así.

Ramón parpadeó, confundido.

—¿Cómo que no escribo así?

Inés señaló el encabezado de la ficha original: «Sujeto Manchado, Clase C, Mano de obra».

—Con este tono. Con este desprecio ordenado. Esto es alguien que piensa la violencia en términos casi de física cuántica. Tú no eres eso. Tú no eres el que planifica. Tú eres el que se pone nervioso, el que se deja morder, el que pierde el reloj.

Le sostuvo la mirada.

—Así que sé que hay alguien por encima. Alguien que diseña el juego y os reparte los papeles. Un cerebro. Y sé también que a ti nunca te ha visto como igual.

Entonces puso la segunda ficha sobre la mesa, a la vista de Ramón.

SUJETO BETA: CAOS/RUIDO.

Perfil: Inestable, inútil, sustituible.

Valoración: Incapaz de seguir el plan. Se deja marcar por la presa. Es un fallo de sistema. Material prescindible para la limpieza del tablero.

Ramón leyó las líneas, mientras sus pupilas se dilataban.

—¿Te suena esto, Ramón? —preguntó Inés, dejando que el veneno hiciera efecto—. Esto no lo hemos encontrado en tu cuarto, Ramón. Esto lo he escrito yo. Es como creo que te ve él.

Para nosotros eres un chico asustado que ha cometido un error. Para él… para él solo eres « Ruido y Caos ». Material fungible. Un fallo del sistema que ya está listo para desechar.

Inés hizo una pausa breve, para que le diera tiempo a unir los puntos.

—Tú no tenías capacidad para montar lo de Cristóbal solo.

La escena nos dice que todo estaba perfectamente organizado: no hay robo, no hay insultos, hay guantes, hay un mapa pegado a una mesa con chinchetas, hay módulos escritos como este.

Eso lo hace alguien que fantasea, que ensaya, que se cree por encima de todos.

Y tú, en su juego, solo eres el Beta que obedece.

Ramón se quedó mirando la palabra inútil.

La palabra sustituible. Toda la épica que el Máster le había vendido, la hermandad de los Geómetras, la superioridad sobre los Dormidos…

todo se derrumbaba en ese folio mecanografiado.

Vio negro sobre blanco la humillación absoluta.

Nunca fue un igual. Siempre fue el cebo. El tonto útil al que dejarían caer.

—Si sigues cargando tú solo con esto —la voz de Inés era ahora un martillo implacable—, tu madre pierde al único hijo que le queda.

Pierde su vida entera. Y los que dirigen este juego buscarán a otro chaval roto, le comerán la cabeza y lo usarán de escudo.

¿Vas a joderle la vida a tu madre para proteger a alguien que te llama inútil?

El pecho de Ramón empezó a subir y bajar con fuerza. Los ojos se le llenaron de lágrimas, no de arrepentimiento, sino de rabia. De humillación. De traición.

El eslabón saltó y algo se le rompió por dentro.

Ramón abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

Negó con la cabeza.

Después rompió a llorar.

—Fue…

Respiró.

—Fue Carlos —sollozó Ramón.

La voz le temblaba tanto que apenas se le entendía, pero el nombre sonó nítido en la sala. Bruno dejó de escribir durante un segundo. Inés no parpadeó. El primer nombre real acababa de caer sobre la mesa.

—Fue él —repitió Ramón, sorbiéndose los mocos—. Carlos escribió el juego. Él lo planeó todo. Él mandaba.

—¿También dio las puñaladas? —preguntó Inés, suave, sin romper el hilo invisible que ahora los unía—. ¿Quién es el Ejecutor? ¿Quién llevaba el otro cuchillo? Sabemos que erais dos.

—Antonio, joder. Fue Antonio —Ramón lloraba abiertamente. Las lágrimas caían sobre el chándal—. Se llama Antonio. Yo solo… yo fallé, la lié y me mordió. Pero Antonio… él… él apretaba más. Carlos solo miraba. Carlos siempre mira.

La confesión estaba ahí. Cruda y grabada a fuego.

Inés se echó hacia atrás en la silla, cediendo el espacio.

Había abierto la brecha. Ahora tocaba construir el puente.

Bruno retomó el bolígrafo y se inclinó sobre la mesa.

Su tono era distinto al de Inés: calmado, legal, el ancla de estabilidad que Ramón necesitaba después del naufragio emocional.

—Escúchame bien, Ramón —dijo Bruno, pausado y claro—. Has dado el primer paso, pero ahora tienes que dar el segundo. Te voy a explicar las condiciones de colaboración con la fiscalía. Vamos a intentar ayudarte, pero primero tienes que colaborar.

Ramón lo miró, aferrándose a las palabras de Bruno como a un salvavidas.

—Si declaras formalmente contra Carlos y Antonio —enumeró Bruno con los dedos—; si nos relatas fielmente, con fechas y horas, quién planificó el asesinato de Cristóbal; si confirmas ante el juez de instrucción que estas fichas son suyas y nos detallas la existencia del Módulo de la Marquesina… nosotros hablaremos con el fiscal.

Bruno hizo una pausa para asegurarse de que el chico le entendía.

—Si colaboras de verdad, pediremos al fiscal que tenga en cuenta esa colaboración. Y solicitaremos medidas de protección para ti y para tu madre. No puedo prometerte el resultado. Sí puedo prometerte que lucharé por ello.

Ramón miró a Inés. Luego dirigió su mirada hacia Bruno.

Por último, echó un vistazo a la sombra de Parrondo, que asentía lentamente, avalando el trato de sus agentes.

No había redención en los ojos de Ramón.

No sentía pena por Cristóbal. Lo único que sentía era terror por sí mismo y un odio repentino hacia el chico de Pintor Rosales que lo había bautizado como Caos, o mejor dicho, como inútil.

Ramón, llorando y encogido sobre sus manos esposadas, movió la cabeza en sentido afirmativo. Era la rendición absoluta. Inés cerró la carpeta y cruzó una mirada con Bruno. Lo tenían.

Salieron de la sala, dejando allí a Ramón.

Avisaron a Parrondo, lo llevaron hacia un lugar menos concurrido y le susurraron toda la información que habían obtenido.

Parrondo no movió un músculo. Se dirigió a la sala de interrogatorios, entró dejando la puerta abierta y lanzó una última frase asegurando la jugada.

—Antes de seguir, dejad pasar a la madre y traedle un vaso de agua al chico —dijo dirigiéndose a los guardias—. Has tardado demasiado. Pero aún estás a tiempo de no ser un completo imbécil.

El tablero acababa de darse la vuelta. La Estirpe acababa de perder su primer eslabón.

Y toda cadena empieza a romperse por el más débil.